El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) ¡Lyall, defiéndete! #2
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¡Lyall, defiéndete! #2

La serie L-22. La misma numeración que ella había ordenado exterminar de raíz hacía un mes, sin admitir excepciones. El grupo al que pertenecía el bebé que envió al Proyecto Nimrod despojado de nombre, de identidad y de registros.

Sin duda alguna, el príncipe Joel estaba allí. De rodillas en su propio palacio, vestido como un noble y con una insignia de honor en el pecho, como si hubiera regresado del infierno para recordarle que había sobrevivido a la guerra donde ella lo lanzó para que se muriera.

Alba retrocedió dos pasos, tambaleándose como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus pies. Sintió el peso de casi veinte años de secretos, silencio y control absoluto desmoronarse en un instante frente a una mesa dispuesta para el té. La compostura se esfumó por completo.

—¡Tú deberías estar muerto! —gritó Alba con una voz rota y aguda que nadie en el palacio le había escuchado jamás—. ¡Tú no puedes estar aquí! ¡Deberías estar muerto, maldito bastardo!

Lyall se puso de pie de golpe, encarándola. Su expresión de verdadera confusión solo sirvió para enfurecerla más.

—¡Guardias! —chilló la reina madre, con los ojos desorbitados—. ¡Llévense a este bastardo, llévenselo ahora!

Al oír eso, Rebecca se quedó helada.

—¡No pueden hacer eso! —exclamó sin entender nada.

Los dos guardias de la entrada comenzaron a avanzar hacia ellos empuñando las espadas, tratando a su lobo como a un criminal. Tiger, a un lado de Lyall, permanecía inmóvil, pero con los músculos en tensión, aguardando una señal que tuviera sentido en medio de aquella locura.

Lyall, por su parte, no pensaba en la reina, ni en los hombres que se le venían encima, ni en lo que acababa de descubrir sobre sí mismo en esa fracción de segundo tras ver la reacción de la soberana.

Lo único que le importaba era Rebecca. Sabía que ella no podía recibir emociones fuertes; aquella mujer le estaba gritando que no debía estar vivo —algo que ya estaba harto de escuchar de boca de otros—, pero en ese instante su prioridad absoluta era el bienestar de su amada.

Cuando los soldados lo alcanzaron, lo sujetaron con fuerza por ambos brazos. Fue en ese instante que Alba tuvo una idea mejor.

—¡Sáquenlo de mi vista y mátenlo ahora mismo! —ordenó, dispuesta a terminar con el problema de una vez por todas.

Rebecca escuchó el mandato con total claridad. Le pareció tan absurdo que su mente lo omitió por un segundo, asumiendo que había oído mal. ¿Matar a su lobo? ¡No podía ser real! Sin embargo, en ese mismo instante, Caín se puso de pie de golpe.

—¡Madre! ¿Qué te pasa?

—Cállate… —siseó Alba, sin dignarse a mirarlo.

Los guardias no perdieron el tiempo y comenzaron a arrastrar a Lyall hacia la salida para matarlo en los calabozos. Él se giró, buscando a Rebecca por encima del hombro de los hombres que lo apresaban, y gritó:

—¡Rebecca!

Lara, que no comprendía absolutamente nada, se giró hacia su amiga. La vio ida por la velocidad con la que se desarrollaba todo y la sujetó por ambos brazos.

—¡Rebecca! —exclamó alterada—. ¡¿Qué hizo tu sirviente para que la reina actúe así y ordene que lo maten?! ¡No entiendo nada! ¿Qué está pasando? —Aquélla no era, ni de lejos, la velada palaciega que se había imaginado.

Cuando Lara la soltó, Rebecca espabiló de su conmoción inicial. Se puso de pie como pudo, apoyándose con esfuerzo en el borde de la mesa.

Fue entonces cuando Alba reparó en ella. Además, el príncipe Joel había gritado el nombre de Rebecca, no el de Lara; el bastardo había estado refugiándose en su casa todo este tiempo.

—¡Así que tú tenías a este maldito viviendo contigo! —gritó la reina, señalándola con un dedo tembloroso—. ¡Yo di instrucciones precisas de acabar con todos los de la serie L-22, así que tú eres la responsable! ¡Mátenla a ella también! ¡Maten a la joven rubia!

Un guardia acató la orden de inmediato y avanzó hacia Rebecca con la espada desenvainada. Lara se cubrió la boca con ambas manos, atónita ante la ejecución inminente de su amiga, quien de pronto parecía la cómplice de una traición al reino.

—¿Qué? —alcanzó a decir Lara, sin entender nada de lo que ocurría.

Rebecca, al ver al verdugo acercarse y notar que Lyall estaba a punto de ser arrastrado fuera del salón, no retrocedió ni sucumbió al pánico. Clavó la mirada en su lobo y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Lyall, defiéndete! ¡Defiéndete! ¡Libérate de esos guardias, sé que puedes hacerlo, hazlo ahora!

Acto seguido, con una frialdad nacida del agotamiento físico y mental de toda esa situación, se dejó caer de nuevo en la silla.

El esfuerzo de sostenerse contra la mesa la había dejado exhausta.

Cerró los ojos, dispuesta a recibir el golpe del guardia; en el fondo, la verdad ya la había alcanzado.

Lyall pertenecía a la realeza. Le importaba mucho más que él luchara por su vida a que protegiera la frágil existencia de ella, la cual de todos modos podía extinguirse en cualquier segundo.

Nunca le había temido a la muerte; su único deseo era ver a su lobo defenderse de todos los que siempre parecían deleitarse por hacerle daño.

Tiger, viendo que la situación se salía de control, se movió con rapidez hacia Lara, quien contemplaba petrificada la escena.

La tomó del brazo, la apartó de la mesa y la colocó detrás de su cuerpo para protegerla de cualquier amenaza.

Ella era su única prioridad; el resto del alboroto no le importaba.