XXI - APÓSTATA
Estaba singularmente libre de cualquier tipo de júbilo por la forma en que había logrado al mismo tiempo su propia huida y provocado la catástrofe sobre sus autoproclamados asesinos; su estado de ánimo estaba vivo de asombro, de presentimiento y de desconcierto.
Cuanto más de cerca examinaba el asunto, más extraño e inexplicable se le antojaba a su entendimiento.
No había pensado en desafiar a la Manada y salir bien librado; pero no había esperado ningún esfuerzo tan manifiesto por disciplinarle mientras se mantuviera apartado y suspendiera sus actividades criminales.
Un recluta forzoso es un traidor en potencia en el campamento; y no hay que temer a la competencia retirada.
Así que parecía que Wertheimer no había creído en sus protestas, o bien que Bannon había rechazado el informe que debía de haberle entregado la chica.
En cualquiera de los dos casos, la Manada no había esperado a que el Lobo Solitario demostrara su insinceridad; no se había molestado en declarar la guerra; simplemente había atacado; con menos advertencia de la que da una serpiente de cascabel, había atacado.
.. desde la oscuridad... por la espalda.
Y así —juró Lanyard con amargura— él también atacaría, ahora que le tocaba a él, ahora que amanecía su hora.
Pero habría dado mucho por una pista para resolver el enigma.
¿Por qué tenía que cargar con aquella necesidad de atacar en defensa propia?
¿Por qué se le había impuesto aquella contienda a él, que no pedía nada mejor que le dejaran en paz?
Se dijo a sí mismo que no era del todo por los celos profesionales de De Morbihan, Popinot y Wertheimer; era por el extraño y rencoroso despecho que animaba a Bannon.
Pero, de nuevo, ¿por qué? ¿Podría ser que Bannon resintiera tanto la ayuda y el ánimo que Lanyard le había brindado a la chica en su abortado intento de fuga? ¿O era, tal vez, que Bannon hacía responsable a Lanyard de la detención y la muerte de Greggs?
¿Cabría la posibilidad de que hubiera realmente algo de enjundia en el fondo de aquel disparatado cuento de Wertheimer acerca de la pomposamente denominada «Bajos Fondos Internacionales sin Fronteras»?
¿Era aquello verdaderamente una demostración del propósito de aplastar a la competencia. .. «y al diablo con los gastos»?
¿O había que buscar algún motivo menos tangible en apariencia? ¿Abrigaba Bannon alguna animosidad secreta y personal contra el propio Michael Lanyard como algo distinto del Lobo Solitario?
Debatiendo estas cuestiones desde todos los ángulos pero sin llegar a ningún fin, se sumió en una gran furia de exasperación, jurando que consumaría aquel único y último golpe, que se recluiría en Inglaterra hasta que pasara el temporal, y que a su debido tiempo volvería a París para desenmascarar a De Morbihan (suponiendo que hubiera sobrevivido al accidente en el Bois ), exterminar a Popinot por completo, obligar a Wertheimer a retirarse permanentemente en Dartmoor, y forzar a Bannon a rendir cuentas aunque tuviera que entregarlas junto con los últimos suspiros sibilantes de aquel inválido. ..
Con este humor llegó, pasada la una de la madrugada, bajo los muros de la mansión Omber, y prudentemente eligió un nuevo punto de ataque.
En el curso de sus exámenes preliminares de los muros, no se le había escapado que su construcción de ladrillo y yeso estaba en mal estado; había marcado varios puntos donde la intemperie se había comido por completo la capa exterior de yeso.
En uno de ellos, a medio camino entre la avenida y el cruce de las calles laterales, dudó.
Como había previsto, el mortero que unía los ladrillos estaba todo seco y desmenuzado; no fue gran tarea aflojar uno de ellos, haciendo un punto de apoyo desde el cual pudiera agarrar con una mano enguantada la albardilla coronada de cristales, echar su ulster sobre ella para mayor protección, y auparse con el cuerpo entero a lo alto del muro.
Pero allí, por un momento, se detuvo dudoso y temblando.
En aquella percha expuesta e incómoda, con la calle sin vida a un lado, y el negro misterio del parque descuidado al otro, se vio presa y sacudido por una repentina aversión, como si sintiera un malestar en su propia alma.
El miedo físico no tenía nada que ver con esto, porque estaba completamente solo y sin ser visto; de haber sido de otro modo, unas facultades entrenadas durante toda una vida para trabajos como este y ahora afinadas a tono de concierto no habrían dejado de avisarle de cualquier peligro que sus sentidos más groseros pudieran haber pasado por alto.
A pesar de todo, tenía miedo, como si el propio Miedo se hubiera apoderado de su alma por los talones y no fuera a soltarla hasta que la visión de sí misma fuera absoluta.
Tenía miedo, con un gran miedo, como nunca había soñado conocer; él, que conocía bien el respingo de la carne ante el riesgo de dolor, el estremecimiento del espíritu a la sombra de la muerte, y el horror como el que se había apoderado de él aquella mañana en la alcoba del pobre Roddy.
