El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XIII - CONFESIONARIO #3
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XIII - CONFESIONARIO #3

—Si no le aburre, intentaré explicárselo.

—Acercó su silla y volvió a sentarse, frente a ella, al otro lado de la mesa atestada de cosas—.

No supongo que se haya detenido usted a considerar alguna vez lo esencialmente estúpido que debe ser el animal de un delincuente.

La mayoría de ellos son estúpidos porque practican con torpeza una de las profesiones más difíciles que quepa imaginar, y fracasan inevitablemente en ella, y sin embargo persisten.

Ni se les ocurriría acometer un trabajo de ingeniería civil sin ningún tipo de preparación, pero se enfrentan sin pensarlo a una empresa tan peligrosa como el robo de una casa, y pagan el fracaso con años de cárcel, y una vez fuera vuelven a intentarlo.

Ese es un tipo de delincuente... la clase del noventa y nueve por ciento.

.. ¡incurablemente estúpido! Hay otra clase, hombres cuya imaginación les advierte de los peligros y cuya formación mental, equipo técnico y pura destreza manual les permiten atacar un obstáculo tan formidable como una caja fuerte moderna.

.. a modo de ejemplo... y forzar su secreto.

Esos son los delincuentes de éxito, como yo.

.. pero no son menos estúpidos, no fracasan menos que los otros noventa y nueve de cada cien de los nuestros, porque nunca se paran a pensar.

Nunca se les ocurre que la misma inteligencia, aplicada a cualquiera de los oficios de los que deben ser maestros, no solo les reportaría mejores beneficios, sino que les dejaría su amor propio y les libraría para siempre del temor al arresto que nos persigue a todos como el recuerdo de un acto vergonzoso.

.. Todo lo cual no es sino un sermón mucho más largo del que pretendía infligirle, señorita Shannon, y que se resume en esto: me he parado a pensar . ..

Con esto se detuvo para tomar aliento, y por un momento guardó silencio; su leve y torcida sonrisa daba fe de su turbación; pero poco después, al ver que ella no hacía ademán de interrumpir, sino que seguía prestándole una atención tan exclusiva que producía el efecto de una fascinación, él continuó a trompicones, al principio con menos seguridad.

—Al despertar fue como si, contra mi voluntad, hubiera estado pensando en todo esto mientras dormía.

Me vi a mí mismo por primera vez con claridad, tal y como he sido desde que tengo memoria.

.. ¡un delincuente, irreflexivo, vanidoso, rapaz, despiadado, que se esconde en las sombras y que se cree a sí mismo un tipo asombrosamente estupendo porque, entre golpe y golpe, se hace el caballero un poco, se aventura a salir a la luz y se pavonea por los lugares que frecuenta la flor y nata!

En mi pobre y pervertido cerebro creía que había algo hermoso, emocionante y romántico en la carrera de un gran criminal, y que yo era una figura maravillosa. .. ¡un enemigo de la sociedad!

—¿Por qué me cuenta todo esto a mí? —le preguntó ella de manera abrupta, saliendo de una fase de profunda reflexión.

Él se encogió de hombros a modo de disculpa.

—Porque, me imagino, ya no soy autosuficiente.

Hace veinticuatro horas era todo eso; pero ahora me siento tan solo como un niño perdido en un bosque oscuro.

No tengo un solo amigo en el mundo. Soy como un cachorro vagabundo, que se arrastra en busca de compasión.

Y usted tiene la mala fortuna de ser la única persona a la que puedo declararme.

Va a ser una lucha... ¡eso lo sé muy bien!

... y si no tengo algo fuera de mí por lo que luchar, partiré con una gran desventaja.

Pero si... —Titubeó, con una mirada de anhelante sinceridad—.

Si pensara que usted, tal vez, estaba un poco interesada, que contaba con su fe para respetarla y atesorarla.

.. si me atreviera a esperar que se alegrara de saber que he salido victorioso frente a las adversidades, significaría mucho para mí. .. ¡podría significar mi salvación!

Observándola de cerca, pendiente de su decisión con la ansiedad de un hombre proscrito que espera el perdón contra toda esperanza, vio que a ella se le nublaban los ojos y los apartaba de los de él, con los labios entreabiertos pero vacilantes; y antes de que ella pudiera hablar, él se interpuso a toda prisa:

—Por favor, no diga nada todavía. Primero permítame demostrarle mi sinceridad. Hasta ahora no he hecho nada por persuadirla más que... ¡hablar, hablar y hablar! Deme la oportunidad de demostrar que lo digo en serio.

—¿Cómo... —enunció ella solo con un visible esfuerzo, y ya no respondió a su apelación con un rostro abierto—... cómo puede hacer eso?

