El día de los vestidos #4
—Me resulta demasiado obvio que sigues mirando a Lyall de una forma descarada —le dijo a Julia, con una calma que guardaba demasiada temperatura adentro—.
Y me desagrada bastante. Si lo vuelvo a notar, me aseguraré de que mi padre cierre esta tienda.
Tenemos suficiente influencia en la nobleza como para lograrlo sin complicaciones.
Y él lo hará solo con que se lo pida. O bien podría apiadarme de la dueña, pero me encargaré de que tú no vuelvas a trabajar nunca más.
Julia palideció.
—Lo lamento, milady, yo no...
—Bien —la interrumpió Rebecca—. Que no se repita.
No era la primera vez que Rebecca reaccionaba así.
En los círculos de la nobleza nunca la habían considerado una lady amable o piadosa; la llamaban "la lady frustrada" en voz baja, asumiendo que su mal genio nacía de la amargura de su enfermedad.
Aquel apodo no resultaba injusto ni demasiado alejado de la realidad.
El dolor la había vuelto impaciente y severa, y su terquedad era innegable.
Pero quienes la conocían de verdad, como Lara o Anna, sabían que debajo de esa capa áspera latía algo vulnerable que el sufrimiento había endurecido, pero no destruido.
Poco después, Lyall regresó. Rebecca no añadió nada más. Julia, ahora más profesional que nunca, prefirió fijar los ojos en cualquier sitio que no fuera el sirviente de aquella posesiva lady. Por su parte, la dueña apareció con dos conjuntos doblados sobre el brazo.
—Milady, armé dos opciones que se acercan bastante a las medidas de su sirviente. Que se pruebe primero este. —Le extendió las prendas a Lyall—. Y luego el otro.
Rebecca indicó el probador con un movimiento de cabeza.
—Anda, Lyall —le dijo, dedicándole una sonrisa cálida.
Él tomó la ropa y fue hacia allá sin hacer preguntas.
Cuando salió unos minutos después, Lyall llevaba un pantalón gris oscuro, casi negro, una camisa blanca y el chaleco encima.
Sostenía la corbata en la mano sin saber muy bien qué hacer con ella.
El resto del atuendo se lo había colocado como solía vestir el uniforme: con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, desarmando por completo la estructura formal del traje.
—No, mi Lyall, así no —dijo Rebecca, con una paciencia afectuosa que resultaba nueva en ella—. Por favor, señora, acomódelo como corresponde. Y la corbata también. Enséñele cómo se la debe poner.
La dueña se acercó de inmediato.
—Enseguida, milady.
Sin perder tiempo, la mujer le abotonó la camisa hasta el cuello, le enderezó el chaleco y le armó la corbata en el nudo correcto, explicando cada paso mientras Lyall escuchaba en silencio.
Por último, le asentó la tela sobre los hombros con las palmas de las manos.
Él aguantó el proceso con los ojos entrecerrados, como si tolerara un trámite molesto pero necesario.
Al sentir el nudo de la corbata, le pareció que lo estaban estrangulando; no protestó, solo miró de reojo a Rebecca.
Ella parecía complacida y sus ojos brillaban, así que no importaba nada más.
«La corbata es como los zapatos —pensó Lyall—. Incómoda, pero es obligaría, me parece. Los nobles usan esto todo el tiempo; debe ser importante vivir sintiéndose asfixiado y con los pies presos en prisiones de cuero».
En medio de sus reflexiones, la mujer tomó un peine y le tiró el cabello hacia atrás, despejándole el rostro con una fijación provisional.
Cuando terminaron de arreglarlo, Rebecca se quedó callada.
Al fondo, a Julia se le cayó una caja mientras ordenaba un estante y se apresuró a disimular el ruido. La dueña miró a su clienta con una sonrisa profesional.
—¿Qué le parece, milady?
—Perfecto… —dijo Rebecca, con una voz más suave de lo habitual mientras lo examinaba de pies a cabeza—. Nos quedamos con este. Pero antes, ve a probarte el otro también, Lyall.
Él soltó un bufido amortiguado, tomó el segundo conjunto de color azul oscuro y regresó al probador. Cuando salió, la dueña le añadió una cadena fina como adorno en el chaleco, buscando inflar la cuenta final. Rebecca ladeó la cabeza, encantada.
—¡Lyall, te quedan bien los dos!
—¿Los dos, milady? ¿Se lleva ambos?
—Ambos. Me los llevo —confirmó Rebecca, mirando a la dueña—. Y la cadena también.
La mujer sonrió de oreja a oreja.
—¿Le dejo puesto el azul, milady?
Rebecca asintió antes de que Lyall pudiera quejarse.
—No, espera. —Lo miró—. Quédate con el azul puesto. Empaquen su ropa de sirviente y el traje gris.
Lyall abrió la boca para hablar, pero ella se le adelantó.
—Vamos a buscarte unos zapatos —añadió Rebecca, con la satisfacción de ver su plan marchar a la perfección. —. Y un sombrero también.
Mientras la dueña iba a buscar el papel de embalaje, Lyall contempló la tela fina de la ropa que llevaba puesta y luego miró a Rebecca.
Ella le sonreía. Era esa sonrisa que le nacía cuando una alegría limpia la desarmaba; la misma de los días en el jardín, las tardes en la biblioteca y las noches en que el mundo fuera del balcón dejaba de existir.
Lyall no entendía por qué un atuendo de tela cara provocaba aquello, pero verla sonreír era lo único que le importaba en el mundo.
Y eso, como siempre, bastaba.