El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XVII - EL ÚLTIMO RECURSO
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XVII - EL ÚLTIMO RECURSO

Instalado tras su espléndido escritorio de caoba en su despacho del Ministère de la Guerre , o moviéndose majestuosamente por el exterior ataviado con levita y brillante sombrero de copa, o prestando la dignidad de su presencia a alguna ceremonia formal con aquel hermoso uniforme que correspondía a su cargo, Monsieur Hector Ducroy tenía una estampa imponente.

En la cama... la cosa cambiaba tristemente.

Lanyard encendió la luz de la mesilla de noche, girándola de modo que diera de lleno en el rostro del durmiente; y al sentarse, sonrió.

El Ministro de la Guerra yacía sobre su espalda, y su distinguida corpulencia dislocaba severamente la casta sencillez de la ropa de cama.

Atravesando su pecho en declive, unas manos regordetas estaban cruzadas en un gesto conmovedoramente ingenuo.

Tenía el rostro rojo, un noble brillo resplandecía en el promontorio de su calva y la boca abierta.

En la medida de su inconsciente capacidad, ofrecía una prolongada imitación de una pelea de perros; y mostraba en verdad un virtuosismo sublime: uno distinguía fácilmente aullidos, gruñidos y gañidos individuales, contra un trasfondo de voces mezcladas de excitados no combatientes. ..

Tan repentinamente como si alguien, cansado del espectáculo, hubiera levantado la aguja de aquel disco, este cesó. El Ministro de la Guerra se agitó inquieto en sueños, murmuró una palabrota, abrió un ojo, frunció el ceño y abrió el otro.

Parpadeó furiosamente, medio cegado pero aún capaz de distinguir la desconcertante silueta de un hombre sentado justo más allá del resplandor: una presencia silenciosa que no se movía pero que le miraba fijamente; una aparición tanto más sobrecogedora por su propia inmovilidad.

Con rapidez, el rostro del Ministro de la Guerra perdió varios tonos de púrpura.

Se humedeció los labios con nerviosismo, con una lengua gruesa y seca, y se aferró convulsivamente a la ropa de cama, subiéndosela hasta el cuello y apretándola, como si estuviera bajo la errónea impresión de que la santidad de su persona estaba amenazada.

—¿Qué quiere usted, monsieur ? —tartamudeó con una vocecita queda y diminuta que habría sido el último en reconocer como propia.

—Deseo discutir un asunto de negocios con monsieur —replicó el intruso tras una pequeña pausa—. Si tiene usted la bondad de calmarse...

—Estoy perfectamente calmado...

Pero aquí el Ministro de la Guerra verificó con una rápida ojeada una impresión anterior, en el sentido de que el intruso sostenía algo que brillaba con lustre metálico; y su alma empezó a encogerse por los bordes.

—Hay mil ochocientos francos en mi cartera.

.. aproximadamente —logró articular—. Mi reloj está aquí en la mesilla.

Encontrará la plata de la familia en la caja fuerte del comedor, detrás del bufé.

.. la llave está en mi llavero... y las joyas de madame mi esposa están en una pequeña caja de caudales debajo del cabecero de su cama. La combinación...

—Perdón: monsieur labora bajo un malentendido —se interpuso secamente el ladrón de casas—. Si uno hubiera deseado esos objetos de valor, los habría tomado fácilmente sin tomarse la molestia de perturbar el reposo de monsieur ... Ya he mencionado, sin embargo, la naturaleza de mi encargo.

—¿Eh? —preguntó el Ministro de la Guerra—.

¿Qué es eso? ¡Pero concédame por su misericordia una oportunidad para explicarme!

¡Yo jamás le he perjudicado a usted a sabiendas, monsieur , y si lo he hecho sin saberlo, tenga la seguridad de que solo tiene que hacerme una petición por los cauces adecuados y estaré más que encantado de reparar el daño!

—¡Sigue usted sin escuchar! —insistió el otro—.

Vamos, Monsieur Ducroy... cálmese. No le he robado, porque no tengo deseo de robarle.

No le he hecho daño, porque no tengo deseo de hacerle daño.

Tampoco tengo otro deseo que el de presentar ante usted, como representante del Gobierno, cierto asunto de Estado.

Se hizo el silencio mientras el Ministro de la Guerra permitía que esta exhortación calara. Luego, al parecer tranquilizado, se sentó en la cama y miró a su intempestivo visitante con una mirada fulminante, poco menos que truculenta.

—¿Eh? ¿Qué es eso? —exigió—. ¿Negocios? ¿Qué clase de negocios? Si desea usted someter a mi consideración cualquier asunto de negocios, ¿cómo es que irrumpe en mi casa a altas horas de la noche y me despierta de esta manera tan brutal —aquí la voz le falló— con un arma letal apuntando a mi cabeza?

— Monsieur admitirá que habla bajo un error —replicó el ladrón—.

Aún no he apuntado con esta pistola hacia él.

Lamentaría mucho sentirme obligado a hacerlo.

La muestro, de hecho, simplemente para que monsieur no se olvide de sí mismo e intente llamar a los criados en su resentimiento por este método (lo admito) inusual de presentarme a su atención.

