El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XXII - ACORRALADO
85%

XXII - ACORRALADO

Fue un sonido tan leve, tan pequeño y quedo, que solo un sentido del oído superdesarrollado podría haberlo distinguido de la confusa multiplicidad de sonidos casi inaudibles, entrelazados e interdependientes que conforman la somnolienta quietud de cualquier morada humana por la noche.

Lanyard, cuyo entrenamiento le había enseñado a escuchar, había aprendido que el silencio nocturno de todas y cada una de las casas tiene su cadencia singular, su propio y suave movimiento de sonido sordo pero armonioso, en el que la introducción de un sonido ajeno produce una discordancia inmediata, y al que, mientras trabajaba, solo necesitaba prestar atención de manera subconsciente, ya que la menor variación de la norma le serviría de advertencia.

Ahora, en el silencio de aquella vieja mansión, detectó un leve aleteo de discordancia que hizo sonar una nota de sigilo; una nota tal como no había evocado ningún movimiento suyo desde su entrada.

Ya no estaba solo, sino que compartía la vacía magnificencia de aquellos vastos salones con alguien cuyo propósito era tan furtivo, tan secreto y tan cauteloso como el suyo propio; ningún criado o vigilante despertado por una intuición de algún mal, sino alguien que no tenía, no más que él, ningún asunto lícito allí.

Y mientras permanecía alerta y atento, el sonido se repitió desde un punto menos distante, indicando que el segundo intruso se movía hacia la biblioteca.

En dos rápidas zancadas, Lanyard abandonó el refugio del biombo y se puso a cubierto en el hueco de uno de los altos ventanales, tras sus pesados cortinajes de terciopelo: una acción que no podría haberse sincronizado con mayor precisión de haber sido ensayada; apenas se había ocultado cuando una sombra se deslizó en la biblioteca, se detuvo junto al enorme escritorio y barrió la habitación con la luz de una potente linterna de bolsillo.

Su resplandor inicial dio de lleno en los ojos de Lanyard, deslumbrándole mientras espiaba a través de una estrecha abertura en los portières ; y aunque la luz se desvió al instante, durante varios momentos un borrón de color pavo real, que se mezclaba y se desvanecía, colgó como un telón en la oscuridad, y no pudo ver nada con claridad.

.. solo el rastro trazado por aquel círculo de luz danzante sobre las paredes y el mobiliario.

Cuando por fin se le aclaró la vista, el recién llegado estaba arrodillado a su vez ante la caja fuerte; pero necesitaba más luz, y este, al carecer de la paciencia y de la estudiosa precaución de Lanyard, se volvió hacia el escritorio y, cogiendo la lámpara de lectura, la trasladó al suelo detrás del biombo.

Pero incluso antes de que el torrente de luz siguiera al sordo clic del interruptor, Lanyard había reconocido a la mujer.

Por un instante se sintió aturdido, medio atontado, sofocado, de forma muy parecida a como se había sentido cuando los dedos de Greggs se cerraban en torno a su tráquea, hacía una semana en Troyon; experimentó una dificultad real para respirar, y fue consciente de un palpitar nauseabundo en las sienes y de un martilleo en el pecho como el tañido de una gran campana.

Se quedó mirando fijamente, tambaleándose. ..

La luz, que brotaba de la opaca caperuza, convirtió la puerta de la caja fuerte en un resplandor, y se reflejó en su rostro atento y enmascarado, delineando en nítida silueta su cuerpo ágil y dulce, indiscutiblemente identificado por el porte individual de su cabeza y de sus hombros y por los graciosos contornos de su abrigo de sastre.

Iba toda de negro, hasta las manos, sin que asomara rastro de blanco ni de ningún otro color salvo la bella curva de la mejilla bajo el antifaz y el rojo de sus labios.

Y si hacían falta más pruebas, la inteligencia con la que atacó la combinación, la precisión confiada y práctica que distinguía cada una de sus acciones, la demostraban como una alumna aventajada en aquel negocio.

Sus pensamientos eran un hervidero de miserable confusión.

Sabía que aquello explicaba muchas cosas que habría considerado cuestionables si su enamoramiento no le hubiera prohibido tomarlas en consideración en absoluto, por temor a ser desleal a aquella mujer a la que adoraba; pero en la angustia de aquel momento solo podía albergar un pensamiento, y este le poseía por completo: que ella debía ser salvada de algún modo del mal que se proponía. ..

Pero mientras él vacilaba, ella se volvió sensible a su presencia; aunque no había hecho ningún ruido desde su entrada, aunque ni siquiera se había movido, de algún modo ella adivinó que él —alguien— estaba allí, en el hueco del ventanal, observándola.

En el acto mismo de abrir la caja fuerte —valiéndose de las notas de su combinación que él había apuntado en su presencia—, la vio detenerse, quedarse paralizada en una pose de atención, para luego volverse a mirar directamente al portière que le ocultaba.

Y por un segundo eterno permaneció arrodillada allí, tan quieta que parecía no respirar siquiera, con la mirada fija y al frente, a la espera de algún sonido, de alguna señal, de algún temblor de los pliegues de la cortina, que confirmara su sospecha.

