El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El caballero y el zoológico #4
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El caballero y el zoológico #4

Mientras lo observaba, Rebecca apretó los labios.

Era imposible negar que todo el asunto resultaba demasiado turbio.

A pesar de las evidencias, se resistía a creer que su lobo tuviera sangre real; su mente no lograba cruzar esa distancia.

No deseaba cruzarla. Y no porque la semejanza con el difunto monarca fuera cuestionable, sino porque las implicaciones resultaban monstruosas.

Que alguien hubiera sido capaz de arrebatar a un pequeño príncipe de su cuna, meterlo en el ejército, confinarlo a los experimentos del proyecto y transformarlo en una bestia...

era una maldad que Rebecca no podía atribuirle a ningún ser humano.

Ya era bastante duro aceptar que su lobo era un exsoldado rechazado por el mundo entero, como para encima cargar sobre sus hombros el dolor de un origen robado que él ni siquiera recordaba.

Se negó a profundizar en una conclusión que le parecía demasiado cruel y desalmada. Por eso cambió de rumbo.

—Cuando el doctor Walter regrese —sentenció con esa firmeza innata que le brotaba del pecho—, lo confrontaré.

Quiero saber por qué intentó matarte y por qué calló tu parecido con el antiguo rey.

Mi padre y yo debíamos saberlo; eso le da un sentido atroz al hecho de que intentara quemarte vivo.

¡Yo sí te creo! —Le apretó la mano—. Pero no te preocupes, guardaré silencio mientras él esté ausente.

Esperaré a que vuelva. Pero cuando regrese, tendrá que responder.

Lyall no replicó. Contempló el paisaje a través del cristal: las edificaciones de la ciudad iban cediendo el paso a los árboles, y estos al camino que conducía a la mansión Bethel.

En algún punto del trayecto se arrepintió de haber hablado.

Su confesión abría una puerta hacia lo desconocido, y Rebecca, aunque jamás lo admitiera, era frágil.

No quería arrastrarla a un peligro, preocuparla o perturbar su paz.

Sin embargo, ella le había asegurado que le creía. Y esa certeza, por razones que él no alcanzaba a comprender, pesaba más que cualquier amenaza. Al menos su Becca estaba de su lado. Ella sí confiaba en su palabra cuando el resto del mundo le daba la espalda.

Anna y lord Adriel estaban en el recibidor cuando Lyall y Rebecca al fin llegaron. El padre de la joven tenía los brazos cruzados. Anna sostenía el delantal entre los dedos como siempre cuando algo la tensaba. Lyall empujó la silla de Rebecca por la puerta principal y los dos los miraron.

Anna lo miró a él primero y sus ojos recorrieron el traje azul, los zapatos lustrados, la cadena del chaleco, el sombrero que ahora llevaba en la mano. Frunció los labios. Luego los abrió sin decir nada.

Adriel hizo lo mismo. La mirada del lord fue más lenta, más medida, con esa costumbre de quien ha pasado años evaluando hombres antes de tomar decisiones sobre ellos.

Rebecca los vio a los dos.

Le encantó observar esas expresiones sorprendidas, tanto su padre como Anna sabían que Lyall lucía bien, pero ella sabía que jamás lo iban a decir en voz alta.

—Fuimos al teatro —empezó a decir Rebecca, con una ligereza deliberada—. Y al zoológico. Y cuando estábamos en el teatro, varios nobles de la corte real se acercaron porque creían que Lyall era un caballero.

Adriel parpadeó una sola vez.

—Supongo que con ese traje y esos zapatos pudo engañar a cualquiera.

Adriel lo dijo con sequedad, sin apartar la mirada. Luego, añadió:

—En fin, lleva a mi hija a su habitación. Y quítate esa ropa; vístete como corresponde. El numerito se acabó.

El lord soltó la orden manteniendo su aspereza habitual, esa que en él funcionaba casi como un saludo. Lyall asintió y empezó a girar la silla.

Pero Rebecca no lo dejó avanzar.

—Padre.

Adriel la miró.

—Sabes que estaba pensando. Podría casarme con Lyall. —Lo dijo con una calma que era cualquier cosa menos improvisada—. Podríamos decir que es un noble de un lugar lejano. Nadie sospecharía, al menos no de inmediato. Y nuestro hijo tendría un padre reconocido.

Adriel soltó un sonido que no llegó a ser risa.

—Rebecca, no digas absurdos. No haré eso.

—La miró fijo, con un gesto de cansancio y terquedad que llevaba semanas perfeccionando.

Sabía que tenía la razón, pero no le quedaban fuerzas para otra discusión—.

Aunque el salvaje se vista bien, en el fondo sigue siendo lo que es. Un salvaje. No te vas a casar con él.

Guardó silencio un momento.

Había muchas cosas que Adriel de Bethel hubiera podido decir en ese instante.

Que el apellido no era una prenda que se cambiaba según la temporada.

Que la nobleza de sangre no se fingía para siempre sin consecuencias.

Que él había visto suficientes ilusiones derrumbarse para saber cuándo era cruel alimentarlas.

Pero miró a Rebecca, que lo miraba de vuelta con esos ojos color miel que eran los de su madre y no los suyos, y pensó en la mañana, en ella tirada en el suelo del baño, en los vómitos del embarazo y en la fiebre que había bajado sola a tiempo.

Guardó todas las palabras. Las apiló donde guardaba las que nunca decía.

—Llévala arriba —le dijo a Lyall, sin más.

Rebecca mantuvo el ceño fruncido durante un segundo. Luego lo soltó.

—No —dijo—. Todavía no. Quiero pasear un rato por el jardín.

Y antes de que nadie pudiera añadir nada, señaló la puerta que daba al exterior con un gesto de cabeza.

—Lyall, llévame. Quédate vestido así un poquito más.

Él asintió con la cabeza, tomó los agarres de la silla de ruedas y empujó hacia el jardín, dejando atrás el recibidor, el silencio de Adriel y los ojos de Anna que los seguían hasta que la puerta se cerró.

Caminaron sin hablar.

Y por un rato, el día fue solo eso.