III - UN SIGNO DE INTERROGACIÓN #2
Durante algún tiempo Lanyard se esforzó por captar algo de la conversación que parecía encerrar tanto interés para Roddy, pero sin éxito a causa del murmullo de voces que llenaba la sala.
Con el tiempo, sin embargo, la reunión empezó a reducirse, hasta que al final no quedó más que ese grupo de tres, con Lanyard disfrutando de una ensalada sumamente deliciosa, y Roddy fumando un cigarro (con tal demostración de placer que Lanyard sospechó que incurría en el pecado del contrabando) y tragándose lentamente una segunda botella de Bass.
Bajo estas circunstancias, la charla entre De Morbihan y los estadounidenses pasó a ser de dominio público.
El primer comentario que Lanyard alcanzó a oír provino del anciano estadounidense, tras una pausa y de consultar su reloj.
—Las once menos cuarto —anunció.
—Hay tiempo de sobra —dijo De Morbihan con jovialidad—. Es decir —corrigió—, si mademoiselle no está aburrida...
La respuesta de la chica, acompañada de una linda inclinación de cabeza hacia el francés, se perdió en los acentos del primer interlocutor... una voz fuerte y sonora, en extraño contraste con su aspecto devastado y su tos angustiosa.
—Que no le preocupe eso —le aconsejó con buen humor—. Lucia está acostumbrada a trasnochar conmigo; y ¿quién ha oído hablar jamás de una joven y bonita mujer que se aburra al tercer día de su primera visita a París?
Pronunció el nombre con la C fuerte del idioma italiano, como si se deletreara Luchia .
—Ciertamente —rio el francés—; uno sospecha que pasará mucho tiempo antes de que mademoiselle pierda interés en la rue de la Paix .
—Bien puede hacerlo, cuando de allí salen cosas tan hermosas —dijo la chica—. Mire lo que encontramos hoy por allí.
Se quitó un anillo de la mano y se lo pasó a De Morbihan.
Se produjo un silencio por un instante, y luego una exclamación del francés:
—¡Pero si es soberbio! Acepte, mademoiselle , mis cumplidos. Es digno incluso de usted.
Ella se ruborizó con gracia mientras asentía con una sonrisa de reconocimiento.
—¡Ah, ustedes, los estadounidenses! —suspiró De Morbihan—. Nos llenan de envidia: ¡tienen alma de poetas y la riqueza de los príncipes!
—¡Pero tenemos que venir a París para encontrar cosas bellas para las mujeres de nuestra familia!
—No obstante, tenga cuidado, no sea que vaya demasiado lejos, señor Bannon.
—¿Cómo es eso... demasiado lejos?
—Podría atraer la atención del Lobo Solitario. Dicen que vuelve a andar al acecho.
El estadounidense se rió con una pizca de desdén. Los dedos de Lanyard se apretaron sobre su cuchillo y su tenedor; por lo demás, no hizo ningún gesto. Una mirada de soslayo hacia un espejo a la altura de su codo le mostró a Roddy, que seguía absorto en el Daily Mail .
La muchacha se inclinó hacia delante con una mirada de vivo interés.
—¿El Lobo Solitario? ¿Quién es ese?
—¿No lo conocen en Estados Unidos, mademoiselle ?
—No...
—El Lobo Solitario, mi querida Lucia —explicó el valetudinario en tono secamente humorístico—, es el sobrenombre endilgado por algún imaginativo reportero francés a un célebre criminal que parece haberse convertido en una especie de plaga por aquí durante los últimos años.
Aparentemente nadie sabe nada definitivo sobre él, pero opera de una forma muy individual y mantiene a la policía ocupada tratando de adivinar dónde dará el próximo golpe.
La chica dejó escapar una exclamación de incredulidad.
—¡Pero se lo aseguro! —protestó De Morbihan—.
El granuja ha tenido una carrera maravillosamente exitosa, gracias a que prescinde de compinches y limita sus depredaciones a joyas y objetos de valor similares, portátiles y fáciles de convertir en efectivo.
Sin embargo —añadió, asintiendo con expresión sabia —, a uno no le asusta predecir que su carrera está a punto de concluir.
—¡No me diga! —exclamó el hombre mayor—. ¿Han dado con el rastro... por fin?
—Se conoce al hombre —afirmó De Morbihan.
Para entonces, la conversación había captado el interés de varios camareros que merodeaban por allí y que escuchaban con la boca abierta. Hasta Roddy pareció un poco sobresaltado y, por una vez, se olvidó de afanarse con su periódico; pero su mirada maravillada era exclusivamente para De Morbihan.
Lanyard dejó el cuchillo y el tenedor, engulló un último bocado de Haut Brion y encendió un cigarrillo con la mano de un hombre que desconocía el significado de los nervios.
—¡ Garçon ! —llamó tranquilamente; y pidió café y puros, con un licor para acompañar...
—¡Se le conoce! —exclamó el estadounidense—. Lo han atrapado, ¿eh?
—No he dicho eso —se rió De Morbihan—; pero el misterio ha dejado de serlo... en ciertos círculos.
—¿Quién es, entonces?
—Eso... monsieur me perdonará... no estoy aún en libertad de declararlo. De hecho, puede que sea indiscreto por mi parte decir todo lo que digo. Aun así, entre amigos...
