El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) IX - DESASTRE #2
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IX - DESASTRE #2

—Todo a su debido tiempo: si fuera sensato, me entregaría el material aquí y ahora, y aceptaría lo que yo eligiera darle a cambio. Pero puesto que es el menos sensato de los hombres, debe recibir su lección.

—¿Lo que significa...?

—La noche es buena consejera: tendrá tiempo de pensar en las cosas. Para mañana estará viniendo a ofrecerme esas joyas a cambio de la influencia que tengo en ciertos círculos.

—Con su famoso amigo, el Jefe de la Sûreté , ¿eh?

—Posiblemente. También se me conoce en La Tour Pointue .

—Confieso que no le sigo, a menos que pretenda convertirse en informador.

—Nunca eso.

—¿Se trata de un enigma, entonces?

—Por el momento solamente... Pero le diré esto: será inútil que intente escapar de París; Popinot ya ha apostado piquetes en todas las salidas. Su única esperanza reside en mí; y estaré en casa para recibirle hasta la medianoche de mañana... de hoy, más bien.

Impresionado a pesar suyo, Lanyard se quedó mirando fijamente. Pero el Conde mantuvo una actitud imperturbable, mirando al frente. Semejante y tranquila seguridad difícilmente sería un mero farol.

—Tengo que pensar en esto —reflexionó Lanyard en voz alta.

—Le ruego que no permita que yo se lo impida —suplicó el Conde con leve sarcasmo—. Yo tengo mis propios y fútiles pensamientos...

Lanyard rio en voz baja y se sumió en una ensoñación que, sin ser perturbada por De Morbihan, perduró a lo largo del breve resto de su trayecto; pues, merced a lo intempestivo de la hora, las calles estaban en la práctica desiertas y no ofrecían obstáculos a la velocidad; mientras que el chófer estaba sin duda ansioso por irse a la cama.

Al acercarse a Troyon, sin embargo, Lanyard se enderezó y reconoció con recelo ambos lados del camino.

—Seguramente no espera que le impidan la entrada, ¿verdad? —preguntó el Conde con sequedad—. Pero eso solo demuestra lo poco que aprecia a nuestro buen Popinot. Nunca pondrá objeciones a que se encierre usted donde sabe que puede encontrarle... ¡sino solo a que se marche sin permiso!

—Algo de eso hay, tal vez. Aun así, tengo por norma concederme el beneficio de toda duda.

No había, en efecto, ninguna señal de emboscada que él pudiera detectar por ninguna parte, ni tampoco indicio alguno de que los apaches de Popinot estuvieran apostados por los alrededores. No obstante, Lanyard sacó su automática y liberó el seguro antes de abrir la portezuela.

—¡Mil gracias, mi querido Conde!

—¿Por qué? ¿Por hacerme un favor a mí mismo? ¡Pero si me hace usted sentir vergüenza!

—Lo sé —convino Lanyard, en tono despectivo—; pero yo soy así... un diablillo... ¡de verdad que no puede confiar en mí! Adieu, Monsieur le Comte .

—¡ Au revoir, monsieur !

Lanyard vio cómo el coche doblaba la esquina antes de volverse hacia la entrada de Troyon, manteniendo entretanto el ojo avizor.

Pero cuando el coche hubo desaparecido, la calle parecía del todo desierta y tan silenciosa como si se hubiera tratado de la vía pública de algún remoto pueblo en lugar de una arteria del palpitante y viejo corazón de París.

Con todo, no estaba satisfecho. Era tan poco susceptible a las advertencias psíquicas como cualquier organismo humano sano y normal, pero justo en aquel momento se sentía fuertemente oprimido por la percepción intuitiva de que había algo radicalmente mal en sus inmediaciones.

Fuese o no el resultado de las abiertas insinuaciones y las veladas indirectas del Conde operando sobre una naturaleza sensibilizada por la excitación y la fatiga, se sentía como si hubiera pasado del coche a una atmósfera impregnada hasta la saturación de una amenaza sin nombre.

Y hasta se estremeció un poco, tal vez por el frío en aquel aire de primera hora de la mañana, tal vez porque una sombra de premonición se había cruzado en su alma. ..

Cualquiera que fuese su causa, no lograba encontrar razón alguna para ello; y sacudiéndose con impaciencia, presionó un botón que hizo sonar un timbre junto a la oreja del conserje, oyó el clic del pestillo, empujó la puerta de par en par y volvió a entrar en Troyon.

Allí reinaba un silencio aún más marcado que el de la calle, un silencio tan pesado y profundo como el de la tumba, de modo que el puro instinto impulsó a Lanyard a pisar con ligereza mientras se abría paso por el pasadizo y a través del patio hacia la escalera; y en aquel quietud, el chirrido de un gozne sin engrasar, cuando el conserje abrió la puerta de sus aposentos para identificar a aquel huésped tardío, pareció poco menos que una profanación.

