El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) ¡Lyall, defiéndete!
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¡Lyall, defiéndete!

El sirviente los dejó en un salón amplio, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde sobre una mesa larga ya preparada para cuatro personas.

Lyall acomodó a Rebecca en una de las sillas que prepararon, dejando la silla de ruedas a un lado, y luego se colocó detrás de ella, con Tiger al lado de él justo al lado de Lara.

Cuando ya Rebecca y Lara estaban sentadas, una al lado de la otra, la rubia observó la cuarta silla vacía.

—Si hay un cuarto lugar, lo más probable es que la reina estará con nosotras en esta reunión —asumió, mirando a Lara—. Lo más seguro es que quiere conocerte a fondo. Lara, esto es muy importante. ¿Te imaginas que te cases con el rey Caín y te conviertas en la reina consorte?

Lara sonrió, y aunque en el fondo la idea no le entusiasmaba tanto como debería, en cuanto a posición y linaje era el sueño de cualquier joven noble. Por eso respondió:

—Sí, sería maravilloso. Convertirme en la reina consorte de Sabaoth. ¡Es el sueño de toda niña!

Rebecca asintió y le sonrió de vuelta, aunque por dentro, sin poder evitarlo, pensó: «Ese no es mi sueño», y casi sin pensarlo, se volteó para mirar a Lyall, que al instante le dedicó una pequeña sonrisa mirándola ella también.

Mientras tanto, en otra parte del palacio, el sirviente que había acompañado a las jóvenes llegó al ala privada real. Tocó la puerta dos veces y, en cuanto le permitieron ingresar, avanzó hacia los monarcas para hacerles una reverencia profunda.

—Su alteza real, su majestad. Lady Lara Ederways y su acompañante, lady Rebecca de Bethel, ya esperan en el salón preparado para la reunión.

Caín soltó un suspiro de aburrimiento mientras su madre le acomodaba el cuello del traje, igual que si vistiera a un niño pequeño incapaz de mantenerse arreglado un solo instante.

—¡No puedo creer que huelas a alcohol! —exclamó Alba, frunciendo la nariz—. ¡Busquen un perfume, ahora!

Una de las sirvientas, que ya tenía preparado el frasco habitual, se acercó a toda prisa. Alba lo tomó de mala gana y lo roció sobre su hijo sin ninguna delicadeza.

—¡Madre, no es para tanto! —protestó Caín—. Además, no me agrada que estés en la reunión. Me hace quedar mal. Se suponía que yo hablaría en privado con Lara y su acompañante; espero que al menos sea bonita…

—¡Yo seré quien decida si esa jovencita es la indicada para ti! —respondió Alba, colocándole la corona con la misma firmeza—. O, mejor dicho, para mí. Quiero una reina consorte que no hable demasiado y que sepa cuál es su lugar.

—Y que puedas manejar a tu antojo —interrumpió Caín con sorna—. Eso es lo que quieres, ¿no?

—Por supuesto —admitió Alba, sin negarlo—. Tengo que controlarla para que ella no te controle a ti. Eres muy fácil de manipular, y no voy a permitir que una mujercita recién llegada, cuyo único papel es darte hijos, venga a meterte ideas en la cabeza.

Caín rodó los ojos y guardó silencio. Al final, sabía que su madre tenía razón; él solía dejarse llevar demasiado por las mujeres con las que se acostaba. Si Alba quería seguir gobernando su reino, lo último que necesitaba era una reina consorte más astuta que ella.

Madre e hijo salieron del ala privada y caminaron por los pasillos hacia el salón.

Mientras avanzaban, Alba notó algo: los sirvientes que se cruzaban con ellos susurraban entre sí, y cuando la veían pasar, sus rostros mostraban una expresión rara antes de inclinarse.

Alba frunció el ceño, preguntándose qué chisme andaría circulando esta vez, y miró de reojo a su hijo, asumiendo que se trataba de alguna de sus vulgaridades habituales que ya habían llegado a oídos de la servidumbre.

«¿Qué acto libertino habrá cometido sin que yo me haya enterado?», pensó Alba al mirarlo de reojo. En ese mismo instante, Caín se rascaba un oído para luego olerse los dedos sin el menor reparo.

Pero lo que ella no sabía, lo que por el momento no tenía forma de saber, era que esos mismos sirvientes, los más viejos, los que habían conocido al rey Josías en vida, llevaban susurrando entre ellos sobre un joven que se había paseado por los pasillos del palacio con un rostro que ninguno de ellos había esperado volver a ver en sus vidas.

Las puertas del salón se abrieron y el rey de Sabaoth junto a la reina madre hicieron acto de presencia.

De inmediato, Lara se puso de pie con la elegancia que había practicado durante días.

Rebecca permaneció sentada por lógicas razones, sintiendo como un nudo de nervios le apretaba la garganta mientras observaba a los monarcas.

Lo primero que atrajo la atención de Alba fue la joven vestida de dorado, quien le sonreía con cortesía. La reina madre le devolvió el gesto de forma mecánica, sin mirar más allá por el momento.

Sin embargo, Caín, que recorría la sala con la mirada apática de siempre, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par.

—Madre… —susurró, estupefacto.

