El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XIX - DESENMASCARADO #2
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XIX - DESENMASCARADO #2

—¡De acuerdo! El viejo me tuvo desconcertado durante un minuto con sus tontas burlas. Una estupidez por mi parte, también, porque acabábamos de estar hablando de usted.

—¡No me diga!

—Así es. ¿No sería mejor que me llevara a un sitio donde pudiéramos tener una charlita tranquila?

—No soy consciente de la necesidad...

—¡Oh, vamos! —protestó Wertheimer de manera amistosa—, no se ponga farruco, viejo amigo. Deme una oportunidad. Además, tengo unas cuantas noticias de Amberes que le garantizo que le interesarán.

—¿Amberes? —repitió Lanyard, desconcertado.

—Amberes, desde donde zarpan los barcos —rio Wertheimer—: no Ámsterdam, donde se reúnen los diamantes en rebaño, como quizá sepa usted.

—Me temo que no le sigo.

—No se lo aclararé hasta que estemos a cubierto.

—Está bien. ¿Adónde le llevo?

—Cualquier café tranquilo servirá. Debe de conocer usted alguno...

—Gracias... no —dijo Lanyard con sequedad—. Si he de tener un conciliábulo con caballeros de su calaña, prefiero que sea a oscuras. Incluso vestido como voy, podrían reconocerme, ya sabe.

Pero resultaba evidente que Wertheimer no tenía intención de permitirse perder los estribos.

—¿Servirá, entonces, mi modesto piso? —sugirió de forma agradable—. He alquilado un apartamento en la rue Vernet , justo detrás del Hotel Astoria, donde podremos estar todo lo en privado que usted quiera, si no tiene objeción.

—En absoluto.

Wertheimer le dio el número y volvió a subir la ventanilla...

Sus habitaciones de la rue Vernet resultaron ser un pequeño apartamento en la planta baja con entrada privada a la calle.

—Tomé nota de lo suyo —le dijo a Lanyard mientras abría la puerta—. Me atrevería a decir que a usted le gustaría volver a aquel rez-de-chaussée suyo. Un lugar estupendo, ese... Por cierto... a juzgar por su estado de salud, que parece robusto, no habrá intentado ir a dormir a su casa últimamente.

—¿De veras?

—¡De veras que sí, monsieur ! Si se me permite el atrevimiento de aconsejar... me mantendría alejado de la rue Roget durante una buena temporada... al menos durante todo el tiempo que mantenga usted su actual e intratable temperamento.

—Me atrevería a decir que tiene usted razón —asintió Lanyard con indiferencia, siguiéndole, mientras Wertheimer encendía las luces, hasta un modesto salón acogedoramente amueblado—. Vive usted aquí solo, tengo entendido.

—Por completo: póngase perfectamente cómodo; nadie puede oírnos. Y —añadió el inglés con una carcajada—, olvídese de su pistola, señor Lanyard. Yo no soy Popinot, ni esto es Troyon.

—Aun así —replicó Lanyard—, acaba usted de cenar con Bannon.

Wertheimer se rio con naturalidad.

—¡Ahí me ha pillado! —admitió, sin inmutarse—. Imagino que sabe usted un poco más sobre el Viejo de lo que sabía hace una semana.

—Tal vez.

—Pero siéntese: tome aquella silla de ahí, que domina ambas puertas, si no se fía de mí.

—¿Cree usted que debería hacerlo?

—Apenas. De lo contrario, le pediría que aceptara mi palabra de que de momento está usted a salvo. Así las cosas, no me ofenderé si tiene el arma a mano y el instinto de conservación funcionando a toda máquina. ¿Pero no se negará usted a compartir conmigo un whisky con soda?

—No —dijo Lanyard lentamente—... no si bebe usted de la misma botella.

De nuevo el inglés se rio sin afectación mientras traía un decantador, vasos, una botella de soda y una caja de cigarrillos, y los ponía al alcance de Lanyard.

El aventurero lo observó detenidamente, perplejo.

No sabía nada de este hombre, más allá de su reputación.

.. ¡algo bastante desagradable, a decir verdad!

... solo le había visto una vez, y desde lejos, antes de aquella conferencia en la rue Chaptal .

Y ahora se volvía sensible a una personalidad inusualmente insinuante: Wertheimer estaba exhibiendo todo el aplomo de un inglés de buena casta.

Más que nadie en los bajos fondos que Lanyard hubiera conocido jamás, aquel chantajista tenía el aire de alguien que se conoce su propio respeto.

Y su desenvoltura, la naturalidad con la que aceptaba la perdonable desconfianza de Lanyard, su genial asunción de camaradería y de terreno común, le atraían aun a la par que le intrigaban.

Con la fácil cortesía de un anfitrión experimentado, midió el whisky en el vaso de Lanyard hasta que le detuvo un «Gracias», luego se sirvió a sí mismo con generosidad y abrió la soda.

—No le pediré que brinde conmigo —dijo con un brillo en los ojos—, pero... ¡chinchín!... —Y, inclinando su vaso, lo medio vació de un trago.

Mascullando por lo bajo como de costumbre, en situación de desventaja y resentido por ello, Lanyard bebió con menos entusiasmo aunque sin recelos.

Wertheimer seleccionó un cigarrillo y lo encendió con calma.

—Bueno —se rio a través de una nube de humo—... ¡creo que estamos en buen camino hacia el entendimiento, teniendo en cuenta que me mandó usted al diablo la última vez que nos vimos!

Su ánimo era irresistible: a su pesar, Lanyard le devolvió la sonrisa.

