El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XXV - LAS ALAS DE LA MAÑANA
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XXV - LAS ALAS DE LA MAÑANA

Alrededor de las seis y media, Lanyard abandonó el vestuario que se le había asignado en los barracones de Port Aviation y, caminando a paso de pato con los pesados ropajes cortavientos que le habían proporcionado a instancias de Ducroy, se dirigió por entre dos hangares hacia el campo de pruebas.

Ya los cielos del este palpitaban con una promesa vacilante de la aurora; pero dentro del inmenso recinto del aeródromo, las sombras de la noche se demoraban con tanta terquedad que se habían puesto en servicio dos enormes reflectores para iluminar a los que se afanaban en la puesta a punto del motor del biplano Parrott.

En aquel resplandor intenso, blanco y reconcentrado.

.. que ondulaba de forma singular en los arrugados y grasientos monos de la docena, más o menos, de mecánicos atareados alrededor del aparato.

.. las partes inferiores de aquellos anchos e inmóviles planos se recortaban contra la oscuridad con un efecto de impermanencia: como si estuvieran ya a flote y no necesitaran más que un soplo para salir volando hacia el cielo. ..

A un lado, varios jóvenes franceses de rostro afilado, oficiales del cuerpo, holgazaneaban y observaban los preparativos con vivo e inteligente interés.

Al otro lado, toda la majestad de Marte se encarnaba en la persona de Monsieur Ducroy, posando con valentía con un abrigo forrado de piel y un reluciente sombrero de copa, mientras charlaba con un oficial cuya esbelta y atlética figura se veía muy bien realzada por su uniforme de aviación.

Al acercarse Lanyard, este último juntó los talones con un chasquido, saludó al Ministro de la Guerra y se alejó a zancadas hacia la máquina voladora.

—El capitán Vauquelin me informa de que estará listo para despegar en cinco minutos, monsieur —anunció Ducroy—. Llega usted a buena hora.

—¿Y mademoiselle ? —preguntó el aventurero, oteando con ansiedad a su alrededor.

Casi de inmediato, la muchacha salió de entre las sombras, con una sonrisa que pedía disculpas por la extrañeza de su atuendo.

Se había enfundado, por encima del vestido de calle, una amplia prenda de cuero que la envolvía por completo, abotonada ajustada al cuello, las muñecas y los tobillos.

Su sombrerito había sido sustituido por un casco de cuero que dejaba al descubierto tan solo los ojos, la nariz, la boca y la barbilla, e incluso estos no tardarían en quedar ocultos por un grueso velo para protegerse de las salpicaduras de aceite.

—¿No estará mademoiselle nerviosa? —inquirió Ducroy con cortesía.

Lucy sonrió con alegría.

—¿Yo? ¿Por qué habría de estarlo, monsieur ?

—Confío en que mademoiselle me permita encomiar su valor. ¡Pero, perdón! Tengo una última palabra para los oídos del capitán Vauquelin.

Levantándose el sombrero, el francés se unió al grupo cercano a la máquina.

Lanyard se quedó mirando fijamente a la chica, incapaz de disimular su asombro ante el buen humor que anunciaban el renacido color de sus mejillas y el brillo de sus ojos.

—¿Y bien? —exigió ella con alegría—. ¡No me diga que no estoy hecha un adefesio! ¡Ya sé que sí!

—No me atrevo a decirle cómo la veo yo a usted —replicó Lanyard con seriedad—. Pero sí diré esto: que, en lo que respecta a puro y llano coraje, usted...

—¡Gracias, monsieur ! ¿Y usted?

Él dirigió una mirada de soslayo, con una sonrisa de disculpa, al endeble artilugio al que no tardarían en confiar sus vidas.

—De algún modo —dijo dubitativo—, no me siento en lo más mínimo alterado ni eufórico. ¡Parece como si fuera algo que se saliera poco de lo normal de la vida... los gajes del oficio!

—Yo creo —dijo ella, sentenciosa— que se parece usted mucho al otro lobo solitario, al de mentira.

.. a Lupin, ya sabe... un poco blagueur .

Si no está nervioso, ¿por qué no deja de mirar hacia allí?

... Como si estuviera usted esperando a alguien.

.. ¡como si no le sorprendiera ver aparecer de debajo de la tierra a Popinot, o a De Morbihan. .. o a Ekstrom!

—¡Hum! —dijo él con gravedad—. No me importa confesarle ahora que eso es precisamente lo que me temo.

—¡Tonterías! —exclamó la chica con abierto desprecio—. ¿Qué podrían hacer?

—Por favor, no me lo pregunte —le rogó Lanyard con seriedad—. Podría intentar decírselo.

—¡Pero no se preocupe, querido mío! —De forma fugaz, la mano de ella rozó la suya—. Estamos listos.

Era bien cierto: Ducroy se acercaba de nuevo hacia ellos con paso imponente.

—Todo está preparado —anunció con acentos sonoros.

Un tanto más serios, se acercaron en silencio a la máquina.

Vauquelin se mantuvo al margen mientras Lanyard y un joven oficial ayudaban a la chica a subir al asiento situado a la derecha del piloto, y le abrochaban las correas.

