Espada de hueso y sangre real
Lyall sostenía a Rebecca en brazos cuando divisó a más guardias aproximarse por el corredor, alertados por los que habían ido en busca de refuerzos.
Su rostro se ensombreció con esa seriedad absoluta que reservaba para los momentos en que ya no quedaba margen de error.
Había estado en demasiadas situaciones de vida o muerte como para no comprender que, si no se movían de inmediato, no saldrían vivos de allí.
Sin importarle nada más, desvió la mirada hacia la silla de ruedas que minutos antes ocupaba Rebecca; pero bastó un segundo para descartar la idea, sabiendo que intentar huir con ella sería inútil.
—Te… cargaré… distinto —le dijo a Rebecca, analizando rápido cómo tendría que moverse con ella.
—Haz lo que tengas que hacer —respondió la joven sin dudar, aferrándose a su cuello.
Lyall la subió a su espalda con el mayor cuidado que el momento le permitía.
La aseguró en posición de caballito para proteger su vientre contra su cuerpo, manteniendo un brazo completamente libre.
No hubo tiempo de remangarse la camisa ni el chaleco; en cuanto sacó la espada de hueso, la tela se rasgó por donde la hoja se abrió paso entre la piel con ese sonido húmedo que ya formaba parte de él.
Y entonces corrió.
Salió del salón con una velocidad que ningún humano habría podido seguir.
Con Rebecca sujeta a su espalda, se topó de frente con la nueva oleada de custodios en el pasillo; los rebanó en cuestión de segundos con una precisión milimétrica, dejando un rastro de cuerpos atrás mientras continuaba el avance.
Rebecca presenciaba la escena con los ojos muy abiertos, anonadada.
El movimiento frenético de su lobo, hacía que las náuseas le subieran por la garganta, pero ella se contuvo. Se limitó a aferrarse con más fuerza a los hombros de Lyall y a mirar, con el corazón en un hilo, cómo los guardias reales caían uno tras otro cada vez que intentaban cortarles el paso.
Lyall no se detuvo a pensar en nada más que en escapar.
Cruzó pasillos a toda velocidad, esquivó muebles y derribó a quien se le pusiera enfrente, en especial a los que vestían de uniforme; tal como ocurría en la guerra, cualquiera que llevara un ropaje distinto al suyo era el enemigo, y allí la regla resultaba idéntica.
En pocos minutos ganaron la salida, donde el carruaje de los Bethel aguardaba a poca distancia.
Los centinelas que custodiaban la entrada al llegar ya no estaban; sin que Lyall lo supiera, se trataba de los mismos hombres que habían bajado como refuerzos y que acababa de liquidar hace minutos atrás.
Una vez afuera, él volvió a retraer la espada en sus entrañas —en el sentido más literal de la palabra—, permitiendo que la hoja de hueso se ocultara de nuevo en su propio cuerpo.
De inmediato, con total delicadeza, acomodó a Rebecca en sus brazos de la forma habitual.
La miró con ternura y ella, leyendo sus pensamientos antes de que los pronunciara, le acarició el rostro con la mano libre.
Sabía que él planeaba huir en solitario para protegerla, y lo comprendía mejor que nadie.
—Déjame en el carruaje —susurró Rebecca con la voz entrecortada—. Vete, Lyall. Soy una carga para ti. Por el momento debes irte de aquí; la reina quiere matarte. Mi padre… él se hará cargo de mí y del resto, pero tienes que marcharte.
Rebecca miró hacia el acceso del palacio. Por ahora nadie los perseguía. Pensó un segundo en su amiga Lara, pero de inmediato recordó que ella también contaba con un exsoldado bestia para protegerla; esperaba de todo corazón que él la mantuviera a salvo.
Sin embargo, se equivocaba respecto a las intenciones de Lyall. El exsoldado contempló el carruaje, luego el palacio y por último clavó los ojos en ella. Ya había tomado su decisión.
—Orden… denegada, sargento —dijo, y esta vez la voz le salió más clara que nunca, sin un solo titubeo—. No. No voy a dejarte. No eres… una carga. ¡No eres una carga para mí! No te dejaré —añadió, estrechándola contra su pecho. No podía imaginar una vida sin ella; se negaba a hacerlo.
Al escuchar las voces, el chofer que esperaba en el pescante se bajó de inmediato. Cuando estuvo frente a ellos, se quedó paralizado de terror al ver a Lyall cubierto de sangre y a la señorita con el cabello revuelto entre sus brazos.
—¿Qué… qué sucedió? —preguntó el hombre, aterrorizado.
Rebecca se giró hacia él para hablarle con urgencia:
—Dile a mi padre que estoy bien y que no me espere.
Dile que me fui con Lyall, y que la reina…
que la reina quiere matarlo porque es el príncipe de Sabaoth.
