El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) VIII - MANO FÉRREA #2
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VIII - MANO FÉRREA #2

Y con esto, en absoluto descontento de sí mismo, se alejó pavoneándose hacia una mesa en la que se desarrollaba una tensa sesión de chemin de fer , se apoderó de una silla vacía y en dos minutos estaba tan absorto en el juego que la Manada quedó por completo olvidada.

En quince minutos había ganado tres veces otros tantos miles de francos. Veinte minutos o media hora más tarde, una mano en su hombro rompió las garras de su pasión acuciante.

—Nuestra mesa está completa, amigo mío —anunció De Morbihan con su sonrisa inextinguible—. Lo estamos esperando.

—A su entera disposición.

Tras saldar su cuenta y descubrir que le había ido bastante mejor de lo que imaginaba, cedió su puesto con elegancia y permitió que el Conde se colgara de su brazo y se lo llevara por la escalera principal hasta el segundo piso, donde había habitaciones más pequeñas reservadas para grupos que preferían jugar en privado.

—¡Así que parece que tuvo éxito! —se burló de su guía con buen humor.

—Le he traído la montaña —asintió De Morbihan.

—Uno agradece los pequeños milagros...

Pero De Morbihan no estaba dispuesto a reír a su propia costa; por un momento, de hecho, pareció inclinado a ofenderse por la ligereza de Lanyard.

Pero la repentina cuadratura de sus anchos hombros y el endurecimiento de sus facciones se vieron rápidamente modificados por una mirada inquieta y de soslayo a su acompañante.

Y entonces se hallaron ante la puerta del cabinet particulier .

De Morbihan llamó, giró el pomo y se hizo a un lado con una cortés reverencia.

Con un asentimiento para agradecer la cortesía, Lanyard consintió en precederle y entró en una habitación de proporciones íntimas, amueblada principalmente con una mesa de juego de tapete verde y cinco sillones, de los cuales tres estaban ocupados.

.. dos por hombres de frac y el tercero por uno con un traje de chaqueta gris oscuro de buen corte.

Ahora bien, los tres hombres llevaban antifaces de terciopelo negro.

Lanyard miró de uno a otro y se rio entre dientes con tranquilidad.

Con aire agraviado, De Morbihan se lanzó a las presentaciones:

— Messieurs , tengo el honor de presentarles a nuestro colega, Monsieur Lanyard, más conocido como «el Lobo Solitario». Monsieur Lanyard... el Consejo de nuestra Asociación, conocido por usted como «la Manada».

Los tres se levantaron y se inclinaron de manera ceremoniosa; Lanyard les devolvió un asentimiento frío y de buen talante. Luego volvió a reír, y de forma más abierta:

—¡Una manada de bribones!

— Monsieur se siente sin duda a sus anchas, ¿verdad? —replicó uno con acidez.

—¿En su compañía, Popinot? ¡Difícilmente! —respondió Lanyard con ligero desprecio.

El individuo así señalado, un bribón francés de complexión fornida vestido con un frac gastado y holgado, se sobresaltó y se puso rojo como la grana bajo el antifaz; pero el hombre a su lado posó una mano tranquilizadora en su brazo y Popinot, encogiéndose de hombros, volvió a dejarse caer en su silla.

—¡Bajo mi palabra! —declaró Lanyard sin asomo de gracia—, ¡es tan bueno como una obra de teatro! ¿Está usted seguro, Monsieur le Comte , de que no hay ningún error... de que estos alegres enmascarados no se han perdido de camino al escenario del Grand Guignol?

—¡Maldición! —masculló el Conde—. ¡Tenga cuidado, amigo mío! ¡Está yendo demasiado lejos!

—¿De verdad lo cree? ¡Pero me asombra usted! ¡No pueden esperar con razón que los tome en serio, caballeros!

—Si no lo hace, ¡el asunto le resultará serio a usted! —gruñó el que había llamado Popinot.

—¿Lo dice en serio? ¡Pero si son ustedes magníficos, todos ustedes!

¡Solo nos falta la solitaria iluminación de un cabo de vela, una calavera sonriente y una copa de sangre sobre la mesa para que la farsa sea completa!

Pero tal como están las cosas... Messieurs , deben estar raramente incómodos, ¡y sintiéndose tan tontos como su apariencia, para colmo!

Además, no soy un niño... Popinot, ¿por qué no desembaraza sus amables facciones?

Y usted, señor Wertheimer, estoy seguro, se sentirá más a sus anchas a cara descubierta.

