El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XIII - CONFESIONARIO #2
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XIII - CONFESIONARIO #2

—Vaya... es muy sencillo. —Seguía sin levantar la vista—.

Soy enfermera titulada. El señor Bannon es tísico.

.. está tan avanzado que es un milagro que no muriera hace años: desde hace meses me persigue la idea de que es solo la maldad que hay en él lo que le mantiene con vida.

No mucho después de que aceptara el encargo de cuidarlo, descubrí algo sobre él.

.. Había sufrido una hemorragia en su escritorio; y mientras yacía en coma, y yo esperaba al médico, me fijé por casualidad en uno de los papeles sobre los que había estado trabajando cuando se desplomó.

Y entonces, justo cuando empezaba yo a apreciar la clase de hombre que me daba empleo, volvió en sí, y lo vio.

.. y lo supo. Le descubrí observándome con aquellos horribles ojos suyos, y aunque era incapaz de hablar, supe que mi vida no corría peligro si no decía jamás una sola palabra de lo que había leído.

Le habría dejado entonces, pero fue demasiado astuto para mí, y cuando con el tiempo encontré una oportunidad para escapar.

.. tuve miedo de que no viviría mucho si alguna vez le dejaba.

Se dedicó a ello de forma deliberada; a mantenerme asustada, y aunque nunca mencionó el asunto de forma directa, me hizo saber a las claras, de cien maneras distintas, cuál era su poder y qué me pasaría si susurraba una palabra de lo que sabía.

Ya hace casi un año... casi un año de terror sin fin y. ..

Su voz se apagó; temblaba por el recrudecimiento del sufrimiento de aquella servidumbre de un año de duración.

Y por un momento Lanyard se sintió tan profundamente conmovido que no confió en poder hablar; se quedó consternado, contemplando a esta mujer, tan intrínseca y delicadamente femenina, tan extrañamente fuerte y valiente; y vislumbrando vagamente qué angustia debía de haber sido la suya al verse obligada a asociarse con una criatura de la despiadada calaña de Bannon, se sintió desgarrado por la compasión y juró para sus adentros que la apoyaría y le ayudaría a salir de aquello y a ser libre y feliz aunque muriera en el empeño. .. ¡o acabara en la Santé!

—¡Pobre niña! —se oyó a sí mismo murmurar—... ¡pobre niña!

—¡No me compadezca! —insistió ella, aún con el rostro vuelto—. No lo merezco. Si hubiera tenido el espíritu de un ratón, le habría desafiado; solo hacía falta el valor suficiente para decir una palabra a la policía...

—¿Pero quién es él, entonces? —exigió Lanyard—. ¿Qué es, quiero decir?

—Apenas sé cómo decírselo. Y apenas me atrevo: siento como si estas paredes me fueran a delatar si lo hiciera.

.. Pero para mí es la encarnación de todo lo maligno.

.. —Se sacudió con una risa nerviosa—. ¿Pero para qué ser tonta al respecto?

En realidad no sé qué o quién es: solo sospecho y creo que es un hombre cuya vida está dedicada a planear el mal y a ordenar su ejecución a través de sus lugartenientes.

Cuando los periódicos de mi país hablan de «El Hombre de Arriba» se refieren a Archer Bannon, aunque no lo saben.

.. o si no, solo soy una mujer histérica exagerando las impresiones de una imaginación morbosa.

.. Y eso es todo lo que sé de él que importe.

—Pero ¿por qué, si cree todo esto... cómo encontró al fin el valor...?

—Porque ya no tenía valor para aguantar; porque tenía más miedo de quedarme que de irme.

.. miedo de que mi propia alma estuviera en juego.

Y luego, anoche, me ordenó que fuera a su habitación y la registrara en busca de pruebas de que usted era el Lobo Solitario.

Era la primera vez que me pedía algo así.

Tuve miedo, y aunque obedecí, me alegré cuando usted interrumpió.

.. me alegré a pesar de que tuve que mentir como lo hice.

.. Y todo aquello hizo mella en mí, después de que hube regresado a mi habitación, hasta que sentí que ya no podía soportarlo más; y pasado un buen rato, cuando la casa parecía estar toda en silencio, me levanté, me vestí con sigilo y.

.. Así fue como llegué a encontrarme con usted. .. por pura casualidad.

—Pero al principio parecía usted tan asustada cuando me vio...

—Lo estaba —confesó ella con sencillez—; creí que era el señor Greggs.

—¿Greggs?

—El secretario privado del señor Bannon... su mano derecha. Es poco más o menos de su misma estatura y tiene un traje como el que usted lleva, y con aquella luz tan pobre... a la distancia que estábamos no me di cuenta de que usted iba bien afeitado... Greggs lleva bigote...

—¡Entonces fue Greggs el que asesinó a Roddy e intentó drogarme!... Por San Jorge, ¡me gustaría saber si la policía llegó allí antes de que Bannon, o cualquier otro, descubriera la sustitución! Como sabe, ¡anoche envié un telegrama a la policía desde la Bourse !

En su excitación, Lanyard empezó a pasearse de un lado a otro por la habitación con rapidez; y, ahora que él ya no la miraba fijamente, la chica levantó la cabeza y le observó de cerca mientras se movía de acá para allá, hablando en voz alta... más para sí mismo que para ella.

