El Lobo Solitario (Crónicas de El Lobo Solitario 1) III - UN SIGNO DE INTERROGACIÓN #3
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III - UN SIGNO DE INTERROGACIÓN #3

—Madame Omber... ¡por supuesto! —asintió pensativo el estadounidense—. Todo el mundo ha oído hablar de sus maravillosas joyas. La verdadera maravilla es que el Lobo Solitario descuidara un blanco tan reluciente durante tanto tiempo.

—¡Pero así es en verdad, monsieur !

—Y lo pescaron con las manos en la masa, ¿eh?

—No con exactitud: pero dejó una pista... y abandonó Londres para colmo... con tal premura que parecería indicar que sabía que a su astuta mano, por una vez, se le había ido el santo al cielo.

—Entonces, ¿lo apresarán pronto?

—¡Ah, monsieur , no se debe decir más! —protestó De Morbihan—.

Tenga la seguridad de que el Jefe de la Sûreté ha trazado sus planes: su red está tejida, y con tanto arte que creo que nuestro insociable forajido pronto estará haciendo amigos en la Prisión de la Santé .

.. Pero ahora debemos levantar la sesión.

Uno lo lamenta. Ha sido de lo más agradable. ..

Un camarero sacó la cuenta por arte de magia de algún recoveco de su chaleco y se la sirvió al estadounidense en un plato limpio. Otro salió corriendo a grito pelado en busca del encargado del vestuario. Roddy volvió a clavar la vista en el Daily Mail . El grupo se puso en pie.

Lanyard se fijó en que el estadounidense firmaba en vez de liquidar la cuenta en efectivo, lo que indicaba que residía en Troyon además de cenar allí.

Y el aventurero halló tiempo para reflexionar que era extraño que un individuo como él buscara ese establecimiento en particular con preferencia a las palaciegas y modernas hostelerías de la Rive Droite.

.. antes de que De Morbihan, columbrando en apariencia por primera vez a Lanyard, cruzara la sala con las dos manos extendidas y un grito de gozosa sorpresa no justificado en realidad por su más bien escaso grado de conocimiento mutuo.

—¡Ah! ¡Ah! —clamó con vivacidad—. ¡Es Monsieur Lanyard, quien lo sabe todo sobre pinturas! Pero esto es una delicia, amigo mío... ¡un placer inmenso! Tiene que conocer a mis amigos... ¡Pero venga!

Y, agarrando a Lanyard por las manos, cuando este se levantó con cierta renuencia en respuesta a este saludo sorprendentemente exuberante en exceso, lo arrastró de grado o por fuerza desde detrás de su mesa.

—Y usted también es estadounidense. Desde luego que tienen que conocerse. Mademoiselle Bannon... con su permiso... mi amigo, Monsieur Lanyard. Y Monsieur Bannon... un viejo y querido amigo, con quien compartirá usted la pasión por las bellezas del arte.

La mano del estadounidense, cuando Lanyard se la estrechó, estaba fría, tan fría como el hielo; y al encontrarse sus ojos, esa abominable tos se apoderó del hombre, como si dijéramos, por la nuca, y lo sacudió con saña.

Antes de que terminara con él, su rostro, de colorido sensible, estaba púrpura, y jadeaba, sin aliento. .. y enfurecido.

— Monsieur Bannon —explicó De Morbihan en forma inconexa—... es sumamente lamentable... le digo que no debería detenerse en París en esta época del año...

—¡No es nada! —se interpuso el estadounidense con brusquedad entre un paroxismo y otro.

—Pero nuestro clima invernal, monsieur ... no es apto para aquellos que se encuentran en la plenitud de la salud...

—¡Soy yo el que no es apto! —espetó Bannon, apretándose un pañuelo contra los labios—... ¡no soy apto para vivir! —enmendó con veneno.

Lanyard murmuró alguna expresión convencional de simpatía.

A través de todo ello, era consciente de que la chica le observaba.

