El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El día del palacio
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El día del palacio

La mañana empezó mejor que la anterior, y Rebecca lo agradeció de corazón.

En cuanto se movió en la cama sintió el mareo de siempre, como si el cuarto se ladeara un segundo antes de volver a su sitio, pero al menos esta vez no vinieron las náuseas.

Se quedó muy quieta, respirando hondo hasta que todo dejó de dar vueltas, y soltó un suspiro de alivio.

Al mirar a un lado, se alegró de ver a Lyall.

Estaba sentado al borde del colchón, observándola con la misma atención de todas las mañanas; había notado que ella despertaba antes de que abriera los ojos.

Él ya había cumplido su rutina en el almacén donde todavía lo encerraban por las noches, desayunó con Berto y subió corriendo a verla.

Ahora la miraba como si fuera la primera vez, ignorando por completo que habían pasado la noche juntos.

Porque desde que él adoptó la costumbre de trepar por el balcón de madrugada, se entregaban el uno al otro sin falta, hasta que Rebecca caía rendida y se dormía pegada a su cuerpo.

—¿Mareo? —preguntó él, tocándole la frente con el dorso de los dedos. Por suerte, la temperatura estaba normal.

—Sí. Pero ya pasó —respondió ella, cerrando los ojos un momento—. No tengo ganas de vomitar, así que estoy bien.

Él asintió, satisfecho con ese pequeño progreso, y se levantó para prepararle la tina con agua tibia.

La rutina fue distinta a la del día anterior.

Lyall la bañó con su delicadeza habitual, pero esta vez Rebecca se dejó hacer sin protestar, dejando a un lado la terquedad de querer intentarlo sola; esa resistencia suya se desvanecía por completo únicamente bajo los cuidados de su lobo.

Él la vistió, le peinó el cabello con cuidado, le hizo los masajes y le dio las medicinas que no olían a muerte.

Cuando todo estuvo listo, ella le pidió que la llevara al comedor porque no deseaba pasar el día encerrada en su habitación.

—¿Estás… segura? —preguntó él.

—Sí. Quiero desayunar con papá. Iremos al palacio esta tarde y quiero pasar tiempo con él.

Lyall asintió y la llevó de inmediato.

Lord Adriel levantó la vista del periódico cuando los vio entrar. Su expresión se suavizó al ver que su hija lo acompañaba, con mejor color en las mejillas y los ojos despejados. Sin el doctor Walter en la mansión, el comedor se sentía más grande y solo con ellos dos allí.

Los cocineros le habían preparado algo ligero: pan tostado, una infusión de hierbas para el malestar y trozos pequeños de fruta fresca. Ella comió despacio, pero el simple hecho de verla comer logró que el ambiente en la mesa fuera mucho más liviano que en los días anteriores.

—Hoy es la reunión en el palacio —comentó Adriel y no fue una pregunta.

—Sí, papá —respondió ella picando un pedacito de pan.

—Espero que descanses bien antes de salir. No quiero que llegues agotada, estás más delicada con los síntomas del embarazo.

—Estaré bien —respondió ella, y por primera vez en mucho tiempo lo dijo con una convicción real.

Adriel sonrió y, casi sin poderlo evitar, desvió la atención hacia el exsoldado que permanecía detrás de su hija como una sombra. Frunció un poco los labios, pero enseguida regresó la vista a Rebecca.

—Hoy me siento mejor, papá, deja de mirarme con esa cara de preocupación. Dormí bastante bien anoche, tuve una noche tranquila —añadió ella como si nada, picando la fruta.

—Me alegra escuchar eso, hija —dijo Adriel, sin tener idea de lo que hacía su hija durante la noche.

Sin embargo, ella no mentía. La noche anterior había sido tranquila, en la medida en que algo entre su lobo y ella podía serlo.

Lyall había llegado por el balcón a la hora de siempre y habían hecho el amor con esa lentitud que se les había vuelto costumbre: él cuidándola como si fuera de cristal, ella aferrándose a su cuerpo para memorizarlo.

Después, Rebecca se había quedado dormida sobre su pecho, y Lyall se mantuvo despierto un rato más, escuchando su respiración, pensando en el día que vendría.

El resto del día transcurrió en calma. Cuando llegó la hora de arreglarse para partir al palacio real de Sabaoth, Lyall fue a su habitación.

La ropa elegante estaba doblada sobre las cobijas, tal como la había dejado el día anterior.

Se bañó con más cuidado que de costumbre, frotándose hasta que el agua salió limpia, y luego se vistió despacio, repasando el orden que le habían enseñado en la tienda: primero la camisa, sin remangar las mangas, después el chaleco, los pantalones, los botones hasta el final del cuello y, por último, la corbata, que seguía pareciéndole una soga elegante que usaban los nobles para buscarse un sufrimiento en sus vidas perfectas.

Se plantó frente al pequeño espejo colgado de un clavo en la pared e intentó recordar los movimientos de la mujer al armarle el nudo el día anterior.

Le tomó varios intentos. Chasqueaba la lengua cuando la tela se le resbalaba entre los dedos gruesos; el nudo le quedaba torcido, flojo o demasiado apretado, y en dos ocasiones tuvo que deshacerlo por completo.

