XX - GUERRA #2
Al girar desde la avenue d'Antin hacia la Rond-Point des Champs-Élysées , el morro del coche perseguidor fue avanzando poco a poco por su derecha, bloqueando eficazmente cualquier intento de desviarse hacia el este, hacia los Bulevares y el centro de la vida nocturna de la ciudad.
No le quedó otra opción que huir hacia el oeste.
Trazó un arco alrededor del círculo en forma de estrella de seis puntas de la Rond-Point con el que no perdió ni un centímetro de ventaja, y se enderezó, ventre-à-terre , avenida arriba hacia la place de l'Étoile , abriéndose paso a lo loco entre el flujo de tráfico más pausado.
.. y el motor del coche de turismo ronroneaba satisfecho siempre justo a su lado.
Si había policías por los alrededores, Lanyard no vio a ninguno: no es que se le hubiera ocurrido detenerse o ni siquiera reducir la velocidad por nada que no fuera un obstáculo inamovible...
Pero a medida que pasaban los minutos se fue haciendo evidente que no iba a haber ningún nuevo atentado contra su vida por el momento. Los perseguidores podían permitirse el lujo de esperar. Podían permitirse imitar la paciencia de la propia Muerte.
Y entonces le sobrevino a Lanyard la idea de que ya no conducía solo: la Muerte era su pasajera.
Por muy absorto que estuviera con el control de su máquina y con los problemas siempre cambiantes de la carretera, aún halló tiempo para pensar con toda claridad en sí mismo, para reconocer el hecho de que muy probablemente estaba contemplando París por última vez... y la vida...
Solo un poco más, y el nombre de Michael Lanyard no sería ni siquiera un recuerdo para aquellos cuyas vidas conformaban la vida incansable de aquella ancha avenida.
Ante él, el Arc de Triomphe se alzaba cada vez más grande y más oscuramente hermoso contra el campo de estrellas de medianoche. Se preguntaba si lograría llegar a él con vida...
Llegó: la persecución seguía aguardando su momento. Pero el morro del coche de turismo le empujó de forma inexorable alrededor del arco, apartándole de la avenue de la Grande Armée y metiéndole en la avenue du Bois .
Solo cuando en plena carrera hacia Porte Dauphine comprendió el propósito de De Morbihan. Le iban a empujar a toda prisa hacia las soledades de medianoche del Bois de Boulogne para allí darle caza y matarle.
Pero ahora empezó a abrigar un débil pálpito de esperanza.
Una vez dentro del recinto del parque, calculaba vagamente en alguna oportunidad para detenerse de repente, abandonar el coche y, refugiándose en la amistosa oscuridad de árboles y arbustos, o bien lograr escapar a pie o mantener a raya a los apaches hasta que la policía acudiera en su ayuda.
Con la noche para ocultar sus movimientos y con un bosquecillo de árboles donde cobijarse, se atrevía a creer que tendría una oportunidad de salvar la vida.
.. en tanto que en las calles desnudas cualquier intento semejante resultaría sencillamente suicida.
Fugaces miradas por encima del hombro le demostraban que no había cambios en la distancia que separaba a su coche del de los asesinos. Pero su motor funcionaba con suavidad y precisión: dándole gusto, engatusándole, se las arregló para mantener su posición un poco más.
Acercándose a Porte Dauphine , se percató de que había dos sergents de ville de pie en medio de la calzada, agitando los brazos a lo loco. Mantuvo el rumbo hacia ellos de forma implacable —eran sus vidas o la suya— y se hicieron a un lado saltando apenas a tiempo para salvarse.
Y al adentrarse en el parque como una sombra perseguida, le pareció oír un disparo de pistola.
.. si dirigido a él por los apaches, o disparado por la policía para enfatizar su indignación, no sabría decirlo.
Pero estaba más que agradecido de que lo que conducía fuera un taxi y no un coche de turismo: sin la carrocería de su vehículo para protegerle, no dudaba de que hacía tiempo que una bala le habría encontrado.
A aquella hora muerta, los paseos del Bois estaban casi desiertos.
Entre la puerta y el primer cruce solo pasó por delante de un coche a motor, una limusina cuyo conductor gritó algo inarticulado cuando Lanyard pasó zumbando.