—A la larga, estableciéndome en alguna forma honesta de vida, por modesta que sea; pero ahora, y principalmente, reparando al menos uno de los crímenes que he cometido que no es irreparable.

Él captó su rápida mirada de indagación, y le respondió con un asentimiento de confianza mientras colocaba entre ellos el estuche de joyas forrado de tafilete.

—En Londres, ayer —dijo con serenidad—, di dos grandes golpes. Uno fue deliberado, el otro la inspiración de un momento. El que llevaba meses planeando fue el robo de las joyas de Omber... aquí las tiene.

Dio unos golpecitos al estuche y reanudó en el mismo tono:

—El otro trabajo necesita un diagrama: No hace mucho, un francés llamado Huysman, que vivía en Tours, fue asesinado misteriosamente.

.. un pobre inventor, que se había matado de hambre para perfeccionar un estabilizador, un accesorio para hacer que los aviones estuvieran prácticamente a prueba de tontos.

Sus últimas pruebas causaron sensación, y estaba en vísperas de vender su invento al Gobierno cuando lo mataron y robaron sus planos.

Las pruebas circunstanciales apuntaban a un espía internacional llamado Ekstrom.

.. Adolph Ekstrom, antiguo jefe del Cuerpo de Aviación del Ejército alemán, degradado por bellaquería general con una sospecha de traición para colmo.

Sin embargo, Ekstrom se mantuvo fuera de la vista; y poco después los planos aparecieron en el Ministerio de la Guerra alemán.

Aquello supuso un gran logro para Alemania; ya dueña suprema con sus dirigibles, la adquisición del estabilizador de Huysman le prometía una ventaja de diez años sobre el resto del mundo en el campo de los aviones.

.. Ahora bien, ayer Ekstrom salió a la superficie en Londres con esos mismísimos planos para vendérselos a Inglaterra.

La casualidad lo puso en mi camino, y me confundió con el hombre con el que esperaba reunirse.

.. el agente secreto de Downing Street. Bueno.

.. no importa cómo... le quité los planos y me los traje conmigo, con la intención de entregárselos a Francia, a quien pertenecen por derecho.

—¿Sin ninguna contraprestación? —preguntó la chica con sagacidad.

—No exactamente. Tenía intención de no sacar ningún provecho del asunto... ¡soy un poco escrupuloso en cuanto al dinero manchado!, pero en las condiciones actuales, si Francia insiste en recompensarme con un salvoconducto para salir del país, no lo rechazaré... ¿Lo aprueba usted?

Ella asintió con fervor:

—Sería peor que un crimen devolvérselos a Ekstrom...

—Esa es mi opinión sobre el asunto.

—¿Pero y esto? —La chica apoyó la mano en el estuche de joyas.

—Esas volverán a manos de Madame Omber. Tiene una casa aquí en París que conozco muy bien.

De hecho, la única razón por la que no se las robé aquí fue que se marchó a Inglaterra inesperadamente, justo cuando yo estaba a punto de dar el golpe.

Ahora me propongo hacer uso de mis conocimientos para restituir las joyas sin riesgo de caer en manos de la policía.

Será asunto fácil... Y eso me lleva a un gran favor que desearía pedirle.

Ella le dirigió una mirada tan inesperadamente bondadosa que le dejó atónito. Pero él supo dominarse bien.

—Ahora no puede usted abandonar París antes de que amanezca.

.. gracias a que me he quedado dormido —explicó—.

No conozco ninguna forma honesta de conseguir dinero antes de que abran las casas de empeño.

Pero espero que no sea necesario; espero poder arreglar las cosas sin llegar a ese extremo.

Mientras tanto, ¿está usted de acuerdo en que se deben devolver estas joyas?

—Por supuesto —afirmó ella en tono afable.

—Entonces... ¿me acompañará cuando vaya a sustituirlas? No habrá ningún peligro: se lo prometo. De hecho, sería más arriesgado para usted esperarme en otro lugar mientras yo me ocupo del asunto a solas. Y me gustaría que se convenciera de mi buena fe.

—¿No cree que puede confiar en mí para eso también? —preguntó ella, con un destello de humor.

—¡Confiar en usted!

—Para que le crea... Señor Lanyard —le dijo con suavidad pero con seriedad—, le creo.

—Me hace usted muy feliz —dijo él...— pero me gustaría que lo viera por sí misma... Y me alegraría no tener que preocuparme por su seguridad durante mi ausencia. Como oficina de espionaje, la brigada de apaches de Popinot no tiene parangón en Europa. Me da pánico, literalmente, dejarla sola...

Ella guardó silencio.

—¿Vendrá conmigo, señorita Shannon?

—¿Es esa la única razón por la que me pide esto? —insistió ella, mirándole fijamente.

—Que deseo que crea en mí... sí.

