XXIII - MADAME OMBER
Antes de que el eco de aquel estrépito dejara de reverberar de habitación en habitación, Lanyard se deslizó hacia un lado del umbral, desde donde podía dominar la perspectiva de los salones junto con una vista parcial de las puertas principales.
Y apenas se había ocultado allí, en la sombra de los portières , cuando la luz de una araña eléctrica inundó el vestíbulo de recepción.
Esta le mostró una sola figura, la de una hermosa mujer, que superaba con creces la mediana edad pero que aún conservaba una presencia equilibrada, vigorosa e imponente, ataviada con un vestido de noche de tal magnificencia que sugería su reciente asistencia a alguna función de Estado.
De pie bajo la luz, guardaba una llave en un bolso de brocado.
Hecho esto, volvió la cabeza y habló de forma ininteligible por encima del hombro.
De inmediato apareció a la vista una segunda mujer de aproximadamente la misma edad, pero de aspecto aún más fuerte y capaz.
.. una sirvienta, con ropas oscuras y sencillas, sin duda la doncella de madame.
Entregándole el bolso de brocado, madame desabrochó el cuello de su capa de armiño y la confió al cuidado de la sirvienta.
Sus siguientes palabras fueron audibles, y tranquilizadoras en la medida en que indicaban ignorancia de que algo anduviera mal.
—Gracias, Sidonie. Puede usted irse a la cama ya.
—¿Madame no necesitará que le ayude a desvestirse?
—Aún no estoy lista. Cuando lo esté... soy lo bastante mayor para cuidar de mí misma. Además, prefiero que se vaya a la cama, Sidonie. No le mejora el carácter perder su sueño reparador.
—Muchas gracias, madame. Buenas noches.
—Buenas noches.
La doncella se alejó hacia la escalera principal, mientras su señora se dirigía deliberadamente a través de los salones hacia la biblioteca.
Ante esto, volviéndose hacia la chica de una zancada y agarrándola por la muñeca para obligarla a prestar atención, Lanyard habló en un rápido susurro, con la boca pegada a su oído, pero con una solicitud tan desinteresada y tan intensa que por el momento se mostró del todo inconsciente tanto del atractivo de ella como de su propia pasión.
—Por aquí —dijo, arrastrándola de forma imperiosa hacia la ventana por la que había entrado—: hay un balcón fuera.
.. un salto corto hasta el suelo. —Y descorriendo el pestillo de la ventana, la empujó a través de ella—.
Intente salir por la puerta trasera... la que le mostré antes. .. evitando a Ekstrom...
—¿Pero seguro que viene usted también? —insistió ella, rezagándose.
—Imposible: no hay tiempo para que escapemos los dos sin ser vistos.
Mantendré a madame interesada solo el tiempo suficiente para que usted escape.
Pero tome esto —y le puso su automática en la mano—.
No... tómela; tengo otra —mintió—, y podría usted necesitarla.
No tema por mí, pero váyase... ¡oh, corazón mío! ... ¡váyase!
Las pisadas de Madame Omber sonaban peligrosamente cerca, y sin dar a la chica más oportunidad de protestar, Lanyard cerró las ventanas, echó el pestillo y se escabulló como un gato por el lado más alejado del escritorio, deteniéndose a poco más de un metro del biombo y la caja fuerte.
La lámpara de escritorio seguía encendida, allí donde la chica la había dejado tras el biombo de cinabrio; y Lanyard sabía que la difusión de sus rayos era suficiente para hacer que su figura fuera nítida e inmediatamente visible para cualquiera que entrara por la puerta.
Ahora todo pendía del temperamento de la dueña de la casa, de si se tomaría aquella aparición con tranquilidad, engañada por la pantomima de Lanyard haciéndole creer que solo se las tenía que ver con un pobre y estúpido ladrón, o con una tormenta de histeria burguesa.
En este último caso, la mano de Lanyard estaba ya plantada, palma abajo, sobre el tablero del escritorio: si la mujer intentaba dar la alarma, un solo salto llevaría al aventurero por encima del mismo en plena huida hacia las puertas principales.
En el umbral apareció la señora de la casa y se detuvo, y sus ojos, vivos y brillantes, pasaron de la luz del suelo a la oscura figura del ladrón. Luego, de una zancada, encontró un interruptor y encendió la araña, en un resplandor de luz.
Mientras esto sucedía, Lanyard se encogió, levantando un codo como para protegerse la cara... como si esperara encontrarse bajo el cañón de un revólver.
El gesto tuvo el efecto calculado de centrar la atención de la mujer exclusivamente en él, después de que una rápida ojeada a su alrededor le hubo mostrado una habitación ocupada solo por ella y por un ladrón acobardado.
Y de inmediato se hizo manifiesto que, engañada o no, tenía intención de tomarse la situación con tranquilidad, aunque con mano férrea.
Sus ojos se entrecerraron y los músculos de su mandíbula cuadrada, casi masculina, se endurecieron de manera ominosa mientras miraba al intruso de arriba abajo.
Luego, un destello de desprecio modificó la adustez de su semblante.
Dio tres pasos hacia delante, deteniéndose al otro lado del escritorio, de espaldas a la puerta.
Lanyard tembló de forma visible...
