El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El día del palacio #2
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El día del palacio #2

No era el mismo sentimiento que le profesaba a Rebecca, pues el amor por ella era único. Lo que sentía por Berto era un afecto cálido y simple, y la unión de sus frentes era la mejor manera que conocía para expresarlo.

A Berto le pareció extraña la cercanía, pero no se movió.

Se quedó quieto, cerró los ojos y aceptó ese gesto tan propio de la naturaleza de Lyall, asumiendo que era su forma de darle las gracias a su modo “de lobo”.

Cuando Lyall se enderezó, el viejo le dio una palmada afectuosa en el hombro, sorbió la nariz y pidió con la voz todavía ronca:

—Anda, vete ya. Y cuida bien a la señorita.

Lyall sonrió, asintió y salió de la casita sin imaginar que no volvería a verlo en mucho tiempo.

Con paso apresurado, regresó a la mansión. Al entrar se topó con Thomas, que venía del salón de música con la escoba al hombro. El muchacho se detuvo de golpe, soltó un silbido y exclamó:

—¡Oye! ¡Por un segundo no te reconocí! Te ves muy bien, en serio. No pareces un sirviente; no a cualquiera le queda un traje así. ¡Te luce bastante!

Lyall se limitó a sonreír. Era extraño escuchar el mismo elogio dos veces en una mañana, pero no le desagradaba. Sin detenerse, continuó el camino hacia la habitación de Rebecca.

Cuando entró, ella ya estaba lista, y por un momento Lyall se quedó quieto en la puerta sin decir nada.

El vestido verde le caía con una elegancia que parecía hecho para ese cuerpo delgado, el cabello recogido en ese estilo elaborado que solo se hacía para ocasiones especiales, y el collar de perlas de su madre brillando contra la piel pálida del cuello.

Rebecca se veía hermosa, y Lyall lo pensó con una claridad que solo tenía para ella, sin necesidad de buscar palabras para decirlo.

—¿Y bien? —preguntó ella, girándose en la silla de ruedas de una manera algo torpe para que él pudiera verla mejor—. ¿Cómo me veo?

—Hermosa —dijo él, sin dudar, con una sonrisa—. Muy… muy hermosa.

Rebecca sonrió y luego lo recorrió de pies a cabeza, deteniéndose en el broche que ella no supo de que se trataba.

—¿Y eso? —preguntó, señalándolo.

—Berto —respondió Lyall, tocándolo con dos dedos—. Era… de su hijo. Es un broche… de honor…

Algo en la expresión de Rebecca se suavizó al escuchar eso. No dijo nada más, pero se acercó a él y luego estiró la mano para que él se acercara, y cuando lo tuvo cerca, Lyall se puso de rodillas y ella le acomodó el broche un poco mejor, dejándolo derecho porque estaba algo doblado.

—Ahora sí —dijo, satisfecha—. Vamos. No quiero llegar tarde.

Abajo, en el recibidor, Adriel los esperaba. Cuando vio a su Rebecca, algo cruzó por su rostro que no llegaba a ser sonrisa, pero se le acercaba. Se inclinó hacia ella y la abrazó, manteniendo la delicadeza que nunca podía evitar en su hija, como si temiera romperla.

—Ten cuidado —le dijo, contra su cabello—. Y no rompas demasiados corazones allá.

Rebecca comenzó a reírse por ese comentario de su padre y lo abrazó de vuelta.

—Estaré bien, papá. Vendré en cuanto termine la reunión.

—Sí. Está bien.

Cuando se separaron, Adriel alzó la vista hacia Lyall y se tornó serio. Por un momento no dijo nada, solo lo miró, y Lyall le devolvió la mirada sin apartarla.

—Cuídala —ordenó el lord, y esta vez no había desprecio en su voz. Solo la pesadez de un padre que entrega algo que le importa demasiado—, eres responsable de ella mientras esté en el palacio real.

Lyall asintió con la cabeza, una sola vez, firme.

—Lo… haré.

El carruaje avanzó por el camino hacia la ciudad real con un ritmo pausado, teniendo esa clase de lentitud que a Rebecca solía resultarle insoportable cuando la ansiedad la dominaba.

Esta vez, sin embargo, el trayecto no le molestó.

Viajaba con los dedos entrelazados a los de Lyall y la cabeza apoyada en su hombro, contemplando a través del cristal cómo el paisaje se transformaba poco a poco en calles empedradas y construcciones altas.

Tiempo después, el palacio apareció al final del camino, enorme, con sus torres imponentes recortándose contra el cielo de la mañana.

Lyall vio el palacio y sintió algo extraño en el pecho, era como una mezcla de curiosidad y algo más que no terminaba de nombrar.

Había escuchado hablar de ese lugar, había visto el sello del lobo coronado en las monedas y en los documentos, pero nunca había imaginado que algún día caminaría por sus pasillos.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal. Lyall bajó primero, sacó la silla de ruedas y la acomodó con cuidado, luego ayudó a Rebecca a sentarse en ella, ajustándole el vestido para que no se arrugara.

Justo en ese momento, otro carruaje se detuvo a poca distancia.

De él bajó Lara, ataviada con un vestido dorado que llamaba la atención incluso entre la concurrencia elegante que colmaba los accesos del palacio.

Los accesorios de oro que completaban su atuendo la perfilaban, sin duda, como la protagonista de ese momento.

Tiger la siguió un paso atrás, vestido con un atuendo de sirviente mucho más elegante que el habitual y el cabello rubio peinado con esmero.

—¡Rebecca! —exclamó Lara, acercándose con su eterna energía—. ¡Llegamos al mismo tiempo!

Al estar lo bastante cerca para observar a Lyall, Lara se detuvo un segundo, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo.

—¡Rebecca! Tu lobo no parece un sirviente. Lo vestiste como a un auténtico noble. —Lara le dio un golpecito juguetón en el brazo—. No se nota nada lo mucho que te gusta, ¿eh? —añadió, guiñándole un ojo con picardía.

Rebecca se sonrojó un poco y se limitó a reír, evitando hacer comentarios.