El caballero y el zoológico #3
Para entonces, otros dos caballeros se sumaron al grupo, atraídos por la curiosidad inconsciente que provocaba la semejanza de aquel joven con el antiguo monarca. Todos ellos eran rostros habituales en la corte y lo habían conocido bien.
—Disculpe —intervino uno de los recién llegados, un hombre de cabello plateado que se inclinó hacia Lyall—; se lo habrán dicho mil veces, joven White, pero el parecido es verdaderamente notable.
—¿Con quién? —quiso saber Rebecca.
—Con el rey Josías —reveló el hombre gordo, con sus ojos fijos en el exsoldado—. El antiguo soberano de Sabaoth. Fue lo primero que capté al verlo. Ha sido como regresar al pasado por un instante.
Los demás asintieron. Los nobles ya sumaban cinco alrededor de la silla de ruedas; todos de edad avanzada, todos con ese barniz de quienes han recorrido los pasillos del palacio real lo suficiente para memorizar los retratos de los años dorados.
Contemplaban a Lyall entre el asombro y el misticismo, sin el menor reparo en ocultar su fascinación.
Era curioso, porque Lyall carecía del aspecto típico de los aristócratas citadinos de ese tiempo.
Su piel bronceada delataba toda una vida bajo el sol, una particularidad inusual en la alta sociedad de Sabaoth, donde la palidez era casi una marca de clase.
Sin embargo, ninguno de los presentes pareció detenerse en ese detalle.
Les bastaba el traje, el porte y la imponente forma en que ocupaba el espacio para aceptar la mentira.
Además, Gibea era un valle cálido y de temperaturas altas; existían nobles así, dados a la caza y a la vida al aire libre, excéntricos por elección.
La asociación fue inmediata y asumieron que “Lyall White” era uno de esos.
El lobo los observaba uno a uno, en silencio. Por dentro, sin embargo, las piezas de un rompecabezas invisible empezaron a encajar.
Recordó la voz del doctor Walter aquella noche cuando incendió el establo, sosteniendo la linterna con una calma calculadora: «Hasta nunca, príncipe».
Esa frase le había parecido tan absurda que la había guardado en un rincón de la memoria, sin saber qué hacer con ella.
El hijo de un rey era un príncipe; eso lo sabía por las pocas lecturas que había leído.
Pero Walter no tenía motivos para llamarlo así, a menos que supiera algo que él ignoraba.
Y ahora estos hombres, que conocían la corte y habían visto al antiguo rey con sus propios ojos, confirmaban que el parecido era innegable.
Lyall al comprender eso guardó compostura. Asintió cuando correspondía, ofreció una breve inclinación de cabeza al escuchar las presentaciones y dejó que el silencio jugara a su favor; la mudez siempre le había resultado más manejable que las palabras, por supuesto que sí.
—¡No será que el rey tuvo alguna aventura con una lady White! —bromeó uno de los nobles, provocando la risa cómplice del resto.
Uno de ellos miró al joven con un rastro de consideración.
—No te ofendas, joven. Es solo que la semejanza es tan marcada que resulta imposible no comentarla. Debes estar muy habituado a escucharlo.
Lyall volvió a asentir para seguir la corriente.
—No habla mucho, ¿verdad, joven White?
—No —se limitó a responder, y el grupo asumió que se trataba nada más del carácter reservado del hijo de un terrateniente.
Rebecca, sosteniendo la mirada con orgullo, intervino con soltura:
—Bueno, da la casualidad de que mañana estamos invitados a una recepción en el palacio real. ¿Ustedes asisten con frecuencia?
El hombre de los lentes redondos se irguió.
—Yo ejerzo mis funciones allí, milady. ¿Es usted la invitada de honor del rey Caín?
—La misma; bueno, la acompañante de honor —corrigió con una seguridad milimétrica.
El funcionario la contempló y luego regresó la vista a Lyall; le resultaba imposible evitarlo, convencido de que el joven compartía incluso el color de ojos del difunto monarca.
—La reina madre se llevará una gran sorpresa, estoy seguro —hizo una breve pausa—. Serán la sensación de la velada, lady de Bethel. Usted y el joven White.
Rebecca sonrió.
—No lo creo, pero quién sabe.
