El día de los vestidos #3
Ella asintió, aunque la risa le había dejado la mirada brillante.
—Sí. Optimista. Nunca dices nada triste cuando me hablas. Siempre estás bien, nunca te pasa nada, y ahora resulta que hasta voy a poder caminar a tu lado algún día. Dame un poco de esa fuerza, Lyall, que a mí me falta bastante.
Rebecca extendió la mano hacia él. Él la recibió, rodeando los dedos pálidos y delgados de su amada con los suyos, y se inclinó para darle un beso breve en los labios, aprovechando que no había nadie cerca y cediendo a lo que el pecho le pedía desde que la había encontrado en el suelo del baño.
Rebecca cerró los ojos un momento al separarse.
—Gracias —murmuró, aún con los párpados caídos, sintiendo que al lado de su lobo todo estaría bien, sin importar qué ocurriera afuera.
Cuando el desayuno llegó, Rebecca comió mejor de lo que cualquiera en la mansión habría esperado después de la mañana que había tenido.
La fiebre bajó con el agua fresca y el tiempo.
Los medicamentos que Lyall le dio —los únicos que él consideraba que no olían a nada malo— hicieron su trabajo.
Mientras ella descansaba, el exsoldado limpió el desastre del baño y regresó a Rebecca a la tina para terminar de asearla bien, ya que se había vuelto a ensuciar con la caída.
Después le puso un pijama limpia y, a petición de ella, le peinó el cabello con el mayor cuidado del que era capaz.
Alrededor del mediodía, el color había regresado a las mejillas de la rubia en una proporción aceptable y sus ojos tenían más brillo.
Se incorporó en la cama y buscó a Lyall.
—Vamos —dijo.
Él se la quedó viendo.
—¿A… dónde?
—A buscar los vestidos. Y a comprarte un traje.
Lyall apretó los labios.
—Estabas... enferma.
A él no le hacía ninguna gracia la idea de que salieran.
—Ya no estoy enferma —declaró ella—. Estoy embarazada, que es distinto. —Se movió hacia el borde de la cama y le sonrió—. Ayúdame a vestirme, por favor. Quiero verme bonita.
Lyall la miró fijo durante tres segundos exactos. Luego obedeció como siempre y fue directo al armario.
Cuando bajaron, Adriel estaba en el recibidor como si hubiera permanecido plantado ahí desde que se fue, aunque lo más probable era que llevara poco tiempo.
Miró a su hija. Después se fijó en el vestido, en el cabello recogido y en la manera en que Rebecca sostenía el bolso con la mano izquierda, ya que la derecha tenía la venda oculta bajo el guante.
—Hija, no vas a salir. Aún te ves pálida.
—Estoy bien, papá.
—Esta mañana estabas en el suelo del baño, vomitaste y me dijeron que tenías fiebre.
—Y ahora estoy aquí de pie. —Hizo una pausa, sonriendo—. Bueno, sentada. Pero lista. Tú me entiendes.
Adriel exhaló. Luego, llamó a Lyall con un gesto de la cabeza hacia el corredor lateral.
El lobo obedeció sin preguntar. Siguió al lord hasta el espacio entre el recibidor y el pasillo, fuera del alcance del oído de Rebecca, y Adriel se volvió hacia él con el semblante que usaba cuando necesitaba que algo quedara bastante claro.
—Si a mi hija le ocurre algo grave ahí afuera —dijo en voz baja, con una calma más peligrosa que cualquier grito—, te mueres. ¿Me entiendes?
Lyall lo miró sin moverse. No dijo nada.
—Cuídala. Llévate sus medicamentos. Y si hay cualquier señal de que empeora, regresas de inmediato.
Lyall asintió una sola vez, sin vacilar.
Las amenazas no lo perturbaban; llevaba demasiados años viviendo rodeado de ellas como para que le hicieran algo.
Lo único que procesó con atención fue la orden sobre las medicinas, que Adriel le extendió en una pequeña bolsa de tela que ya tenía lista, sabiendo que su hija terminaría saliendo sin importarle nada más.
El lobo se guardó el envoltorio en el bolsillo interior del chaleco.
Y volvieron al recibidor.
El trayecto hasta la ciudad real fue tranquilo. Rebecca estaba recostada contra el hombro de Lyall con los ojos entrecerrados; no dormía, pero estaba cerca, sumida en esa quietud que el cuerpo produce cuando ha tenido una mañana difícil y al fin encuentra un lugar donde dejar de esforzarse.
Lyall miraba por la ventana, disfrutando del camino que recorrían, pero todavía más de estar así de cerca con su amada, sintiendo su aroma, su peso, todo.
En algún momento, sin buscarlo, bajó la vista hacia las manos de ambos.
