El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) V - ANTICLÍMAX
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V - ANTICLÍMAX

La sorpresa fue absoluta; ninguna, de hecho, lo fue jamás tanto; pero cabría preguntarse cuál de las dos partes resultó más afectada.

Lanyard miró con ojos de estupefacción. A su parecer, aquello superaba los límites de la simple incredulidad: no era meramente improbable, era absurdo; era un anticlímax exagerado hasta alcanzar proporciones grotescas.

Había venido preparado para sorprender e intimidar al detective de policía más astuto del que tuviera conocimiento; ¡y se encontraba sorprendido y desconcertado por esto ...!

Una confusión no menos intensa definía la expresión de la muchacha; sus ojos estaban fijos en los de él con una mirada de vacía indagación; su rostro, cuyo colorido se había ganado su admiración un par de horas antes, carecía ahora de color; sus labios estaban apenas entreabiertos; los dedos de una mano tocaban su mejilla, marcándola.

La otra mano recogía ante ella las largas faldas de un hermoso robe de chambre , bajo cuyo borde brillaba un palmo de seda blanca y se asomaba la punta de una chinela de seda.

Así permanecía, lista para huir, ataviada únicamente con una bata sobre lo que, uno no podía evitar sospechar, era su camisón: pues llevaba el cabello suelto y estaba indiscutiblemente lista para la cama.

.. Pero el paciente adiestramiento de Bourke se habría desperdiciado si este hombre demostrara ser de los que se quedan perplejos por mucho tiempo.

Reuniendo con rapidez sus sentidos tras aquella momentánea derrota, reafirmó su dominio sobre ellos, y si bien no entendía en lo más mínimo, hizo un valiente alarde de aceptar este asombroso accidente como algo de lo más común.

—Le ruego me perdone, señorita Bannon... —comenzó él con una formal reverencia.

Ella lo interrumpió con un jadeo de asombrado reconocimiento:

—¡Señor Lanyard!

Él inclinó la cabeza por segunda vez:

—Lamento molestarla...

—Pero no comprendo...

—Por desgracia —prosiguió él con suavidad—, olvidé algo al salir y tuve que regresar a buscarlo.

—Pero... pero...

—¿Sí?

De pronto sus ojos, apartándose de los de él por primera vez, barrieron la habitación con una mirada de salvaje consternación.

—Esta habitación —suspiró—... No la conozco...

—Es la mía.

—¡Suya! Pero...

—Es así como se dio el caso de que la... interrumpiera.

La chica retrocedió un paso... dos pasos... profiriendo un monosílabo en voz baja en señal de comprensión, un «¡Oh!» jadeado abruptamente. De manera simultánea, su rostro y su cuello se tiñeron de escarlata.

—¡Su habitación, señor Lanyard!

Su tono expresaba vergüenza y horror de manera tan convincente que a él le dio un vuelco el corazón. No solo eso, sino que daba mucho gusto contemplar a la muchacha.

—Estoy seguro —comenzó en tono tranquilizador— de que no tiene la menor importancia. Se equivocó de puerta...

—¡Pero es que usted no lo entiende! —Se estremeció...—. ¡Este espantoso hábito! ¡Y yo que esperaba haberlo superado con la edad! ¿Cómo podré explicarlo alguna vez...?

—Créame, señorita Bannon, no tiene usted que explicar nada.

—Pero debo hacerlo... deseo hacerlo... no soporto dejar que piense... ¡Pero seguramente usted sabrá ser indulgente con el sonambulismo!

A esta súplica él no pudo, en un principio, responder nada más inteligente que una repetición aturdida de la frase.

Conque era así... ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

Desde que encendiera las luces, había estado subjetivamente ocupado tratando de investir su presencia allí con alguna excusa plausible.

Pero el sonambulismo no se le había pasado por la cabeza ni por un instante.

Y en su estupidez, por mucho que se hubiera esforzado en hacer que sus palabras resultaran inofensivas, había sido culpable de una descortesía implícita.

A su vez, Lanyard se ruborizó intensamente.

—Le ruego me perdone —masculló.

La chica no le prestó atención; parecía absorta, pensando solo en sí misma y en la anómala posición a la que su dolencia la había arrastrado. Cuando al fin habló, sus palabras brotaron con presteza:

—Verá usted... ¡Estaba tan asustada! Me encontré de pronto de pie en la oscuridad, tal como si hubiera saltado de la cama ante alguna alarma; y entonces oí que alguien entraba en la habitación y cerraba la puerta con sigilo... ¡Oh, por favor, compréndame!

