El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XII - DESPERTAR
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XII - DESPERTAR

Era ya entrada la tarde cuando Lanyard despertó de un sueño tan profundo y sin imágenes que nada que no fuera un absoluto agotamiento sistémico —a la vez nervioso, muscular y mental— podría haberlo inducido.

Un letargo profundo y asfixiante entumecía sus sentidos. Había estupor en su cerebro y le dolían todos los miembros de forma sorda. Abrió unos ojos aturdidos a una oscuridad vacía. En sus oídos latía un inmenso silencio.

Y en aquel extraño momento del despertar no tuvo conciencia de su individualidad: fue, por el momento, como si hubiera pasado en su letargo de una existencia a otra, desprendiéndose en passant de toda su triple personalidad como Marcel Troyon, Michael Lanyard y el Lobo Solitario.

De haberse pronunciado en aquel instante cualquiera de esos nombres en su presencia, no habría significado nada para él.

.. o poco más que nada: era por el momento, única y exclusivamente, él mismo , un cascarón de sensaciones que albergaba mortecinas ascuas de vitalidad.

Durante varios minutos permaneció tumbado sin moverse, curiosamente intrigado por aquel enigma de la identidad: su mente fue recogiendo con lentitud los filamentos de la memoria, como una mano ciega que palpara a tientas por una cámara oscura.

Una a una, las conexiones se fueron renovando, los circuitos se fueron cerrando...

Pero, de manera bastante singular a su entender, su primer pensamiento fue para la chica de arriba en el estudio, sin saberlo su prisionera y rehén... y no para él mismo, que yacía allí, entorpecido por la pérdida de sueño, tratando lánguidamente de hacerse cargo de su propia realidad.

Porque ya no era el mismo que había sido.

En qué radicaba la diferencia no sabría decirlo, pero de que existía una diferencia estaba persuadido.

.. de que había cambiado, de que durante el sueño había tenido lugar alguna extraña reacción en la química de su naturaleza.

Era como si el sueño no solo hubiera reparado los estragos del cansancio en los tejidos de su cerebro y de su cuerpo, sino que también hubiera remendado los tejidos de su alma.

Sus pensamientos fluían por cauces nuevos; sus intereses ya no eran los intereses del Michael Lanyard que él había conocido, ya no estaban centrados en sí mismo, los intereses del yo absoluto.

Se preocupaba menos por sí mismo, incluso ahora, cuando más gravemente debiera hacerlo, que por otra persona: por la chica, Lucia Bannon, que no era nada para él, a la que apenas conocía desde hacía veinticuatro horas, pero en la que no podía dejar de pensar, aunque quisiera.

Era el apuro de ella el que le perturbaba, del que buscaba una salida... nunca el suyo propio.

Y sin embargo, el suyo era lo bastante desesperado...

Desconcertado e inquieto, por fin se acordó de su reloj. Pero su testimonio le pareció increíble: ¡seguro que no podían ser las cinco de la tarde!... ¡seguro que no podía haber dormido casi una vuelta completa de las agujas!

Y si así era, ¿qué pasaba con la chica? ¿Habría necesitado ella también dormir tan desesperadamente que el breve día de noviembre había amanecido y menguado sin que ella se diera cuenta?

Esa pregunta fue la que le despabiló: en un instante se levantó y se abrió paso a tientas en la penumbra que envolvía la alcoba y el comedor hasta la puerta de la escalera, en el vestíbulo.

La encontró cerrada con llave, que aún seguía a buen recaudo en su bolsillo, y al abrirla sin hacer ruido, proyectó el haz de su linterna hueco oscuro arriba hasta la puerta de la parte superior; la cual estaba firmemente cerrada.

Durante varios momentos prestó atención a un silencio taciturno que ningún sonido quebró para indicar que él no era el único inquilino de la pequeña vivienda, para luego levantar irresoluto un pie hacia el primer peldaño.

.. y retirarlo. Si ella seguía durmiendo, ¿para qué molestarla?

Tenía mucho que hacer para pensar en cómo estaban las cosas; y ese era un proceso que se llevaba a cabo con mayor facilidad en soledad.

Dejando, pues, la puerta entreabierta, se dirigió a una de las ventanas delanteras, apartó los cortinajes y miró hacia el exterior, por encima del jardincillo y a través de los barrotes de hierro de la verja, hacia la calle, donde una solitaria farola de gas, que titilaba dentro de un apagado halo dorado de niebla, hacía visible la escasa longitud del impasse Stanislas, vacío, barrido por la lluvia y desolado.

La lluvia persistía sin asomo de cejar en su empeño...

Algo en la lúgubre oquedad de aquella breve perspectiva ahondó la sombra en su estado de ánimo y frunció sus cejas en un ceño de preocupación.

Distraídamente se dirigió a la cocina y, tras encender una luz, se lavó en el grifo; luego se puso a rebuscar algo para desayunar.

La persistencia sacó a relucir un infiernillo de alcohol, media botella de alcohol de quemar, un paquete de té, una o dos latas de galletas y otras tantas de conservas de carne: sobras de las existencias del artista, un despliegue tristemente escaso y poco apetitoso.

Ante esto descubrió que estaba medio muerto de hambre, y no encontró razón alguna para creer que la chica se encontrara en mejor situación.

Se imponía una expedición a la charcuterie más cercana; pero después de buscar y encontrar un viejo impermeable de Solon, Lanyard decidió no dejar a la chica sola.

