El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XIII - CONFESIONARIO
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XIII - CONFESIONARIO

Y entonces, al ver que la chica no respondía, sino que mantenía la turbada mirada fija en alguna remota abstracción, él la instó:

—Tomará un poco de té, ¿verdad?

Ella volvió en sí, asintió con la más tenue de las sonrisas —«¡Sí, gracias!»—, y se dejó caer en una silla.

Él se puso a darle palique de inmediato en un esfuerzo por disipar aquel constreñimiento que se interponía entre ellos como la presencia invisible de un extraño:

—Debe de estar usted muy hambrienta.

—Lo estoy.

—Siento no tener nada mejor que ofrecerle. Habría salido a buscar algo más sustancioso, solo que...

—¿Solo que...? —le incitó ella, sirviéndose fríamente galletas y jamón en conserva.

—No me pareció prudente dejarla sola.

—¿Fue eso antes o después de que se formara usted una opinión sobre mí... en su última fase, quiero decir? —insistió ella con un asomo de malicia.

—Antes —replicó él con calma—; e igualmente, después. De cualquier modo que quiera tomarlo, no habría sido sensato dejarla aquí. Suponga que se hubiera despertado y hubiera descubierto que me había ido, encontrándose sola en esta casa extraña...

—Llevo despierta varias horas —se interpuso ella—; descubrí que me había encerrado y no oí ningún ruido que indicara que seguía usted aquí.

—Lo siento; estaba demasiado cansado y dormí como un tronco... Pero, pongámonos en el caso: habría salido usted sola, sin un céntimo...

—¿A través de una puerta cerrada con llave, señor Lanyard?

—No la habría dejado cerrada con llave —explicó él con paciencia...—. Se habría encontrado usted sin amigos y sin recursos en una ciudad de la que es usted forastera.

Ella asintió:

—Cierto. ¿Pero y qué?

—Desesperada, podría haberse visto obligada a volver...

—¡Y a informar sobre el resultado de mi investigación!

—Podría haberse ejercido presión sobre usted para inducirla a hacer confesiones que me perjudicaran —argumentó Lanyard con amabilidad—. Sea como fuere, se habría visto obligada a renovar unas asociaciones de las que se ha librado para bien.

—¿Está seguro de eso?

—Pero naturalmente.

—¿Cómo puede estarlo? —desafió ella—. Aún no hace ni veinticuatro horas que me conoce.

—Pero tal vez conozco mejor las asociaciones. De hecho, así es. Aunque usted se haya rebajado a hacer de espía anoche, señorita Bannon... no podría seguir haciéndolo. Tuvo que huir de mayor contaminación por parte de esa manada de chacales.

—¿Y no —está usted seguro— simplemente para mantenerle bajo observación?

—De eso sí estoy seguro. Tengo su palabra al respecto.

La chica terminó deliberadamente su té, y se reclinó, mirándole fijamente bajo unas cejas horizontales. Luego dijo con una extraña risa:

—¡Tiene usted su propia manera de apelar al honor de las personas!

—No lo necesito... con usted.

Ella analizó esto con creciente perplejidad.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Quiero decir que no necesito apelar a su honor.

.. porque estoy seguro de usted. Incluso si no lo estuviera, aun así me abstendría de exigirle ninguna promesa, o de intentarlo.

—Hizo una pausa y se encogió de hombros antes de continuar—: Si pensara que todavía se debe desconfiar de usted, señorita Bannon, le diría: «Ahí tiene una puerta abierta; váyase cuando guste, vuelva a la Manada, entregue su informe y deje que actúen como les parezca».

.. ¿Cree que me importan ellos? ¿Se imagina por un instante que le temo a alguno. .. o a todos los de esa pandilla?

—¡Eso suena sospechosamente a egoísmo!

—Que así sea —replicó él—. Es orgullo de casta, si tiene que saberlo. Me considero un grado mejor que semejante ganado; tengo inteligencia, al menos... ¡Sé cuidar de mí mismo!

Si él podía leer el rostro de ella, lo que expresaba, más que ninguna otra cosa, era angustia y decepción.

—¿Por qué alardea de esta manera... ante mí?

—Menos por satisfacción propia que por desprecio a una manada de perros asesinos... por la impaciencia de tener que tomar en consideración a criaturas como Popinot, Wertheimer, De Morbihan y... toda su cuadrilla.

—Y Bannon —corrigió ella con serenidad—... ¡quería usted decir!

—Bueno... —tartamudeó él, desconcertado.

—No importa —le aseguró ella—. Lo entiendo perfectamente, y por extraño que pueda sonar, tengo muy pocos sentimientos al respecto. —Y entonces respondió a su estupefacta mirada con una sonrisa cansada—. Yo sé lo que sé —añadió, con oscuro significado...

—Daría mucho por saber cuánto sabe usted —masculló él, confuso.

—¿Pero qué sabe usted —le atajó ella— en contra del señor Bannon... en contra de mi padre, quiero decir... que le hace tan dispuesto a sospechar tanto de él como de mí?

—Nada —confesó él—... no sé nada; pero sospecho de todo y de todos.

.. Y cuanto más lo pienso, cuanto más de cerca examino ese brutal asunto de anoche, más me parece percibir su voluntad detrás de todo ello.

