XI - FUGA #3
No habría podido descansar de no dar aquel paso para lograr la detención del asesino estadounidense; ahora, con suerte y una rápida actuación por parte de la Prefectura, estaba seguro de que Roddy sería vengado por Monsieur de Paris .
.. Pero era más que conveniente que no existiera ninguna pista por la que se pudiera rastrear al autor de aquel misterioso telegrama. ..
No era, pues, un Lanyard descontento el que se escabulló en la noche y en la lluvia; pero su exasperación fue colosal cuando el primer objeto que atrajo su mirada fue el desdichado fiacre , de vuelta en su lugar frente a la puerta, y con Lucia Bannon asomada a su ventanilla bajada, mientras el cocher blandía en su pescante un importuno látigo al aventurero.
A duras penas logró no atragantarse con la profanidad reprimida; y por dos sous habría dado media vuelta sobre sus talones y habría ignorado deliberadamente a la muchacha.
Pero no se atrevió: muy cerca se hallaba un sergent de ville , con los ojos inquisitivos brillando bajo la visera chorreante de su quepis, y acogiendo con vivo interés aquella distracción en una hora lúgubre.
Con, al menos, apariencia externa de resignación, Lanyard se acercó a la ventanilla.
—He sido culpable de alguna estupidez, tal vez —inquirió con una cortesía de labios para afuera que no tenía eco en su corazón—. Pero lo lamento...
—La estupidez es mía —le interrumpió la chica con un acento tenso por la agitación—. Señor Lanyard, yo... yo...
Su voz titubeó y se quebró en un sollozo corto y seco, y ella se echó hacia atrás con un efecto de instintiva aversión a la emoción en público. Lanyard ahogó el impulso de exigirle bruscamente: «Bueno, ¿y ahora qué?», y se acercó a la ventanilla.
—¿Hay algo más que pueda hacer por usted, señorita Bannon?
—No lo sé... Me acabo de dar cuenta... me fui con tanta prisa que no pensé en cerciorarme; pero no tengo dinero... ¡ni un franco!
Tras una breve pausa, él comentó en tono de ayuda:
—Eso complica las cosas, ¿no es cierto?
—¿Qué voy a hacer? No puedo volver... ¡no quiero! Cualquier cosa antes que eso. Podrá juzgar lo desesperada que estoy, que prefiero encomendarme a su generosidad... y eso que ya he puesto a prueba su paciencia...
—No gran cosa —le interrumpió él con voz tranquilizadora—. Pero... espere un momento... tenemos que hablarlo.
Dando instrucciones al cocher de que les llevara a la place Pigalle , volvió a subir al coche, y en su mente cundían más que nunca las sospechas.
Pero, por lo que podía ver —¡y con aquel maldito sergo mirando fijamente!
—, no cabía otra cosa. No podía quedarse allí bajo la lluvia eternamente, chismorreando con una chica medio histérica. .. o que fingía estarlo.
—Verá usted —explicó ella cuando el fiacre se puso de nuevo en marcha—, creí que llevaba un billete de cien francos en mi cartera; y así es... pero la cartera se ha quedado allí, en mi habitación en Troyon.
—Cien francos no la llevarían muy lejos de camino a Nueva York —observó él pensativo.
—¡Oh, espero que no piense...!
Se encogió en su rincón con un leve estremecimiento de humillación.
Como si no se hubiera dado cuenta, Lanyard se volvió hacia la ventanilla, se asomó y dio nuevas y secas instrucciones al conductor:
—¡ Impasse Stanislas !
El vehículo viró de inmediato, dobló una esquina y se dirigió de nuevo hacia el Sena con una celeridad que sugería que las caballerizas estaban en la Rive Gauche.
—¿A dónde? —exigió la chica mientras Lanyard volvía a acomodarse en el asiento—. ¿A dónde me lleva?
—Lo siento —dijo Lanyard con toda la apariencia de repentina contrición—; he actuado de manera impulsiva... asumiendo su total confianza. Lo cual, por supuesto, ha sido imperdonable. Pero, créame, no tiene más que decir que no y se hará lo que usted desee.
—Pero —insistió ella con impaciencia— no me ha contestado: ¿qué es eso del impasse Stanislas ?
—La dirección de un artista que conozco.
.. Solon, el pintor. Vamos a tomar posesión de su estudio en su ausencia.
No se preocupe; no le importará. Tiene una gran obligación conmigo.
.. le he vendido varios lienzos; y cuando está fuera, como ahora, en los Estados Unidos, me deja las llaves.
Es un barrio de mentalidad sobria y ritmo tranquilo, donde podremos descansar sin recelos y tomarnos nuestro tiempo para pensar las cosas.
—Pero... —comenzó a decir la chica con un tono extraño.
—Pero permítame —se interpuso él apresuradamente— que insista en someter a su consideración los hechos del caso.
—¿Y bien? —dijo ella con el mismo tono, cuando él hizo una pausa.
—Para empezar... no dudo que tendrá usted un buen motivo para huir de su padre.
—Un motivo muy real, muy grave —afirmó ella con tranquilidad.
—Y preferiría no volver...