Dile que le exija al doctor Walter que le diga la verdad, porque él siempre lo supo.
¡El doctor Walter intentó matar a Lyall y quizás también a mí!
—afirmó, mirando a su lobo al recordar el día en que él perdió el control tras descubrir la medicina que el médico le inyectaba—.
No nos sigas. Solo ve y repítele a mi padre cada palabra de lo que te acabo de decir, por favor.
El chofer quedó atónito. Sin esperar a que reaccionara, Lyall volvió a acomodar a Rebecca en su espalda, sujetándola con firmeza, y echó a correr a toda velocidad en cuanto vio que los primeros guardias comenzaban a salir en tropel del palacio real con caballos.
Corrió tan rápido como su cuerpo se lo permitía, una velocidad que superaba cualquier cosa que una persona común pudiera haber imaginado. Mientras avanzaban, Rebecca pensó en voz alta, con los labios pegados al oído de su lobo:
—¡Lyall, vamos a la ciudad antigua de Sabaoth! Yo sé dónde queda. ¡Nunca he ido, pero conozco su ubicación por los mapas que he estudiado cientos de veces en los libros de historia que tenemos en la biblioteca!
Ella le indicó el rumbo y Lyall, guiándose por sus palabras y por su propio instinto, enfiló hacia el centro de la ciudad. Como en el exterior aún se ignoraba la carnicería que Lyall dejó en su paso al palacio, consiguieron avanzar las primeras calles sin que nadie intentara detenerlos.
Sin embargo, la tregua duró poco.
A lo lejos comenzó a resonar el eco de cascos al galope.
Los guardias reales avanzaban a toda marcha por las avenidas principales, derribando puestos de comida a su paso; sabían a la perfección a quién buscaban, pues los habían visto partir: un hombre con ropas ensangrentadas que cargaba a la espalda a una mujer rubia vestida con un vestido verde.
Al notar que les pisaban los talones, Lyall se desvió hacia un callejón estrecho.
En medio de la huida divisó una carreta vieja de carga tirada por un caballo.
El vehículo le recordó de inmediato al que conducía el sargento Wallace, en donde él solía viajar en la parte de atrás.
Al percibir el aroma de las monturas del palacio cada vez más cerca, reaccionó sin dudar: llegó a la carreta, acomodó a Rebecca en el fondo del remolque y la cubrió con una lona.
Antes de taparla por completo, se llevó un dedo a los labios en un gesto de silencio; la misma seña que Tiger le había hecho días atrás.
Rebecca asintió, comprendiendo la gravedad del momento, y se quedó inmóvil ocultas entre las provisiones que estaban ahí.
El dueño de la carreta, un mercader que se había detenido en el callejón para orinar, aún no se había percatado de lo que ocurría a sus espaldas. Al darse la vuelta para reanudar la marcha, se topó de frente con Lyall y se estremeció; el exsoldado se había aproximado sin hacer el menor ruido.
—¿Y tú quién eres? —cuestionó el hombre, confuso al recorrer con la mirada aquel traje manchado de sangre.
Fiel a su costumbre de no hablar, Lyall guardó silencio.
No lo mató; se limitó a dejarlo inconsciente con un golpe certero y medido para luego despojarlo de la capa con capucha que vestía.
Aunque el hombre también llevaba un sombrero, lo dejó sobre el cuerpo tendido porque le incomodaba usarlo.
En su lugar, se cubrió en la capa para ocultar sus facciones, subió de un salto al asiento del caballo y espoleó al animal hacia el norte, siguiendo la ruta que Rebecca le había trazado.
Él sabía montar a caballo; el sargento Wallace se lo había enseñado para cuando requería que transportara mercancía al pueblo. Gracias a esos conocimientos, abandonó el callejón y se fundió con el bullicio que salía de la ciudad, llevando a su sargento a salvo entre el cargamento.
Cabalgó durante horas, sin detenerse. En algún punto del trayecto, el eco de los perseguidores se disipó por completo.
Lyall poseía la destreza de un experto para borrar rastros; además, la guardia real buscaba a un fugitivo a pie acompañado por una mujer lisiada, y no a un modesto comerciante encapuchado que guiaba una carreta vieja.
Cuando la noche ya se había cerrado sobre ellos, llegaron a la ciudad antigua.
Rebecca, oculta bajo la lona durante todo el trayecto, sentía el cuerpo entumecido por la rigidez de la postura y una preocupación constante.
Asumía que, a esas alturas, su padre ya debía de conocer toda la verdad y debía estar demasiado angustiado; pero, por el momento, no podía permitirse flaquear.
En cuanto Lyall detuvo la carreta, esperó a que la ayudara a salir de ahí.
Nadie los había seguido. Habían logrado borrar su rastro desde el instante en que abordaron la carreta. Estaban a salvo.