Su encogimiento de hombros daba a entender que, en lo que a él respectaba, los camareros eran inhumanos y los demás huéspedes del establecimiento no existían.
—Pero —insistió el estadounidense—, tal vez pueda usted decirnos cómo le siguieron la pista.
—No fue difícil —dijo De Morbihan—; en verdad, bastante sencillo.
Este tono de desprecio resulta apropiado, pues a mí me correspondió sugerirle la solución a mi amigo, el Jefe de la Sûreté .
Había estado molesto y afligido, e incluso había hablado de presentar su dimisión a causa de su incapacidad para lidiar con este caballero, el Lobo Solitario.
Y como es mi amigo, yo también me sentí afligido en su nombre y me estrujé mis pobres sesos hasta que dieron por casualidad con una idea que nos llevó a ver la luz.
—¿No va a contárnoslo? —protestó la chica, con un pequeño mohín de decepción, cuando el francés hizo una pausa provocadora.
—Tal vez no deba. Y, sin embargo... ¿por qué no?
Como digo, se trataba de un razonamiento elemental.
.. una mera cuestión de deducción lógica y eliminación.
Uno llegó a la conclusión de que el Lobo Solitario tenía que ser un tipo de hombre determinado; el resto consistió simplemente en peinar Francia en busca del hombre que encajara con la teoría, y luego vigilarlo hasta que se delatara por sí mismo.
—¿No imaginará que le dejaremos detenerse ahí? —exigió el estadounidense en tono agraviado.
—¿No? ¿Debo continuar? Muy bien: confieso cierto orgullo. Fue toda una proeza. ¡Es astuto, ese individuo!
De Morbihan hizo una pausa y se movió de lado en su silla, sonriendo con malicia como un niño travieso.
Gracias a esta maniobra, merced a la disposición de los espejos que forraban las paredes, se aseguró una vista indirecta de Lanyard; un hecho que a este último no le pasó desapercibido, aunque su expresión no cambió en absoluto mientras permanecía sentado, con el rabillo del ojo reservado para Roddy, especulando sobre si De Morbihan estaba diciendo la verdad o solo alardeaba para su propia glorificación.
—Continúe... ¡por favor! —suplicó la muchacha con gracia.
—A usted no le puedo negar nada, mademoiselle ... ¡Pues bien! A partir de lo poco que se sabía de esta misteriosa criatura, uno infería fácilmente que debía de ser soltero, sin amigos íntimos. Esto está claro, confío.
—Demasiado profundo para mí, amigo mío —confesó el hombre de edad avanzada.
—El mutismo impenetrable —expuso el Conde, sentencioso, y disfrutando enormemente de sí mismo— no es posible en las relaciones humanas.
Tarde o temprano uno está condenado a compartir sus secretos, por renuente que sea, incluso de manera inconsciente, con una esposa, una amante, un hijo o con algún amigo de confianza.
Y un secreto entre dos es... ¡un prolífico criador de vulgaridades!
Concedida esta línea de razonamiento, el Lobo Solitario es por necesidad no solo soltero sino en la práctica un hombre sin amigos.
Otros de sus atributos comprenderán obviamente la juventud, el valor, la imaginación, un orden de inteligencia más bien elevado, y una posición social.
.. digamos, más bien, un negocio ostensible.
.. que le permita viajar a voluntad de aquí para allá sin suscitar comentarios.
¡Hasta aquí, bien! Mi amigo, el Jefe de la Sûreté , comisionó acto seguido a sus agentes para que buscaran a uno de su ralea, y por este medio cayeron varios peces hermosos en la red de la sospecha; fueron sometidos a un cuidadoso escrutinio, y soltados uno a uno.
.. todos excepto uno, el verdadero hombre.
A este lo vigilaron asiduamente, siguiéndole los pasos por toda Europa de ida y vuelta.
Estaba en Berlín en el momento del famoso robo de los Rheinart, aunque fraguó aquel golpe sin que lo detectaran; estaba en Viena cuando saquearon la embajada británica de allí, pero escapó mediante un astuto ardid y se las arregló para deshacerse de su botín antes de que los agentes de la Sûreté pudieran echarle el guante; hace poco estuvo en Londres, y allí sedujo y se fugó con los diamantes de cierta dama de cierta eminencia.
Han oído hablar de Madame Omber, ¿verdad?
A juzgar por la expresión de Roddy, resultaba evidente que, si bien el nombre de Madame Omber no era ajeno a sus oídos, al menos encontraba aquella noticia sobre ella de lo más sorprendente.
Estaba mirándolo fijamente, sin disimulo, con la mandíbula caída y con estupefacción en sus vacíos ojos azules.
Lanyard pellizcó suavemente la boquilla de un puro, lo mojó en el café y lo encendió sin un asomo de temblor en las manos.
Su cerebro, sin embargo, trabajaba con rapidez en un esfuerzo por determinar si De Morbihan pretendía lanzar con eso una advertencia, o si simplemente estaba narrando una divertida patraña fundamentada en información anticipada y amplificada por una imaginación ingeniosa.
Porque para entonces la noticia del caso Omber debía de haber hecho vibrar más de un hilo telegráfico en el continente. ..