El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) XI - FUGA #2
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XI - FUGA #2

Y, por un momento, se volvió más celosamente atento hacia ella, crítico con cada matiz de su comportamiento.

El más leve asomo de presión adicional en su brazo, la sugerencia más sutil de que ella no se mostraba del todo indiferente hacia él o de que lo consideraba de algún otro modo que no fuera como un camarada encontrado al azar en una hora de tribulación, habría bastado para fijar sus sospechas.

Pues, se decía a sí mismo, aquel sería el primer pensamiento de alguien empeñado en engatusarle: llevarle al huerto mediante alguna insinuación, cuanto más tenue y esquiva, más provocadora, de que su persona no le resultaba del todo detestable.

Pero no logró detectar nada de esta índole en los modales de ella.

¿Qué podía uno pensar, entonces? ¿Que era lo bastante inteligente como para darse cuenta de lo ruinoso que resultaría para su plan cualquier acercamiento de ese tipo?...

En tal perplejidad, la condujo hasta el final del callejón y allí se detuvo para echar un vistazo antes de aventurarse por la callejuela estrecha, oscura y desierta que se presentó entonces.

Ante esto, la chica desenganchó su mano con suavidad y se apartó un par de pasos; y cuando Lanyard se hubo cerciorado de que no había apaches en lontananza, se dio la vuelta y la vio de pie, justo en la boca del callejón, en una postura de total indecisión.

Consciente de su mirada, ella volvió a su escrutinio un rostro tocado con una sonrisa fugaz e insegura.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella.

Él nombró la calle; y ella sacudió la cabeza.

—Eso no me dice gran cosa —confesó—; soy tan forastera en París que solo conozco unas pocas calles principales. ¿Dónde está el bulevar Saint Germain?

Lanyard le indicó la dirección:

—A dos manzanas por allí.

—Gracias. —Avanzó un paso o dos, pero volvió a detenerse—. ¿Sabe usted, acaso, dónde podría encontrar un taxi?

—Me temo que no encontrará ninguno por los alrededores a esta hora —respondió—. Un fiacre , tal vez... con suerte: dudo que haya uno libre más cerca de Montmartre, donde es probable que el negocio esté más animado.

—¡Oh! —exclamó consternada—. No había pensado en eso... ¡Creía que París nunca se iba a dormir!

—Solo unas tres horas antes que la mayoría de las capitales del mundo... Pero tal vez pueda yo aconsejarle...

—¡Si fuera tan amable! Solo que no me gusta ser una molestia...

Él sonrió engañosamente:

—No se preocupe por eso. ¿Adónde desea ir?

—A la Gare du Nord .

Aquello le hizo abrir los ojos.

—¡A la Gare du Nord ! —se hizo eco—. Pero... perdóneme...

—Deseo tomar el primer tren hacia Londres —le informó la chica con serenidad.

—Tendrá que esperar un rato —sugirió Lanyard—. El primer tren sale alrededor de las ocho y media, y no son más de las cinco.

—Qué se le va a hacer. Puedo esperar en la estación.

Él se encogió de hombros: allá ella... si era sincera al afirmar que pretendía abandonar París; algo de lo que él se tomaba la libertad de dudar.

—Puede llegar hasta allí en el Metro —sugirió él... el subterráneo, ¿sabe?; hay una estación a mano... Saint Germain des Prés. Si le parece bien, le mostraré el camino.

Su alivio parecía tan genuino que él casi habría podido creer en él. ¡Y sin embargo!...

—Le estaré muy agradecida —murmuró ella.

Él se lo tomó por lo que pudiera valer, y se puso en marcha silenciosamente a su lado; y en un mutuo silencio —tal vez debido en gran parte a la intuición que ella tenía del prejuicio de él— llegaron al bulevar Saint Germain.

Pero aquí, en el momento mismo de salir de la calle lateral, ocurrió aquello que volvió a trastocar los planes de Lanyard: un fiacre rezagado surgió de entre la niebla y se detuvo a su lado, con su conductor solicitando clientela a voz en grito.

Lanyard maldijo al hombre en silencio sin escatimar epítetos; nada podría haber sido más inoportuno; él necesitaba aquel transporte destartalado para sus propios propósitos, y si al menos hubiera esperado hasta que él hubiera guiado a la chica a la estación del Metropolitano, podría haberse hecho con él.

Ahora tendría que cederle el coche a ella o.

.. compartirlo... ¿Pero por qué no? Podía bajarse fácilmente en su destino, e indicarle al conductor que continuara hasta la Gare du Nord ; y el Metro no era ni lo bastante rápido ni lo bastante directo para su propósito.

.. que incluía ponerse a cubierto bastante antes de que amaneciera.

De modo un tanto malhumorado, pues, aunque sin dejar traslucir su irritación, le hizo señas al cocher , abrió la portezuela y ayudó a subir a la chica.

—Si no le importa dejarme por el camino...

—Estaré encantada —dijo ella... ¡con tal de pagar, aunque sea en parte, la cortesía que me ha mostrado!

—Oh, por favor, no se preocupe por eso...