Lanyard se detuvo y rebuscó en sus bolsillos, asintiendo amablemente hacia el rostro mofletudo y soñoliento bajo el gorro de dormir del guardián.

—Lamento molestar a monsieur —dijo con cortesía, empobreciéndose aún más en la suma de cinco francos en testimonio de la sinceridad de su pesar.

—Se lo agradezco a monsieur ; pero ¿qué necesidad hay de tenerme en consideración? Es mi deber. ¿Y qué es una interrupción más o menos? Toda la noche van y vienen...

—Buenas noches, monsieur —cortó Lanyard la locuacidad del anciano; y prosiguió escaleras arriba, ahora con un poco de cansancio, de repente nuevamente consciente de su vasta y enervante fatiga.

Pensó con anhelo en la cama, bostezó involuntariamente y, al llegar a su puerta, tanteó a ciegas con la llave de una manera de lo más poco profesional; sentía peso en los párpados, pesadez en el cerebro...

Pero la llave no encontró resistencia por parte de las guardas; y en un abrir y cerrar de ojos, al percatarse de este hecho, Lanyard volvió a estar completamente despierto.

No cabía duda de que había cerrado la puerta con seguridad al salir después de su aventura con la encantadora sonámbula...

¿Había tenido ella, entonces, el capricho de entrar en su habitación?

¿O era esto solo la prueba de lo que él había anticipado en un principio... un poco de labor de sabueso por parte de Roddy?

Albergaba escasas dudas en cuanto a lo acertado de esta última conjetura mientras abría la puerta de par en par y entraba en la habitación, siendo su primera acción agarrar el interruptor eléctrico y girarlo con rapidez.

Pero ninguna luz respondió.

—¡Vaya! —exclamó en voz baja, recordando que las luces bien podían haberse apagado en las bombillas—. ¿De qué sirve eso?

Al mismo tiempo, se sobresaltó con violencia y se dio la vuelta.

La puerta se había cerrado a sus espaldas, rápida pero suavemente, eclipsando la tenue luz del pasillo y dejando lo que equivalía a una oscuridad absoluta.

Su primera impresión fue que el intruso —Roddy o quienquiera que fuese— había pasado a su lado como una exhalación para salir, tirando de la puerta al hacerlo.

Antes de que pudiera revisar de forma consciente aquella idea errónea, se hallaba luchando por su vida.

Tan inesperado, tan rápido y repentino fue el asalto, que le pilló por completo con la guardia baja: entre el cierre de la puerta y un ataque repentino cuya violencia le envió tambaleándose contra la pared, el tiempo transcurrido podría haberse medido por el aleteo de una pestaña.

Y entonces unos brazos poderosos le rodearon, inmovilizándole las manos a los costados, le hicieron zancadilla y fue lanzado con una fuerza que casi le hizo rechinar los dientes, dejándole medio aturdido.

Por un instante se quedó atontado, debatiéndose débilmente; no por mucho tiempo, pero el suficiente para permitir que su antagonista cambiara de posición y se subiera a horcajadas sobre su cuerpo, donde se acuclilló, haciendo presión con pesadez con una rodilla sobre cada uno de los antebrazos de Lanyard, con las manos rodeándole el cuello y unos pulgares asesinos hundiéndose en su tráquea.

Revivió por un momento, se rehízo y empujó poderosamente en un fútil esfuerzo por derribar al otro.

El único resultado de esto fue una mayor presión sobre su garganta.

El dolor se hizo atroz; la respiración de Lanyard quedó casi por completo cortada; jadeó en vano, con un ruido estertoroso en el gaznate; los globos de los ojos se le saltaron; una miríada de luces coruscantes danzaron y se entrelazaron de forma cegadora ante ellos; en sus oídos resonó un rugido como la voz de un fuerte oleaje rompiendo contra una costa rocosa.

Y de pronto dejó de debatirse y se quedó lacio, pasivo en las manos del otro.

Solo un instante más se mantuvo el agarre sobre su garganta.

Ambas manos la soltaron con rapidez, pasando una a su cabeza para girarla y presionar de forma brusca la mejilla contra el suelo.

De manera simultánea tuvo conciencia de que la otra mano le tanteaba el cuello, y luego del contacto del metal y del pinchazo de una aguja hundiéndose en la carne debajo de su oreja.

Aquello lo galvanizó; volvió a la vida en un abrir y cerrar de ojos, animado con el triple de fuerza y astucia.

El hombre que tenía sobre el pecho fue lanzado por los aires como por un joven terremoto; y el brazo derecho de Lanyard no estuvo antes libre que salió disparado con ciega pero mortífera precisión hacia la punta de la mandíbula de su agresor.

A un chasquido de dientes le siguió un gruñido nauseabundo cuando el hombre se desplomó. ..

Lanyard se encontró poniéndose en pie a gatas, un poco mareado tal vez, pero aún lo bastante dueño de sus sentidos para sacar la pistola antes de hacer ningún otro movimiento.