El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XVI - RESTITUCIÓN #2
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XVI - RESTITUCIÓN #2

Con una sensación de estar siendo aplastada y sofocada por el envolvente misterio oscuro, se armó de valor para una prolongada vigilia.

La penumbra que la rodeaba por todas partes parecía cobrar vida con sigilosas pisadas, susurros, murmullos, el paso de formas veladas de silencio y de amenaza.

Le dolían los ojos, le palpitaban la garganta y las sienes, la piel se le erizaba y el cuero cabelludo le hormigueaba.

Parecía oír mil ruidos diferentes de alarma.

Los únicos sonidos que no oyó fueron los que, en su caso, acompañaron a la partida y al regreso de Lanyard.

De no haber sido él lo bastante considerado, a unos pocos metros de distancia, como para avisar con la luz, bien podría haber recibido con un grito de espanto la conciencia de una presencia cercana a ella: con tal silencio se movía él.

Así las cosas, se sobresaltó, recelosa de algún contratiempo, al encontrarle de vuelta tan pronto; porque no llevaba ausente ni tres minutos.

—Está todo en orden —anunció en un tono ahogado.

.. ya sin susurrar—. Solo hay cinco personas en la casa aparte de nosotros.

.. todos criados, durmiendo en el ala trasera.

Tenemos el campo libre... ¡aunque ninguna excusa para correr riesgos insensatos!

De todos modos, habremos terminado y nos habremos ido de nuevo en menos de diez minutos. Por aquí.

Aquel camino conducía a una inmensa y sombría biblioteca, en un extremo de una cadena de grandes salones, una auténtica galería de tesoros de mobiliario exquisito y obras de antiguos maestros de probada autenticidad.

Mientras se movían despacio a través de estas cámaras, Lanyard mantuvo ocupada su linterna de bolsillo; de manera involuntaria, de vez en cuando, detenía a la chica ante algún lienzo espléndido o alguna antigüedad extraordinaria.

—¡Siempre he tenido intención de presentarme un día con un furgón de mudanzas y saquear este lugar en condiciones!

—confesó con un fingido y pequeño suspiro—.

Considerado desde el punto de vista de un experto practicante de mi.

.. ah... antigua profesión, es un pecado y una vergüenza dejar que todo esto se eche a perder, estando tan mal vigilado.

La anciana... Madame Omber, ya sabe... tiene todo el dinero que hay, más o menos, y cuando muera todas estas cosas tan bellas irán a parar al Louvre; porque no tiene parientes de ninguna clase.

—¿Pero cómo se las arregló para acumularlas todas? —se preguntó la chica.

—Es obra de generaciones de coleccionistas apasionados —explicó él—.

El difunto Monsieur Omber fue el último de su dinastía; él y sus antepasados reunieron los cuadros y los muebles; madame añadió las obras orientales que había reunido su primer esposo, y su propia colección de joyería antigua y piedras preciosas. .. su capricho particular ...

Mientras hablaba, la luz de la linterna de bolsillo se apagó. Un instante después, la chica oyó un leve tintineo, de anillos de cortina deslizándose por una barra; y esto se repitió tres veces.

A continuación, tras otra breve pausa, un interruptor hizo clic; y emanando de la caperuza de una lámpara de escritorio portátil, un charco de luz inundó el corazón de un vasto lugar de sombras, una estancia cuyas puertas y ventanas estaban por igual ocultas por pesados cortinajes que colgaban del techo al suelo en largos y brillantes pliegues.

Inmensas librerías negras forraban las paredes, con sus estantes atestados de volúmenes de ricas encuadernaciones; desde sus cimas, pálidas máscaras de mármol se asomaban con curiosidad, lanzando miradas furtivas y frunciendo el ceño a los intrusos.

Una inmensa repisa de mármol tallado, que sostenía un gran espejo oscuro, ocupaba la mayor parte de una de las paredes, bajo la cual bostezaba una amplia y profunda chimenea, protegida en parte por un biombo de latón labrado y cristal.

En el centro de la estancia se alzaba una mesa de biblioteca de caoba; enormes sillones y sofás de cuero atestaban el resto de su espacio.

Y la esquina a la derecha de la chimenea estaba cerrada por un alto biombo japonés de cinabrio y oro.

Hacia este se dirigió Lanyard con paso seguro, llevando la lámpara. Colocándola en el suelo, asió un ala del biombo con ambas manos, y a costa de un esfuerzo considerable lo hizo a un lado, dejando al descubierto la cara de una enorme caja fuerte de estilo antiguo empotrada en la pared.

Durante varios segundos —pero no muchos— Lanyard estudió este problema con fijeza, de pie y por completo inmóvil, con la cabeza gacha y echada hacia delante, y las manos apoyadas en las caderas. Luego, girándose, asintió en una invitación a acercarse.

—Mi último trabajo —dijo con una sonrisa extrañamente iluminada por la lámpara que tenía a sus pies—, y el más fácil de todos, me imagino. Una pena, también, porque me habría gustado lucirme un poco. ¡Pero esta hucha de hojalata anticuada no da excusa para métodos espectaculares!