A la espera de que ella apareciera, llenó el infiernillo, puso agua a hervir y, tras encender un cigarrillo, se sentó a vigilar la tetera y a dilucidar sus diversos problemas.

De una manera inusitadamente lúcida, incluso para él, reunió todos los hechos relacionados con el predicamento en el que se encontraban, el suyo y el de Lucia Bannon, tanto de manera conjunta como individual, y los ponderó de forma desapasionada...

Pero de manera insensible sus pensamientos retrocedieron a aquella fase exótica de su despertar, derivando hacia una introspección a la que rara vez se entregaba, y que le alejó del enigma inmediato, llevándole por extraños vericuetos a una revelación por completo imprevista y a una resolución aún más revolucionaria.

Una mirada de asombro parpadeó en sus ojos meditabundos; y prendido entre dos dedos, su cigarrillo formó una larga ceniza, la dejó caer y se consumió hasta quedar en una colilla tan corta que la brasa casi le chamuscó la carne.

Lo soltó y apagó el fuego aplastándolo con el talón, sin darse cuenta de ello.

Lenta pero irresistiblemente, su mundo estaba dando un vuelco bajo sus pies...

El sonido de una pisada lo hizo volver en sí como desde una lejanía inconmensurable; levantó la vista para ver a Lucia detenida en el umbral, y se levantó despacio, haciendo un esfuerzo por serenarse y organizar sus pensamientos frente a la emergencia que presagiaba la actitud de ella.

Tensa de indignación, avivada por el desdén, le exigió sin ningún preámbulo:

—¿Por qué me encerró con llave?

Él tartamudeó infeliz:

—Le ruego me perdone...

—¿Por qué me encerró con llave?

—Lo siento...

—¿Por qué...?

Pero ella se interrumpió a sí misma para dar un pisotón enfático; y él le tomó la palabra haciéndose eco de aquello:

—Si tiene que saberlo, porque no me fiaba de usted.

Los ojos de ella se oscurecieron de forma amenazadora:

—¡Y, sin embargo, usted insistió en que yo me fiara de usted!

—Las circunstancias no son paralelas: ¡usted no es una malhechora de fama, buscada por la policía de todas las capitales de Europa, acosada por rivales para colmo... que lucha por la vida, la libertad y —rio con sequedad— la búsqueda de la felicidad!

Ella contuvo el aliento bruscamente... si por consternación o por pura sorpresa ante su franqueza, él no sabría decirlo.

—¿Lo es usted? —exigió ella con rapidez.

—¿Si soy qué?

—Lo que acaba de decir...

—¿Un delincuente... y todo eso? Señorita Bannon, ¡usted lo sabe!

—¿El Lobo Solitario?

—Lo ha sabido todo el tiempo. Se lo dijo De Morbihan.

.. o si no su padre. O, puede ser que fuera usted lo bastante astuta para adivinarlo por las fanfarronadas de De Morbihan en el restaurante.

En cualquier caso, está bastante claro: nada más que el deseo de encontrar pruebas para identificarme con el Lobo Solitario la llevó a mi habitación anoche —ya fuera para su satisfacción personal o a instancias de Bannon—, del mismo modo que nada menos que el asco por lo que estaba ocurriendo le hizo huir de tan intolerables asociaciones.

.. ¡Aunque, en ese sentido, ni siquiera creo que llegara a adivinar lo indeciblemente viciosas que eran!

Hizo una pausa y esperó, anticipando una furiosa negativa o refutación; tal habría sido, de hecho, el desarrollo lógico del temperamento con el que había bajado a enfrentarse a él.

En lugar de esto, ella pareció calmarse y serenarse ante la acusación; lejos de resentirse, parecía dispuesta a concederle razón; la ira abandonó su expresión, dejándola atenta y grave. Entró en silencio en la habitación y se encaró con él desde el otro lado de la mesa.

—¿Usted pensó todo eso de mí... que yo era capaz de espiarle... y sin embargo fue lo bastante generoso para creer que me despreciaba a mí misma por hacerlo?

—No al principio... Al principio, cuando nos encontramos allí atrás en el pasillo, yo estaba seguro de que usted estaba empeñada en seguir espiando. Solo tras despertar aquí, hace media hora, empecé a comprender lo imposible que le resultaría a usted prestarse a una infamia como la de anoche.

—Pero si pensaba eso de mí entonces, ¿por qué...?

—Se me ocurrió que sería lo mejor impedir que usted informara al cuartel general.

—¿Pero ahora ha cambiado de opinión sobre mí?

Él asintió:

—Por completo.

—¿Pero por qué? —exigió ella con voz de asombro—. ¿Por qué?

—No se lo sabría decir —dijo él lentamente—... no sé por qué. Solo puedo suponer que debe de ser porque... no puedo evitar creer en usted.

La mirada de ella vaciló: su rubor se hizo más intenso.

—No le entiendo... —murmuró.

—Ni yo tampoco —confesó él en un tono igual de bajo...

Un repentino refunfuño de la tetera proporcionó una grata distracción. Lanyard la apartó del fuego y vertió poco a poco agua hirviendo sobre una medida de té en una tetera de loza.

—Una taza de esto y algo de comer no nos hará ningún daño —se aventuró él, con una sonrisa inquieta—, ¡en especial si vamos a proseguir con esta indagación psicológica sobre los porqués de la tendencia humana a cambiar de opinión!