El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El caballero y el zoológico #2
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El caballero y el zoológico #2

Rebecca, testigo de todo, se cubrió la boca con la mano. Sus hombros empezaron a sacudirse, incapaz de contener la risa ante la osadía de Lyall, mientras el exsoldado bajaba la cabeza dejando de aullar luego de un rato, bastante satisfecho con el resultado.

Alrededor, los visitantes se apartaban o se acercaban según su temperamento; algunos con los ojos como platos, otros buscando el origen del primer aullido. Un niño pequeño señaló a Lyall con el dedo y tiró de la manga de su madre.

—¡Ese señor también es un lobo!

La mujer lo hizo callar, mortificada.

Después de la visita a los lobos, y el resto de los animales del zoológico, fueron a la plaza comer helado, el segundo Lyall lo comió más despacio que el primero.

Solo un poco más.

Rebecca le había recordado, con toda la paciencia del mundo, que el helado era frío y que si uno lo comía despacio duraba más y sabía mejor.

Lyall aplicó la instrucción con la misma seriedad que aplicaba a cualquier otra, aunque a mitad del proceso decidió que prefería las dos versiones y que la rapidez tenía ventajas que Rebecca no estaba valorando como debería.

Recorrieron la plaza, ella con su helado de vainilla que comía a pequeñas cucharadas, él con el de sabor a naranja que desapareció antes de llegar al siguiente banco. Rebecca le señaló la heladería con un gesto.

Él fue a buscar el tercero.

Cuando regresó, Rebecca lo miró.

—Dijiste dos.

—Tengo… hambre.

—Siempre tienes hambre.

Lyall sonrió.

—Sí.

Siguieron el recorrido.

Para el almuerzo encontraron un local pequeño con mesas de madera bajo un toldo de lona. El menú tenía sopa como primer plato y Rebecca lo señaló en el papel sin dudarlo.

—Sopa. Es lo más seguro cuando no se sabe bien qué comer.

Lyall asintió. La sopa llegó en tazones hondos con pan al costado. Era de verdura, con trozos de papa y algo que olía a tomillo desde que el mesero la dejó sobre la mesa.

Lyall la sorbió.

No fue un sorbo discreto. Fue el sonido natural de alguien que toma la sopa de la manera más directa posible porque una cuchara para ese volumen de líquido era, en su escala, un instrumento innecesariamente pequeño. El ruido llegó a la mesa de al lado.

Rebecca lo miró. Luego miró su propia cuchara.

Y entonces hizo lo mismo que su lobo.

Sorbió la sopa directo del tazón, sosteniendo la cerámica caliente con ambas manos, los codos apoyados en la mesa y los ojos cerrados un instante por el calor.

La pareja de la mesa contigua se les quedó viendo, escandalizada por semejante falta de modales en dos jóvenes que vestían como nobles. Rebecca abrió un ojo, registró la expresión de la mujer y volvió a cerrarlo sin inmutarse.

Lyall la observó de reojo, con una diminuta sonrisa dibujándosele en los labios mientras comía.

Terminaron su almuerzo sin cruzar palabra, sumidos en un silencio cómodo, mientras el local a su alrededor mantenía el ritmo habitual de cucharas y conversaciones sin que nadie más los molestara.

Cuando acabaron con la sopa y el pan también, Rebecca dejó el tazón sobre la madera y suspiró con satisfacción.

—Sí que sabe mejor así, mi lobo, tienes razón.

Lyall asintió. La miró en silencio, con esos ojos azules que solo se ablandaban cuando la contemplaban a ella.

—Sí.

Fue lo único que dijo Lyall y luego desvió su atención al plato vacío.

Rebecca vio el cartel del teatro desde el carruaje, mientras cruzaban la calle principal de regreso a casa.

—Espera, quisiera el ir al teatro ¡Para el carruaje por favor! —exclamó hablándole a su chochero.

El carruaje se detuvo. Ella ya tenía el cuello estirado hacia la ventana, leyendo.

—Función a las dos de la tarde —se giró hacia Lyall—. Estamos a tiempo. ¡Vamos! Quiero entrar.

Él miró el edificio. Era de piedra clara, con columnas en la fachada y un par de figuras talladas sobre la entrada que sostenían máscaras de expresiones contrarias. Afuera, la gente entraba en grupos pequeños, vestida con las mejores galas para un evento donde el propósito era ver y ser visto.

—¿Tú... quieres?

—Sí, yo quiero. Y llegamos en buena hora, la función está a pocos minutos de iniciar. —Rebecca lo miró con esos ojos que nunca pedían permiso—. Vamos —insistió.

Bajaron del carruaje y entraron al teatro. El encargado de la puerta los recibió con una respetuosa inclinación de cabeza.

—Buenas tardes, caballero. Señorita. Bienvenidos.

Adentro, otro empleado se acercó enseguida.

—Por favor, síganme. Tenemos un lugar ideal para la silla de ruedas de la señorita, con excelente vista al escenario.

El acomodador los guio hacia el lateral de los palcos sin necesidad de que se lo pidieran.

Lyall empujaba la silla de ruedas en silencio, pero algo en su interior se sentía inusual.

Estaba acostumbrado a que las personas lo miraran con recelo; siempre había un gesto, un tono frío o una distancia prudencial cuando él se acercaba.

