XVIII - ENIGMA #3
Mantuvo el rostro vuelto y se quedó mirando al vacío por la ventanilla; pero cuando él siguió sentado a su lado, mudo y sin responder —de hecho, sin saber qué decir— ella se volvió a mirarle, y el resplandor de una farola que pasaba mostró su semblante profundamente afligido, con la boca tensa, las cejas fruncidas, y los ojos nublados por la perplejidad y la súplica.
Y de repente, al verla tan atormentada y tan lastimera, su indignación se desvaneció, y con ella se disiparon todas las dudas que albergaba sobre ella; adivinó de forma confusa que algo tras aquella oscura red de misterio e inconsistencia, por inexplicable que le resultara, excusaba toda su aparente falta de fe y su inestabilidad de carácter y de propósito.
No podía mirar a aquella chica y oír su voz y creer que no era en el fondo tan sana y dulce, tierna y leal, como cualquiera que hubiera respirado jamás.
Una oleada de ternura y compasión desbordó su corazón; comprendió que él no importaba, que su amour-propre no tenía ninguna importancia... que nada importaba con tal de que ella se ahorrara la menor punzada de autorreproche.
Dijo, con suavidad:
—No quisiera que se afligiera por mi cuenta, señorita Shannon... Comprendo perfectamente que debe haber cosas que yo no pueda comprender... que debe haber tenido sus razones para actuar como lo hizo.
—Sí —dijo ella con voz trémula, pero de nuevo con la mirada apartada—; las tenía; pero no son fáciles, son imposibles de explicar... para usted.
—Y sin embargo... al fin y al cabo... yo no tengo derecho a exigir ninguna explicación.
—Ah, pero ¿cómo puede decir eso, recordando por lo que hemos pasado juntos?
—No me debe usted nada —insistió él—; en tanto que yo se lo debo todo a usted, hasta la fe incondicional. Incluso aunque fracase, tengo que agradecerle esto... el único impulso nada innoble que mi vida ha conocido.
—No debe usted decir eso, no debe pensarlo. Yo no me lo merezco. No lo diría... si supiera...
—Tal vez pueda adivinar lo suficiente para satisfacerme a mí mismo.
Ella le lanzó una rápida mirada de soslayo en tono de desafío, instintivamente a la defensiva.
—¿Y qué... —casi balbuceó— qué piensa usted...?
—¿Acaso importa lo que yo piense?
—Sí me importa, a mí: ¡quiero saberlo!
—Bueno —concedió él a regañadientes—, pienso que, cuando tuvo usted la oportunidad de considerar las cosas con calma, esperando allí atrás en el jardín, decidió que sería mejor... hacer uso de su buen juicio y... librarse de una situación embarazosa...
—¡Eso piensa usted! —le interrumpió ella con amargura—.
¡Piensa eso, después de haberse confiado usted a mí; después de haber confesado —cuando yo le obligué, le empujé a ello— que me amaba; después de haberme dicho lo mucho que mi fe significaba para usted.
.. piensa usted que, después de todo eso, le abandoné de forma deliberada porque de repente me di cuenta de que usted había sido el Lobo Solitario. ..!
—Siento haberla ofendido. Pero, ¿qué otra cosa puedo pensar?
—¡Pero se equivoca usted! —protestó con vehemencia—... ¡muy, muy equivocado! Huí de mí misma... no de usted... y con otro motivo, también, que no puedo explicar.
—¿Huyó de usted misma... y no de mí? —repitió él, perplejo.
—¿Es que no lo entiende? ¿Por qué me lo pone tan difícil? ¿Por qué me obliga a decir a las claras lo que tanto me duele?
—Oh, se lo ruego...
—Pero si de otro modo no quiere usted comprender.
.. tendré que decírselo, supongo. —Se contuvo, sin aliento, ruborizada y temblorosa—.
¿Recuerda usted nuestra charla después de la cena, aquella noche.
.. cómo le pregunté qué pasaría si descubría usted que se había equivocado conmigo, que le había engañado; y cómo le dije que sería imposible que yo me casara con usted?
—Lo recuerdo.
—Fue por eso —dijo ella— que huí; porque no había estado hablando por hablar; porque usted estaba equivocado conmigo, porque yo le estaba engañando, porque jamás podría casarme con usted, y porque.
.. de repente... me di cuenta de que, si no me iba en aquel preciso momento, podría no encontrar jamás las fuerzas para dejarle, y solo sufrimiento e infelicidad podrían derivarse de todo aquello.
Tenía que irme, tanto por su bien como por el mío propio.
—¿Quiere usted que entienda que descubrió que estaba empezando a... a quererme un poco?
Hizo ella un esfuerzo por hablar, pero al final solo respondió con una muda inclinación de cabeza.
—¿Y huyó porque el amor no era posible entre nosotros?
De nuevo asintió en silencio.
—¡Porque yo había sido un criminal, supongo!
—No tiene derecho a decir eso...
—¿Qué otra cosa puedo pensar? Me dice usted que temía que yo pudiera persuadirla de que se convirtiera en mi esposa.
.. algo que, por alguna razón inexplicable, usted afirma que es imposible.
¿Qué otra explicación puedo deducir? ¿Qué otra explicación se necesita?