—¿Por qué? —prosiguió ella, inexorable.

—Porque... ya se lo he dicho.

—Que desea tener la buena opinión de alguien para atesorarla... Pero ¿por qué, de entre toda la gente, la mía... a la que apenas conoce, y de la que lo poco que sabe no es precisamente tranquilizador?

Él se sonrojó y chapurreó su respuesta...

—No se lo sabría decir —confesó al final.

—¿Por qué no puede decírmelo?

Él se quedó mirándola con aspecto miserable...

—No tengo derecho...

—A pesar de todo lo que le he dicho, a pesar de la fe que usted tan generosamente me promete, a sus ojos no debo de dejar de parecer un ladrón, un mentiroso, un impostor.

.. confeso. Los hombres no se transforman por meras protestas, ni siquiera por sus propios esfuerzos, en una hora, en un día o en una semana.

Pero deme un año: si logro vivir un año con honradez, y ganarme el pan, y demostrar así mi fuerza.

.. entonces, tal vez, encuentre el valor, el.

.. el descaro para decirle por qué deseo su buena opinión.

.. Ahora he dicho mucho más de lo que pretendía o de lo que tenía derecho a decir.

Espero —se aventuró en tono suplicante— que no se haya ofendido.

Solo por un instante más pudo ella mantener su mirada directa e inquebrantable.

Luego, su significado no pudo seguir siendo ignorado.

Ella bajó las pestañas; una marea carmesí le inundó el rostro; y con un rápido movimiento, apartando un poco la silla de la mesa, se volvió hacia otro lado. Pero no dijo nada.

Él permaneció tal como estaba, inclinado hacia ella con afán.

Y en el largo minuto que transcurrió antes de que ninguno de los dos volviera a hablar, ambos se hicieron singularmente conscientes del silencio que se cernía sobre aquella casita solitaria, de su aislamiento del mundo, del peligro que compartían y de su mutua dependencia.

—Me temo —dijo Lanyard al cabo de un rato—.

.. me temo que sé lo que debe de estar pensando.

Uno no puede hacer a su inteligencia la injusticia de imaginar que no me ha comprendido.

.. que no ha leído todo lo que había en mi mente y —su voz se apagó— en mi corazón.

Reconozco que me equivoqué al hablar con tanta transparencia, al sugerir mis sentimientos hacia usted, en un momento como este, bajo semejantes condiciones.

Lo lamento de veras, y le ruego que considere no dicho todo lo que no debería haber dicho.

.. Después de todo, ¿qué diferencia puede suponer para usted que un ladrón más decida de repente reformarse?

Aquello hizo que ella se pusiera en pie de un salto, para mostrarle un rostro de radiante belleza y unos ojos deliciosamente empañados y enternecidos.

—¡No! —le imploró sin aliento—... ¡por favor.

.. no debe estropearlo! Me ha hecho usted el mejor de los cumplidos, y por el cual me siento feliz y agradecida.

.. ¡y ojalá pudiera pensar que me lo merezco!

... ¿Dice que necesita un año para demostrar lo que vale?

Entonces... no tengo derecho a decir esto.

.. y debe usted por favor no preguntarme a qué me refiero.

.. entonces le concedo ese año. Un año esperaré a tener noticias suyas a partir del día en que nos separemos, aquí en París.

.. ¡Y esta noche, también iré con usted, y con mucho gusto, puesto que así lo desea!

Y entonces, mientras él, que se había puesto en pie, permanecía desconcertado, emocionado e incrédulo, con un gesto valiente y generoso ella le ofreció la mano.

—Señor Lanyard, se lo prometo...

Toda mujer, incluso la menos agraciada, tiene su hora de belleza: a Lanyard no se le había pasado por la cabeza pensar que aquella mujer fuera hermosa hasta aquel momento.

De su exótico encanto, del atractivo de su lánguida y lastimera lindeza, había sido muy consciente; del mismo modo que no había podido negar para sus adentros que sentía pasión por ella, que la amaba con todas sus fuerzas; pero hasta aquel momento no había comprendido que era ella la única mujer cuya belleza, para él, ensombrecería la hermosura de todas las demás.

Y por un momento, sosteniendo su temblorosa mano sobre las yemas de sus dedos como si temiera magullarla con un contacto más rudo, no fue capaz de apartar los ojos de ella.

Luego, con reverencia, inclinó la cabeza y rozó con los labios aquella mano... y sintió cómo se la arrebataban con rapidez, y ella dio un respingo hacia atrás, horrorizada; el idilio se disipó con brusquedad, y el castillo de sus sueños se derrumbó con estrépito a su alrededor.

En la claraboya del estudio, por encima de ellos, un cristal se había hundido con un estruendo tan ominoso como la trompeta del Juicio Final.