—¿Ahora qué pasa? Sigue caminando —siseó Alba entre dientes, manteniendo la sonrisa protocolaria que exigía el momento.

Caín señaló con un leve movimiento de cabeza hacia donde Lyall aguardaba, de pie junto a la silla de ruedas de Rebecca.

—Mira a ese hombre… ¿No te recuerda a mi padre, pero más joven? Es casi idéntico. Qué extraño, ¿no?

Alba desvió la vista hacia donde su hijo indicaba y, al hacerlo, el corazón se le detuvo.

El mundo entero pareció congelarse para la reina madre de Sabaoth en ese justo instante.

Sus ojos se clavaron en las facciones del joven; rasgos que conocía de memoria porque los había amado y odiado durante años.

Era el mismo rostro de los retratos que ella misma ordenó retirar de los muros; la viva imagen del hombre que alguna vez la consideró una segundona, el mismo rey que prefirió a un bebé de cabello oscuro y ojos azulados por encima de todos, alimentando su propio narcisismo al ver en su heredero una reencarnación perfecta de sí mismo.

La piel de la reina se tiñó de una palidez mortal. Los labios se le separaron, incapaces de emitir sonido.

—Madre, ¿qué te ocurre? —preguntó Caín, extrañado—. Sí, el parecido asombra, pero no es para tanto. ¿Por qué te pones así? Estás pálida como muerta.

Alba ya no escuchaba. Se olvidó de la reunión, de la muchacha que esperaba ser presentada y de su propio hijo Caín que, incómodo ante el silencio sepulcral de su madre, restó importancia a lo que consideró una exageración y avanzó solo hacia la mesa.

—Buenos días, señoritas —saludó al llegar, tomando asiento. Miró sin decencia alguna a Rebecca al sentirse atraído por su belleza y, asumiendo que se trataba de la aristócrata de la cita, adoptó su mejor semblante seductor—: Lady Lara, ¿por qué no se ha levantado como señal de respeto ante su rey?

Caín tomó la mano de Rebecca, quien lo observó con absoluta confusión.

—Eh… —balbuceó Rebecca, tratando de ocultar una mueca de disgusto—. Yo no soy lady Lara, su alteza real —aclaró desviando la atención hacia su amiga.

Lara, abochornada, se apresuró a intervenir carraspeando:

—Soy yo, su majestad… Hola —saludó, encogiéndose de hombros.

Mientras ocurría aquella tonta confusión y Caín intentaba enmendar su torpeza saludando a Lara, el rey no despegaba los ojos de Rebecca.

Se sentía intrigado por su quietud, pues al verla sentada y no notar la silla de ruedas, pensaba que era una dama común que solo elegía no moverse.

En medio de ese malentendido, Alba ya se había puesto en marcha.

Con pasos rápidos y erráticos, cruzó el salón hasta plantarse frente a Lyall.

Ignoró por completo a Tiger, quien para ella no era más que un adorno; toda su existencia se redujo al pelinegro que era el vivo retrato del rey muerto.

Al tenerlo cerca, el parecido resultó tan escalofriante que las manos comenzaron a temblarle sin control.

Lyall bajó la mirada hacia ella. La corona y el porte le indicaron de inmediato quién era; sin perder el tiempo, hizo la reverencia que se le había enseñado desde la infancia ante cualquier figura de autoridad.

—No… —articuló Alba en un hilo de voz, casi para sí misma—. No puede ser. ¿Eres… eres un exsoldado?

Al descubrir el broche de honor en el chaleco, el pánico la oprimió con más fuerza. El pecho de la reina subía y bajaba con tanta violencia que Tiger y Lyall podían escuchar el eco de sus latidos sin el menor esfuerzo. Aquella agitación extrañó al par de exsoldados; ¿qué le sucedía a esa mujer?

Lyall se enderezó. Sin comprender el motivo de tanta conmoción, asintió en silencio para responder a la pregunta.

—Date la vuelta —ordenó ella, con una voz que amenazaba con quebrarse—. Muéstrame… Muéstrame tu código.

Lyall entrecerró los ojos. No entendía por qué a la soberana le importaba su código de soldado, pero la palidez y el tono de la mujer le advirtieron que no era momento de cuestionar.

Se dio la vuelta, apartó el cabello que llevaba recogido en un listón y bajó el cuello de la camisa, apoyando una rodilla en el suelo para acortar la estatura.

Al ver que la reina ignoraba la mesa y acorralaba a Lyall, Rebecca se volteó para entender qué pasaba.

Descubrirlo allí de rodillas, ofreciendo la nuca, encendió una alarma ensordecedora en su cabeza que intentó ignorar sin éxito.

Lyall lucía como todo un caballero con el traje de etiqueta que llevaba puesto, entonces, ¿cómo era posible que esa mujer le estuviera exigiendo ver su código?

¿Acaso la reina supo, sin que nadie se lo dijera, que su lobo era un exsoldado del Proyecto Nimrod?

Rebecca frunció los labios mientras la sospecha la golpeaba con la fuerza de un vuelco al corazón.

Era obvio: ella lo sabía todo por tan solo verlo.

La angustia y la preocupación comenzaron a inundarla.

Alba, por su parte, leyó los caracteres grabados en la piel de Lyall:

L-2235.