—¡Ojalá lo supiera!... ¡Y qué suerte que me encontrara usted! Porque si hubiera usted seguido hasta la Gare du Nord y hubiera esperado allí... Bueno, no es probable que Bannon no descubriera su huida antes de las ocho de esta mañana, ¿verdad?

—Me temo que no...

—Y han trazado la línea de la muerte para mí alrededor de todas las salidas concebibles de París: los apaches de Popinot están apostados en todas partes. Y si Bannon hubiera descubierto lo de usted a tiempo, solo habría hecho falta una palabra...

Hizo una pausa y se estremeció al pensar en lo que podría haber sucedido de haberse pronunciado esa palabra y de haber sido encontrada la chica esperando su tren en la Gare du Nord .

—Por gracia de Dios, hemos escapado de eso. Y ahora, con un poco de suerte, Bannon debería de estar lo bastante ocupado tratando de sacar a su preciado señor Greggs de la Santé como para darnos una oportunidad. Y una oportunidad de luchar es todo lo que pido.

—Señor Lanyard —la chica se inclinó hacia él a través de la mesa con un gesto de vivo interés—, ¿tiene usted alguna idea de por qué él... de por qué el señor Bannon le odia tanto?

—¿Pero es que me odia? ¡No lo sé!

—Si no es así, ¿por qué habría de tramar el hacer recaer sobre usted la sospecha de asesinato, y por qué estar tan ansioso de saber si era usted realmente el Lobo Solitario?

Vi cómo se le iluminaron los ojos cuando De Morbihan mencionó ese nombre, después de la cena; y si alguna vez he visto odio en el rostro de un hombre, fue en el suyo mientras le observaba a usted, cuando usted no miraba.

—Que yo sepa, jamás había oído hablar de él —dijo Lanyard con indiferencia—. Me imagino que no es más que la excitación de la caza del hombre. Ahora que me han descubierto, De Morbihan y su pandilla no descansarán hasta que me tengan el cuero cabelludo.

—¿Pero por qué?

—Celos profesionales. Somos todos delincuentes, todos estamos en el mismo barco, solo que yo no quiero remar a su ritmo. Siempre he jugado por libre y con éxito; ahora ellos se empeñan en entrar en el juego y compartir mis ganancias. Y yo les he dicho a dónde se podían ir.

—Y por eso, están dispuestos a...

—No hay nada que no harían, señorita Shannon, para obligarme a arrodillarme o para verme quitado de en medio, donde mis operaciones no pudieran dañar sus bolsillos. Bueno... ¡todo lo que pido es una oportunidad de luchar, y se saldrán con la suya!

Ella frunció el ceño.

—No le entiendo... Quiere usted una oportunidad de luchar... ¿para rendirse... para ceder a sus exigencias?

—En cierto modo... sí. Quiero una oportunidad de luchar para hacer lo que jamás en el mundo conseguiría que me creyeran... ¡dejarlo todo y dejarles el campo libre!

Y, al ver que ella seguía escudriñando su rostro con ojos perplejos, él insistió:

—Lo digo en serio; quiero escabullirme... largarme de aquí... ¡dejar el juego para siempre!

Un pequeño silencio saludó este anuncio.

Lanyard, detenido cerca de la mesa y con una mano apoyada en ella, dirigió al rostro vuelto hacia él de la chica una mirada grave pero franca.

Y las profundidades de los ojos de ella, que nunca se desviaron de los suyos, se turbaron extrañamente en su visión.

No lograba explicar en modo alguno la luz que le pareció ver en ellos, una luz que se encendió mientras la observaba como una diminuta llama, débil, temerosa, vacilante; y que luego, con el paso de los momentos, se estabilizó y cobró fuerza, pero que no dejó de saltar y danzar; de modo que él, perdido en el asombro de aquello y olvidándose de sí mismo, pensó en ello como en el ardiente rostro de una niña feliz bailando en las profundidades de algún bosque castaño y otoñal. ..

—Usted —suspiró ella con incredulidad—... usted quiere decir... ¿que va a dejarlo...?

—Lo he dejado, señorita Shannon. El Lobo Solitario ha merodeado por última vez. No lo supe hasta que me desperté, hace más o menos una hora, pero ya he dado mi último golpe.

Notó que las manos de ella eran pequeñas, en consonancia con la delgadez de su persona, pero que de algún modo no lo parecían.

.. mostraban un aspecto de fuerza y capacidad, como corresponde a unas manos entrenadas en los deberes de una enfermera; y las vio apretadas en un puño pero temblando mientras descansaban sobre la mesa, como si su dueña luchara por reprimir la manifestación de una emoción tan poderosa como insondable para él.

—¿Pero por qué? —exigió ella con desconcierto—. ¿Pero por qué dice eso? ¿Qué puede haber pasado para hacerle...?

—¡No es por miedo a esa Manada! —se rio él—. ¡Por eso no, se lo aseguro!

—¡Oh, ya lo sé! —dijo ella con impaciencia—... ya lo sé muy bien. Pero sigo sin entenderlo...