El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) X - CAMBIO DE TORNAS
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X - CAMBIO DE TORNAS

La idea de la linterna de bolsillo de Lanyard se le ofreció sola, e inmediatamente su amplio círculo de luz envolvió a su antiguo antagonista.

Este descansaba sobre un hombro, con las piernas desgarbadamente desparramadas, del todo carente de movimiento perceptible de ninguna clase; el rostro vuelto más de la mitad hacia el suelo, y enmascarado para colmo.

Incrédulo, Lanyard removió el cuerpo con un pie, manteniendo el arma en vilo como si esperara a medias que este se avivara con una acción instantánea y violenta; pero no respondió en modo alguno.

Con un asentimiento de satisfacción, movió la luz hasta que enfocó la bombilla eléctrica más cercana, la cual, en concordancia con sus deducciones, resultó haber sido apagada con la llave del casquillo, mientras que el calor de la bombilla indicaba que la corriente había sido cortada apenas un instante antes de su entrada.

Con la luz encendida por completo, volvió junto al matón, se arrodilló y, levantando el cuerpo, lo puso boca arriba.

El reconocimiento recompensó de inmediato esta maniobra: el rostro enmascarado que miraba hacia la luz era el del estadounidense que había formado cuarteto en el concierto de la Manada.

.. el «señor Smith». Desabrochando la máscara con rapidez, Lanyard se la quitó; pero el rostro así expuesto le dijo poco más de lo que ya sabía; habría jurado no haberlo visto nunca antes.

No obstante, algo en su maligna expresión turbaba de forma persistente su memoria, con el mismo efecto provocador y desconcertante que había acompañado a su primer encuentro.

El estadounidense ya luchaba por recobrar el conocimiento.

Los labios y los párpados le temblaban espasmódicamente, se estremeció y sus músculos contraídos empezaron a relajarse.

En este proceso, algo cayó de entre los dedos de su mano derecha.

.. algo pequeño y brillante como la plata que captó la mirada de Lanyard.

Recogiéndolo, examinó con interés una pequeña jeringuilla hipodérmica cargada hasta la máxima capacidad de su cilindro de cristal, con el émbolo retraído... lista para prestar servicio al instante.

Había sido la aguja de este instrumento la que le había pinchado a Lanyard la piel del cuello; sin duda razonable contenía un soporífero, por no decir una dosis mortal de alguna droga narcótica... cocaína, por aventurar algo.

Así que parecía que a aquel agente de la Manada se le había encomendado la misión de dormir al Lobo Solitario durante una hora, dos o más... ¡tal vez no de forma permanente!, para que estuviera apartado de su camino el tiempo suficiente para sus ocultos propósitos.

Sonrió con amargura, jugueteando con la hipodérmica y observando al hombre postrado.

—Dicen que el cambio de tornas es juego limpio —reflexionó—. Bueno, ¿por qué no?

Se inclinó hacia delante, clavó la aguja en la muñeca del estadounidense y empujó el émbolo hasta el fondo, todo en un solo movimiento, tan rápido y hábil que la droga le fue administrada antes de que el dolor pudiera sobresaltar a la víctima de su coma.

En cuanto a eso, el hombre no tardó en volver en sí; pero solo para que sus sentidos que se aclaraban se toparan y se vieran frustrados por el cañón de una pistola que le estampaba un círculo frío en la sien.

—Quédese perfectamente quieto, mi querido señor Smith —le aconsejó Lanyard—; ¡no hable por encima de un susurro! Dele una oportunidad a la buena droga: solo necesitará un momento, ¡o no soy buen juez y usted es un asesino descuidado! Me gustaría saber, sin embargo... si le da lo mismo...

Pero la inyección ya estaba surtiendo efecto; la expresión de pánico, que había contraído las facciones del estadounidense y parpadeado en sus ojos ante la naciente comprensión de su apuro, se estaba nublando, desvaneciéndose, fundiéndose en una de aturdimiento y estupor.

Los párpados parpadearon y se quedaron quietos; los labios se movieron como con urgente deseo de hablar, pero estaban mudos; un largo suspiro convulsivo sacudió el cuerpo del estadounidense; y descansó con la inmovilidad de los muertos, a excepción del lento pero constante subir y bajar de su pecho.

Lanyard pasó revista pensativamente a estos fenómenos.

—¡Debe pegar coces como una mula, esa droga!

—reflexionó—. ¡Suerte que no me alcanzó antes de que yo adivinara lo que pasaba!

Pero si hubiera sospechado siquiera su fuerza, habría sido menos precipitado: ¡me vendría bien un poco de información por parte del señor Misterioso Desconocido aquí presente!

Súbitamente consciente de tener la garganta seca y ardiente, se levantó y, acercándose al lavabo, bebió profunda y sedientamente de una garrafa de agua; luego se dispuso con resolución a reparar el desorden de sus sentidos y a considerar qué era lo mejor que podía hacer.

En su abstracción, vagó hasta una silla sobre cuyo respaldo colgaba un ligero robe de chambre de seda color vino que, debido a que se podía empaquetar en un espacio reducido, tenía la costumbre de llevar consigo en sus viajes.