—¡Eso está fuera de toda duda! —dijo con una pasión contenida que casi le convenció de su credibilidad.
—Pero no tiene amigos en París...
—¡Ni uno solo!
—Y no tiene dinero. Así que parece que, si quiere usted eludir a su padre, debe encontrar un sitio donde esconderse pro tem .
En cuanto a mí, no he dormido en cuarenta y ocho horas y debo descansar antes de poder pensar con claridad y planificar lo que viene.
.. Y no conseguiremos gran cosa dando vueltas para siempre en esta arca.
Así pues, le ofrezco la única solución que me veo capaz de presentar dadas las circunstancias.
—Tiene usted toda la razón —convino la chica pasado un momento—. Le ruego que no crea que no se lo agradezco. De hecho, me hace muy infeliz pensar que no conozco ninguna forma de compensarle por las molestias.
—Puede que la haya —le informó Lanyard en voz baja—; pero no hablaremos de ello hasta que hayamos descansado un poco.
—Estaré más que encantada... —comenzó ella, pero se calló y, sumida en un silencio que parecía casi aprensivo, le observó especulativamente durante el resto del trayecto.
No fue largo; en el transcurso de los diez minutos siguientes se detuvieron al final de una calle sin salida y poco profunda, de apenas media manzana de largo; y allí Lanyard ayudó a bajar a la chica, pagó y despidió al cocher , y se volvió hacia una verja de hierro incrustada en un alto muro de piedra coronado de púas.
El enrejado de aquella verja dejaba entrever un pequeño y oscuro jardín y una casita de dos pisos. Muros ciegos de antiguas viviendas arrinconaban tanto la casa como el jardín a ambos lados.
Tras abrir la verja con llave, Lanyard volvió a cerrarla con gran cuidado, repitió la operación en la puerta principal de la casa, y, cuando estuvieron bien encerrados con llave y cerrojo dentro de un oscuro vestíbulo de recepción, encendió la luz eléctrica.
Pero apenas concedió a la chica tiempo para examinar de manera fugaz aquella antesala de un establecimiento de carácter artístico singular.
—Estas son las salas de estar, aquí abajo —explicó apresuradamente—. Solon es soltero y vive completamente solo... su ayudante de estudio y su femme de ménage solo vienen de día... y así evita la peste que supone tener conserje. Con su permiso, le asignaré a usted el estudio... aquí arriba.
Y guiando el camino por un tramo de escaleras estrechas, encendió la luz de la inmensa habitación que constituía el piso superior.
—Creo que estará cómoda —le dijo—; aquel diván de allí es un lecho tan confortable como uno pudiera desear.
.. y tiene esta puerta que puede cerrar con llave en lo alto de la escalera; mientras que yo, por supuesto, estaré montando guardia abajo.
.. Y ahora, señorita Bannon... ¿a menos que haya algo más que pueda hacer. ..?
La muchacha respondió con una débil sonrisa y un pequeño suspiro entrecortado. Casi de forma involuntaria, abrumada por la fatiga, se había entregado a los acogedores brazos de un enorme sillón orejero.
Su mirada cansada abarcó el estudio lujosamente amueblado y volvió al rostro de Lanyard; y mientras él esperaba, le pareció atisbar algo que se movía en aquellos ojos anhelantes, tan profundamente ensombrecidos por la angustia, la perplejidad y la fatiga.
—Estoy ciertamente muy cansada —confesó ella—; más de lo que imaginaba. Pero estoy segura de que estaré cómoda... Y me considero muy afortunada, señor Lanyard. Ha sido usted más amable de lo que yo merecía. De no haber estado usted aquí, no quiero pensar qué habría sido de mí...
—¡Por favor, no lo haga! —le suplicó él, y, de pronto desconcertado al tener conciencia de su duplicidad, se volvió hacia las escaleras—. Buenas noches, señorita Bannon —farfulló; y ya había bajado la mitad del tramo antes de escuchar débilmente el eco de su despedida.
Al llegar al piso de abajo, la puerta de lo alto de las escaleras se cerró y su cerrojo encajó con un ruido sordo.
Pero, al girarse para cerrar la puerta inferior, detuvo la mano en una vacilación transitoria.
—¡Maldita sea! —refunfuñó inquieto—; ¡no puede haber ninguna maldad en esa chica!
¡Es imposible que unos ojos como esos mientan!
... Y, sin embargo... ¡Y sin embargo!...
¡Oh, qué me pasa? ¿Estoy perdiendo el control?
¿A qué viene cuestionarme la precaución ordinaria contra la traición por parte de una mujer que no es nada para mí y de quien no sé nada que no sea notoriamente cuestionable?
... ¡Y todo por una cara bonita y unos modales atractivos!
Así que aseguró aquella puerta, aunque con mucho sigilo; y tras guardarse la llave en el bolsillo y dar la ronda a puertas y ventanas, comprobando sus cerraduras, entró tambaleándose por el peso del cansancio en el dormitorio de su amigo el artista.
Entonces lo envolvió la oscuridad: cayó abatido por el sueño como un buey se desploma bajo el yugo.