Cuando por fin se levantó, fue con un movimiento rápido y alerta.

Y mientras ella se detenía, con sus frágiles hombros bien cuadrados y la cabeza echada hacia atrás en actitud desafiante, retadora, como alguien sin voluntad propia pero atraído de forma irresistible por la mirada de ella, él salió a la habitación.

Y como ya no era el Lobo Solitario, sino ahora un simple hombre en agonía, sin pararse a pensar en sus circunstancias —en el hecho de que ambos eran asaltantes y de que el más mínimo sonido podía levantar un clamor en su contra—, dio un paso vacilante hacia ella, se detuvo, levantó una mano en un gesto de súplica y tartamudeó:

—Lucy... tú...

La voz se le quebró y le falló.

Ella no respondió, más que retrocediendo como si él hubiera hecho ademán de golpearla, hasta que la mesa la detuvo, y se recostó hacia atrás como si se alegrara de su apoyo.

—¡Oh! —gritó, temblando—, ¿por qué... por qué lo hiciste?

Él podría haberle respondido de la misma manera, pero la autojustificación superaba sus fuerzas.

No podía decir: «Porque esta noche me hiciste perder la fe en todo, y pensé en olvidarte yéndome al diablo por el camino más rápido que conocía.

.. ¡de esta manera!»... aunque eso era cierto.

No podía decir: «Porque, ladrón desde niño, el hábito demostró ser demasiado fuerte para mí, ¡y no pude resistir la tentación!

»... porque eso era mentira. Solo pudo agachar la cabeza y farfullar la miserable confesión:

—No lo sé.

Como si él no hubiera hablado, ella volvió a gritar:

—¿Por qué... por qué lo hiciste? ¡Estaba tan orgullosa de ti, tan segura de ti, el hombre que se había vuelto honrado por mí!... Eso lo compensaba... ¡Pero ahora...!

Su voz se quebró en un sollozo corto y seco.

—¿Compensaba? —repitió él de forma estúpida.

—¡Sí, lo compensaba! —Levantó la cabeza con un gesto de impaciencia—: ¡Por esto.

.. ¿no lo entiendes?... por esto que estoy haciendo!

¿No te imaginarás que estoy aquí por mi propia voluntad?

... ¿Que volví con Bannon por alguna otra razón que no fuera para intentar salvarte de él?

Yo sabía algo de su poder, y tú no; yo sabía que si me iba contigo, no descansaría nunca hasta que te mandara asesinar.

Y pensé que si podía engañarle con mentiras por un tiempo.

.. el suficiente para darte la oportunidad de escapar.

.. pensé... tal vez... podría comunicarme con la policía, para denunciarle. ..

Vaciló, sin aliento y suplicante.

A sus primeras palabras, él se había acercado a ella; y toda su charla no era sino un murmullo.

Pero aquello era del todo instintivo; pues ambos estaban más allá de consideraciones de prudencia, y el único pensamiento coherente de cada uno de ellos era que ahora, de una vez y para siempre, debía desaparecer todo malentendido.

Ahora, con tanta naturalidad como si hubieran sido amantes desde siempre, Lanyard le tomó la mano y se la estrechó entre las suyas.

—¡Tanto te importaba!

—Te amo —le dijo ella—... te amo tanto que estoy dispuesta a sacrificarlo todo por ti... la vida, la libertad, el honor...

—¡Calla, mi amor, calla! —le suplicó él, medio enloquecido.

—Lo digo en serio: si el honor pudiera retenerme, ¿crees que habría entrado aquí a robar esta noche para Bannon?

—Él te envió, ¿eh? —comentó Lanyard con una voz que denotaba peligro.

—Fue demasiado astuto para mí... Tuve miedo de decírtelo... Quise decírtelo... advertirte, esta noche en el taxi. Pero luego pensé que tal vez si no decía nada y te mandaba lejos creyendo lo peor de mí... tal vez te salvarías y me olvidarías...

—¡Pero jamás!

—Intenté por todos los medios engañarle, pero no pude. Me sacaron la verdad mediante amenazas...

—No se atreverían...

—¡Se atreven a cualquier cosa, te lo digo yo!

Sabían lo suficiente de lo que había pasado, a través de sus espías, como para seguir adelante, y me atormentaron y me intimidaron hasta que me derrumbé y se lo conté todo.

.. Y cuando se enteraron de que habías traído las joyas aquí de vuelta, Bannon me dijo que tenía que llevárselas.

.. y que, si me negaba, te mandaría matar.

Aguanté hasta esta noche; y justo cuando estaba a punto de irme a la cama, él recibió un mensaje telefónico, y me dijo que estabas conduciendo un taxi y que te seguían los apaches y que no vivirías hasta el amanecer si yo seguía negándome.

—¿Viniste sola?

—No. Tres hombres me trajeron hasta la verja. Me están esperando fuera, en el parque.

—¿Apaches?

—Dos de ellos. El otro es el capitán Ekstrom.

—¡Ekstrom! —gritó Lanyard desesperado—. ¿Está él...?

El sordo, pesado y estruendoso portazo de la gran puerta principal de entrada le silenció.