Lanyard lo había dejado tirado sobre su cama; y se estaba preguntando subconscientemente qué uso habría pensado darle el hombre a aquello, para haberse tomado la molestia de trasladarlo a la silla.

Pero en el momento de asirlo, Lanyard soltó la prenda, embargado por la sorpresa al encontrarla húmeda y pesada, empapada de un líquido viscoso. Y cuando, en un rápido destello de intuición, se examinó los dedos, los descubrió manchados de un tenue color rojizo.

¿Había desteñido el tinte? ¿Y cómo se le había ocurrido al estadounidense remojar la prenda en agua... con qué fin?

Entonces, la forma de un objeto en el suelo, cerca de sus pies, detuvo la mirada escrutadora de Lanyard. Se quedó mirando, incrédulo, avanzó, se inclinó y lo recogió, sujetándolo con cautela entre las yemas de los dedos.

Era una de sus navajas de afeitar... una hoja pesada de vaciado cóncavo... y estaba sucia de sangre.

Con un grito ahogado, asaltado por una terrible comprensión, Lanyard se dio la vuelta y se quedó mirando con espanto la puerta que comunicaba con la habitación de Roddy.

Estaba entreabierta unos centímetros, la cerradura astillada se explicaba por una pequeña, pero extremadamente eficaz, palanca de acero articulada que yacía cerca del umbral.

Más allá de la puerta... oscuridad... silencio...

Reuniendo todo su valor, el aventurero entró con paso firme en la habitación contigua.

El primer destello de su linterna de mano le descubrió una repugnante comprobación de sus más espantosos temores.

Ahora veía por qué le habían requisado su robe de chambre ... para proteger la ropa de un carnicero.

Pasado un momento, regresó, cerró la puerta y se apoyó de espaldas contra ella, como si quisiera bloquear aquel matadero hediondo.

Estaba muy pálido, con el rostro contraído por el horror; y unas fuertes náuseas lo sacudieron.

El complot era condenadamente patente: al resultar Roddy una amenaza para la Manada y requerir de eliminación, se había decretado su asesinato, así como que la culpa del mismo recayera sobre Lanyard.

De ahí el intento de drogarle, para que no pudiera escapar antes de que se enviara a la policía a encontrarle allí.

Ya no le cabía duda de que a De Morbihan le habían dejado atrás en el Círculo de Amigos de la Armonía con el único propósito de retenerle, si era necesario, y darle tiempo a Smith para terminar su espantoso trabajo y tender la trampa a la segunda víctima.

Y el complot había tenido éxito a pesar de su fracaso parcial, a pesar del rápido revés que la casualidad y la astucia de Lanyard habían infligido al agente de la Manada.

Era su bata de andar por casa la que estaba empapada con la sangre de Roddy, del mismo modo que eran sus guantes, hurtados de su equipaje, los que habían protegido en gran medida las manos del asesino, y que Lanyard había encontrado en la habitación de al lado, quitados a toda prisa y arrojados al suelo.

.. sendos bultos arrugados de piel de gamuza manchados de sangre.

Ahora le quedaba poca elección; o bien huía de París y confiaba en su ingenio para salvarse, o bien buscaba a De Morbihan y solicitaba su protección, su tan cacareada influencia en las altas esferas.

Pero entregarse en las manos, asociarse, de quien podía ser partícipe de un crimen tan cobarde como aquel... Lanyard se dijo que antes pagaría a la guillotina con su vida...

Al consultar su reloj, comprobó que la hora no pasaba de las cuatro y media: tan rápido (pisándose verdaderamente los talones unos a otros) se habían sucedido los acontecimientos desde el incidente de la sonámbula.

Esto dejaba a su disposición unas buenas dos horas más de oscuridad: las noches de noviembre son largas y negras en París; apenas clarearía de forma moderada antes de las siete.

Pero aquello era un respiro que, para la necesidad de Lanyard, no resultaba en absoluto prolongado; debía pensar con rapidez a la vista de una acción inmediata si quería zafarse sin el conocimiento ni el consentimiento de la Manada.

Por tanto, daba por sentado que debía huir de aquel asediado campo de París.

¿Pero cómo? De Morbihan había prometido que las criaturas de Popinot custodiarían todas las salidas; y Lanyard no lo ponía en duda.

Un intento de escapar de la ciudad por cualquier cauce ordinario equivaldría a invitar o bien a una denuncia a la policía bajo la acusación de asesinato, o bien a una de esas formas de asesinato, fatalmente expeditivas, en las que los apaches son verdaderos maestros.

Debía, y encontraría, otro modo; pero su decisión se veía espantosamente obstaculizada por la falta de dinero en efectivo; los pocos francos sueltos que llevaba en el bolsillo no suponían ninguna reserva para el cofre de guerra que exigía aquella emergencia.

Cierto era que tenía las joyas de Omber; pero no eran negociables... al menos no en París.

¿Y los planos de Huysman?

Ponderó brevemente las posibilidades de los planos de Huysman.