La ausencia de peligros por el tráfico era un alivio: pero la persecución se iba acercando, centímetro a centímetro, a medida que bajaba a toda velocidad por la calzada que bordea la orilla oriental del lago; y seguía sin encontrar ningún claro, sin reconocer ninguna invitación en la disposición del terreno para intentar su único plan; tal como estaban las cosas, los apaches estarían sobre él antes de que pudiera saltar de su asiento.
Inclinándose sobre el volante, escrutando con ojos ansiosos los tramos ensombrecidos de aquel paseo sinuoso, condujo por un momento con una mano, mientras con la otra se abría de un tirón el ulster y sacaba su pistola para tenerla a punto.
Entonces, al coronar la cima de la pendiente, por encima del quejido de su motor, el crujido de la gravilla bajo los neumáticos y el bramido del aire que le azotaba los oídos, oyó el agudo repiqueteo de unos cascos y supuso que la gendarmerie había emprendido la persecución.
Y a continuación, en una suave pendiente descendente, aunque la tomó a una velocidad peligrosa y parecía verdaderamente cabalgar en el viento, el vehículo perseguidor, ayudado por su mayor peso, empezó a acercarse aún más rápido.
Por momentos, el ronco ronquido de su motor sonaba más fuerte y amenazador.
Ahora era una mera cuestión de segundos. ..
La inspiración de la desesperación acudió a él, tan salvaje como cualquier otra jamás concebida por la mente del hombre.
Se acercaron a un punto donde, a la izquierda, una densa plantación amurallaba la carretera. A la derecha, una ancha acera separaba el paseo de un suave declive sembrado de árboles jóvenes, que bajaba hasta el agua.
Poniéndose de pie en su asiento, Lanyard deslizó de debajo suyo el pesado cojín impermeable.
A continuación, acercándose a la izquierda del centro de la calzada, cortó bruscamente la potencia y aplicó los frenos con todas sus fuerzas.
Desde su velocidad de vértigo, el taxi se detuvo por completo en el espacio de dos veces su longitud.
Lanyard salió despedido hacia delante contra el volante, pero al haberse afianzado de antemano, escapó de salir malherido y logró una recuperación instantánea.
El coche de los apaches se le echó encima en un latido.
Sin la menor advertencia de su intención, De Morbihan no tuvo tiempo de emplear los frenos.
Lanyard vio su oscura silueta pasar como una exhalación por delante de las ventanillas de su taxi y oyó un grito de triunfo.
Entonces, con todas sus fuerzas, lanzó el pesado cojín a través de aquel escaso espacio, directamente a la cara de De Morbihan.
Su puntería fue recta y certera.
Alarmado, incapaz de comprender la naturaleza de aquella gran masa oscura que giraba en el aire, De Morbihan intentó levantar un codo para protegerse.
Fue demasiado lento: el cojín le dio en la cara, con toda su fuerza, y antes de que pudiera recuperarse o adivinar lo que estaba haciendo, había dado un brusco volantazo a la derecha.
El coche, que corría a una velocidad algo menor que la de una locomotora, atravesó como una exhalación la franja de la acera, enganchó su rueda delantera derecha contra un árbol joven, giró pesadamente de costado hacia el paseo y volcó por completo al salir despedido cuesta abajo hacia el lago.
A un estrépito espantoso le siguió un espantoso coro de juramentos, alaridos, gritos y gemidos.
Al instante, Lanyard volvió a arrancar el motor y, temblando en todo el cuerpo, continuó la marcha durante varios cientos de metros.
Pero el tiempo apremiaba, y la utilidad de su coche había llegado a su fin en lo que a él respectaba; era imposible saber cuántas veces la policía no habría establecido su identidad en el curso de aquella desenfrenada persecución por París, o en cuánto tiempo aquellos lograrían darle alcance y detenerle; y tan pronto como una curva de la carretera le ocultó el escenario del accidente, se detuvo por fin, bajó de un salto y se lanzó de cabeza a la oscura entraña de medianoche del Bois , buscando sus silencios allí donde los árboles eran más espesos y las luces escasas.
Más tarde, como una criatura acosada de la noche, jadeante, desaliñado, con su tosca ropa manchada y embarrada, cruzó a hurtadillas un espacio abierto, a un kilómetro más o menos de su punto de desaparición, se dejó caer con cautela en el lecho seco del foso, trepó con el mismo sigilo por un resbaladizo glacis de las fortificaciones, cruzó como una exhalación el bulevar interior y empezó a describir un amplio arco hacia su destino: el hôtel Omber.