X - CAMBIO DE TORNAS #2
En su inquietud, al pasearse de un lado a otro en silencio, a cada vuelta pasaba por delante de su tocador, y, al reparar por casualidad en su reflejo en el espejo, se detuvo en seco, estupefacto por algo que creyó detectar en la réplica de su rostro, por pesado de fatiga que estuviera, y demacrado por la contemplación de aquel espantoso contratiempo.
Y al instante volvía a estar junto al estadounidense, estudiando con atención los contornos de aquella lívida máscara.
Allí residía, pues, aquel parecido que le había desconcertado; y ahora que lo veía, no podía negar que resultaba de una proximidad poco halagüeña: rasgo por rasgo, el rostro del asesino reproducía el suyo, tosco quizá, pero reconocible como una réplica de aquel Michael Lanyard que cada mañana se le enfrentaba en su espejo de afeitar, y cuya casi única diferencia residía en el raquítico bigote negro que ensombrecía el labio superior del estadounidense.
Después de todo, no había nada de asombroso en ello; el tipo de Lanyard no era raro; él jamás se habría considerado a sí mismo una figura distinguida.
Antes de levantarse, vació los bolsillos de su doble.
Pero esto le reportó escaso beneficio: el asesino se había vestido para la acción con la previsión de evadir el reconocimiento en caso de accidente.
Lanyard no reunió sino un reloj estadounidense barato con caja de oro laminado de un tipo que se fabricaba al por mayor, un encendedor, una llave común que podía encajar en la puerta de cualquier hotel, un paquete abierto de cigarrillos Régie, una pistola automática, unos cuantos francos en plata.
.. absolutamente nada que sirviera como marca de identificación; pues, aunque la ropa gris estaba confeccionada a medida, se habían arrancado las etiquetas del sastre de los bolsillos, mientras que la ropa blanca y la ropa interior del hombre carecían por igual hasta del jeroglífico de una lavandería.
Con esta cosecha de la nada por todas sus fatigas, Lanyard se volvió de nuevo hacia el lavabo y su neceser de afeitar, preparó una densa espuma, asentó otra navaja hasta lograr el filo más fino de que fue capaz, trajo unas afiladas tijeras de su neceser y volvió junto al asesino.
Trabajó con rapidez, en un alto grado de excitación... tanto por pura desesperación como por el atractivo inherente al plan, ya fuera por su sentido común o por su inclinación romántica.
En dos minutos había arrancado por completo el bigote de aquella máscara estúpida y flácida.
Indiscutiblemente, el parecido era ahora de lo más sorprendente; el estadounidense pasaría con facilidad por Michael Lanyard.
Logrado esto, prosiguió sus preparativos con una prisa febril.
A pesar de ello, no pasó por alto ningún detalle.
En menos de veinte minutos había intercambiado las ropas con el estadounidense detalle por detalle, incluso hasta las camisas, los cuellos y las corbatas; había guardado en sus propios bolsillos los diversos artículos tomados del otro, junto con la palanca articulada y algunas de sus pertenencias personales, y estaba listo para despedirse de sí mismo, de aquel Michael Lanyard al que París conocía.
El enmascarado inconsciente del suelo se había llamado a sí mismo «el bueno de Smith»; ahora tendría que servir como el bueno de Lanyard, al menos para los propósitos del Lobo Solitario; la policía, en cualquier caso, lo aceptaría como tal.
Y si la memoria de Michael Lanyard necesitaba llevar el estigma de un brutal asesinato, no le haría falta quejarse en su olvido, puesto que, gracias a aquel defunción de mero trámite, el Lobo Solitario obtendría una libertad incluso mayor que antes.
La Manada no había urdido otra cosa que eliminar a Michael Lanyard, el aficionado a las bellas pinturas; quedaba el Lobo Solitario sin merma de una sola de sus facultades, sino más bien con un propósito más mortífero para dar forma a sus ocultas empresas...
Bajo la influencia de sus metódicos preparativos, sus emociones se habían enfriado de forma apreciable, cobrando un cariz de fría y maligna sed de venganza.
Él, que jamás en todo su historial delictivo había llegado siquiera a apretar el gatillo en defensa propia, estaba dispuesto ahora a tirar a matar con la intención más a sangre fría.
.. de dársele a elegir entre tres blancos; en tanto que a las criaturas de Popinot, de llegar a molestarle, tenía la intención de exterminarlas con tan pocos escrúpulos como si se tratara de ratas tanto en la realidad como en espíritu. ..
Apagando las luces, se acercó con rapidez a una ventana y desde un borde de la persiana miró hacia la calle.
Llegó a tiempo de ver una achaparrada silueta humana desprenderse de la sombra del portal de la acera de enfrente, acercarse al bordillo y agitar un brazo... evidentemente para hacer señas a otro centinela apostado en una esquina fuera del campo de visión de Lanyard.
Ahí tenía una prueba adicional, si es que faltaba alguna, de que De Morbihan no había exagerado en cuanto a la disposición de Popinot.
Aquel animal de la calle, revelado de manera momentánea por la luz de la esquina al cruzar a toda prisa para tomar posiciones junto a la puerta, aquel animal de rostro enfermizo y barbilla puntiaguda, con una bufanda mugrienta alrededor del cuello de pollo, una chaqueta barata cubriéndole los hombros caídos y unos pantalones holgados de pana que le colgaban alrededor de las huesudas espinillas.
.. aquel era uno de Popinot, y no más que uno entre un millar, que no se distinguía en nada esencial salvo en el grado de vileza.
No era posible adivinar a ciencia cierta hasta qué punto Popinot había montado guardia alrededor de la casa en cooperación con el asesino de Roddy como medida de prevención frente a cualquier contratiempo; pero el aventurero estaba satisfecho de que, con su verdadero aspecto, solo necesitaba abrir aquella puerta de postigo al final del pasaje, hacia la calle, para sentir cómo se le deslizaba un cuchillo entre las costillas.
.. lo más probable que por la espalda, por debajo del omóplato. ..
Asintió de manera sombría, se apartó de la ventana y se valió de la linterna de bolsillo para iluminar el camino hasta la puerta.