.. igual que uno podría vislumbrar un rostro en la oscuridad a través de una celosía iluminada.

.. ¡Oh, ríase si quiere! Suena grandilocuente, lo sé.

Pero ese es el efecto que me produce... ¿Qué la llevó a usted a mi habitación, si no fueron sus órdenes?

¿Por qué se codea con De Morbihan, si no es pariente de sangre de esa ralea?

¿Por qué huye usted de él, si no es porque ha descubierto su papel en esa conspiración?

Su pausa y su mirada interrogante no obtuvieron respuesta; la chica permaneció sentada, inmóvil y atenta, devolviéndole la mirada de forma inescrutable. Y algo en su actitud impasible introdujo un poco de exasperación en el humor de Lanyard.

—Caramba —declaró acaloradamente—, si me atreviera a confiar en la intuición... perdóneme si la ofendo...

Ella le interrumpió con impaciencia:

—¡Ya le he rogado que no tenga en cuenta mis sentimientos, señor Lanyard! Si se atreviera a confiar en su intuición... ¿entonces qué?

—Vaya, entonces podría creer que el señor Bannon, su padre... ¡podría creer que fue orden suya lo que mató al pobre Roddy!

No cabía dudar de su horrorizada y medio incrédula sorpresa.

—¿A Roddy? —repitió en un susurro casi inaudible, palideciendo a gran velocidad—. ¡A Roddy...!

—El inspector Roddy, de Scotland Yard —le dijo él sin piedad—, fue asesinado anoche mientras dormía en Troyon.

El asesino entró en su habitación a través de la mía.

.. las dos están comunicadas. Usó mi navaja de afeitar, se puso mi robe de chambre para proteger su ropa, hizo todo lo que se le ocurrió para hacer recaer la sospecha sobre mí, y cuando entré me asaltó, con la intención de drogarme y dejarme inconsciente para que me encontrara la policía.

Afortunadamente... me adelanté a él. Acababa de dejarle drogado, inconsciente en mi habitación, cuando me encontré con usted en el pasillo. .. ¿No lo sabía?

—¿Cómo puede preguntarlo? —gimió la chica.

Inclinándose hacia delante, con un codo sobre la mesa, se retorció las manos hasta que los nudillos le asomaron blancos a través de la piel... pero no tan blancos como el rostro desde el cual sus ojos buscaban los de él con una mirada de mudo horror, aturdida, lastimosa, implorante.

—¿No me está engañando? Pero no... ¿por qué iba a hacerlo? —titubeó ella—. ¡Pero qué terrible, qué indeciblemente espantoso!...

—Lo siento —masculló Lanyard—... me habría mordido la lengua si no hubiera creído que usted lo sabía...

—¿Creyó que lo sabía... y que no moví un dedo para salvar al hombre? —Se levantó de un salto con el rostro en llamas—. ¡Oh, cómo ha podido!

—No... eso no... jamás pensé eso. Pero, al encontrarme con usted en aquel mismo momento y lugar, tan oportunamente.

.. no pude ignorar la coincidencia; y cuando admitió que estaba huyendo de su padre, teniendo en cuenta todas las circunstancias, seguramente estaba justificado al pensar que era la comprensión, al menos en parte, de lo que había sucedido lo que la impulsaba a huir.

Ella sacudió la cabeza lentamente, y su indignación se desvaneció con la misma rapidez con la que había surgido.

—Lo comprendo —dijo—; tenía usted alguna excusa, pero se equivocaba. Huí... sí... pero no por eso. Jamás habría soñado...

Se calló y se quedó sentada con la cabeza gacha y retorciéndose las manos de una forma que a él le resultaba dolorosa de observar.

—Pero por favor —le imploró él—, no se lo tome tan a pecho, señorita Bannon. Si no sabía nada, no podría haberlo evitado.

—No —dijo ella con voz entrecortada—... no podría haber hecho nada... Pero yo no lo sabía. No es eso... es el horror y la piedad de ello. ¡Y que usted pudiera pensar...!

—¡Pero si no lo pensé! —protestó él—... de verdad que no. Y por lo que sí pensé, por la injusticia que le hice, créame, lo siento de veras.

—Estaba usted bastante justificado —dijo ella—, no solo por las pruebas circunstanciales, sino en cierto grado por los hechos. Debe saber... ahora debo contarle...

—¡Nada que no desee! —le interrumpió él—. El hecho de que prácticamente la haya secuestrado con el pretexto de hacerle un favor, y de haber sospechado de que estuviera usted a sueldo de esa Manada, no me da ningún derecho a su confianza.

—¿Puedo culparle por haber pensado lo que pensó?

—Continuó lentamente, sin levantar la vista.

.. con la mirada clavada en sus dedos entrelazados—: Ahora, por mi propio bien, quiero que sepa lo que de otro modo, tal vez, no le habría contado.

.. no todavía, en cualquier caso. No soy más hija de Bannon de lo que usted es hijo suyo.

Nuestros apellidos suenan parecido... la gente a menudo comete el mismo error.

Me llamo Shannon... Lucy Shannon. El señor Bannon me llamaba Lucia porque sabía que no me gustaba, para tomarme el pelo; por la misma razón siempre mantuvo la farsa de que yo era su hija cuando la gente lo entendía mal.

—Pero... si eso es así... entonces, ¿qué...?