—¡Vaya! —la palabra retumbó como el disparo de apertura de un combate—. ¡Vaya, buen hombre! —los astutos ojos se desviaron hacia la puerta cerrada de la caja fuerte y volvieron rápidamente atrás—: ¡no parece usted haber logrado gran cosa!
—¡Por el amor de Dios, madame! —espetó Lanyard con voz ronca y temblorosa, en nada parecida a la suya—: ¡no mande que me arresten! ¡Deme una oportunidad! No me he llevado nada. ¡No llame a los flics !
Se contuvo, llevando una mano insegura a su garganta como si se le hubiera secado la lengua.
—¡Vamos, vamos! —respondió la mujer, con una mirada casi de lástima—. No he llamado a nadie... todavía.
Los dedos de una mano fuerte y blanca tamborileaban suavemente sobre el tablero del escritorio; luego, con un movimiento tan rápido y seguro que el propio Lanyard a duras penas podría haberlo mejorado, se deslizaron hacia el tirador de un cajón, lo abrieron de un tirón, se cerraron en torno a la culata de un revólver, y se lo presentaron al aventurero a la cabeza.
Automáticamente él levantó ambas manos.
—¡No dispare! —gritó—. No voy armado...
—¿Es eso verdad?
—¡No tiene usted más que registrarme, madame!
—¡Gracias! —Los acentos de madame descubrieron ahora un rastro de seco sentido del humor—. Le dejaré eso a usted. Vacíe sus bolsillos ahí, sobre el escritorio... y recuerde, ¡no toleraré ninguna tontería!
El arma apuntaba a Lanyard con firmeza, sin dejarle otra opción que obedecer. Como quiera que fuese, se alegró de la excusa para escuchar algún sonido que le indicara cómo le iba a la chica en su huida, y fingió que le temblaban los dedos para ocultar la lentitud con la que obedecía.
Pero no oyó nada.
Cuando hubo vuelto visiblemente todos los bolsillos del revés, y su contenido reposó sobre el escritorio, la mujer examinó la exhibición sin curiosidad.
—Vuélvaselos a guardar —dijo con sequedad—. Y luego traiga esa silla de ahí... la del rincón. Tengo la idea de que me gustaría hablar con usted. Es lo habitual, ¿no?
—¿Cómo? —preguntó Lanyard con mirada vacía.
—En todas las novelas de crímenes que he leído, el amo de casa respetuoso con la ley siempre se sienta a tener una charla sociable con el asaltante... antes de llamar a la policía. Me temo que esa es parte del precio que tiene usted que pagar por mi hospitalidad.
Hizo una pausa, observando a Lanyard de forma inquisitiva mientras este devolvía sus pertenencias a sus bolsillos.
—¡Ahora, coja esa silla! —ordenó; y esperó de pie hasta que fue obedecida—. Eso es... ¡ahí! Siéntese.
Apoyándose contra el escritorio, sosteniendo el revólver con negligencia, la oradora favoreció a Lanyard con una inspección más pausada; la dureza de su mirada se había suavizado, y la ira que al principio había ensombrecido su semblante había desaparecido para cuando decidió proseguir con su catecismo.
—¿Cómo se llama? ¡No... no conteste! He visto vacilar sus ojos, y no me interesa un alias improvisado. Pero es la pregunta de rigor, ya sabe... ¿Le apetece un puro?
Abrió un humidor de caoba que había sobre el escritorio.
—No, gracias.
—Correcto... según las reglas: el criminal siempre se niega a fumar en estas escenas. Pero olvidemos el libro y escribamos nuestro propio guion. Le haré una pregunta original: ¿por qué estaba usted actuando hace un momento?
—¿Actuando? —repitió Lanyard, intrigado por la agudeza de la mentalidad de aquella mujer imperiosa.
—Exacto... fingiendo que era usted un ladrón cualquiera.
Por un momento llegó a hacerme creer que me tenía miedo.
Pero no es usted ni lo uno ni lo otro. ¿Que cómo lo sé?
Porque va usted desarmado, porque su voz ha cambiado en los últimos dos minutos a la de un hombre cultivado, porque ha dejado usted de acobardarse y ha empezado a pensar, y porque la forma en que cruzó la habitación y cogió esa silla demostró la poderosa complexión que tiene usted.
Si no tuviera yo este revólver, podría usted reducirme en un instante.
.. y no soy ninguna debilucha, para ser mujer. Entonces... ¿a qué venía esa actuación?
Estudiando a su captora con estrecho interés, Lanyard sonrió débilmente y se encogió de hombros, pero no dio respuesta.
No podía hacer más que aquello... nada más que ganar tiempo: cuanto más consintiera a madame en su capricho, mejores serían las posibilidades de Lucy de escapar indemne.
A esas alturas, calculaba él, ya habría encontrado la salida por la puerta de servicio hacia la calle.
Pero estaba en ascuas por la interminable aprensión de un contratiempo.
—¡Vamos, vamos! —insistió Madame Omber—. No es usted muy cortés, mi buen hombre. ¡Responda a mi pregunta!
—No espera usted que lo haga... ¿verdad?
—¿Por qué no? Me debe usted al menos la satisfacción de mi curiosidad, a cambio de haber entrado a robar en mi casa.