El día del palacio #3
—Ya, entremos. Llegamos a tiempo —contestó, intentando eludir las explicaciones.
Caminaron hacia la entrada. Tiger se colocó al lado de Lyall y ambos se saludaron con una breve inclinación de cabeza, un gesto de entendimiento mutuo que prescindía de las palabras.
Frente a la guardia, Lara mostró la carta con el sello real; los hombres la examinaron con atención antes de franquearles el paso.
Sus ojos se detuvieron un instante en Lyall, pero al ser soldados jóvenes, carecían de la memoria necesaria para que aquel rostro les dijera algo, así que no hicieron ningún comentario.
El interior del palacio dejó a Lyall mudo.
Aunque por lo general permanecía callado, la impresión ante aquel entorno lo sumió en un silencio todavía más profundo.
Los techos eran altísimos, decorados con molduras doradas en cada relieve, y las paredes exhibían retratos enormes de marcos tallados.
El suelo de mármol blanco, pulido hasta el extremo, permanecía cubierto en algunas partes por alfombras gigantescas.
Lyall avanzó despacio mientras empujaba la silla de ruedas de Rebecca, mirando de lado a lado, incapaz de contener la curiosidad.
Entre las pinturas destacaban varias del rey Caín y de la reina madre Alba en distintas etapas de sus vidas; óleos de la soberana en su juventud y de Caín cuando era niño, todos dispuestos con la prominencia que correspondía a los gobernantes actuales.
Sin embargo, Lyall no descubrió ningún rostro que se asemejara al suyo en esos cuadros, tal como habían sugerido los nobles en el teatro.
No había rastro de ningún monarca anterior, ninguna otra reina; nada que delatara que antes de ellos existió otra dinastía.
La reina Alba se había encargado de aquello con su precisión habitual: ningún cuadro de la antigua familia real permanecía colgado en los pasillos, ninguna mención sobrevivía.
Se habían esfumado los retratos del rey Josías con su primogénito, las imágenes de la familia reunida tras el nacimiento del segundo príncipe, e incluso el gran lienzo que el rey se hizo pintar junto a su hijo menor al cumplir un año.
Aquel último retrato del monarca ya no existía en los muros; para cualquier comensal descuidado, la historia del reino parecía haber comenzado con Caín y su madre y eso era justo lo que deseaba Alba, erradicar la antigua monarquía e iniciar un nuevo linaje con su hijo.
Mientras las jóvenes avanzaban con sus dos exsoldados detrás de ellas, apareció un ujier que les hizo una reverencia.
—Bienvenidas, señoritas, caballero —saludó el sirviente, dirigiéndose a Lara y a Rebecca, e incluyendo a Lyall al asumir que se trataba de un acompañante de honor.
Aquel empleado había sido contratado durante el mandato actual, por lo que jamás conoció al rey Josías y pasó por alto el parecido. Rebecca sonrió al escuchar que llamaban «caballero» a su lobo, y Lara la miró de reojo con una sonrisa cómplice.
—Los escoltaré hasta la recepción.
—Muchas gracias —aceptó Lara, conteniendo la emoción.
El guía marchó delante de ellos hacia el salón de la reunión.
A medida que se adentraban en las galerías, Lyall empezó a notar algo extraño.
Algunos de los sirvientes más antiguos, de cabellos canosos y manos arrugadas por los años de servicio, se detenían en seco al verlo, cubriéndose la boca como si contemplaran a un muerto.
Lo miraban con una mezcla de sorpresa y espanto que llamaba mucho la atención y resultaba bastante incómoda.
Lara y Rebecca también lo percibieron, lo que impulsó a la joven rubia a comentar algo al respecto.
—Lyall tiene un parecido asombroso con el antiguo rey Josías, ¿lo sabías? —le murmuró Rebecca a su amiga.
Lara se volvió de golpe, con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad? —preguntó mirando a Lyall con más curiosidad que antes—. Qué extraño… Tengo entendido que los soberanos antiguos, poseían facciones físicas muy particulares. Es rarísimo que un exsoldado se parezca a un rey de los antiguos.
—¿En serio?
—¡Si! —exclamó Lara.
—Yo no había escuchado hablar de esa fisonomía —replicó Rebecca, manteniendo una calma que ocultaba sus sospechas—. Pero el parecido de mi lobo con la realeza lo tomo como un halago.
—¡Desde luego que lo es! —coincidió Lara de inmediato—. Si dijeran que mi Tiger se parece a un príncipe, me sentiría demasiado orgullosa.
Rebecca alzó la vista hacia ella y le dedicó una sonrisa afectuosa.
—Exactamente. Así es como me siento.
Mientras conversaban, los criados veteranos continuaban observando a Lyall con asombro. Una de las mujeres, al pasar a su lado, apenas pudo contener el aliento.
—El príncipe Joel… —susurró.
Lyall alcanzó a escucharla. Se giró hacia ella, la miró con profunda confusión y luego continuó la marcha.
En poco tiempo, los sirvientes de la vieja guardia corrieron la voz entre los nuevos: había llegado un hombre idéntico al rey Josías.
Nadie daba crédito a los rumores que, sin sospecharlo, daban inicio a un murmullo que se extendería por todo el palacio.