Cuando Lanyard hubo sido asegurado de igual modo en el asiento de la izquierda, los dos se quedaron sentados, prisioneros, a unos dos metros del suelo.

Lanyard encontró su percha lo bastante cómoda.

Una ancha banda de lona le proporcionaba apoyo a la espalda; otra le cruzaba el pecho como medida de precaución contra las sacudidas hacia delante; había asideros para los pies, y para las manos, agarraderas recubiertas de tela fijadas a unos puntales a ambos lados.

Le sonrió a Lucy a través del asiento vacío y se sorprendió de la claridad con la que resultaba visible su sonrisa de respuesta. Pero no volvería a verla durante un largo y tedioso rato; casi de inmediato ella empezó a ajustarse el velo.

La mañana había clareado mucho en los últimos minutos.

Siguió una larga espera, durante la cual el enjambre de mecánicos, ayudantes y aviadores militares zumbó a sus pies como abejas.

El cielo estaba ahora pálido hacia el horizonte occidental. Una flota de densas nubes se alejaba a la deriva hacia el sur, dejando a su paso tenues velos de niebla que prometían desaparecer en breve ante los rayos del sol. El aire parecía tolerablemente despejado y no inusualmente frío.

La luz se hizo aún más intensa: los perfiles de los objetos distantes se definieron; asomos de color aportaron calidez al paisaje invernal.

Al fin apareció su piloto, con el pasamontañas puesto, y empezó a trepar a su asiento. Con un frío asentimiento para Lanyard y una cortés reverencia para su pasajera, se acomodó, ajustó varias palancas, y agitó la mano con alegría hacia sus compañeros de armas.

Se oyó un grito de advertencia. La multitud se apartó de prisa a ambos lados.

Ducroy se levantó el sombrero en un saludo de despedida, gritó «¡ Bon voyage !

», y salió zumbando para apartarse como un gallo asustado ante un automóvil.

Y el motor y la hélice se desbocaron con un poderoso rugido comparable únicamente, en la fantasía de Lanyard, al canto de diez mil langostas remachadoras.

Sintió por un momento como si le fueran a reventar los tímpanos por las incesantes y tremendas percusiones que se registraban en ellos; pero poco después esta sensación pasó, dejándole la de una sordera permanente.

Antes de que pudiera reponerse y recuperar el control sobre sus aturdidos sentidos, el aviador había bajado una palanca, y la inmensa estructura se puso en movimiento.

Se deslizó por el campo como un cisne asustado; y las ruedas de su chasis, registrando cada infinitesimal irregularidad en la superficie del terreno, las magnificaban todas cien veces.

Era como viajar en un carretón conducido a toda velocidad sobre la Calzada de los Gigantes.

Lanyard fue sacudido con violencia hasta el mismísimo tuétano de los huesos; creyó que hasta los ojos debían de estarle bailando en las cuencas. ..

Entonces el Parrott empezó a elevarse. Singularmente, este cambio vino marcado, al principio, nada más que por una ligera disminución de la vibración: aún la máquina parecía estar precipitándose sobre una calzada empedrada a una velocidad de vértigo; y a Lanyard le costaba apreciar que estuvieran en el aire, incluso cuando miró hacia abajo y descubrió treinta metros de espacio entre él y el campo de pruebas.

En otro suspiro estaban ya planeando sobre los tejados de las casas.

Por momentos, ahora, las sacudidas se hacían menos frecuentes.

Y poco a poco cesaron casi por completo, para repetirse solo a raros intervalos, cuando la corriente de aire que se oponía a los planos desarrollaba irregularidades en su velocidad.

Siguió, en contraste, la paz más sublime; hasta el rugido de la hélice se redujo a un zumbido sostenido; el biplano parecía flotar sin esfuerzo sobre un mar vasto y en calma, empañado solo de vez en cuando por pequeñas ondulaciones.

Siguiendo su ascenso, sorprendieron a los primeros rayos del sol; y en su luz virginal, el aeroplano se transformó en una cosa de oro finísimo y vaporoso.

De continuo, el aire les azotaba el rostro como un torrente de agua helada.

A sus pies, el pergamino del mundo se desenrollaba como un inmenso y enrevesado misal iluminado, o como un extraño mosaico, maravillosamente menudo...

Lanyard podía ver el dial de la brújula, fijada a un puntal a la izquierda del piloto. Según aquel chivato, su rumbo era casi hacia el noreste en línea recta.

Ya se divisaban los confusos tejados de París, a la derecha, con la Torre Eiffel alzándose como un pilar encantado de encaje de oro, el Sena serpenteando por los atestados acres de terreno como un lustroso reptil castaño, y el Sacré-Cœur como un palacio de ensueño de muros opalescentes.

Versalles asomó por el horizonte a babor y se fue deslizando hacia la popa. París se fue cerrando, telescopió su panorama, se convirtió en un mero borrón, en una mancha humeante. Pero pasó mucho tiempo antes de que la distancia eclipsara aquel dedo admonitorio que era la Torre Eiffel.

Al manipular Vauquelin las palancas, el avión inclinó el morro y remontó el vuelo cada vez más alto. El canto del motor bajó una octava hasta adquirir un tono más rico. La velocidad aumentó sensiblemente.