.. como suele decirse —dijo, asintiendo hacia el hombre que estaba junto a Popinot—.

En cuanto a este caballero —concluyó, clavando los ojos en el tercero—, no tengo el placer de conocerle.

Con una breve risa, Wertheimer se quitó el antifaz y dejó al descubierto un rostro de tipo decididamente inglés, rubio y bien modelado, que solo delataba los levísimos rastros de un rasgo semítico que daban cuenta de su apellido.

Y siguiendo este ejemplo, Popinot se arrancó su propio antifaz negro y fulminó a Lanyard con la mirada: con su atuendo desaliñado, era la esencia encarnada de la burguesía ultrajada.

Pero el tercero, el del traje gris de chaqueta, permaneció inmóvil; solo sus ojos chocaron con frialdad con los del aventurero.

Parecía un hombre con poca diferencia de edad con respecto a Lanyard, de haber alguna, y de una complexión muy similar. Un bigote negro y muy recortado adornaba su labio superior. Su barbilla era cuadrada y de fuerte carácter. El corte de su ropa no era notoriamente ni inglés ni continental.

—No le conozco, señor —continuó Lanyard lentamente, desconcertado al tratar de explicarse una sensación de familiaridad con aquella persona, a la que habría jurado no haber visto jamás.

—Pero no permitirá que sus amigos aquí presentes le superen en urbanidad, confío.

—Si lo que quiere decir es que desea que me quite el antifaz, no lo haré —replicó el otro con brusquedad, en un francés correcto pero con una decidida entonación transatlántica.

—Estadounidense, ¿eh?

—Nacido allí, si le interesa.

—¿Le he visto a usted alguna vez?

—No.

—Mi querido Conde —dijo Lanyard, dirigiéndose a De Morbihan—, hágame el favor de presentar a este caballero.

—Su querido Conde no hará nada de eso, señor Lanyard. Si necesita un nombre para dirigirse a mí, el de Smith servirá.

La fuerza incisiva de su enunciación encajaba sistemáticamente con la disposición general del hombre. Lanyard reconoció en él una naturaleza no más maleable que la suya propia. Era ocioso perder el tiempo discutiendo con ese individuo...

—No tiene importancia —dijo en seco; y apartando una silla, se sentó—.

Si la tuviera, insistiría... o de lo contrario declinaría el honor de recibir los parlamentos de este comité cosmopolita.

En verdad, messieurs , me halagan ustedes.

Tenemos aquí al señor Wertheimer, en representación de los carteristas de guante blanco del otro lado del Canal; a Monsieur le Comte representando a la flor y nata de París; a Popinot, portavoz de nuestros amigos los apaches; y al conocido señor Goodenough Smith, embajador de los pistoleros de Nueva York.

.. sin duda alguna. Supongo que debo entender que me visitan en representación de la flor más exquisita del hampa europea.

—Debe entender que a mí, por mi parte, no me hace ninguna gracia su insolencia —espetó el corpulento Popinot.

—Lo lamento... Pero ya he indicado mi incapacidad para tomarles en serio.

—¿Por qué no? —exigió el estadounidense de forma amenazadora—. Se enfadaría bastante si nosotros le tomáramos a broma, ¿verdad?

—Usted no me comprende, señor... eh... Smith: mi primer propósito y deseo es que no me tomen de ninguna manera, forma o figura. Recuerde que han sido ustedes los que han solicitado esta entrevista y... ¡los que se han caracterizado para sus papeles de forma tan llamativa!

—¿Qué debemos entender por eso? —intervino De Morbihan.

—Esto, messieurs ... si es que tienen que saberlo.

—Lanyard abandonó por el momento su tono de burla y se inclinó hacia delante, enfatizando sus argumentos dando golpecitos en la mesa con el dedo índice—.

Por algún descuido mío o habilidad suya.

.. no sabría decir cuál... tal vez ambas cosas.

.. han logrado penetrar mi secreto. ¿Y entonces qué?

Empiezan a envidiar mi éxito. En resumen, les hago sombra: siempre me salgo con la mía con algo que ustedes podrían haber levantado de haber tenido el ingenio suficiente para pensarlo primero.

Como diría su cómplice estadounidense, el misterioso señor Smith, yo les «corto el rollo».

—Eso lo aprendió usted en Broadway —comentó el estadounidense con sagacidad.

