IX - DESASTRE
Habiendo cumplido su propósito de familiarizarse con el personal de la oposición, Lanyard les cerró la puerta en las narices, se metió las manos en los bolsillos y bajó las escaleras paseando, riendo entre dientes, con la nariz respingada y en los mejores términos consigo mismo.
Cierto es que la suerte estaba echada y la mecha encendida: ahora tenía que velar por sí mismo y andar con tiento a la sombra de la enemistad de aquellos. Pero era un logro haber plantado cara a los cuatro, y ninguno de ellos le causaba una gran impresión.
Popinot, tal vez, fuera el más peligroso a juicio de Lanyard; un animal vengativo, ese Popinot; y las criaturas que controlaba eran un hatajo de asesinos, adictos a las drogas y al alcohol, viciosas ratillas de Belleville, capaces de apuñalar a un hombre por el precio de una absenta.
Pero Popinot no movería un dedo sin el permiso de De Morbihan, y a menos que los cálculos de Lanyard estuvieran seriamente errados, De Morbihan los refrenaría tanto a él como a sus asociados hasta estar por completo convencido de que Lanyard era inexpugnable ante cualquier forma de persuasión.
El asesinato era algo que se salía un poco de la línea de De Morbihan.
.. algo, al menos, que cabía esperar que se guardara en la reserva.
Y para cuando estuviera dispuesto a emplearlo, Lanyard se hallaría mucho más allá de su alcance.
Wertheimer, también, desaprobaría la violencia hasta que todo lo demás fallara; su tipo de mestizo era tan cobarde como canalla; y los cobardes solo matan por impulso, antes de haber tenido tiempo de sopesar las consecuencias.
Quedaba el «Smith», un enigma; un hombre al parecer dotado tanto de inteligencia como de carácter.
.. Pero si era así, ¿qué diablos hacía él en semejante compañía?
Aun así, allí estaba: y la asociación lo condenaba más allá de toda consideración. Su calaña era toda de la misma pasta, indigna de la consideración de hombres de espíritu...
En este punto, la autocomplacencia engendrada por su desprecio hacia Messieurs de Morbihan et Cie . engendró a su vez un pensamiento que frenó en seco al aventurero.
¡El diablo! ¿Quién era él, Michael Lanyard, para considerarse por encima de semejante alimaña, y sin embargo vivir de una forma tal que prácticamente invitaba a sus insinuaciones?
¿Qué derecho tenía a resentir que le abrieran la puerta a la cofradía, en tanto pisara caminos tan estrechamente paralelos a los de ellos que solo un sofista podría distinguirlos?
¿Qué reconfortante distinción cabía trazar entre, por un lado, un chantajista como Wertheimer, un chevalier d'industrie como De Morbihan, o un patrón de apaches como Popinot, y, por el otro, él mismo, cuyo pan se comía con el sudor del robo?
Puso cara larga; silbó por lo bajo; sacudió la cabeza; y esbozó una sonrisa irónica.
—Me alegro de no haber pensado en eso hace dos minutos, o nunca habría tenido el descaro...
Sin previo aviso, de manera incongruente y, para su entendimiento, inexplicable, se vio acosado por el recuerdo recurrente de la muchacha, Lucia Bannon.
Por un instante volvió a verla, con bastante viveza, tal y como la había visto por última vez: volviéndose en la puerta de su alcoba para mirarle hacia atrás, una visión de perturbador encanto con su bata de seda rosa, el abundante cabello suelto, las mejillas suavemente arreboladas, los ojos brillantes con una emoción ilegible para su único espectador. ..
¿Cuál habría sido el mensaje de aquellos ojos, destellando a lo largo del pasillo de Troyon, tenuemente iluminado, antes de que ella se desvaneciera?
¿ Adieu ? ¿O au revoir ?...
Ella lo había llamado, con bastante ingenuidad, caballero.
Pero ¿y si sabía... sospechaba... siquiera soñaba... que él era lo que era?...
Volvió a sacudir la cabeza, pero esta vez con impaciencia, con el ceño fruncido y un refunfuño:
—¿Pero qué me pasa a mí, de todos modos? ¡Soñando despierto con una chica a la que no había visto en mi vida hasta esta noche! ¡Como si importara un rábano lo que ella piense!... ¿O es posible que esté empezando a desarrollar una conciencia rudimentaria, a estas alturas del partido? ¡A mí!...
Si había algo de cierto en esta hipótesis, los dolores de crecimiento de aquella conciencia de floración tardía pronto quedaron adormecidos por el hechizo hipnótico del traqueteo de las fichas, una bola de marfil cantando en una pista de ébano, y los roncos crupieres.
Pues la silla de Lanyard en la mesa de chemin de fer había sido ocupada por otro y, demasiado impaciente para aguardar una vacante, vagó hacia el salón dedicado a la ruleta, puso a prueba su suerte apostando un billete de quinientos francos al negro, ganó y se dejó caer incontinente en una silla y en un olvido que duró por espacio de tres cuartos de hora.
Al cabo de ese período, se encontró con menos de sus cuantiosas ganancias al chemin de fer y diez mil francos de su fondo de reserva para colmo.
A modo de forro para sus bolsillos le quedaba exactamente la suma con la que había llegado a París esa misma noche, menos los desembolsos generales posteriores.