Le dio al conductor instrucciones precisas, subió y se acomodó junto a la chica. El látigo restalló, el caballo suspiró, el conductor juró; el viejo fiacre gimió, se movió con desgana y se alejó arrastrándose con pesadez a través de la llovizna que se iba espesando.

Dentro, una reticencia común mantenía el silencio como un muro entre los dos.

La chica permanecía sentada con el rostro vuelto, leyendo a través de la ventanilla los letreros de las esquinas que pasaban: rue Bonaparte , rue Jacob , rue des Saints Pères , Quai Malaquais , Pont du Carrousel ; reconociendo al menos un punto de referencia en los sombríos arcos del Louvre; y preguntándose vagamente por el inepto gusto francés por la nomenclatura, que había bautizado aquel vasto y amenazador cuadrángulo, de eco retumbante, como Place du Carrousel , la plaza pública menos animada en su extraña experiencia parisina.

Y a su vez, Lanyard pasó revista a aquellas vías bien recordadas con profundo hastío de espíritu... disgustado consigo mismo al ser consciente de que la chica, de alguna manera, había adivinado su desconfianza...

—El Lobo Solitario, ¿eh? —reflexionó con amargura—. ¡Más bien, la Rata Acorralada... si la gente supiera! Mejor aún, ¡el Asno Errante... no, Reverendo!

Bordeaban el Palais Royal cuando ella se volvió de repente hacia él en un impulsivo intento de justificarse.

—¿Qué debe usted de estar pensando de mí, señor Lanyard?

Él se sobresaltó:

—¿Yo? Oh, no me tenga en cuenta, por favor. No importa lo que yo piense... ¿verdad?

—Pero ha sido usted tan amable; siento que le debo al menos alguna explicación...

—Oh, en cuanto a eso —replicó él alegremente—, tengo la idea bastante clara de que está huyendo de su padre.

—Sí. Ya no podía soportarlo más...

Se interrumpió de golpe, en voz alta, como si estuviera tentada de decir más pero tuviera miedo. Él esperó un momento antes de ofrecerle aliento.

—Espero no haber parecido inoportuno...

—¡No, no!

Su pausa de invitación no obtuvo otra respuesta que aquella impaciente negativa. Ella se había replegado en su reserva, aunque —se imaginó él— no del todo de buena gana.

¿Era, pues, posible que la hubiera juzgado mal?

—Sin duda tiene amigos en Londres... —se aventuró él.

—No... ninguno.

—Pero...

—Me las arreglaré muy bien. No estaré allí más de un día o dos... hasta que zarpe el próximo barco.

—Ya veo. —Había sonado en su tono un carácter definitivo que significaba el deseo de abandonar el tema. Aun así, él prosiguió con malicia—: Permítame que le desee bon voyage , señorita Bannon... y expresarle mi pesar de que las circunstancias hayan conspirado para alterar sus planes.

Ella aún le miraba de soslayo, con aire dubitativo, como si sopesara la cuestión de su familiaridad con los planes de ella, cuando el fiacre pasó pesadamente de la rue Vivienne a la place de la Bourse , rodeó la adusta mole y se detuvo en el lado norte ante las luces azules de la oficina de telégrafos que estaba abierta toda la noche.

—Con su permiso —dijo Lanyard, desenganchando la puerta—, me apearé aquí.

Pero daré instrucciones al cocher con sumo cuidado para que vaya a la Gare du Nord .

Por favor, ni siquiera le dé propina... eso corre de mi cuenta.

No... ni una palabra más de agradecimiento; haber podido ser de alguna utilidad.

.. ha sido un placer único, señorita Bannon. Y, por tanto, ¡buenas noches!

Con un efecto que pareció poco menos que tímido, la chica ofreció su mano.

—Gracias, señor Lanyard —dijo con voz temblorosa—. Lo siento...

Pero no dijo qué era lo que lamentaba; y Lanyard, de pie con la cabeza descubierta bajo la bruma que empujaba el viento, rozó con frialdad los dedos de ella, repitió sus despedidas, y entregó dinero e instrucciones al conductor, tras lo cual observó cómo el coche se alejaba dando bandazos antes de acercarse a la oficina de telégrafos. ..

Pero el enigma de la muchacha intrigaba tan profundamente su imaginación que solo a duras penas logró urdir un telegrama no comprometedor para el amigo de Roddy en la Prefectura.

.. aquel imponente personaje que había estado vigilando en compañía del hombre de Scotland Yard junto a las puertas del andén de la Gare du Nord .

Estaba redactado en inglés cuando por fin lo compuso y se lo entregó al empleado de telégrafos, con la ferviente aunque inaudible plegaria de que este ignorara el idioma.

«Venga de inmediato a mi habitación en Troyon. Entre a través de la habitación contigua preparado para acción inmediata por acontecimiento importante. Urgente. Roddy.»

Fuese o no chino aquello para el hombre que estaba detrás de la ventanilla, lo aceptó con la más completa indiferencia.

.. o, más bien, con un interés que al parecer se evaporó a la recepción de las tasas.

Lanyard no vio que el empleado lo honrara siquiera con una mirada curiosa antes de darse la vuelta para perderse, para enterrar su identidad, por fin y para siempre, bajo el incógnito del Lobo Solitario.