El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XXV - LAS ALAS DE LA MAÑANA #2
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XXV - LAS ALAS DE LA MAÑANA #2

Lanyard contempló con asombro sin atenuantes el hecho de su propia ecuanimidad: no había nada de extraño en aquella experiencia tan extraordinaria; no estaba emocionado en absoluto, sino simple y profundamente interesado.

Y no lograba detectar en sus sensaciones físicas ningún rastro de aquel temor angustioso que siempre experimentaba en las alturas: la sensación que tenía de seguridad, de solidez, era y siguió siendo siempre del todo incomprensible a su entender.

De repente, sorprendido por un roce en el brazo, se volvió para ver a través de las ventanillas de mica del pasamontañas los ojos del aviador teñidos de inoportuna duda.

Infinitamente desconcertado, y, por lo tanto, presa fácil de un pánico nauseabundo a que algo estuviera fallando en la máquina, Lanyard sacudió la cabeza para indicar que no entendía.

Con un gesto de impaciencia, el aviador señaló hacia abajo.

Apreciando el hecho de que era imposible hablar, Lanyard se aferró a los puntales y se inclinó hacia delante.

Pero el ritmo era ahora tan rápido y su altura tan grande, que el paisaje que nadaba bajo su visión no era más que una llanura pardusca salpicada de forma fugaz con manchas de color que contrastaban con ella.

Miró hacia arriba con expresión vacía, pero solo para que le repitieran el mismo gesto.

Picado en su curiosidad, concentró más la atención en aquel paisaje llano y fluyente. Y, de repente, reconoció algo singularmente familiar en un recodo del Sena que se acercaba.

—¡Saint-Germain-en-Laye! —exclamó con un sobresalto de alarma.

Aquel era el punto de peligro...

—Y por allí —se recordó a sí mismo—, a la izquierda.

.. aquel amplio campo con una cosa blanca y extraña en el centro que parece una larva alada.

.. ¡ese debe de ser el aeródromo de De Morbihan y su monoplano Valkyr!

¿Lo están sacando fuera? ¿Es eso lo que quiere decir Vauquelin? Y de ser así... ¿y qué? No le veo...

De repente, la duda y el asombro helaron la sangre del aventurero.

De momento, Vauquelin volvió a prestar toda su atención al manejo del biplano.

El viento soplaba ahora de forma más caprichosa, creando bolsas de aire —esos agujeros en el aire que tanto temen los pilotos de nubes—, y en busca de una resistencia más constante, el aviador estaba haciendo girar su aparato en una amplia curva hacia el norte, ascendiendo cada vez más y más alto.

La tierra no tardó en perder todo asomo de diseño; hasta el retorcido hilo de plata que era el Sena desapareció, muy a lo lejos a la izquierda; no quedó más que el efecto de firme suspensión en aquella alta bóveda azul, de un continuo flujo de agua helada en el rostro, junto con el canto desentonado del motor.

Al cabo de unos cuarenta minutos de aquello —pudo haber sido una hora, porque el tiempo era entonces algo incalculable—, Lanyard, presa de una sensibilidad anormal, empezó a adivinar una inquietud añadida en la mente del aviador, y se le quedó mirando fijamente hasta cruzarse con su mirada.

—¿Qué pasa? —gritó en un vano esfuerzo por elevar la voz por encima del estruendo.

Pero el francés lo comprendió, y respondió con un barrido de su brazo hacia el horizonte que tenían ante sí.

Y al no ver nada más que nubes en el punto cardinal indicado, Lanyard captó la naturaleza de un fenómeno que, desde el principio, le había estado inquietando de forma imprecisa.

La razón por la que no había sido capaz de percibir ningún borde real en el mundo era que la tierra humeaba por entero a causa de las recientes y copiosas lluvias; todas las distancias más remotas estaban veladas por neblinas ascendentes.

Y ahora se acercaban a la costa, a la que, al parecer, las brumas se aferraban con más fuerza; porque todo el mundo ante ellos dormía bajo un manto de un gris apagado.

Tampoco era difícil ahora comprender por qué el aviador se sentía intranquilo ante la perspectiva de navegar por una niebla en el Canal de la Mancha.

Varios minutos más tarde, sobresaltó a Lanyard con otro toque perentorio en el brazo, seguido de una mirada significativa por encima del hombro.

Lanyard se volvió rápidamente.

A sus espaldas, a una distancia que calculó a ojo en unos tres kilómetros, la silueta de un monoplano pendía contra el brillante firmamento, y con su única envergadura de alas se asemejaba más a una solitaria gaviota que remonta el vuelo que a cualquier mecanismo dirigido por el hombre.

Solo un infrecuente y casi imperceptible movimiento de las alas demostraba que se estaba desplazando.

Lo observó durante varios segundos, con una perplejidad y ansiedad crecientes, incapaz de adivinar si ganaba o perdía terreno en aquella larga persecución, ni quién podía ser su piloto.

Sin embargo, albergaba escasas dudas de que la máquina perseguidora se hubiera elevado desde el aeródromo del Conde Rémy de Morbihan en Saint-Germain-en-Laye; de que no fuera otra, de hecho, que el Valkyr de De Morbihan, reputado como el monoplano más rápido de Europa y ganador de una docena de eventos internacionales; ¡y de que lo guiaba, si no el propio De Morbihan, alguna de las criaturas de la Manada.