La experiencia no era ninguna novedad en su historial. Se levantó menos resentido que arrepentido de que su mala suerte le obligara a retirarse justo cuando el juego estaba más interesante, y se dirigió con resignación al guardarropa en busca de su abrigo y su sombrero.
Y allí se encontró a De Morbihan... ¡otra vez!, de pie y vestido para salir a la calle, mordisqueando un enorme puro y con cara de impaciente descontento.
—¡Por fin! —exclamó en tono ofendido cuando Lanyard apareció en lontananza—. ¡Sí que se toma usted su tiempo, amigo mío!
Lanyard ahogó con una sonrisa cualquier emoción que pudiera sentir en aquel momento.
—No imaginaba que de verdad tuviera intención de esperarme —evadió con doble sentido, tanto para seguirle la corriente a De Morbihan como para engañar al encargado.
—¿Qué se cree? —replicó el Conde con aspereza—, ¿que estoy dispuesto a quedarme de brazos cruzados y dejarle vagar por París a estas horas de la madrugada, a la caza de un taxi inencontrable y corriendo sabe Dios qué riesgo de ser asaltado por algún apache malnacido?
¡Pues yo diría que no! Tengo intención de llevarle a casa en mi coche, ¡aunque me cueste media hora de sueño reparador al que no se puede renunciar a la ligera a mi edad!
El significado que subyacía a la petulancia semihumorística del hombrecillo no cayó en saco roto.
—¡Es usted de lo más amable, Monsieur le Comte ! —observó Lanyard pensativo, mientras el encargado le entregaba su sombrero y su abrigo—. Así que ahora, si está listo, no le retrasaré más.
En un momento más se hallaban fuera del club, con las puertas cerradas a sus espaldas, mientras ante ellos, junto al bordillo, esperaba aquella misma hermosa limusina negra que había traído al aventurero desde L'Abbaye .
Dos rápidas miradas, a derecha e izquierda, le mostraron una calle vacía, desprovista de indicios de peligro.
—¡Un momento, monsieur ! —dijo, reteniendo al Conde con un roce en la manga—. Es justo que le advierta... voy armado.
—Entonces es usted menos temerario de lo que uno temía.
Si le interesan estas cosas, no me importa admitir que yo también llevo un salvavidas.
¿Pero qué importa eso? ¿Acaso está uno ansioso por liarse a tiros a estas horas de la noche, por el puro placer de explicarles a los sergents de ville que ha sido atacado por apaches?
... ¡Siempre y cuando uno viva para explicarlo!
—La cosa está tan mal, ¿eh?
—¡Lo bastante como para hacerme reacio a demorarme a su lado en un portal iluminado!
Lanyard se rio de su propio desconcierto.
— Monsieur le Comte —dijo—, hay en usted una pizca de lo que su colega estadounidense, el misterioso Smith, llamaría espíritu deportivo, que se gana mi más incondicional admiración. Le agradezco la cortesía que me ofrece y le ruego que me permita aceptarla.
De Morbihan respondió con un gruñido de entonación no demasiado cortés, instruyó al chófer: «A Troyon», y siguió a Lanyard al interior del coche.
—¡Cortesía! —repitió, acomodándose con una sacudida—. Eso no significa nada. Si atendiera a mis propias inclinaciones, ¡le dejaría irse al diablo tan rápido como los asesinos de Popinot pudieran enviarle allí!
—¡Esto es una delicia! —protestó Lanyard—. Primero debe acompañarme a casa para salvarme la vida, y luego me dice que sus inclinaciones me consignan a una tumba prematura. ¿Hay alguna explicación, tal vez?
—En su persona —dijo el Conde, sentencioso.
—¿Eh?
—Lleva usted su motivo consigo, amigo mío... en forma del botín de Omber.
—Suponiendo que tenga usted razón...
—Nunca fue usted a la rue du Bac , monsieur , sin esas joyas: y le he tenido bajo observación desde entonces.
—¿Qué interés concebible —prosiguió Lanyard con serenidad— se imagina usted tener en dicho botín?
—El suficiente, al menos, para hacerme renuente a despedirme de él dejándole a merced de Popinot. ¿No imaginará que volvería a oír hablar del botín una vez que sus apaches hubieran acabado con usted?
—¡Ah!... ¡Así que, después de todo, su supuesta organización no se basa en esa confianza mutua tan esencial para la prosperidad de tales... empresas!
—Diviértase cuanto quiera con sus inferencias, amigo mío —replicó el Conde, imperturbable—; pero no olvide mi consejo: ¡manténgase bien alejado de Popinot!
—Un alma vengativa, ¿eh?
—Se puede decir eso.
—¿No puede usted controlarlo?
—¿A ese? ¡Ni hablar! Fue usted de todo menos sensato al provocarle como lo hizo.
—Tal vez. Es puramente una cuestión de gustos en materia de asociados.
—Si yo fuera el tonto que usted cree que soy —musitó el Conde— me resentiría de esa insinuación. Casualmente, no lo soy. Al menos, puedo esperar antes de pedirle cuentas.
—¿Y entretanto sacar provecho de su paciencia?
—Pero naturalmente. ¿No he dicho ya bastante?
—Aun así, estoy perplejo. No imagino cómo calcula reclamar su parte en el botín de Omber.