—Posiblemente... Para continuar: así que se reúnen y se muerden las uñas hasta que urden un plan para asustarme y que les entregue mis ganancias. No dudo que estarán dispuestos a permitirme conservar la mitad del producto de mis operaciones en caso de que yo decida aliarme con ustedes.

—Esa es la sugerencia que estamos facultados para hacerle —admitió De Morbihan.

—En otras palabras, me necesitan. Se dicen a sí mismos: «Fingiremos ser la cabeza de un sindicato criminal, como esos de los que los tontos novelistas no dejan de escribir, y le amenazaremos con sacarle del negocio a menos que acepte nuestras condiciones».

Pero pasan por alto un hecho importante: ¡que no están ustedes equipados mentalmente para salirse con la suya con esta divertida suplantación!

¡Cómo! ¿Esperan que les acepte como los espíritus rectores de un gigantesco sistema criminal.

.. a usted, Popinot, que vive de interponerse entre la policía y sus asesinas ratas de Belleville, o a usted, Wertheimer, ratero y chantajista de mujeres tímidas, o a usted, De Morbihan, porque complementa sus ingresos mostrando a un puñado de ladrones de pisos dónde buscar botín en las casas de sus amigos?

Hizo un gesto de impaciencia y volvió a recostarse para esperar la respuesta a aquella acusación. Su mirada, al recorrer los cuatro rostros, no encontró más que uno que no estuviera oscuramente arrebolado de resentimiento; y este era el del estadounidense.

—¿No me está usted pasando por alto? —sugirió este último con suavidad.

—Por el contrario: me niego a reconocerle mientras le falte valor para mostrar su rostro.

—Como usted quiera, amigo mío —rio el estadounidense entre dientes—. Saque partido de ello de la forma que más le plazca.

Lanyard se enderezó de nuevo:

—Bien, he expuesto su caso, messieurs . Se reduce a un simple y burdo chantaje. Debo repartir mis ganancias con ustedes, o me denunciarán a la policía. De eso se trata poco más o menos, ¿no?

—No por necesidad —ronroneó De Morbihan con suavidad, atusándose el bigote.

—Por mi parte —declaró Popinot acaloradamente—, me comprometo a que el Monsieur de Mano Férrea, aquí presente, o bien trabaje con nosotros o no realice más operaciones en París.

—O en Nueva York —enmendó el estadounidense.

—Aún falta saber de Inglaterra —sugirió Lanyard en tono de burla.

A esto, Wertheimer replicó, casi con timidez:

—Si a mí me lo pregunta, no creo que las cosas le resultaran tan sumamente placenteras por allí si pretende usted ponerse farruco por aquí.

—Entonces, ¿qué debo deducir? Si tienen miedo de presentar una denuncia en mi contra... y admito que no sería sensato... se limitarán a mandar que me asesinen, ¿eh?

—No por necesidad —murmuró el Conde con el mismo tono y actitud pensativos... como quien se guarda un triunfo en la manga.

—Hay tantas formas de arreglar estas cosas... —se aventuró Wertheimer.

—Aun así, si me niego, ¿declaran la guerra?

—Algo por el estilo —admitió el estadounidense.

—En ese caso... ahora estoy en condiciones de exponer mi posición de forma definitiva. —Lanyard se puso en pie y dedicó al grupo una sonrisa provocativa desde su altura—. Pueden... los cuatro... ¡irse directos al diablo!

—¡Mi querido amigo! —exclamó el Conde, escandalizado—, olvida usted...

—¡No olvido nada! —atajó Lanyard con frialdad—, ¡y mi decisión es definitiva!

¡Considérense en libertad de seguir adelante y hacer cuanto esté en sus manos!

Pero no olviden que son ustedes los agresores.

Ya han tenido la insolencia de interferir en mis asuntos: comenzaron las operaciones ofensivas antes de declarar la guerra.

Así que, si ahora reciben un golpe bajo el cinturón, no deben quejarse: ¡ustedes se lo han buscado!

—Ahora bien, ¿qué quiere decir exactamente con eso? —arrastró las palabras el estadounidense con ironía.

—Se lo dejo para que lo averigüen ustedes mismos. Pero les diré esto: confío de veras en que decidan vivir y dejar vivir, y lamentaré, como sin duda lamentarán ustedes, que me fuercen a mostrar mis cartas.

Abrió la puerta, se dio la vuelta y los saludó con sarcástico formulismo.

—¡Tengo el honor de despedirme de Messieurs del Consejo de... «la Manada»!