El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XXIII - MADAME OMBER #2
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XXIII - MADAME OMBER #2

—Pero si, como sugiere usted, yo estoy... o estaba... actuando con un propósito, ¿por qué esperar que le descubra el pastel?

—Eso es lógico. Sabía que usted era capaz de pensar. ¡Qué lástima!

—¿Qué lástima que pueda pensar?

—Qué lástima que consienta usted mismo en desperdiciarse de esta manera.

Soy una mujer vieja y conozco a los hombres mejor que la mayoría; puedo ver habilidad en usted.

Así que digo que es una lástima que no se emplee a sí mismo con mayor provecho.

No me malinterprete: este no es el acto convencional; yo no soy partidaria de alentar a un necio en su necedad.

Es usted un necio, a pesar de toda su inteligencia, y la única cura que veo para usted es un castigo drástico.

—¿Se refiere a la Santé , madame?

—Exactamente. Le digo con franqueza que, cuando termine de sermonearle, se irá usted directo a prisión.

—Si ese es el caso, no veo que vaya a ganar mucho relatando la historia de mi vida. Parece que esta es su señal para llamar a los criados a fin de que avisen a la policía.

Un asomo de ira brilló en los ojos de la mujer.

—Tiene usted razón —dijo con sequedad—; me atrevería a decir que Sidonie aún no está dormida. Haré que telefonee mientras no le quito a usted el ojo de encima.

Inclinándose sobre el escritorio, sin apartar la mirada del aventurero, su captora buscó a tientas, encontró y pulsó un botón de llamada.

Desde algún rincón remoto de la casa resonó el gruñido de un timbre eléctrico.

—Lástima que sea usted tan descarado —observó—. ¡Con solo un poco menos de arrogancia, sería usted una persona bastante atractiva!

Lanyard no dio respuesta. De hecho, no estaba escuchando.

Bajo la tensión de aquel suspenso, el control de hierro que siempre había sido suyo se estaba desmoronando.

.. puesto que ahora era por otra persona por quien se preocupaba.

Y no desperdició fuerzas tratando de imponerlo.

La intensidad de su ansiedad era tan indisimulada como indisimulable.

Y Madame Omber tampoco la pasó por alto.

—¿Cuál es el problema, eh? ¿Es que ya oye usted el portazo de la celda resonando en sus oídos?

Mientras ella hablaba, Lanyard abandonó su silla con un movimiento en cuya ejecución colaboraron todos sus sentidos, con un salto tan ágil, seguro y rápido como el de un animal, que lo llevó como una exhalación a través de los dos metros, poco más o menos, que los separaban.

El más mínimo error de cálculo habría acabado con él: pues la otra había estado atenta a un movimiento exactamente igual, y el revólver estaba casi a la altura de la cabeza de Lanyard cuando él lo agarró por el cañón, lo giró hacia el techo, aprisionó la muñeca de la mujer con la otra mano, y en dos movimientos capturó el arma sin lastimar a su dueña.

—No se alarme —dijo con serenidad—. No voy a hacer nada más violento que dejar esta arma fuera de servicio.

Abriéndola con pericia, lanzó una lluvia de cartuchos hacia la puerta y arrojó la ahora inútil arma a una papelera bajo el escritorio.

—Espero no haberla lastimado —añadió de forma distraída—, ¡pero su pistola me estorbaba!

Dio una zancada hacia la puerta, se detuvo, y se quedó vacilando, frunciendo el ceño ausente hacia la mujer; la cual, sin moverse, se rio por lo bajo y le observó con un destello de maliciosa diversión.

Él correspondió a esto con una mirada de pensativa valoración; desde el primer momento había reconocido en ella un carácter de tolerancia y amabilidad poco comunes.

—Perdón, madame, pero... —comenzó abruptamente, y se contuvo con una cohibida apreciación de su propia insolencia.

—Si eso es permiso para interrumpir su ensueño —observó Madame Omber—, ¡no me importa decirle que es usted el asaltante más extraordinario del que he oído hablar jamás!

Unas pisadas se hicieron audibles en la escalera... el apresurado arrastrar de unos pies en zapatillas.

—¿Es usted, Sidonie? —llamó madame.

La voz de la sirvienta respondió:

—¡Sí, madame... voy!

—Bueno... no venga todavía... no hasta que yo la llame.

—Muy bien, madame.

La mujer volvió a prestar toda su atención a Lanyard.

—Y ahora, monsieur de doble intención, ¿qué es lo que desea decirme?

—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó el aventurero, con un movimiento de cabeza hacia el pasillo.

—¿Decirle a Sidonie que espere en lugar de pedir ayuda? Porque... bueno, porque me interesa usted de una manera extraña. Tengo la teoría de que se encuentra usted en un dilema desesperado y está a punto de arrojarse a mi misericordia.

—Tiene usted razón —admitió Lanyard con sequedad.