Cuando nos entendamos mejor no habrá necesidad de tales precauciones, y entonces guardaré mi pistola, para que su visión no moleste más a monsieur .

—Es cierto, no le entiendo a usted —gruñó el Ministro de la Guerra—. ¿Por qué... si su encargo es pacífico... irrumpe usted en mi casa?

—Porque era urgentemente necesario ver a monsieur al instante. ¡ Monsieur reflexionará sobre el recibimiento que uno tendría si tocara el timbre de la puerta principal y exigiera audiencia a las tres de la madrugada!

—Bueno... —concedió Monsieur Ducroy de forma dubitativa. Luego, tras reflexionar, repitió el monosílabo con irritación—: ¡Bueno! ¿Qué es lo que quiere, entonces?

—La mejor manera de explicarme es pedir a monsieur que examine... lo que tengo que mostrarle.

Con esto, Lanyard dejó caer la pistola en el bolsillo de su abrigo, sacó de otro una pitillera de oro, y de la provisión de esta última, con meticuloso cuidado, seleccionó un solo cigarrillo.

Mirando al Ministro de la Guerra de forma desconcertante, empezó a hacer rodar el cigarrillo con brío entre las palmas de las manos.

Una pequeña lluvia de tabaco cayó al suelo: el papel de arroz crujió y se desprendió; y con la suave sonrisa y el gesto de un prestidigitador profesional, Lanyard exhibió un pequeño cilindro de papel rígido entre el pulgar y el índice.

Abriendo los ojos con resentimiento, Monsieur Ducroy farfulló:

—Eh... ¿qué insolencia es esta?

Sin alterar su sonrisa, Lanyard se inclinó hacia delante y, en silencio, dejó caer el cilindro en la mano del francés. Al mismo tiempo le ofreció una lupa de bolsillo.

—¿Qué es esto? —insistió Ducroy estúpidamente—. ¡Qué... qué...!

—Si monsieur tiene la bondad de desenrollar los papeles y examinarlos con la ayuda de esta lupa...

Con un gruñido de asombro, el otro obedeció, desenrollando varias hojitas de papel fotográfico, a las que se habían transferido varios diseños extraordinariamente complicados y diminutos... que recordaban poderosamente a laboriosos esfuerzos por convencionalizar una telaraña.

Pero apenas Monsieur Ducroy los hubo visto a través de la lupa, se sobresaltó con violencia, profirió una exclamación excitada y los sometió a un examen tanto prolongado como minucioso.

— Monsieur estará, sin duda, ahora satisfecho, ¿verdad? —inquirió Lanyard cuando su paciencia no pudo soportar más.

—¿Son auténticos? —preguntó el Ministro de la Guerra con brusquedad, sin levantar la vista.

— Monsieur puede distinguir fácilmente las anotaciones hechas en los dibujos por el inventor, Georges Huysman, de su puño y letra.

Además, cada plano ha sido marcado en la esquina inferior izquierda con la palabra «aceptado», seguida de las iniciales del Ministro de la Guerra alemán.

Creo que esto establece de forma indiscutible la autenticidad de estas fotografías del plano del invento de Huysman.

—Sí —asintió el Ministro de la Guerra sin aliento—. ¿Tiene usted los negativos a partir de los cuales se hicieron estas copias?

—Aquí —dijo Lanyard, señalando un segundo cigarrillo.

Y entonces, con un movimiento tan pausado y descuidado que su propósito se cumplió antes de que el otro, en su preocupación, se diera cuenta de ello, el aventurero se inclinó hacia delante y recogió las copias de la colcha frente a Monsieur Ducroy.

—¡Oiga! —exclamó el francés—. ¿Por qué hace eso?

—¿ Monsieur ya no cuestiona su autenticidad?

—Le concedo eso.

—Entonces me devuelvo a mí mismo estas copias, a la espera de negociaciones para su transferencia a Francia.

—¿Cómo llegaron a sus manos? —exigió Monsieur Ducroy, tras un momento de reflexión.

—¿Es necesario que monsieur lo pregunte? ¿Tan mal servida está Francia por sus espías que aún no conoce la desgracia que sufrió recientemente un tal Capitán Ekstrom en Londres?

Ducroy sacudió la cabeza. Lanyard recibió esta indicación con impaciencia. Parecía apenas posible que el Ministro de la Guerra francés pudiera ser tan estúpido o tan ignorante...

Pero con un encogimiento de hombros paciente, procedió a dilucidar.

—El capitán Ekstrom —dijo— consiguió hace poco fotografiar estos planos y se los llevó a Londres para vendérselos a los ingleses.

Desgraciadamente para él... ¡por desgracia para la pérfida Albión!

... el capitán Ekstrom se topó conmigo y me confundió con el representante de Downing Street. Y aquí están los planos.

—Usted es... el Lobo Solitario... ¿entonces?

—Soy, en lo que a usted respecta, monsieur , simplemente la persona en posesión de estos planos, que se los ofrece a través de usted a Francia por un precio.

—Pero ¿por qué se presenta ante mí de esta manera extraordinaria, para una transacción para la que los cauces habituales... con los que debe de estar usted familiarizado... son por completo adecuados?