XV - DESCARO ABSOLUTO
Aunque eran casi las ocho cuando entraron en el restaurante, pasaba algo de las once cuando Lanyard pidió la cuenta.
—Tenemos tiempo de sobra —había explicado él—; será medianoche antes de que podamos movernos.
El delicado arte de entrar a robar en casas ajenas tiene su técnica, ya sabe, su ética profesional: no podemos violar la intimidad de la caja fuerte de Madame Omber antes de que los guardeses del lugar estén profundamente dormidos.
No es... la norma, ya sabe, no tiene clase, andar robando cuando la gente decente y respetuosa con la ley está bien despierta.
.. Entretanto estamos mejor aquí que deambulando por las calles. ..
Es una silenciosa y lúgubre red de callejuelas al caer la noche la que se extiende al norte de Les Halles: el viejo París, taciturno y sombrío, empapado de sus recuerdos de crudo romanticismo.
De no ser por las escasas y parpadeantes farolas de las esquinas, la calle que les dio la bienvenida a la salida del cálido y acogedor restaurante era tan lúgubre como el callejón de alguna ciudad de los muertos.
Sus casas con techos amansardados y ventanas tapiadas inclinaban las cabezas juntas como plañideras en un velatorio, con mantos y capuchas negros; rara vez alguna mostraba una luz; ninguna traicionaba con sonido alguno la vida que se ocultaba tras sus celosas persianas.
De nuevo había dejado de llover y, si bien el cielo seguía nublado, el ambiente era claro y fresco, con un toque de escarcha, en grato contraste con los aires apagados y bochornosos que habían imperado durante las últimas veinticuatro horas.
—Caminaremos —sugirió Lanyard—... si no le importa... al menos parte del camino; consumirá tiempo, y un poco de ejercicio nos vendrá bien a los dos.
La chica asintió con tranquilidad...
El tamborileo de sus tacones sobre las aceras, que se secaban con rapidez, arrancó ecos nítidos al silencio de aquel barrio adormecido, un clamor solitario que hacía imposible ignorar su aparente soledad... tan imposible como lo era para Lanyard ignorar el hecho de que les seguían.
La sombra que les pisaba los talones por la acera de enfrente, a unos cincuenta metros de distancia, era tan silenciosa como cualquier gato; de no haber sido por esta circunstancia —de haberse movido con audacia y pasos no amortiguados— Lanyard habría tardado en creer que tenía que ver con él, tan seguro se había sentido, hasta aquel momento, de haber dado esquinazo a la Manada.
¡Y de esto diagnosticó aún otro síntoma de la incurable estupidez de la Manada!
Sumamente alerta, había descubierto la persecución antes de que abandonaran la manzana del restaurante.
Disimulando, en parte para evitar alarmar a la chica, en parte para engañar al espía, dobló a un lado y a otro por varias esquinas, hasta estar del todo convencido de que la sombra estaba dedicada a él en exclusiva, momento en el que revisó a toda prisa su propósito inicial y, en lugar de ceñirse a las callejuelas más oscuras, se dirigió directamente al amplio, bien iluminado y animado bulevar de Sebastopol.
Cruzándolo sin mirar atrás, giró hacia el norte, en busca de algún café cuya disposición se adaptara a sus propósitos; y, poco después, aunque no sin que antes su caminata les hubiera llevado casi a los Grandes Bulevares, encontró uno de su gusto, un establecimiento alegre y bien iluminado que ocupaba una esquina, con entradas desde ambas calles.
Un seto de abetos desolados que llegaban a la altura de las rodillas, en maceteros de madera, protegía su terraza de mesas redondas de metal y sillas de patas finas, de las cuales pocas estaban ocupadas.
En el interior, visibles a través de las anchas cristaleras, quizá una docena de clientes se sentaban en torno a la mitad de las mesas —no más— holgazaneando con el dominó y los chismorreos: burgueses de ritmo pausado con sus esposas, y pequeños comerciantes del barrio.
Entrando a hacer compañía, Lanyard escogió una mesa cuadrada con tapa de mármol adosada a la pared del fondo, se atrincheró con la chica en el asiento de atrás, pidió café y recado de escribir, y procedió a encender un cigarrillo con la indiferencia de aquel para quien el tiempo no tiene importancia.
—¿De qué se trata? —preguntó la chica con cautela mientras el camarero se alejaba corriendo para ejecutar sus órdenes—. ¡No se ha detenido usted aquí por nada!
—Cierto... ¡pero más bajo, por favor! —le rogó él—.
Si hablamos inglés lo bastante alto como para que nos oigan, llamará la atención.
.. El problema es que nos siguen. Pero de momento nuestra fiel sombra no sabe que lo sabemos.
.. a menos que sea más inteligente de lo que parece.
En consecuencia, si no le juzgo mal, cogerá una mesa fuera, para no perdernos de vista, en cuanto vea que al parecer nos hemos instalado para un rato.
Además, tengo que escribir una nota... y no solo como subterfugio.