—¡Ah! ¡Ahora sí que empieza a resultar interesante! ¿Le importaría explicarme por qué cree que seré misericordiosa?

—Porque, madame, le he prestado un gran servicio y siento que puedo contar con su gratitud.

Las cejas de la francesa se alzaron ante esto.

—Sin duda, monsieur sabe de qué está hablando...

—Escuche, madame: estoy enamorado de una joven, una estadounidense, forastera y sin amigos en París. Si me ocurre algo esta noche, si soy arrestado o asesinado...

—¿Y eso es probable?

—Bastante probable, madame: tengo enemigos entre los apaches, y también en mi propia profesión; y tengo motivos para creer que varios de ellos están en este barrio esta noche. Es posible que no escape a sus atenciones. En ese caso, esta señorita de la que le hablo necesitará un protector.

—¿Y por qué debo interesarme yo por su destino, si se puede saber?

—Por este servicio que le he prestado, madame... Recientemente, en Londres, le robaron a usted...

La mujer se sobresaltó y se ruborizó de excitación:

—¿Sabe usted algo de mis joyas?

—Todo, madame: fui yo quien las robó.

—¿Usted? Usted es, entonces, ¿ese Lobo Solitario?

—Lo era, madame.

—¿Por qué en tiempo pasado? —exigió la mujer, mirándolo con el ceño fruncido y portentoso.

—Porque he terminado con el robo.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se rio, pero sin alegría:

—¡Vaya cuento chino, monsieur ! ¿Se ha reformado usted desde que le pillé aquí...?

—¿Importa cuándo? Supongo que se necesitaría una prueba, una prueba visible y tangible de mi sinceridad, más que una fecha sin sentido, para convencerla.

—¡No cabe duda de eso, Monsieur Lobo Solitario!

—¿Podría usted pedir mejor prueba que la restitución de su propiedad robada?

—¿Está intentando sobornarme para que le deje ir con una oferta de devolverme mis joyas?

—Me temo que una reforma de emergencia no la persuadiría...

—¡Bien puede usted temerlo, monsieur !

—¿Pero si puedo probarle que ya le he restituido sus joyas...?

—Pero no lo ha hecho.

—Si madame me hiciera el favor de abrir su caja fuerte, las encontrará allí... situadas en un lugar bien visible.

—¡Qué disparate...!

—¿Me equivoco al suponer que madame no regresó de Inglaterra hasta hace muy poco?

—De hecho, hoy mismo...

—¿Y no se ha molestado en investigar su caja fuerte desde que regresó?

—No se me había ocurrido...

—Entonces, ¿por qué no poner a prueba mi afirmación antes de negarla?

Con un encogimiento de hombros incrédulo, Madame Omber dio por terminado un perplejo escrutinio del rostro de Lanyard, y se volvió hacia la caja fuerte.

—Pero para haber hecho lo que usted declara haber hecho —argumentó ella—, debe de haber conocido la combinación... ya que parece que no la ha forzado para abrirla.

La combinación brotó con soltura de la lengua de Lanyard.

Y ante esto, con evidentes muestras de emoción, empezando al fin a abrigar esperanzas, si no a creer, la mujer se dispuso a abrir la caja fuerte.

En menos de un minuto lo había logrado, el estuche de joyas forrado de tafilete estaba en sus manos, y un rápido examen le había asegurado que su tesoro estaba intacto.

—¿Pero por qué...? —tartamudeó, pálida de emoción—... ¿por qué, monsieur , por qué ?

—Porque decidí dejar de robar para ganarme la vida.

—¿Cuándo trajo estas joyas aquí?

—Esta misma semana... hace cuatro o cinco noches...

—¿Y luego... se arrepintió, eh?

—Lo reconozco.

—¿Pero ha venido aquí de nuevo esta noche, para robar por segunda vez lo que ya había robado una?

—Eso también es cierto.

—Y yo le interrumpí...

—Perdón, madame: usted no, sino mi mejor yo. Vine a robar... pero no pude.

— Monsieur ... no me convence usted. No logro desentrañar sus motivos, pero...

Un repentino y fuerte ruido de pisadas pesadas en el vestíbulo de recepción, acompañado por un choque de voces excitadas, la silenció e hizo que Lanyard se diera la vuelta al instante.

Por encima de aquel ruidoso altercado —del que ninguno de los dos había recibido el menor aviso, tan por completo les había absorbido su discusión— los acentos de Sidonie se hicieron audibles:

—¡Madame... madame! —un grito de protesta.

—¿Qué es eso? —le preguntó madame a Lanyard.

Él le lanzó la palabra: «¡Policía!», al tiempo que se volvía y se arrojaba al hueco de la ventana.

Pero al abrirla de un tirón, la voz de un centinela en el césped lo saludó con una aguda advertencia; y cuando, involuntariamente, salió al balcón, un destello de fuego partió la penumbra de abajo, una fuerte detonación resonó en la quietud del parque, y una bala golpeó con saña el revestimiento de piedra de la ventana.