XVI - RESTITUCIÓN
A pesar de que el éxito había recompensado su descaro, la mente de Lanyard estuvo lejos de estar tranquila durante la hora siguiente que pasó, antes de intentar reunirse con Lucy Shannon, esquivando, escabulléndose y dando rodeos por todo París de ida y vuelta, con el propósito de confundir y desconcertar a los chacales de la Manada que pudieran haber seguido su rastro de forma tan fortuita como lo había hecho Ekstrom.
Su deleite, de hecho, al frustrar a su incauto se vio atemperado por la aprensión de que sería una locura, por el mero hecho de que el espía hubiera resultado ser inesperadamente dócil, dar por cerrado el asunto Ekstrom.
En el hecho mismo de aquella docilidad radicaba algo extraño y ominoso, un presentimiento de mal que a duras penas se vio mitigado al encontrar a la chica sana y salva bajo la protección de madame la concierge , en el patinillo de los establos privados donde alquilaba espacio para su coche, junto a la rue des Acacias .
Monsieur le concierge , al parecer, estaba fuera de casa; y madame , con su mente obtusa, su buen corazón y su carácter ingenuo, mostró una etapa de radiante falta de curiosidad de lo más grata para el aventurero, permitiéndole así prescindir de explicaciones embarazosas, y llevarse a la chica tan pronto como quisiera.
Esto último se produjo tan pronto como un examen personal le tranquilizó con respecto a su automóvil.
.. superficialmente un coche de alquiler a motor de los buenos, pero con un motor excepcionalmente potente oculto bajo el capó.
Un coche de tal carácter, que pasaba con facilidad por el coche de paseo de cualquier familia de recursos modestos, o bien como lo que París llama una voiture de remise (un coche de alquiler sin taxímetro), era de una conveniencia tremenda, pues permitía a su propietario escabullirse a voluntad por el París atestado de coches sin suscitar comentarios.
Pero no podía dejarse estacionado en lugares públicos a horas intempestivas, o durante mucho tiempo, sin atraer el interés de la policía, por lo que resultaba inútil en la emergencia actual.
Lanyard, sin embargo, albergaba la astuta sospecha de que todos sus planes podrían irse al traste y el dominio de un coche veloz resultara pronto esencial para su salvación; de modo que dedicó con alegría una buena media hora a poner el motor a punto para salir a la carretera.
Con esto hecho —y una vez establecidos los hechos mediante un discreto interrogatorio a madame la concierge de que no se había preguntado por «Pierre Lamier», y de que ella no había notado personajes extraños o cuestionables de otro modo merodeando por los alrededores últimamente—, estaba listo para su primer paso real hacia la rehabilitación. ..
Pasaba de la una de la madrugada cuando, con la muchacha del brazo, salió a la oscura y adormilada rue des Acacias y, moviéndose con rapidez, cruzó la avenue de la Grande Armée .
A partir de entonces, evitando las vías principales y transitadas, se dirigieron hacia el sur a través de un enmarañado laberinto de callejuelas hasta el aristocrático Passy, bordearon los bulevares de las fortificaciones y se acercaron al parque privado de La Muette.
El hôtel particulier de aquella acaudalada y amable excéntrica, Madame Hélène Omber, era un recuerdo de aquellos tiempos en los que Passy había sido zona residencial a las afueras de la ciudad.
Una supervivencia de la Revolución, una mole inmensa y adusta que había conocido pocos cambios desde los tiempos de su construcción, ocupaba un parque extenso y descuidado, de forma irregularmente triangular, flanqueado por dos calles y una avenida, y hecho privado mediante altos muros coronados de cristales rotos.
Las puertas para carruajes se abrían a la avenida, vigiladas por una portería; mientras que de los tres postigos que perforaban los muros en las calles laterales, solo uno era de uso general por parte de los sirvientes del establecimiento; de los otros dos se presumía que estaban clausurados de forma permanente.
Lanyard, sin embargo, sabía que no era así.
Al desviarse de la avenida, redujo el paso y avanzó con cautela, examinando de cerca la perspectiva.
Por un lado se alzaba el muro del parque, rematado por las desnudas ramas susurrantes de árboles descuidados; por el otro, al otro lado de la calle, una manzana de viviendas altas y antiguas, retiradas tras recelosos muros ajardinados, mostraba rostros estúpidos y soñolientos, y ojos sin luz.
Dentro de la perspectiva de la calle solo se movían tres figuras; Lanyard y la chica en la sombra del muro, y un gato desconsolado y menospreciado que decampó de inmediato como un fantasma aterrorizado.
En lo alto el cielo se estaba despejando y mostraba retazos de ébano y estrellas infrecuentes a través de una nube arrastrada por el viento. La noche se había vuelto sensiblemente más fría, y ruidosa por el empuje de un viento recién levantado.