Pero nada de todo aquello le había enseñado en modo alguno la medida de un miedo como el que ahora le poseía, tan absoluto que temblaba como un alma desnuda ante la presencia inexorable de lo Eterno.
Tenía miedo de sí mismo, un terror pánico de aquel ego que habitaba el cascarón de materia funcional y sensible llamado Michael Lanyard: tenía miedo de aquel Yo extraño, silencioso e incomprensible que acechaba oculto en él, aquel Yo enmascarado y misterioso que en su inescrutable capricho podía hacerle noble o hacerle vil, aquel Yo impalpable y esquivo como cualquier sombra, y sin embargo invenciblemente fuerte, su amo y su destino, al mismo tiempo la tumba del Ayer, la copa del Hoy, la matriz del Mañana. ..
Miró hacia los rostros cansados y apagados de aquellas viejas viviendas que se alzaban al otro lado de la calle con ventanas ciegas y sin luz, durmiendo sin la menor sospecha de que él se había colado entre ellas.
.. la cosa espantosa y mortífera que caminaba de noche, el Lobo Solitario, criatura de pillaje y rapiña, esclavo fustigado de aquel Yo que no conocía ley. ..
Luego, lentamente, aquella obsesión se disipó como el final de una pesadilla; y con un sobresalto, un leve estremecimiento y un suspiro, Lanyard se despabiló y prosiguió para cumplir las órdenes de su Yo para sus insondables fines...
Dejándose caer silenciosamente sobre el suave y húmedo césped, se hizo uno con las sombras del parque, tan mudo, intangible y fugitivo como ellas, hasta que poco después salió a la luz de las estrellas, en un césped abierto que subía hasta el ala de la biblioteca de la mansión, y se acercó a un balcón de piedra poco profundo que sobresalía a dos metros y medio sobre el césped.
.. una elevación tan insignificante que, asiendo con un solo salto su balaustrada de piedra, el aventurero estuvo sobre él en un par de segundos.
Tampoco las largas puertas ventanas francesas que se abrían al balcón le ofrecieron ningún impedimento real: con un cortaplumas quitó rápidamente la masilla seca alrededor de un pequeño cristal en forma de rombo, para luego hacer palanca y sacar el cristal mismo; al meter una mano por el hueco encontró fácilmente el pestillo y lo giró; una cautelosa presión abrió las dos hojas lo suficiente para que pasara su cuerpo; y. .. se encontró dentro de la biblioteca.
No había hecho ningún ruido; y gracias a su absoluta familiaridad con el lugar, no necesitó luz.
El biombo de cinabrio le proporcionó toda la protección que requería; y como tenía intención de llevar a cabo su propósito y salir de la casa con la mayor presteza, no se molestó en explorar más allá de un rápido y casual repaso de los salones contiguos.
El reloj daba los tres cuartos cuando se arrodilló detrás del biombo y agarró la rueda de la combinación.
Pero no la giró. Aquella suave música se apagó lentamente y le dejó paralizado, allí en el silencio y en la penumbra, con los ojos muy abiertos mirando a la oscuridad hacia la nada, con la mandíbula apretada y rígida, la frente anudada y húmeda de sudor, las manos tan cerradas que las uñas se le clavaban en las palmas; mientras contemplaba hacia atrás el abismo que se abría entre el Lobo Solitario de esta noche y el hombre que, apenas hacía una semana, se había arrodillado en ese mismo lugar en compañía de la mujer que amaba, empeñado en hacer restitución para que su alma pudiera salvarse a través de la fe de ella en él.
Fue visitado por una clara visión de sí mismo: el ladrón atrapado en su crimen por su conciencia.
.. o lo que fuera que fuese aquello, a lo que, a falta de un nombre mejor, debía llamar su conciencia: esa cosa dentro de él que se rebelaba contra su propósito, que se amotinaba contra los dictados de su Yo, y que detenía su mano de recoger la cosecha de su astucia y su osadía; ese sentido del honor y de la honradez que en unos pocos y breves días se había vuelto más preciado para él que todo lo demás en la vida, entretejiéndose inextricablemente en la fibra de su ser, de modo que negarlo sería ir en contra de la Naturaleza. ..
Cerró los ojos para ahuyentar la visión acusadora y siguió arrodillado, sin moverse, aunque desgarrado por un lado y por otro en el conflicto de la naturaleza dual del hombre.
Pasaron los minutos sin que él se diera cuenta.
Pero con el tiempo se fue calmando; sus manos se relajaron, los músculos de su frente se alisaron, su respiración se hizo más lenta y profunda; sus apretados labios se separaron y un profundo suspiro susurró en la quietud.
Con un gran cansancio encima, se levantó lenta y pesadamente del suelo, y se irguió, libre al fin y para siempre de aquel antiguo mal que durante tanto tiempo había mantenido su alma cautiva.
Y en aquel momento de victoria, a través del profundo silencio que reinaba en la casa, detectó una pisada incauta en el parqué del vestíbulo de recepción.