Es sobrada, lo abarca todo, y no tengo ningún derecho a quejarme. .. ¡Dios lo sabe!
Ella intentó protestar, pero él la atajó.
—¡Hay una cosa que no entiendo en absoluto! Si eso es así, si su repugnancia por las asociaciones criminales hizo que usted huyera de mí... ¿por qué volvió con Bannon?
Ella se sobresaltó y le dirigió una mirada furtiva y asustada.
—¿Usted sabía eso?
—La vi... anoche... la seguí desde Viel hasta su hotel.
—¡Y pensó usted —saltó ella con voz vibrante— que yo estaba en su compañía por voluntad propia!
—No parecía usted del todo abatida —replicó él—. ¿Desea usted que entienda que estaba con él en contra de su voluntad?
—No —dijo ella lentamente...—. No: volví con él por voluntad propia, sabiendo perfectamente lo que hacía.
—¿Por miedo a él...?
—No. No puedo afirmar eso.
—¿Antes que conmigo...?
—Jamás lo entenderá usted —le dijo ella un poco cansada—... jamás. Fue una cuestión de deber. Tenía que volver... ¡tenía que hacerlo!
Su voz se apagó en un sollozo ahogado. Pero cuando Lanyard, movido más allá de sus fuerzas para resistirse, extendió una mano para tomar la enguantada de blanco que descansaba sobre el cojín junto a ella, ella la retiró con un rápido gesto de rechazo.
—¡No! —gritó—. ¡Por favor! No debe usted hacer eso... Solo lo hace más difícil...
—¡Pero usted me ama!
—No puedo. Es imposible. Lo haría... ¡pero no me es dado!
—¿Por qué?
—No puedo decírselo.
—Si me ama, debe decírmelo.
Ella guardó silencio, y sus blancas manos manipulaban su pañuelo con nerviosismo.
—¡Lucy! —insistió él—... debe usted decir qué se interpone entre usted y mi amor. Es cierto que no tengo derecho a preguntar, como no tenía derecho a hablarle de amor. Pero cuando hemos dicho tanto como lo que hemos dicho... no podemos detenernos ahí. ¿Me lo dirá, querida?
Ella sacudió la cabeza:
—Es... es imposible.
—¡Pero no puede usted pedirme que me contente con esa respuesta!
—¡Oh! —exclamó ella—, ¿ cómo puedo hacerle comprender?
... Cuando dijo usted lo que dijo aquella noche.
.. pareció como si amaneciera un nuevo día en mi vida.
Me hizo usted creer que era por mi culpa.
Me puso usted por encima de usted... donde yo no tenía derecho a estar; pero el hecho de que me creyera usted digna de estar allí, me hizo sentirme orgullosa y feliz: y por un tiempo, en mi ceguera, creí que podría ser digna de su amor y de su respeto.
Pensé que, si podía yo ser tan fuerte como usted durante ese año que pidió para demostrar su fortaleza, podría escucharle, contárselo todo, y ser perdonada.
.. Pero estaba equivocada, lo equivocada que estaba pronto lo supe.
.. ¡Así que tuve que dejarle a cualquier precio!
Dejó de hablar, y durante varios minutos se hizo el silencio.
A excepción de su respiración rápida y convulsiva, la chica permanecía sentada como una mujer de piedra, mirando fijamente por la ventanilla con los ojos secos.
Y Lanyard permanecía igual de inmóvil, con el corazón en el pecho tan pesado y frío como una piedra.
Por fin, levantando la cabeza, «No me deja usted otra alternativa», dijo con una voz sorda y hueca incluso a sus propios oídos: «Solo puedo pensar una cosa...»
—Piense usted lo que deba —dijo ella sin vida—: no importa, siempre y cuando renuncie a mí, me saque de su corazón y... me deje.
Sin otra respuesta, él se inclinó hacia delante y golpeó el cristal; y cuando el coche giró hacia el bordillo, agarró el picaporte de la puerta.
—Lucy —suplicó—, no deje que me vaya creyendo...
Ella pareció de repente infundida de una hostilidad implacable.
—¡Le digo —dijo con crueldad— que no me importa lo que piense, siempre y cuando se vaya!
El rostro que ahora le mostraba era ceniciento; su boca, dura; sus ojos brillaban febrilmente.
Y entonces, como él aún vacilaba, el taxi se detuvo y el conductor, echándose hacia atrás, soltó el pestillo de la puerta y la abrió de par en par. Con un breve y resignado asentimiento, Lanyard se levantó y salió.
De inmediato, la chica se inclinó hacia delante y agarró el tubo acústico; la puerta se cerró de golpe; el taxi se alejó y le dejó allí de pie con la pose y el gesto de alguien que acaba de oír pronunciar su sentencia de muerte.
Cuando volvió en sí para percatarse de su entorno, se encontró de pie en una esquina de la avenue du Bois .
Hacía un frío cortante por el viento que barría desde el oeste, y había oscurecido mucho. Solo en el cielo, sobre el Bois, un largo arrecife de luz carmesí pendía inmóvil, contra el que los árboles sin hojas recortaban siluetas nudosas y extrañas.
Mientras observaba, el empuje del carmesí se desvaneció con celeridad y dio paso al malva, al violeta y al negro.