Rebecca se había quitado los guantes durante el trayecto y ahora una de sus manos descansaba sobre el regazo, pequeña y pálida, con las venas del dorso dibujándose bajo la piel translúcida.
La suya estaba al lado: grande, oscurecida por el sol y los trabajos del jardín, marcada por cicatrices que los años no habían borrado del todo porque habían sido heridas demasiado profundas, de esas cuyas huellas ni su propia capacidad de sanación lograba borrar.
Él sonrió de medio lado y tomó la mano de su Becca. Entrelazó los dedos con los de ella, esquivando la muñeca vendada, y luego la cubrió con su otra palma como si quisiera protegerla de cualquier ráfaga de frío.
Rebecca notó el gesto y giró la cabeza para mirarlo.
—¿Qué sucede, mi lobo?
Él le sostuvo la mirada.
—Te... protegeré —dijo con esa voz ronca que no terminaba de sonar fluida, pero que resultaba más sincera que cualquier otra que la joven noble hubiera escuchado jamás—. Becca, te protegeré… de todo... y de todos.
A ella le dio un vuelco el corazón al escucharlo llamarla así; "Becca" sonaba tan dulce en su boca. Lo contempló un momento viendo esos ojos azules de él, tan directos que a veces daba la impresión de que él podía leer lo que ella intentaba ocultar. Luego, sonrió y se acurrucó más contra él.
—Lo sé —susurró—. Contigo estoy segura, mi Lyall.
Se estiró un poco y lo besó. Fue un beso suave, breve, con los ojos cerrados, mientras el carruaje seguía su rumbo y el paisaje afuera avanzaba sin detenerse.
La campanita de la tienda de vestidos y textiles sonó cuando entraron.
Julia, la empleada, apareció desde el fondo antes de que nadie la llamara.
Al ver a Lyall detrás de la silla de ruedas de lady Rebecca, su expresión se alteró por un instante antes de lograr controlarse; carraspeó justo cuando la dueña salía detrás de ella, exclamando:
—¡Qué alegría que hayan llegado, milady! Sus vestidos están listos. Julia, trae las cajas de lady de Bethel.
—Sí, ya voy —respondió la muchacha, desapareciendo hacia el fondo.
Rebecca miró a su alrededor, observando la tienda con la atención minuciosa que ponía en cualquier espacio que pudiera resultarle útil.
—Además de mis vestidos, vengo por otra cosa. Tiene sección masculina, ¿verdad?
La dueña levantó una ceja.
—Por supuesto. ¿Busca algo para lord Adriel o algún noble, milady?
—No —dijo Rebecca—. Para él.
Señaló a Lyall sin ceremonias. La dueña giró la cabeza hacia el sirviente, que se mantenía de pie con las manos en las empuñaduras de la silla de ruedas y su habitual expresión neutra. La mujer sacó la cinta métrica del delantal con una velocidad que indicaba años de oficio.
—Permítame. Por favor, ¿podrías acercarte?
Lyall dio un paso al frente y la dueña comenzó a tomarle las medidas con eficiencia. Primero los hombros, luego el largo de los brazos, el pecho, la cintura y las piernas.
—¡Oh! Las piernas son muy largas. Y los brazos, su torso...
—hizo una pausa, reajustando la cinta—, también.
Pero la cintura no es tan pronunciada. —Se echó hacia atrás y lo examinó de arriba abajo—.
Déjeme ver qué consigo. Con complexiones así lo ideal es confeccionar piezas a medida para que luzca perfecto, pero si necesita algo para hoy mismo...
Rebecca frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir con "complexiones así"?
La dueña hizo un gesto conciliador.
—¡No lo tome como una ofensa, milady! Me refiero a que su sirviente tiene una constitución que no corresponde con los patrones habituales.
La mayoría de mis clientes son bajos, o muy delgados, o todo lo contrario.
Él es... diferente. Más alto, más ancho de hombros, de brazos y piernas.
—Se apresuró a añadir—: No es un problema, solo tendremos que combinar piezas y ajustarlas.
—Está bien —dijo Rebecca, no muy convencida—. Vea qué tiene.
La mujer se retiró al fondo en ese momento, y entonces reapareció Julia con las tres cajas de los vestidos. La joven las depositó sobre el mostrador con cuidado y, casi sin poder evitarlo, desvió la mirada hacia el sirviente y le sonrió. Lyall ni se dio por enterado.
Sin embargo, Rebecca sí lo notó. Apretó los labios mientras sostenía el pañuelo entre sus manos por si le venía la tos.
—Ve a dejar las cajas al carruaje, Lyall.
Él asintió, tomó la carga sin esfuerzo visible y salió por la puerta con su calma característica.
En cuanto la puerta se cerró, Rebecca se acomodó los guantes y soltó justo lo que pensaba.