El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El caballero y el zoológico
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El caballero y el zoológico

La zapatería masculina quedaba a media cuadra de la tienda de vestidos, en un local de fachada oscura con el escaparate lleno de calzado acomodado sobre pedestales de madera clara. Rebecca señaló la vitrina desde la silla de ruedas antes de que Lyall terminara de empujar la puerta para entrar.

—Esos —comenzó a decir la rubia al instante que entró—. Los negros con hebilla. Son perfectos para ti, Lyall.

Él miró los zapatos. Luego miró sus botas. Y por último volvió a fijar la vista en Rebecca con una expresión que no llegaba a ser protesta, pero se le acercaba bastante.

—Estos… —señaló sus botas— están… bien —intentó él, queriendo decir en pocas palabras que no necesitaba calzado nuevo.

—No están bien, Lyall —declaró ella, volteándose para mirarlo de frente—. Esas botas son de sirviente. Esto es calzado de caballero. Harán juego con tu ropa nueva. —Rebecca lo contempló con calma, pues ya tenía la decisión tomada—. Vamos.

Cuando Rebecca le indicó al zapatero el par que quería, el hombre le midió el pie al lobo, hizo una mueca y se retiró al almacén.

Tardó diez minutos en encontrar la talla correcta; las medidas de Lyall lo hicieron fruncir el ceño tres veces.

Al final, puso sobre el mostrador unos zapatos negros de hebilla con el cuero tan lustrado que devolvía la luz del local como un espejo pequeño.

—Siéntese aquí, joven —indicó el zapatero, señalando un banco.

El exsoldado se quitó las botas, que estaban algo sucias, y se calzó los zapatos nuevos. El cuero olía distinto, más nuevo, más cerrado. Le apretaban en los costados de otra manera, pero no hasta el punto de ser insoportable. Se puso de pie y dio dos pasos.

Rebecca lo observaba con las manos juntas sobre el regazo y una enorme sonrisa.

—¿Cómo se sienten?

—Como si... alguien... me metió... los pies... en una caja.

Rebecca soltó una carcajada que le provocó una tos pequeña y rápida, la cual sofocó de inmediato con el pañuelo.

—¡Perfecto! —exclamó, emocionada porque ahora su lobo lucía mucho más elegante—. Se llevará los zapatos puestos. Ya te acostumbrarás a la sensación de zapatos nuevos —le dijo ella sin dejar de sonreír.

Lyall bajó la vista hacia sus viejas botas abandonadas en el suelo.

Eran las segundas que tenía desde que llegó a la mansión Bethel; las primeras se habían quemado en el establo, y estas seguramente Anna las había encontrado en algún cajón del almacén y nunca le habían quedado del todo bien.

Las miró un momento más, sin sentimentalismos, y las guardó en la caja vacía.

Sabía que el calzado lustroso que traía ahora no era para usar siempre, sino para la visita al palacio.

—¿Andan buscando un sombrero también? —preguntó el zapatero, aprovechando que tenía un par colgados en la pared para intentar aumentar la venta.

—¡Sí! —se adelantó Rebecca antes de que Lyall pudiera abrir la boca.

El sombrero era de ala media, en un tono gris oscuro que combinaba bien con el azul del traje.

El zapatero se lo colocó en la cabeza al joven, quien se agachó un poco para facilitarle el trabajo.

Le asentaba bastante bien, aunque Lyall tardó en acostumbrarse a sentir ese peso sobre la frente; nunca había usado sombreros, gorras, ni cascos, ni en la guerra y mucho menos después.

Se sintió extraño y lo tocó con los dedos, intrigado y un tanto molesto.

—No te lo quites —pidió Rebecca.

Él bajó la mano con lentitud.

Cuando la rubia pagó todo, salieron a la calle.

Mientras empujaba la silla de ruedas, Lyall escuchaba el sonido seco que el calzado nuevo producía sobre los adoquines, sentía la corbata ajustada al cuello y el sombrero en el ángulo exacto que el zapatero había elegido.

Rebecca se volteaba a cada instante para mirarlo con una expresión fácil de leer: satisfacción mezclada con alegría.

Lyall, por su parte, se sentía más incómodo que nunca.

La corbata lo seguía ahogando. Los zapatos le apretaban los lados y los sentía rígidos, a diferencia de sus botas viejas, que ya estaban amoldadas por el uso y a las que a duras penas se había habituado.

El sombrero le daba calor en la cabeza y tenía que resistir el impulso de quitárselo cada veinte segundos.

Pero Rebecca sonreía, se veía feliz.

Así que no dijo nada. Resistió por ella y, cada vez que ella lo miraba, él le devolvía el gesto con una sonrisa.

«Si ella sonríe, todo está bien», pensó.

La siguiente parada fue el zoológico quedaba en el extremo este de la ciudad real, detrás de los jardines públicos que bordeaban el río.

Una cerca de hierro forjado lo rodeaba por completo y sobre la entrada principal colgaba un arco de madera pintada con letras que Lyall leyó en silencio mientras se acercaban.

Adentro había bastante ruido, típico de los lugares concurridos.