Casi siempre lo habían tratado con aspereza: en el frente de guerra, en la granja con el sargento Wallace, en la mansión. Siempre.

Aquí no había nada de eso. Nadie lo trataba como a un animal callejero.

«Es la ropa», pensó. «Quizás esta corbata que me ahoga y los zapatos que me aprietan a los lados hacen que la gente vea algo distinto antes de notar el resto. Si me tratan bien, tiene que ser por eso».

Pero no era solo la ropa, como él creía.

Cualquier hombre podía ponerse un traje y seguir luciendo igual.

Lo que Lyall llevaba encima no se cosía ni se abotonaba: era el porte innato de quien jamás debió dormir en un establo, cargar cubos de agua ni recibir bofetadas en un almacén.

Era algo que habitaba en él desde antes de la miseria, intacto a pesar de todo, y que el traje solo ponía en evidencia.

Lyall era hijo de un rey; su sangre cargaba con un linaje tan antiguo que ni él mismo alcanzaba a imaginarlo.

Sin embargo, más allá de la dignidad recuperada, lo que de verdad le importaba era otra cosa.

Lo valioso era que podía estar al lado de Rebecca sin esconderse.

Que cuando la función empezó y las luces del recinto bajaron, pudo inclinarse hacia ella para besarla, tomar su mano y sostenerla así durante toda la obra, sin que nadie en el teatro tuviera una sola razón para voltear a mirarlos con mala cara.

La función era música y movimiento sobre el escenario: figuras vestidas con telas de colores que se cruzaban y se alejaban al ritmo de los instrumentos ocultos en el foso.

Lyall no entendió la historia, si es que la había, pues en el fondo le parecía aburrida; sin embargo, siguió la trama lo mejor que pudo.

En un momento, una voz femenina empezó a cantar y él inclinó la cabeza apenas, calibrando el sonido.

Era la primera vez que escuchaba algo así; le resultaba increíble que una melodía tan agradable pudiera brotar de una garganta humana.

En cuanto los cantos cobraron fuerza, aguzó los sentidos, con el rostro serio fijo en el despliegue del musical.

Rebecca se volteó para observarlo. Al ver lo absorto que estaba con el espectáculo, le tomó la mano con una sonrisa. Él no se apartó; al contrario, le devolvió un leve apretón.

Estuvieron así el resto de la función, con los dedos entrelazadas sobre el apoyabrazos compartido; él atento al escenario y ella dividiendo su atención, en partes iguales, entre la obra y su lobo.

Cuando la obra terminó y la gente comenzó a levantarse, Rebecca miró a Lyall con una sonrisa tranquila.

—No salgamos todavía, mi lobo —le pidió, señalando hacia las grandes puertas—. Paséame un momento por el recibidor, quiero ver los cuadros.

Él asintió y empujó la silla de ruedas despacio hacia el espacio amplio de techos altos.

Varios retratos de escenas teatrales de meses anteriores colgaban de las paredes laterales, reflejándose en el suelo brillante.

Lyall mantenía el paso lento mientras ella inclinaba la cabeza hacia los lienzos, leyendo las inscripciones en los marcos.

—Qué interesante, han estado activos todo este año. Deberíamos venir más seguido, Lyall —comentó Rebecca con la vista fija en los lienzos.

Fue entonces cuando un hombre robusto se acercó a ellos.

Tenía el bigote blanco, lentes redondos que le agrandaban las pupilas y una cadena dorada sobre el chaleco que delataba un cargo oficial en la corte real.

Venía acompañado por otros dos caballeros mayores, vestidos con la elegancia característica del círculo que frecuentaba la realeza de Sabaoth.

—Lady de Bethel —dijo el hombre, inclinando la cabeza—. ¡Qué sorpresa tan agradable encontrarla aquí!

—Buenas tardes —respondió Rebecca, con la impecable compostura heredada de su linaje.

Sin embargo, el aristócrata ya no la miraba a ella. De hecho, el grupo no se había aproximado por la joven, sino para examinar de cerca a su acompañante. No disimulaban en lo más mínimo; recorrieron a Lyall de pies a cabeza con una insistencia extraña.

Lyall recibió aquellas miradas sin moverse ni alterar su expresión, analizando en décimas de segundo si los recién llegados representaban una amenaza.

No lo parecía. Al estudiarlos mejor, descubrió que sus expresiones se asemejaban a la de Berto cuando vio su brazo quemado que tenía una mezcla de sorpresa, desconcierto e intensa impresión.

—Perdone la pregunta —dijo el hombre de lentes, forzando un tono casual que no lograba dominar demasiado bien—, pero ¿quién es el caballero que la acompaña, milady?

Rebecca siguió la dirección de su mirada. Desvió los ojos un instante, buscando una salida, hasta que su atención se posó en el bastón de adorno que llevaba uno de los nobles: una pieza blanca con empuñadura plateada.

«Le inventaré un apellido», resolvió de inmediato.

—Él es... Lyall White —declaró con una tranquilidad envidiable.

El hombre de los lentes redondos asintió despacio.

—¿De los White de la región de Gibea?

—Los mismos —aseguró ella con tanta confianza que hasta el propio Lyall le creyó.