—¡Pero... —objetó la chica— no ha traído usted herramientas!

—¡Oh, pero sí las he traído! —Y buscando en un bolsillo, Lanyard sacó un lápiz—. ¡Mire! —rio, blandiendo el lápiz.

Ella frunció el ceño pensativa:

—No lo entiendo.

—Todo lo que necesito... excepto esto.

Cruzando la habitación hacia el escritorio, encontró una hoja de papel de escribir y, tras doblarla, regresó.

—Ahora —dijo—, deme cinco minutos...

Arrodillándose, hizo dar a la rueda de la combinación una vuelta preliminar con fuerza, luego apoyó un hombro contra la lámina de hierro pintado, pegando su mejilla a la mejilla lisa y fría de aquella, y con la oreja pegada al dial; y con los dedos experimentados de un maestro cerrajero empezó a manipular la rueda.

Con suavidad e incansablemente, giraba y volvía a girar la combinación hacia un lado y hacia el otro, la aceleraba y la frenaba, acariciándola, consintiéndola, engatusándola, interrogándola inexorablemente en el mudo lenguaje que sus dedos hablaban con tanta destreza.

Y en su oído el clic, el zumbido y el golpe sordo de los resortes y los pasadores al moverse murmuraban una respuesta articulada en los términos de su código críptico.

De vez en cuando, soltando la rueda y recostándose sobre los talones, dirigía un escrutinio fijo al dial; tomaba nota de la posición de la combinación y con el lápiz apuntaba notas en el papel. Esto ocurrió quizá una docena de veces, a intervalos de duración irregular.

Trabajaba con diligencia, en una fase de concentración que al parecer excluía de su conciencia la cercanía de la muchacha, que estaba de pie —o más bien encorvada, medio arrodillada— a menos de un paso de su hombro, observando el proceso con un interés apenas menos vivo que el de él.

Con todo, cuando un leve y extraño sonido quebró el somnoliento silencio de los salones, giró al instante y se puso en pie de un solo movimiento, con la mirada clavada en las cortinas.

Pero no había sido más que un retumbar premonitorio en la garganta de un alto reloj antiguo a punto de dar la hora en la habitación de más allá.

Y cuando sus sonoras campanadas anunciaron dos campanadas de tono profundo, Lanyard se echó a reír con suavidad, de forma íntima, ante los asustados ojos de la chica, y volvió a reclinarse ante la caja fuerte.

Y ahora su tarea estaba casi terminada. Un minuto más y se echó hacia atrás con el rostro resplandeciente, profirió una ahogada exclamación de satisfacción, estudió sus notas durante un rato y, a continuación, con rapidez y movimientos seguros, llevó la rueda y el dial a las distintas posiciones de la combinación, agarró la manilla de la palanca, la giró con brusquedad y abrió la puerta de par en par.

—Sencillo, ¿eh? —se rio entre dientes, con una mirada de soslayo hacia el rostro impaciente de la chica, hechizadoramente arrebolado y ensombrecido por el resplandor ascendente de la lámpara—... ¡cuando uno conoce el truco, por supuesto! Y ahora... ¡si uno no fuera un hombre honrado!

Un ademán de la mano indicó los casilleros de los que estaba provisto el cuerpo de la caja fuerte: espacios amplios y profundos, atestados con un extraordinario surtido de estuches de cuero para joyas, paquetes de recio papel atados con cinta y sellados, y cajas de madera y cartón de todas las formas y tamaños.

—Solo se llevó a Inglaterra sus mejores piezas, sus joyas personales, Madame Omber —explicó él—; está loca por ellas... nunca se separa de ellas... Tal vez la mejor colección del mundo, por tamaño y pureza de las gemas... ¡Tuvo el corazón de dejar estas... todo esto!

Levantando una mano escogió al azar, desencajó dos estuches de cuero, los depositó en el suelo, y con la hoja de su cortaplumas forzó sus cierres.

Desde el primero la luz hirió el resplandor en una cegadora y rutilante amalgama.

Aquí no había más que joyas de diamantes, en su mayor parte en engastes antiguos.

Cogió una pieza y se la ofreció a la chica. Ella retiró la mano instintivamente.

—¡No! —protestó ella en un susurro de espanto.

—¡Pero si solo tiene que mirar! —la animó él—. No hay ningún peligro... ¡y jamás volverá a ver algo semejante!

Ella mantuvo la mano apartada con terquedad.

—¡No, no! —suplicó—. Yo... prefiero no tocarlas. Vuelva a dejarlas en su sitio. Démonos prisa. Yo... tengo miedo.

Él se encogió de hombros y volvió a colocar la joya; luego volvió a ceder al impulso de la curiosidad y levantó la tapa del segundo estuche.

No contenía más que piezas engastadas con piedras de color de primer orden: esmeraldas, amatistas, zafiros, rubíes, topacios, granates, lapislázulis, jacintos, jades, moldeados por maestros artesanos en anillos, pulseras, cadenas, broches, medallones y collares, de exquisito diseño: todo ello arrojado de cualquier manera, sin orden ni cuidado.