Pero no era el ruido de la guerra, que era un ruido que él conocía demasiado bien y que su cuerpo clasificaba de inmediato como peligro.

Este era otro, más caótico y vivo: niños corriendo, familias caminando despacio, vendedores ambulantes en las esquinas de los senderos y, debajo de todo eso, sonidos que Lyall no había escuchado nunca en su vida fuera de alguna descripción leída en los libros de Berto o en los que le daba Rebecca para leer.

Pagaron la entrada. Un muchacho les indicó el recorrido con un mapa dibujado a mano que Rebecca tomó y estudió con más seriedad de la necesaria.

—Vamos a ver primero los elefantes, mi lobo —decidió—. Siempre quise verlos.

Lyall empujó la silla de ruedas por el sendero de gravilla, vigilando los flancos. Pasaron frente a los flamencos, que permanecían quietos en el agua como si el mundo no tuviera nada mejor que ofrecerles; él los estudió con la misma atención táctica que dedicaba a cualquier novedad.

—¿Qué piensas? —le preguntó Rebecca.

—Son... rosas. Pájaros... rosas.

Recordaba el nombre del color gracias al libro de lectura inicial con el que había aprendido a identificarlo.

—Se llaman flamencos —respondió Rebecca sin dejar de sonreír.

Él asintió y continuó la marcha.

Llegaron al área de los elefantes y eran tres: uno grande y dos más pequeños que caminaban junto a su madre. Lyall frenó la silla de ruedas sin necesidad de que se lo pidieran.

Se les quedó viendo fascinado. Era la primera vez que se topaba con esos animales y su rostro se iluminó por verlos.

Rebecca también los miraba, pero al cabo de un momento desvió la atención hacia él; la expresión de su lobo cuando algo lo maravillaba era de las pocas cosas que no lograba controlar.

Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, los ojos azules muy abiertos y la mandíbula entreabierta.

—Son... grandes, Becca —dijo al fin.

—Mucho.

—Enormes.

—Sí —ella ensanchó la sonrisa.

—Los elefantes... son muy... grandes —repitió Lyall, como si la información necesitara asentarse dos veces para volverse real.

Rebecca se cubrió la boca con el pañuelo para disimular la risa, conmovida por la pureza de su asombro.

Las jirafas los esperaban más adelante. Lyall las vio desde lejos, antes de que llegaran al área, y el cuello de esos animales lo detuvo antes que cualquier otra cosa. Los siguió con la vista de abajo hacia arriba durante varios segundos, recalculando en su cabeza la escala de lo que tenía delante.

—El cuello... —dijo.

—Se llama jirafa.

—El cuello... es demasiado.

—¿Demasiado qué?

Lyall frunció el ceño, buscando las palabras.

—Demasiado... cuello. Para un animal... tan alto.

Rebecca soltó una risa corta y limpia.

—Así son. Les sirve para comer las hojas de los árboles altos.

Él asintió, procesando, y siguió mirando al animal con una expresión que mezclaba el análisis con algo que, en otra persona, habría llamado fascinación.

Los gorilas lo detuvieron también. Había uno sentado en una roca plana, con los brazos apoyados sobre las rodillas y la vista fija en nada en particular. Lyall lo contempló desde el otro lado de la valla de madera y el gorila, en algún momento, lo miró de vuelta.

Los dos quedaron mirándose durante un buen rato.

—Ya vámonos —dijo Rebecca, empezando a notar que la gente alrededor comenzaba a mirar la escena.

Lyall siguió caminando, pero giró la cabeza hacia el gorila una última vez.

El área de los lobos estaba al fondo del recorrido, entre los osos pardos y una jaula de aves nocturnas que aún dormían en la penumbra del recinto que le habían creado en el zoológico. El sendero de gravilla se ensanchaba ahí en una explanada pequeña con bancos de madera para los visitantes.

Dentro del recinto, tres lobos grises se movían entre los árboles plantados sobre una elevación de tierra.

Uno de ellos estaba echado cerca de la valla, con el hocico sobre las patas delanteras.

Los otros dos se desplazaban en círculos lentos que no llegaban a ser nerviosismo, sino algo más parecido al hábito.

Lyall los observó.

Algo cambió en él mientras los miraba. No fue nada dramático ni visible para un desconocido; pero Rebecca sí lo notó porque había aprendido a leer esos sutiles cambios que él nunca nombraba.

Era una especie de reconocimiento. No parecía tristeza como tal, tampoco alegría; algo en el medio, mucho más pacífico.

Lyall los entendía. Los animales lo observaban, preguntándose quién era y por qué habitaba un cuerpo humano.

Al descifrar esa mirada en ellos, él sonrió; luego alzó la cara al cielo, tomó aire por la nariz y aulló.

Fue un aullido pleno, grave y largo, que brotó de su garganta con absoluta naturalidad, como si no existiera ninguna valla de hierro, ninguna ciudad alrededor ni extraños mirando con la boca abierta. Solo estaban él y la manada del recinto.

Los tres animales levantaron la cabeza al instante y lo acompañaron en el aullido.

El que estaba echado se puso de pie. El que caminaba en círculos se detuvo. Y entonces, uno a uno, respondieron.

El lugar se llenó de un coro salvaje.