El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XIX - DESENMASCARADO #3
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XIX - DESENMASCARADO #3

—No importa. Es verdad, ¿no?

—Sí —admitió el inglés con gravedad—... es verdad. Es culpa de Bannon, después de todo... Quizá no me crea, pero es un hecho que no supe con seguridad quién era el responsable hasta esta noche.

—¿No pretenderá realmente que me trague eso? Estaban ustedes uña y carne...

—¡Ah, pero solo a prueba! Cuando decidieron eliminar a Roddy, a mí no me consultaron. Me mantuvieron a oscuras... en su mayor parte, me halago a mí mismo, porque en los asesinatos trazo yo la raya. Si lo hubiera sabido... cosa que no se creerá usted, por supuesto... Roddy estaría vivo hoy.

—Me gustaría creerle —admitió Lanyard—. Pero, ¡cuando me pide usted que firme un acuerdo con ese maldito asesino!...

—No puede usted participar en nuestro juego con las manos limpias —replicó Wertheimer.

Lanyard no encontró respuesta a eso.

—Si ya ha dicho usted todo lo que deseaba —sugirió, poniéndose en pie—, puedo asegurarle que mi respuesta es definitiva... y me marcharé a mis asuntos.

—¿Qué prisa tiene? Siéntese. Hay más que decir... mucho más.

—¿Como por ejemplo...?

—Me imaginé que le gustaría a usted hacer una o dos preguntas.

Lanyard sacudió la cabeza; era evidente que Wertheimer pretendía tirarle de la lengua a través de su interés por Lucy Shannon.

—No siento la más mínima curiosidad por sus asuntos —observó.

—Pero debería sentirla; podría contarle una gran cantidad de cosas interesantes que afectan íntimamente a sus asuntos, si quisiera. Debe usted comprender que, a partir de ahora, tendré yo la sartén por el mango.

—¡Enhorabuena! —Lanyard se rio de forma burlona.

—No es ninguna broma, mi querido amigo: he sido ascendido por encima de las cabezas de sus amigos, De Morbihan y Popinot, y a partir de ahora seré... como dicen en Estados Unidos... el que corte el bacalao.

—¿Con qué autoridad?

—Con la del ilustre Bannon. He sido nombrado su lugarteniente... en sustitución de Greggs, depuesto por chapucero.

—¿Pretende usted decirme que Bannon controla a De Morbihan y a Popinot?

El inglés sonrió con indulgencia.

—Por si no lo sabía, es el comandante en jefe de nuestras fuerzas aliadas, el genio rector de los Bajos Fondos Internacionales sin Fronteras.

—¡Paparruchas! —exclamó Lanyard con desprecio—. ¿Por qué me habla usted como si yo fuera un niño al que se le asusta con un cuento del hombre del saco como ese?

—Tómelo o déjelo: el hecho es que así es.

.. Yo lo sé, si usted no. Confieso que no lo supe hasta esta noche; pero he averiguado algunas cosas que me han abierto los ojos.

.. Verá, teníamos una mesa en un rincón tranquilo del Café de la Paix, y puesto que el Viejo se marcha a casa en breve, ya era hora de que se desahogara bastante a fondo con el hombre al que deja para que le represente en Londres y en París.

Nunca antes de que empezara a hablar sospeché de nuestro poder. ..

Lanyard, que observaba de cerca al hombre, habría jurado no haber visto nunca a nadie más sobrio. Estaba indescriptiblemente perplejo ante esta ostensible franqueza... extrañado y desconfiado.

—Y luego está esto que debe usted considerar, por su parte —reanudó Wertheimer con la actitud más propia de los negocios—: puede usted trabajar con nosotros sin verse obligado a tratar en modo alguno con el Viejo, ni con De Morbihan, ni con Popinot.

Bannon no volverá jamás a cruzar el Atlántico, y puede usted hacer poco más o menos lo que le plazca, dentro de lo razonable. .. sujeto a mi aprobación, se entiende.

—Uno de los dos está loco —comentó Lanyard con profundidad.

—Uno de los dos está ciego a sus mejores intereses —corrigió Wertheimer con entero buen humor.

—Tal vez... Dejémoslo así. No me interesa... nunca me han gustado los cuentos de hadas.

—No se vaya todavía. Aún queda mucho por decir sobre ambas posturas en esta discusión.

—¿Acaso ha habido alguna?

—Además, le prometí noticias de Amberes.

—Es cierto —dijo Lanyard, y se detuvo, con la curiosidad por fin atrapada.

Wertheimer rebuscó en el bolsillo interior de la pechera de su frac y sacó un formulario telegráfico azul, que entregó al aventurero.

De igual fecha, procedente de Amberes, decía:

«Bajos Fondos—París—Greggs detenido hoy al subir al barco para América tras lucha desesperada se suicidó inmediatamente después veneno ninguna confesión—Q-2».

—¿Bajos Fondos? —preguntó Lanyard, desconcertado.

—Nuestra dirección telegráfica, por supuesto. «Q-2» es nuestro factor principal en Amberes.

—¡Así que atraparon a Greggs!

—Zopenco estúpido —observó Wertheimer—; no siento ninguna compasión por él. Todo el asunto fue una pifia, de principio a fin.

—¡Pero ustedes sacaron a Greggs y quemaron Troyon...!

—Aun así, nuestros amigos de la Prefectura no quedaron satisfechos. Algo debe de haber despertado sus sospechas.

—¿Y no sabe usted qué?

—Debe de haber habido una filtración en alguna parte...

—De ser así, eso sin duda habría conducido a la policía hasta mí, después de todos los esfuerzos que se tomaron ustedes por endosarme el crimen a mí. Hay algo más que simple traición en esto, señor Wertheimer.

—Tal vez tenga usted razón —dijo el otro de forma pensativa.

—Y no dice mucho en favor de la disciplina de su preciosa organización... concediendo, en aras del debate, la posibilidad de semejante disparate.

—Bueno, bueno, piense usted lo que quiera al respecto. No insisto, siempre y cuando acepte usted aunar fuerzas conmigo.

—Oh, ¿ahora se trata solo de usted, verdad? ¿No de esa descabellada ficción, los Bajos Fondos Internacionales sin Fronteras?

—Solo conmigo. Le ofrezco campo libre. Vaya donde quiera, haga lo que guste... yo no tendría la osadía de intentar guiarle ni influir en usted.

Lanyard se contuvo con considerable dificultad.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿Dónde entra usted?

Wertheimer se reclinó en su silla y se rio en voz baja.

—¿Hace falta que lo pregunte? ¿Tengo que recordarle los cimientos de mi prosperidad?

Tenía usted el nombre bien a punto en la punta de la lengua la otra noche en la rue Chaptal .

.. Cuando haya terminado usted su trabajo, vendrá a verme y repartiremos los beneficios a partes iguales.

.. y siempre y cuando haga usted eso, ¡jamás saldrá una palabra de mis labios!

—¡Chantaje...!

—¡Oh, si insiste usted! Qué curioso, ¡cómo me desagrada esa palabra!

El aventurero se puso bruscamente en pie.

—¡Por Dios! —gritó—, ¡más me vale largarme de aquí antes de que le haga daño!

La puerta se cerró de un portazo a sus espaldas en una habitación que resonaba con la natural carcajada de Wertheimer.