A varios metros de la puerta del postigo, Lanyard se detuvo con decisión, y habló por primera vez en muchos minutos; porque la naturaleza de su encargo había oprimido los ánimos de ambos y les había impuesto un silencio antinatural, desde su partida de la rue des Acacias .
—Aquí es donde nos detenemos —dijo, con un movimiento de cabeza hacia el muro—; pero no es demasiado tarde...
—¿Para qué? —preguntó la chica con rapidez.
—Le prometí que no habría peligro; pero ahora que lo he pensado bien, no puedo prometerle eso: siempre hay peligro. Y temo por usted. Aún no es demasiado tarde para que se dé la vuelta y me espere en un lugar más seguro.
—Me pidió usted que le acompañara para un propósito en particular —argumentó ella—; me rogó usted que viniera, de hecho... Ahora que he accedido y he llegado hasta aquí, no tengo intención de darme la vuelta sin un buen motivo.
Su gesto indicó una inquieta aquiescencia.
—No debería haberle pedido esto jamás. Creo que debí de estar un poco loco. Si de esto se deriva algo que la perjudique...
—Si tiene usted intención de hacer lo que prometió...
—¿Duda de mi sinceridad?
—Fue sugerencia de usted que no le dejara ninguna excusa para la duda...
Sin más protestas, aunque con la mente asediada por los recelos, la guio hasta la puerta... una puerta de madera sin pintar, de color verde oscuro, profundamente hundida en el muro.
Como prueba de su afirmación de que hacía tiempo que había hecho todos los preparativos para asaltar el lugar, Lanyard tenía una llave lista y en la cerradura casi antes de que llegaran a ella.
Y la puerta giró hacia atrás con facilidad y sin hacer ruido, como sobre goznes bien engrasados. Con igual sigilo se cerró tras ellos.
Se hallaban sobre un sendero de gravilla cubierto de maleza, rodeado de espesas masas de arbustos; pero el parque estaba más negro que boca de lobo; y el denso tufo a moho húmedo, a malas hierbas en descomposición y a hojas podridas que asfixiaba el ambiente parecía no hacer sino volver la lobreguez aún más opaca.
Pero, a todas luces, Lanyard conocía el camino a ciegas: aunque motivos de prudencia le hicieron abstenerse de usar su linterna de bolsillo, no dejó entrever la menor incertidumbre en sus actos.
Sin dudar ni una sola vez en el desvío correcto, pilotó a la chica a toda velocidad a través de un desconcertante laberinto negro de senderos, céspedes y matorrales...
A su debido tiempo se detuvo, y ella descubrió que habían salido a un espacio de césped despejado, muy cerca del imponente bulto, sin rasgos distintivos, de un edificio oscuro y silencioso.
Un apretón de advertencia se ciñó sobre los dedos de ella, y captó su singularmente penetrante pero cauteloso susurro:
—Esta es la parte trasera de la casa... la entrada de servicio.
Desde esta puerta arranca un camino ancho y recto hasta la verja principal de servicio; no tiene pérdida; y la verja en sí tiene una cerradura de resorte, bastante fácil de abrir desde dentro.
Recuerde esto en caso de problemas. Podríamos separarnos en la oscuridad y la confusión. ..
Devolviéndole suavemente la presión, «Entendido», dijo en un susurro.
De inmediato la arrastró hacia la casa, deteniéndose solo un momento ante una amplia entrada; una de sus hojas se abrió enseguida y, tan pronto como hubieron pasado, se cerró sin sacudida ni chasquido perceptible.
Y entonces la linterna de bolsillo de Lanyard empezó a rasgar la penumbra a diestro y siniestro, rastreando con rapidez los límites de un gran comedor de criados forrado de paneles, hasta que localizó el pie de un tramo de escalones en el extremo más alejado.
Hacia este se movieron con sigilo sobre un suelo de baldosas.
El ascenso de la escalera se llevó a cabo, sin embargo, solo con sumo cuidado, pues Lanyard comprobaba cada escalón antes de confiarle su peso o el de la chica.
Dos veces le ordenó a ella saltarse un peldaño por temor a que los quejidos de la antigua madera los delataran.
A pesar de todo esto, arrancaron no menos de tres espantosos chirridos antes de alcanzar la cima; cada uno de los cuales supuso una pausa y una espera de varios segundos de contención de la respiración.
Pero, al parecer, los criados que habían quedado en la casa, en ausencia de su dueña, o bien tenían el sueño profundo o bien estaban acostumbrados al concierto de medianoche de aquellos maderos centenarios; y, por fin, sin ningún percance, entraron en el vestíbulo de recepción principal, que la danzante luz de la linterna reveló como una estancia de nobles proporciones, amueblada con una lúgubre magnificencia.
Allí quedó la chica a solas durante unos minutos, mientras Lanyard se precipitaba escaleras arriba para pasar revista al estado de las alcobas y los cuartos del servicio.