.. ¡muy posiblemente, con mayor probabilidad aún, Ekstrom!

Pero, suponiendo todo esto, ¿qué mal auguraba semejante persecución?

¿De qué manera concebible podía la Manada contar con que lograría sus fines encargando al monoplano que diera alcance o dejara atrás al Parrott?

No podían impedir de ninguna manera la fuga de Lanyard y Lucy Shannon a Inglaterra, por ningún medio que se pudiera imaginar de forma razonable.

¿No sería esta más que otra maniobra para mantener a la pareja bajo espionaje? ¡Pero eso se podría haber logrado con mayor facilidad enviando un telegrama o telefoneando a los colegas de la Manada, los socios de Wertheimer en Inglaterra!

Lanyard se dio por vencido, admitiendo su incapacidad para urdir ninguna excusa sensata para semejante conducta; pero el enigma seguía royéndole la mente sin tregua.

Desde el principio, desde aquel momento en que la desaparición de Lucy había requerido el aplazamiento de aquel vuelo, había temido que hubiera problemas; no parecía razonable esperar que se pudiera mantener el Parrott a la espera de su conveniencia durante muchos días sin que se filtrara el secreto; pero el hecho de que los problemas se presentaran antes del despegue de Port Aviation era algo que ya había previsto.

La posibilidad de que la Manada lograra causarle algún daño, después de eso, no había entrado en sus cálculos.

Incluso ahora le resultaba difícil considerarlo seriamente.

Volvió a mirar hacia atrás. Ahora, a su juicio, el monoplano se perfilaba de mayor tamaño que antes contra el cielo resplandeciente, lo que indicaba que les estaba dando alcance.

Por lo bajini, Lanyard soltó juramentos a rebosar desde lo más hondo del corazón.

El Parrott era capaz de alcanzar una velocidad de ochenta millas por hora; y no cabía duda de que Vauquelin le estaba sacando hasta la última gota de potencia a su dócil motor. Desde que llamara la atención de Lanyard hacia su perseguidor, había provocado una aceleración apreciable.

Pero, ¿bastaría siquiera ese ritmo para mantener a raya al Valkyr, si no para dejarlo atrás?

Su siguiente mirada hacia atrás le indicó que el monoplano no estaba más cerca.

Y transcurrieron otros treinta minutos poco más o menos sin que las posiciones relativas de las dos máquinas voladoras experimentaran ningún cambio perceptible.

En el transcurso de ese periodo, el Parrott se elevó a una altitud, indicada por el barógrafo a la altura del codo de Lanyard, de más de media milla. Más abajo, la niebla del Canal se extendía como un mar de leche que se agitaba lentamente.

Mirando hacia abajo con fascinación, Lanyard se dijo a sí mismo con seriedad:

—¡Hay aguas azules bajo eso, amigo mío!

Parecía difícil dar crédito al hecho de que hubieran realizado el vuelo desde París en tan poco tiempo.

Según sus cálculos —unos muy someros—, el Parrott se hallaba entonces en algún lugar frente a Dieppe: en tal caso, debería de avistar Inglaterra no muy lejos de Brighton. ¡Si tan solo se pudiera ver...!

Inclinándose un poco hacia delante y mirando más allá del aviador, Lanyard logró echar un vistazo a Lucy Shannon.

Aunque toda su belleza y gracia personal se perdían en el torpe envoltura de su improvisado atuendo, parecía estar lo bastante cómoda; y el aire que los embestía, agudo por el frío de aquella gran altitud, moldeaba el velo de manera precisa a los exquisitos contornos de su rostro y picaba sus firmes mejillas hasta que resplandecían con un fuego poco común que ni siquiera aquella tupida malla oscura lograba apagar del todo.

El sol asomó por encima del manto de niebla, jugó sobre ella con rayos iridiscentes, la atravesó de un lado a otro con un cálido y palpitante resplandor como el de un ópalo de fuego, y de pronto la transformó en un revuelto mar de oro que, en apariencia sin límites, frustraba todo esfuerzo por adivinar su posición, si se encontraban sobre tierra o sobre el mar.

A pesar de todo, los rudos y rápidos cálculos de Lanyard le persuadieron de que se encontraban entonces a la mitad del Canal.

Apenas había llegado a esta conclusión cuando un movimiento brusco y repentino, que sacudió los planos, atrajo su atención hacia el hombre que tenía a su lado.

Al lanzar una mirada de alarma al rostro del aviador, lo vio tan blanco como el mármol... lo poco de él que resultaba visible más allá y por debajo del pasamontañas.

Vauquelin mantenía extendido un brazo, y lo miraba con incredulidad; la mirada de Lanyard se dirigió al mismo punto... una perforación irregular en la manga del guardapolvos de cuero del piloto, justo por encima del codo.

—¿Qué pasa? —preguntó de forma estúpida, olvidando una vez más que no podía ser oído.

Los ojos del aviador, al levantarse desde la perforación para encontrarse con la mirada fija de Lanyard, estaban nublados por la consternación.

Entonces Vauquelin se volvió rápidamente y miró hacia atrás. Al mismo tiempo agachó la cabeza, y algo pasó zumbando como un quejido junto a la mejilla de Lanyard, rozándole la piel con un toque más frío que el del propio aire helado.

—¡Condenación! —chilló, casi de forma histérica—. ¡Ese loco del Valkyr nos está disparando!