XX - GUERRA
¿Pero por qué? —se preguntaba mientras se alejaba sin rumbo con su taxi— ¿por qué aquella rabia ciega con la que había acogido las propuestas de Wertheimer?
Indudablemente, el negocio del chantaje era lo bastante despreciable; y como maestro ladrón de cajas fuertes, de la más alta casta del mundo criminal, el Lobo Solitario había tratado con justificada burla y desdén las insinuaciones de un paria como Wertheimer.
Pero no había sido con ese espíritu con el que había comprendido la intención del inglés, cuando por fin este fue al grano; ninguna fría displicencia había teñido su actitud, sino que al principio hubo ardiente indignación, y al final una rabia insensata. ..
Él mismo estaba desconcertado. Aquel ataque de pasión tenía todo el aspecto de una inconsistencia psíquica imposible de conciliar con la razón.
Recordó con perplejidad cómo, hacia el final, el rostro del inglés había nadado en una bruma ante sus ojos; con qué aversión, rayana en el odio, había contemplado su sonrisa postiza y fija; con qué asco había soportado la intimidad del tono de Wertheimer; cómo se había sentido tentado de abalanzarse al cuello del hombre y zarandearle hasta dejarle sin sentido en pago a su descaro: emociones que habrían encajado mejor en un hombre de intachable honor e integridad sometido a los insolentes requiebros de un canalla despreciable, emociones que bien cabría haber esperado del hombre que Lanyard había soñado alguna vez llegar a ser.
Pero ahora, dado que había renunciado a aquella infatuada ambición y se había vuelto apóstata de todos sus votos, su papel habría sido el de reírse en la cara de Wertheimer y mandarle al diablo antes de que le sucediera algo peor.
En lugar de eso, había montado en cólera.
Y mientras permanecía sentado rumiando al volante, supo que, de repetirse las circunstancias, su comportamiento sería el mismo.
¿Era posible que hubiera cambiado de forma tan absoluta en el transcurso de aquel espasmo de reforma de tan corta vida?
A eso clamó que no: sabiendo bien lo que tramaba, que todos sus planes estaban trazados y que solo un grave contratiempo podría impedirle llevarlos a efecto, sintiéndose una vez más vivo con el espíritu desenfrenado y despiadado del Lobo Solitario, invenciblemente autosuficiente, fuerte y astuto.
Cuando por fin salió de su ensimismamiento, fue para descubrir que su rumbo al azar le había llevado de vuelta hacia el corazón de París; y poco después, cansado de dar vueltas inútilmente y encontrándose en las inmediaciones de la Madeleine, buscó allí la parada de taxis, paró el motor y volvió a sumirse en unas lúgubres reflexiones tan profundas que nada objetivo tuvo cabida en su conciencia.
Fue así como, sin él saberlo, un par de matones furtivos pudieron bajar andando desgarbadamente por la parada, escrutándola disimuladamente pero con detalle, detenerse frente al coche de Lanyard bajo el pretexto de encender unos cigarrillos, identificarle a su entera satisfacción y largarse a toda prisa.
No fue hasta que hubieron desaparecido por completo cuando el conductor del taxi de delante se atrevió a advertirle.
Repantigado, este último observó al aventurero con curiosidad.
—¿Es que, entonces —inquirió con cortesía, cuando Lanyard por fin miró a su alrededor—, está usted en la lista negra del buen general Popinot, amigo mío?
—¿Eh... qué dice usted? —preguntó Lanyard, con una mirada de absoluta incomprensión.
El hombre asintió con ademán sabio.
—Quien está a malas con Popinot —observó, sentencioso—, hace bien en no dormirse en público.
¡No ha visto usted a esos dos que acaban de pasar y han tomado su matrícula.
.. ratas de Montmartre, si es que conozco mi París!
Estaba usted soñando, amigo mío, y me da la impresión de que solo la presencia de esos dos policías al otro lado de la calle ha impedido su asesinato inmediato.
Yo que usted, me marcharía muy deprisa, y no me detendría hasta haber puesto muros muy gruesos entre mi persona y Popinot.
Un escalofrío de aprensión recorrió la espina dorsal de Lanyard.
—¿Está usted seguro?
—¡Pero de una certeza, viejo amigo!
—¡Mil gracias!
Bajando de un salto, el aventurero arrancó el motor, volvió a su asiento de un salto, y salió disparado como una liebre acosada...
Y cuando, más de una hora después, detuvo su jadeante coche en una callejuela tranquila y vacía del barrio de Auteuil, tras un recorrido que había abarcado la mayor parte de París, lo hizo con la convicción de haber despistado, más allá de toda duda, a sus perseguidores.
.. de haber habido de hecho algún intento de seguirle.