—No he conocido a hombre que se lo tomara con mejor talante —admitió, encendiendo su propio cigarrillo.

—¿Y por qué no? Me gustó : nos dio usted con exactitud lo que pedíamos.

—Entonces —exigió saber Lanyard con gravedad—, si ese es su punto de vista, si es usted lo bastante decente para verlo de ese modo... ¿qué diablos hace usted en esa galera?

—Las travesuras hacen extraños compañeros de cama, lo admitirá. Y si le parece una pregunta justa... ¿qué hace usted aquí, conmigo?

—La misma excusa que antes... intentar averiguar de qué va su juego.

Wertheimer miró al techo con una sonrisa cómplice.

—¡Mi querido amigo! —protestó—... ¡lo único que usted quiere saber es todo!

—Más o menos —admitió Lanyard sin el menor asomo de gracia—. Por lo que se ve, tiene usted intención de quedarse a este lado del Canal durante algún tiempo.

—¿Y eso cómo es?

—En este establecimiento reina un ambiente personal y asentado. No parece que tenga aún la mitad de sus cosas metidas en los baúles.

—¡Oh, estos alojamientos! Sí, son muy cómodos.

—¿No echa de menos Londres?

—¡No poco! Pero lo apreciaré aún más cuando regrese.

—¿Así que puede usted regresar si le place?

—¿Insinúa usted que me pareció que aquello se había puesto demasiado caliente para mí?

Wertheimer se interpuso con una mirada socarrona.

—No le voy a hablar de eso. Pero espero poder volver a casa algún que otro fin de semana sin contrariar a Scotland Yard. ¿Por qué no viene conmigo en alguna ocasión?

Lanyard sacudió la cabeza.

—¡Vamos! —le instó el inglés—. No se dé tantos aires. No soy mala compañía. ¿Por qué no ser sociable, puesto que estamos abocados a encontrarnos más o menos en el camino de los negocios?

—Oh, creo que no.

—Pero, mi querido amigo, no puede usted seguir así. Jugar al asaltante de taxis no es exactamente lo suyo. Y, por supuesto, comprenderá usted que no se le permitirá dedicarse a ninguna ocupación más provechosa hasta que no llegue a un acuerdo con los poderes fácticos... o abandone París.

—A un acuerdo con Bannon, De Morbihan, Popinot y usted mismo... ¿eh?

—Con los mismos.

—Señor Wertheimer —le dijo Lanyard con serenidad—, ninguno de ustedes me detendrá si es que alguna vez decido volver a las andadas.

—No habrá estado usted pensando en dejarlo... ¿verdad? —preguntó Wertheimer con inocencia, abriendo mucho los ojos.

—Tal vez...

—¡Ah, ahora empiezo a ver la luz! Así que ese es el motivo por el que se ha rebajado usted a llevar un taxi.

¡Ya me extrañaba a mí! Pero, de alguna manera, señor Lanyard.

.. —Los ojos de Wertheimer se entornaron pensativos—.

.. ¡apenas puedo imaginarle a usted satisfecho con esa línea.

.. incluso si esta noción de reforma no es simple fanfarronería!

—Bueno, ¿y qué piensa usted?

—Pienso —se rio el inglés—... pienso que esta conferencia no nos lleva a ninguna parte en particular.

Nuestras naturalezas sencillas y confiadas no parecen confraternizar de forma tan espontánea como pudieran.

Podríamos ahorrarnos los rodeos e ir directamente al grano.

.. ¿no cree? Pero antes de hacerlo, me gustaría que me permitiera darle un consejo amistoso.

—¿Y es...?

—¡Cuidado con Bannon!

Lanyard asintió.

—Gracias —dijo con sencillez.

—Lo digo con toda sinceridad —declaró Wertheimer—. Sabe Dios que usted no es nada para mí, pero al menos ha jugado usted limpio como un hombre; y no quiero ver cómo le masacran para disfrute de unos apaches por falta de aviso.

—¿Tan vengativo es Bannon, cree usted?

—Le tiene a usted el más venenoso de los rencores, si me lo pregunta a mí.

Tal vez usted sepa por qué: yo no. De todas formas, ha sido una suerte perra la que ha traído su coche a la puerta esta noche.

Le mencionó a usted durante la cena, y si bien aparentemente no sabe dónde buscarle, es evidente que no quiere saber nada de usted.

.. no, al menos, hasta que su actitud hacia la organización no cambie.

—No lo ha hecho. Pero le quedo agradecido.

—¿Seguro que no ve la forma de trabajar con nosotros?

—Totalmente seguro.

—Tenga en cuenta que tendré que informar al Viejo. Tengo que comunicarle su respuesta.

—No creo que sea necesario que le diga a usted lo que debe decirle a él —dijo Lanyard con una sonrisa.

—Aun así, merece la pena pensarlo. Conozco la mente del Viejo lo bastante bien como para sentirme seguro al ofrecerle cualquier incentivo que pueda usted nombrar, dentro de lo razonable, si se une a nosotros.

Diez mil francos en su bolsillo antes de que amanezca, si lo desea, y libertad para dejar este sucio trabajo suyo. ..

—¡Por favor, deténgase ahí! —le interrumpió Lanyard con vehemencia—. También a mí empezaba a caerme bien usted... ¿Por qué insiste en recordarme que es usted íntimo del bruto que hizo asesinar a Roddy mientras dormía?

—¡Pobre diablo! —dijo Wertheimer con suavidad—. Reconozco que fue un asunto repugnante. Pero, ¿quién le ha dicho a usted...?