Luego de decir eso, ella se cubrió la boca con el pañuelo para disimular la risa, divertida por lo absurdo de la situación. Todos se habían tragado por completo la mentira de que su lobo era un noble; incluso lo encontraban parecido a la propia realeza.
Y así, tras conversar un poco más para saciar la curiosidad, los cinco nobles se despidieron.
Se retiraron en pequeños grupos, murmurando entre sí con la discreción relativa de quienes creen que susurrar basta para no ser oídos, mientras se volvían a mirar a Lyall.
Él los siguió con la vista hasta que se perdieron entre la multitud del recibidor.
En el carruaje, con el sombrero quitado por fin y apoyado sobre el asiento de enfrente, Rebecca se recostó contra el brazo de Lyall sin perder la sonrisa.
—¡Ay, mi lobo! Esos caballeros te adoraron. Creyeron que eras noble. —Se giró para mirarlo—. Y además te compararon con el rey Josías, ¡el antiguo monarca del reino de los años dorados! Así los llama mi padre.
Lyall la contempló. Ella detectó un matiz distinto en su expresión. No era su calma habitual, ni el asombro que le causaron los elefantes, ni la satisfacción del lobo que había estado aullando con los otros. Era otra cosa, más quieta, más profunda.
—Cuando... se quemó... el establo —comenzó a decir él, con su habitual lentitud al hablar.
Rebecca dejó de reír y lo escuchó con atención—.
El doctor Walter... me dijo... hasta... nunca...
príncipe. —Hizo una pausa, buscando el hilo de los recuerdos—.
Él lanzó... la linterna. Luego... el fuego... inició.
Rebecca frunció el ceño despacio, procesando la información.
—¿En serio eso dijo el doctor Walter?
Él asintió.
Ella se le quedó viendo un momento, analizando la situación.
El doctor Walter había trabajado en el palacio real durante años; aquel no era un secreto para nadie.
Formaba parte de su historial profesional, algo que el mismo lord Adriel mencionaba a veces.
Y si conocía el palacio, conocía los retratos.
Incluso habría visto al antiguo rey en persona.
—¿De verdad intentó matarte?
Lyall asintió de nuevo.
—Yo te creo —afirmó Rebecca, con una calma que cortaba como un filo—. No tienes motivos para mentirme. No sabrías cómo hacerlo y carecería de sentido.
Desvió la mirada hacia la ventana del carruaje, incapaz de detener el rumbo de sus pensamientos.
Los nobles del teatro, todos mayores y con acceso a la corte real, habían reaccionado igual al verlo.
El doctor Walter jamás había comentado nada sobre el parecido, aunque por supuesto que debió notarlo.
Y luego estaba el atentado en el establo, coronado con esa palabra suelta, como si Walter no hubiera podido resistirse a pronunciarla antes de dejarlo morir.
Con el pecho oprimido por las sospechas, Rebecca regresó la vista hacia Lyall y le acarició el rostro con la mano izquierda, la que no tenía la muñeca vendada.
—¿Te imaginas que de verdad pertenezcas a la familia real? Es que... —ella tragó saliva—, si te pareces tanto al rey Josías, ni siquiera el rey Caín, que es su propio hijo... Ese sería un motivo idóneo para que el doctor Walter... —Rebecca no terminó la frase.
Hablaba en voz baja, sin una convicción real, permitiendo apenas que la idea flotara en el aire que compartían.
—La familia real fue asesinada —continuó—.
Los espías de Horeb los mataron, eso fue lo que se aseguró siempre.
—Frunció los labios—. Mañana iremos al palacio.
Cuando la reina madre te vea... —se detuvo y esbozó una leve sonrisa—.
Seguro se sorprenderá también. Dirá: «Oh, qué joven tan parecido a mi difunto esposo».
Intentó usar un tono de broma y soltó una pequeña risa, pero el gesto fue más corto que de costumbre. Sentía una extraña opresión en el pecho al conectar el intento de asesinato, la confesión de Lyall y el encuentro con los caballeros. Aun así, procuró restarle importancia y añadió:
—¡Y me pondré muy celosa cuando pase, cuando la reina te mire de otra manera!
Lyall sonrió porque ella lo hacía, con esa curvatura en los labios que no podía evitar cada vez que la tenía cerca.