—Pero si lo hago, señorita Bannon... por completo.

—Estoy tan avergonzada...

—Por favor, no lo vea de ese modo.

—Pero ahora que lo sabe... ¿no pensará...?

—¡Mi querida señorita Bannon!

—¡Pero debe ser tan difícil de creer! Incluso yo... Vaya, hace más de un año que no me pasaba esto. Por supuesto, de niña era casi un hábito; tenían que vigilarme todo el tiempo. Una vez... Pero eso no importa. De verdad que lo siento muchísimo.

—En verdad no debe preocuparse —insistió Lanyard—. Es todo de lo más natural... estas cosas ocurren... ocurren todo el tiempo...

—Pero no quiero que usted...

—Yo no soy nadie, señorita Bannon. Además, no le mencionaré el asunto a un alma. Y si alguna vez tengo la fortuna de volver a encontrarme con usted, lo habré olvidado por completo... créame.

Había una sinceridad convincente en su tono. La chica bajó la mirada, como abochornada.

—Es usted muy amable —murmuró ella, moviéndose hacia la puerta.

—Soy muy afortunado.

Su mirada de sorpresa fue pregunta suficiente.

—De poder atesorar esta muestra de su confianza —explicó él con una sonrisa tentativa.

Ella estaba cerca de la puerta; él se la abrió, pero le advirtió con un gesto y una palabra susurrada:

—Aguarde. Me aseguraré de que no haya nadie cerca.

Salió al pasillo sin hacer ruido y se detuvo un instante, mirando a derecha e izquierda, escuchando.

La chica avanzó hasta el umbral y allí se detuvo, vacilante, mirándolo con ansiedad.

Él asintió para tranquilizarla:

—Todo en orden... ¡vía libre!

Pero ella se demoró un momento más.

—Es usted quien se equivoca —susurró, ruborizándose de nuevo bajo su mirada, en la cual la admiración bien no podía faltar—. Soy yo la afortunada... por haberme topado con un... caballero.

Su sonrisa tímida, junto con la franqueza de sus ojos, lo desconcertó a tal grado que por el momento fue incapaz de articular respuesta.

—Buenas noches —susurró ella—, y ¡gracias, gracias!

Su habitación estaba al final del pasillo.

Alcanzó el umbral en una rápida carrera, inaudible salvo por el sedoso susurro de sus prendas; se volvió, le lanzó una mirada fugaz que lo dejó con el pensamiento de que los novelistas no siempre exageraban, que los ojos sí podían brillar como las estrellas. ..

Su puerta se cerró suavemente.

Lanyard sacudió la cabeza como para disipar un enjambre de pensamientos molestos, y regresó a su propia alcoba.

Estaba del todo satisfecho con la explicación que había dado la chica, pero, siendo esclavo de un hábito mental metódico y pertinaz, pasó cinco atareados minutos examinando su habitación y todo lo que contenía con una perseverancia que le habría hecho honor a un francés en busca de un sou extraviado.

De haberle presionado, se habría visto en aprietos para nombrar qué buscaba o qué creía encontrar.

Lo que sí encontró fue que nada había sido alterado y nada más.

.. ni siquiera un delicado retazo de lino fino, rematado con encaje, que llevara el monograma de la dama y exhalara un perfume tenue pero inconfundible.

Lo cual, al pararse a considerarlo, apenas parecía estar jugando según los cánones.

En cuanto a Roddy, Lanyard desperdició varios minutos, de forma intermitente, escuchando con atención en la puerta de comunicación; pero si el detective había dejado de roncar, su respiración era lo bastante sonora en aquella hora tranquila, un sonido de áspera monotonía.

Cierto, eso no probaba nada; pero Lanyard, tras el fiasco de su primer intento de atrapar despierto a su enemigo, no estaba ya dispuesto a ser hipercrítico; había tenido suficiente de ser ingenioso y profundo.

Y cuando poco después volvió a abandonar Troyon (esta vez sin perturbar el reposo del conserje), lo hizo con la reflexión de que, si Roddy en verdad se estaba haciendo el dormido, era bienvenido a cuanto pudiera encontrar de interés en los aposentos de Michael Lanyard.