Hay que quitarse a este individuo de encima, y mientras sigamos juntos, no será fácil hacerlo.
Se interrumpió mientras el camarero les servía, luego añadió azúcar a su café, colocó el tintero y el papel a su gusto, y se inclinó sobre la pluma.
—Acérquese —le pidió—, como si le interesara lo que estoy escribiendo.
.. y le divirtiera; si puede reírse un poco de la nada, tanto mejor.
Pero no le quite el ojo de encima a los ventanales.
Podrá hacerlo con más facilidad que yo, de forma más natural por debajo del ala de su sombrero. .. Y dígame lo que ve...
Apenas se había metido en el ritmo de la redacción, cuando la chica —siguiendo al parecer su pluma con la mayor atención— rió de forma coqueta y le dio un codazo.
—El ventanal a la derecha de la puerta por la que hemos entrado —dijo ella, con una sonrisa de deleite—; está de pie detrás de los abetos, mirando hacia dentro.
—¿Puede distinguir quién es? —preguntó Lanyard sin mover los labios.
—No más que eso, que es alto —dijo ella con todos los indicios de estar disfrutando de una tremenda broma—. Tiene la cara toda en sombras...
—¡Paciencia! —aconsejó el aventurero—. Se armará de valor en cuanto se convenza de nuestra inocencia.
Sopesó su pluma, examinó el techo en busca de inspiración, y permitió que una lenta sonrisa iluminara su rostro.
—Llevará usted esta nota, si le parece bien —dijo alegremente—, a la dirección del sobre, en taxi: está a cierta distancia, cerca de L'Étoile.
.. Una posibilidad remota, pero que debemos arriesgar; deme media hora a solas y le garantizo que desanimaré a este animal de una forma u otra. ¿Lo comprende?
—A la perfección —rió ella con picardía.
Él se inclinó y durante unos instantes escribió atareado.
—Ahora camina despacio doblando la esquina, sin quitarle los ojos de encima —informó la chica, hombro con hombro y con la cabeza perturbadoramente cerca de la de él.
—Bien. ¿Puede verle algo mejor?
—Todavía no...
—Esta nota —dijo él, sin detener la pluma ni aparentar decir nada— es para el conserje de un edificio donde tengo alquilado un establo para un cochecito a motor.
Se supone que soy un chófer empleado por un loco inglés, que me tiene viajando de continuo con él de ida y vuelta entre París y Londres.
Eso es para justificar la irregularidad con la que utilizo el coche.
Me conocen, monsieur y madame de la conserjería, como Pierre Lamier; y creo que son de fiar.
.. no solo dignos de confianza y de disposición amistosa, sino bastante ingenuos; no creo que sean muy chismosos.
Así que lo más probable es que De Morbihan y su pandilla no sepan nada del arreglo.
Pero todo son especulaciones... ¡una esperanza desesperada!
—Lo entiendo —observó la chica—. Sigue merodeando de un lado a otro por fuera del seto.
—No vamos a necesitar ese coche esta noche; pero la mansión de Madame Omber está cerca; y yo la seguiré y me reuniré con usted allí en una hora a lo sumo.
Entretanto, esta nota la presentará al conserje y a su esposa.
.. espero que no le importe... como mi prometida.
Les digo que nos hemos comprometido en Inglaterra, y que la he traído a París para visitar a mi madre en Montrouge; pero que estoy retenido por asuntos de mi patrón; y que si le pueden dar cobijo durante una hora.
—Está entrando —anunció la chica con serenidad.
—¿Aquí dentro?
—No... solo por dentro de la hilera de arbolillos.
—¿Por qué entrada?
—Por el lado del bulevar. Ha cogido la mesa de la esquina. Ahora un camarero está saliendo hacia él.
—¿Puede verle ahora la cara? —preguntó Lanyard, sellando la nota.
—No muy bien...
—¿Nada que reconozca en él, eh?
—Nada...
—¿Conoce usted de vista a Popinot y a Wertheimer?
—No; son solo nombres para mí; De Morbihan y el señor Bannon los mencionaron anoche.
—No será Popinot —reflexionó Lanyard, escribiendo la dirección en el sobre—; ese es rechoncho.
—Este hombre es alto y esbelto.
—Wertheimer, posiblemente. ¿Le recuerda en algo a un inglés?
—En absoluto. Lleva bigote... rubio... con las puntas hacia arriba como el Káiser.
Lanyard no replicó; pero el corazón le dio un vuelco y se estremeció de forma imperceptible, embargado por un mal presentimiento. No abrigaba ninguna duda de que había ocurrido lo peor, de que al número de sus enemigos en París se sumaba Ekstrom.
Una mirada furtiva confirmó su deducción. Maldijo con amargura, si bien en privado y con un rostro de candor infantil, mientras sorbía el café y terminaba su cigarrillo.
—¿Quién es, entonces? —preguntó ella—. ¿Lo conoce usted?
Sopesó rápidamente la idea de causarle angustia, recordando su mención del hecho de que a Ekstrom se le atribuía el asesinato de Huysman.