XVI - RESTITUCIÓN #3
Por un momento el aventurero contempló aquel tesoro inestimable con sobriedad, con los ojos entrecerrados y la respiración perceptiblemente acelerada.
Luego, con un gesto lento, volvió a cerrar el estuche, sacó del bolsillo aquel otro que había traído de Londres, lo abrió y lo mantuvo a un lado bajo la luz, para que la chica lo inspeccionara.
No miró ni una sola vez su contenido ni a ella, por temor a que su semblante le traicionara y revelara la verdad: que aún no había logrado del todo exorcizar a aquel espíritu amotinado y rebelde, el Lobo Solitario, del aposento sobre el cual había ejercido durante tanto tiempo su dominio; y contento con el sonido de su rápido y asustado suspiro de asombro ante el hecho de que lo que ahora contemplaba pudiera eclipsar de forma tan maravillosa lo que las otras cajas habían revelado, lo retiró, lo cerró, le encontró un sitio en la caja fuerte y, sin detenerse, cerró la puerta, echó los cerrojos e hizo girar el dial hasta que las guardas poco menos que cantaron.
Un último giro de la manilla de la palanca que le convenció de que la combinación estaba efectivamente descolocada, se levantó, recogió la lámpara, volvió a colocarla sobre el escritorio con escrupuloso cuidado de no dejar rastro de que hubiera sido movida, y se volvió para mirar a la chica.
Estaba donde él la había dejado, una figura pequeña, tensa y vibrante entre las sombras, con los ojos convertidos en oscuros estanques de asombro en un rostro de pálido resplandor.
Con la cabeza alta y los hombros bien echados hacia atrás hizo un gesto que indicaba de forma más elocuente que cualquier palabra: «¡Todo eso se ha acabado!».
—¿Y ahora...? —preguntó ella sin aliento.
—Ahora a largarnos —replicó él con fingida ligereza—. Antes del amanecer debemos estar fuera de París... Dos minutos, mientras adecento este lugar y lo dejo tal como lo encontré.
Regresó a la caja fuerte, devolvió el ala del biombo al lugar de donde lo había movido y, tras un instante de minucioso examen de la alfombra, empezó a explorarse los bolsillos.
—¿Qué está buscando? —inquirió la chica.
—Mis notas sobre la combinación...
—Las tengo yo. —Señaló su lugar en un bolsillo de su abrigo—. Las dejó usted en el suelo, y tuve miedo de que se le olvidaran...
—¡Sin miedo! —se rio él—. No —como ella le ofrecía el papel doblado—, consérvelo y destrúyalo, una vez que estemos fuera de aquí. Ahora esos portières ...
Tras apagar la luz del escritorio, centró su atención en los cortinajes de puertas y ventanas...
En menos de cinco minutos volvieron a estar en las silenciosas calles de Passy.
Tuvieron que caminar hasta el Trocadero antes de que Lanyard encontrara un fiacre , que más tarde despidió en la esquina del Faubourg Saint Germain.
Otro breve paseo les condujo a una verja en el muro del jardín de una residencia en la intersección de dos calles tranquilas.
—Esto, creo, pone fin a nuestros vagabundeos parisinos —anunció Lanyard—. Si tiene usted la bondad de vigilar por si hay entrometidos... y mantenerse tan inadvertida como sea posible en este portal...
Y retrocedió hasta el bordillo, midiendo el muro con la vista.
—¿Qué va usted a hacer?
A lo que él respondió haciéndolo con tal celeridad que ella se quedó boquiabierta de sorpresa: deteniéndose momentáneamente a un metro del muro, se recogió sobre sí mismo, saltó con agilidad en el aire, se agarró a la albardilla de la cima con ambas manos, y...
Ella oyó el suave ruido sordo de sus pies al caer en la tierra del recinto; el picaporte chirrió a sus espaldas; la puerta se abrió.
—Por última vez —rio Lanyard con suavidad—, ¡permítame que le invite a infringir la ley cometiendo un acto de allanamiento!
Tras asegurar la puerta, la condujo hasta un banco de jardín apartado entre una serie de arbustos convencionales.
—Si quiere esperar aquí —sugirió él—... bueno, será lo mejor.
Volveré lo antes posible, aunque tal vez me retrase un rato.
Aun así, puesto que estoy a punto de entrar a robar en esta mansión, mis motivos, que son de lo más encomiables, pueden ser malinterpretados, y preferiría que se quedara usted aquí, con la calle a mano.
Si oye algún ruido que suene a problemas, no tiene más que descorrer el pestillo de la verja.
.. ¡Pero esperemos que mis intenciones puramente benévolas para con la República Francesa no sean malinterpretadas!
—Esperaré —le aseguró ella con valentía—; pero, ¿no me dirá...?
Con un gesto, él señaló la mansión que se alzaba al fondo del jardín.
—Voy a entrar ahí a la fuerza para hacer una visita de madrugada y comunicar cierta información de interés a un personaje de considerable importancia... a nadie menos, de hecho, que a Monsieur Ducroy.
—¿Y quién es ese?
—El actual Ministro de la Guerra... Aún no tenemos el placer de conocernos el uno al otro; aun así, creo que no se arrepentirá de verme... En resumen, tengo intención de hacerle un regalo de los planos de Huysman y negociar nuestro salvoconducto para salir de Francia.
De manera impulsiva, ella le ofreció la mano y, cuando él, sorprendido, se la tomó con cierta timidez:
—¡Tenga cuidado! —le susurró con voz quebrada, con su pálido y dulce rostro vuelto hacia el de él—. ¡Oh, tenga mucho cuidado! Temo por usted...
Y por un momento la tentación de tomarla en sus brazos fue más fuerte de lo que había conocido jamás...
Pero recordando su año de prueba estipulado, soltó la mano de ella con un murmullo incoherente, dio media vuelta y desapareció en dirección a la casa.