¡Lyall, defiéndete! #3
Caín, testigo del caos desatado por su madre, soltó una risa nerviosa. Era una reacción incómoda, el reflejo de quien no comprende la gravedad de lo que ocurre y busca marcar distancia con lo desconocido.
Sin embargo, en cuanto Lyall escuchó el grito de Rebecca y vio al soldado avanzar hacia ella con el arma en alto, algo en su interior se rompió.
Se zafó de aquellos guardias con un movimiento brutal. En segundos aparecieron sus garras y, en un pestañear de ojos, los dos hombres cayeron al suelo con la garganta abierta, sin tiempo para emitir un solo quejido. Los chorros de sangre salpicaron su ropa, pero eso era lo último que le importaba.
Lyall corrió directo hacia Rebecca, justo cuando el otro guardia levantaba la espada para matarla.
Al ver caer a los primeros soldados, la reina soltó otro grito, cubriéndose la boca con horror.
El príncipe Joel, transformado en una bestia sanguinaria, interceptó al agresor y le hundió las garras en el cuello, atravesándole la garganta de lado a lado.
Rebecca se tapó los ojos mientras Lyall arrojaba el cadáver a un lado como si fuera basura.
Los guardias restantes, intimidados por la carnicería que ocurrió en menos de cinco minutos, retrocedieron en busca de refuerzos.
Alba, con los ojos desorbitados por el terror, contemplaba en lo que se había convertido el heredero legítimo.
Deseaba huir, pero las piernas no le respondían.
Lara, resguardada tras la figura de Tiger, balbuceó casi sin voz:
—¡¿Qué está pasando?! ¡Ya van tres muertos, tres muertos! ¡Tiger, por Dios, qué pasa! —Temblando de miedo, se aferró a él, y el exsoldado la cubrió para evitarle la visión de los cuerpos porque ella nunca había visto algo similar.
A Rebecca no le importaban los caídos; al fin y al cabo, ella misma le había suplicado a su lobo que peleara.
Observó a Lyall y le tendió los brazos para que la cargara.
En cuanto él la tomó en su regazo, ella dejó de ignorar lo obvio.
Aquella verdad que al principio le pareció demasiado cruel para ser cierta se volvía innegable ante la desesperación de la reina.
—¡Lyall es parte de la familia real! —gritó con la voz quebrada por el esfuerzo—. ¡La reina lo sabe y quiere matarlo! ¡Él es pariente directo del rey Josías!
Mientras lo decía, aferrada al pecho de su lobo, las piezas encajaron por fin con lo que él le había contado el día anterior en el carruaje; aquello que el doctor Walter confesó cuando intentó…
asesinarlo, llamándolo “principe”. De solo recordarlo, Rebecca comenzó a temblar por la conmoción y el horror al comprender que el médico de confianza de su familia, el mismo hombre que la cuidó durante años, siempre supo la verdad.
Una profunda rabia la invadió, trayéndole unas ganas de llorar que contuvo a la fuerza antes de continuar con furia:
—¡Lyall es hijo del rey Josías, es el príncipe!
¡La reina intentó asesinarlo! ¡Ella apartó al heredero legítimo y lo mandó como soldado al Proyecto Nimrod!
¡Maldita bruja despreciable, malvada y horrible mujer!
¡Tú enviaste a Lyall al Proyecto Nimrod sabiendo quién era, sabiendo que era el hijo del rey!
Apenas terminó de exclamar aquellas palabras, un ataque de tos violento le sacudió el pecho.
Lyall la estrechó contra sí, escuchándolo todo, aunque en ese momento no alcanzara a comprender la magnitud de la revelación.
Si a Rebecca al inicio le había costado creer que alguien fuera capaz de semejante maldad, a él todavía le resultaba imposible asimilar que era un príncipe, que le habían arrebatado un derecho que jamás supo que tenía y que aún no lograba comprender.
Al oír las acusaciones, Alba comenzó a temblar; el pánico la hizo perder los estribos por completo y su rostro se desencajó.
—¡Mátenlos a todos! ¡Mátenlos, mátenlos!
—chilló con una desesperación imposible de ocultar—.
¡Hay demasiados testigos! Diremos que fue un atentado.
¡Mátenlos, incluyendo a esta maldita mocosa que grita blasfemias contra la corona!
¡Tortúrenla hasta la muerte, y maten también a esa golfa de Lara Ederweys por traer a esa ramera y a su sirviente bastardo!
Con el dedo tembloroso, Alba señaló a Lara. Al escuchar la amenaza directa contra su protegida, Tiger comenzó a gruñir con el cuerpo rígido de furia; su dama no había hecho nada para merecer tal condena.
—Protégeme, Tiger, además me llamó golfa… —susurró Lara, hundiendo el rostro en el pecho del exsoldado, demasiado asustada para procesar los acontecimientos.
Caín, viendo que el salón se había transformado en un matadero en cuestión de segundos, analizó los gritos de Rebecca y les encontró un sentido aterrador. Clavó los ojos en Lyall.
—¿Es mi medio hermano… aquel bebé? —susurró para sí mismo.
De inmediato, decidió que lo más sensato era marcharse. Ya pediría explicaciones después; por ahora, no pensaba quedarse en medio del torbellino de sangre que su madre acababa de desatar.