Sus tiernos ojos castaños se encontraron con los suyos francamente, con una mirada fría en su compostura, directa en su indagación, sin ser atrevida ni hacerse falsamente la recatada.

Y si fueron los primeros en apartarse, fue con el efecto de una curiosidad saciada, sin asomo de turbación.

.. Y, de alguna manera, el aventurero se sintió medido, clasificado, archivado.

Entre divertido y picado, continuó mirándola fijamente mientras el anciano estadounidense recobraba el aliento y De Morbihan parloteba sin cesar con inagotable vivacidad; y pensó que este escrutinio más detenido descubría en su rostro contornos que sugerían una madurez de pensamiento más allá de sus años aparentes —que eran algo menos de la suma de los de Lanyard—, y con esto la sugerencia de una esquiva y provocadora cualidad de anhelante languidez, una insinuación de paciente melancolía. ..

—Nos vamos para echarle un vistazo a Montmartre —estaba explicando De Morbihan—.

.. Monsieur Bannon y yo. No ha visto París en veinte años, me dice.

Bueno, será divertido mostrarle los cambios que han tenido lugar en todo ese tiempo.

Uno lamenta que mademoiselle esté demasiado fatigada para acompañarnos.

Pero usted, amigo mío... ahora bien, si consintiera en formar el trío, sería de lo más amable por su parte.

—Lo siento —se excusó Lanyard—; pero como puede ver, acabo de llegar del ferrocarril, un viaje largo y agotador. Es usted muy amable, pero yo...

—¡Amable! —exclamó De Morbihan con violencia—.

¿Yo? Por el contrario, soy un hombre muy egoísta; busco solo procurarme el placer de su compañía.

Lleva usted una vida tan ocupada, amigo mío, brincando por Europa, hoy aquí, mañana sabe Dios dónde, que uno debe aprovechar al máximo sus momentos libres. Se unirá a nosotros, ¿verdad?

—De veras que no puedo esta noche. En otra ocasión tal vez, si me disculpa.

—¡Pero si siempre es así! —explicó De Morbihan a sus amigos con un amplio despliegue de fingida indignación—.

«En otra ocasión, tal vez»... ¡su excusa invariable!

¡Les digo que no hay ni dos hombres en todo París que tengan un trato real con este caballero al que todo París conoce!

Su reserva es proverbial... «¡más distante que Lanyard!

», decimos en los bulevares —y volviéndose de nuevo hacia el aventurero, devolviendo su fría mirada con la sonrisa de De Morbihan, de inagotable descaro—: ¡Como quiera, amigo mío!

—le concedió—. Pero si cambiara de opinión.

.. bueno, no le costará ningún trabajo encontrarnos.

Pregunte en cualquier lugar de la ruta habitual.

Nos vemos muy poco, monsieur ... y estoy sumamente ansioso de mantener una pequeña charla con usted.

—Será un honor —respondió Lanyard con formalidad...

En su fuero interno estaba ponderando varios métodos sumamente crueles para asesinar al hombre.

¿Qué quería decir? ¿Cuánto sabía? Si sabía algo, sus intenciones debían de ser malas, porque sin duda no podía ignorar a qué se dedicaba Roddy, ni que cada una de las demás palabras que pronunciaba estaba remachando las sospechas sobre la identidad de Lanyard con el Lobo Solitario, ni que ¡Roddy estaba escuchando con todos sus oídos y encima lo estaba fulminando con la mirada!

¡Decididamente, había que hacer algo para silenciar a aquel animal, en caso de que resultara que realmente sabía algo!

Fue solo después de una profunda reflexión sobre su licor (mientras Roddy devoraba su Daily Mail y lo pasaba con una tercera botella de Bass) que Lanyard llamó al maître d'hôtel y le pidió una habitación.

De ningún modo serviría afianzar las dudas del detective yéndose a otro sitio aquella noche.

Pero, afortunadamente, Lanyard conocía aquel avispero que era Troyon como nadie más lo conocía; a Roddy le resultaría difícil retenerle, en caso de que los acontecimientos parecieran aconsejar una partida temprana.