Gruñía frustrado, pero cuando por fin logró un nudo firme que no le cortaba el aire, soltó un suspiro largo, como si hubiera ganado una pequeña batalla.

Se peinó el cabello hacia atrás aprovechando que estaba mojado, se lo amarró con un listón y se miró un momento más.

No se reconocía. Pero no era un mal sentimiento.

Antes de buscar a Rebecca, decidió pasar a ver a Berto.

Sospechaba que sería la única vez en su vida que usaría un traje así, y quería que el viejo, a quien le tenía un cariño enorme, lo viera vestido de esa manera.

Sus pies lo llevaron solos, guiados por el olfato, hasta la parte del jardín donde el anciano estaba arrodillado entre un grupo de azucenas, acomodando la tierra con sus manos curtidas.

Cuando estuvo justo detrás de él, Lyall carraspeó para llamar su atención. Berto se giró con la pala en la mano, y al verlo, la herramienta se le escurrió de los dedos, cayendo sobre el suelo con un golpe sordo.

—¡Lyall! —exclamó, abriendo los ojos de par en par—. ¡Por un instante no te reconocí! ¡Te ves muy bien! Si no supiera quién eres, diría que eres el hijo de un noble.

Lyall sonrió, un poco cohibido por la reacción.

—Voy… al palacio… real —dijo, encogiéndose de hombros.

—Buena suerte por allá —respondió el jardinero, sin perder la sonrisa y luego al instante se le ocurrió algo—. Sé que solo vas a acompañar a la señorita Rebecca, pero ven, ven aquí un momento.

El anciano se levantó con un quejido de las rodillas, se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia su casita, haciéndole una seña al lobo para que lo siguiera.

Lyall obedeció, curioso. Adentro, Berto fue directo al estante donde guardaba sus pocas pertenencias y sacó algo de un cajón pequeño que el exsoldado nunca había visto abierto.

Era un broche plateado con un diseño que Lyall reconoció al instante: la insignia otorgada a los combatientes condecorados por actos de valentía, los pocos que sobrevivían lo suficiente para recibir un reconocimiento así, aunque también se las daban a los que murieron con honor.

Él recordaba aquellas piezas porque varios soldados las lucían cuando la guerra terminó.

—Usa este broche.

—Eso… —empezó Lyall, mirando el accesorio con una expresión desconcertada—. No. ¿Por qué?

—Era de mi hijo —dijo Berto con total calma, y se acercó para colocárselo en el chaleco, justo encima del bolsillo, con la misma paciencia que usaba para acomodar las flores—.

Estoy casi seguro de que nadie te lo dice, Lyall, pero tú ayudaste a la paz de este reino.

Luchaste, sobreviviste. Y si vas a ir al palacio real, no estaría mal que vieran que fuiste un soldado de honor; si estás aquí entero, solo con unos cuantos rasguños, significa que fuiste un soldado excelente a pesar de haber luchado tan joven.

Lyall abrió los ojos con sorpresa.

«¿Un soldado excelente? ¿Eso cree Berto?», pensó.

Hasta ese momento, el viejo era la primera persona en todo el mundo que le decía que había hecho un buen trabajo en el frente. A Rebecca no le gustaba hablar de la guerra, por lo que evitaba el tema. Sí, Berto era el primero en reconocer su desempeño.

—Mi hijo ya no está —continuó el anciano—, pero tú sí. Sonará tonto, pero eres muy fácil de querer… me agradas, y me gustaría que te reconocieran más.

Lo último lo dijo con la voz un poco quebrada, con su vista fija en el metal más que en el joven, como si estuviera dejando ir un pedazo de su pasado.

Lyall no respondió. El broche le quedaba un poco torcido sobre el pecho, pero combinado con el traje azul oscuro y los zapatos lustrados, le daba al conjunto un aire más completo. Lo hacía lucir como un comandante de honor.

—Ahora que luces tan elegante —añadió Berto, dando un paso atrás—, la insignia luce mucho mejor que empolvada en mi estante.

Al escucharlo, Lyall notó que los ojos del anciano estaban húmedos. Berto parpadeó rápido para disimularlo, pero el gesto no pasó desapercibido.

—¿Por qué… llora? —preguntó con mucha sinceridad.

—¡Ah, no me hagas caso! —se justificó el jardinero, pasándose el dorso de la mano por los ojos con un movimiento brusco—. Soy un viejo bastante sentimental. En fin, ya vete, no quiero que llegues tarde.

Lyall se quedó un momento más. Luego, antes de dar la vuelta, se acercó y, con un gesto inesperado, inclinó la cabeza para apoyar su frente contra la del anciano, despacio, tal como hacía con Rebecca cuando quería comunicarse sin palabras.

Quería demostrarle su afecto y se atrevió a romper la distancia porque sabía que Berto no lo apartaría con violencia; la agresividad no existía en él, y eso era algo que Lyall valoraba más de lo que se veía a simple vista.

Se suponía que debía estar habituado a los golpes y al maltrato, pero estar lejos de todo aquello le hacía apreciar aún más la calidez del jardinero.