Aprovechó aquel lugar apartado para sustituir la matrícula que tenía licencia para exhibir por una falsa; luego, a un ritmo más sosegado, siguió la línea de las fortificaciones hacia el norte hasta llegar a La Muette, donde, desviándose, buscó y dio un rodeo por dos lados del parque privado que rodeaba el hôtel de Madame Omber.
Pero la mansión no mostraba luces, y no había nada en el aspecto de la propiedad que le llevara a creer que la dueña hubiera regresado ya a París.
Ahora bien, la noche aún era joven, pero Lanyard tenía que deshacerse de su taxi y organizar no pocos detalles esenciales más antes de poder dar pasos definitivos hacia la reencarnación del Lobo Solitario.
Tomando una ruta de lo más circunspecta a través del río —por el puente Mirabeau— hasta la oficina de telégrafos que abría toda la noche en la rue de Grenelle , envió un mensaje críptico al Ministro de la Guerra, para luego, con los mismos esfuerzos por pasar desapercibido, desandar el camino hacia la rue des Acacias .
Pero no le fue posible volver a cruzar el Sena en secreto.
.. al menos a efectos prácticos... sin desandar el camino por donde había venido.
.. un largo rodeo que su espíritu impaciente se irritaba con solo contemplarlo.
De forma poco sensata eligió cruzar por el Pont des Invalides.
.. y lo poco sensato que fue se le hizo evidente casi tan pronto como pasó del brillante Quai de la Conférence a la cada vez más oscura rue François Premier .
Apenas había avanzado veinte metros desde la esquina cuando, como una exhalación, con su motor ronroneando como algún gran felino, un potente coche de turismo apareció barriendo desde atrás, se puso a su altura, pero en lugar de adelantarle redujo la velocidad hasta que su marcha se igualó con la suya propia.
Impresionado por la extrañeza de esta maniobra, miró rápidamente a su alrededor, para reconocer la cara de luna llena de De Morbihan, que le sonreía sardónicamente por encima del volante del coche negro.
Un segundo y apresurado vistazo le permitió descubrir a cuatro hombres en los asientos traseros.
A falta de tiempo para identificarlos, Lanyard no puso en duda su carácter ni su intención maligna: matones de Belleville, sin lugar a duda, reclutados de los batallones de Popinot, con órdenes de traer al Lobo Solitario, vivo o muerto.
Tuvo prueba instantánea de que sus aprensiones no eran exageradas.
De repente, De Morbihan cortó el silenciador y soltó, a toda potencia, el claxon eléctrico.
Entre las ásperas detonaciones del tubo de escape y los alocados y estruendosos chillidos de la advertencia, un espantoso clamor resonó y volvió a resonar en aquella calle tranquila.
.. un estruendo en el que el estampido de un disparo de revólver quedó ahogado y pasó desapercibido.
El propio Lanyard podría no haberse dado cuenta, de no haber captado por el rabillo del ojo un fogonazo que le escupió como la lengua de fuego de una serpiente, y de no haber oído el estrépito de la ventanilla a su espalda al caer hacia dentro, hecha añicos.
Que al disparo no le siguiera otro de forma inmediata se debió casi por completo a la reacción instantánea e instintiva de Lanyard.
Incluso antes de que el estrépito de los cristales rotos se registrara en su conciencia, metió la marcha más larga y salió disparado como un galgo asustado.
Tan repentino fue este movimiento que cogió desprevenido al propio De Morbihan.
En un instante Lanyard había logrado diez metros de ventaja.
En otro ya estaba tomando una curva cerrada sobre dos ruedas, hacia la rue Jean Goujon ; y en un tercero, mientras salía disparado por aquella corta manzana hacia la avenue d'Antin , había aumentado su ventaja a quince metros.
Pero nunca podría esperar mejorar eso: más bien lo contrario.
Sus perseguidores tenían el coche más potente, y estaba capitaneado por quien se decía que era el automovilista más audaz y hábil de Francia.
Las consideraciones que dictaron la sencilla estrategia de Lanyard eran sólidas aunque no estuvieran formuladas: salvo por la intervención de la policía —algo con lo que no se atrevía a contar—, su única esperanza residía en la huida a campo abierto y en mantenerse con persistencia en las vías principales, mejor iluminadas y más transitadas, donde una repetición del intento no sería aconsejable.
.. al menos, menos probable. Siempre cabía la remota posibilidad de un accidente.
.. de que al coche de De Morbihan se le reventara un neumático o quedara arrinconado por el tráfico, permitiendo a Lanyard desviarse hacia algún laberinto de oscuras callejuelas, abandonar el taxi, y ponerse a cubierto a conciencia.
Pero en el mejor de los casos era una esperanza desesperada, y él lo sabía.
Además, era tan probable que le ocurriera un accidente a él como a De Morbihan: con que se le reventara un neumático o sufriera un pinchazo, o con que algún obstáculo de tráfico le retrasara dos segundos, y nada menos que un milagro podría salvarle. ..