El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El día de los vestidos #2
84%

El día de los vestidos #2

—Lyall… sí viniste —dijo, y con eso se le terminaron las pocas fuerzas que le quedaban, porque empezó a llorar más.

El rostro de él se transformó con una mueca imposible de describir.

En un segundo cruzó la distancia en dos pasos, se agachó frente a ella y la cargó, ajustando un brazo bajo las rodillas de ella y el otro en la delicada espalda.

Su Becca era delgada, siempre lo había sido, pero esta mañana la sentía más liviana que de costumbre.

La llevó a la cama.

La acomodó contra las almohadas, buscó de inmediato una bata de baño para cubrirla con cuidado y se quedó de pie mirándola un momento. Ella tenía la piel demasiado blanca, incluso para lo habitual en ella, los ojos resentidos por las lágrimas y seguía sujetándose la muñeca lastimada.

Rebecca no le quitaba la mirada de encima.

—¿Cómo viniste? —preguntó, con la voz todavía rota por el llanto—. Me estabas escuchando... ¿Cómo pudiste escucharme?

Lyall se sentó en el borde del colchón, frente a ella.

Asintió despacio. No tenía una forma clara de explicar lo que había sentido en el pecho mientras desayunaba en la casita de Berto, esa presión repentina que no era dolor, sino una alarma silenciosa.

No sabía si existían palabras para eso. Así que solo asintió, dejando que ella interpretara el milagro como quisiera mientras extendía la mano para acariciarle el cabello.

Después, al notar que la boca y parte del cuerpo de Rebecca seguían sucios por el vómito, Lyall se levantó con rapidez.

Buscó un cubo de agua en el baño y una toalla que usó para comenzar a limpiarla con delicadeza.

Mientras lo hacía, no apartó la vista de la muñeca que ella seguía sosteniendo contra su propio pecho.

Él, sin decir nada, extendió la mano y señaló la muñeca con una inclinación de cabeza.

Rebecca le mostró el brazo sin oponer resistencia, levantándolo poco a poco.

Lyall la tomó con una delicadeza que siempre parecía imposible en manos tan grandes, sosteniéndola por debajo, y pasó los dedos cerca de la zona hinchada sin llegar a tocarla muy fuerte.

La piel en esa área estaba más caliente que el resto y algo roja.

Frunció los labios y, por puro instinto, comenzó a lamerle el área lastimada. Él solía lamerse sus propias heridas cuando dolían, por eso lo hizo. Rebecca entrecerró los ojos al verlo actuar así.

—Lyall… me haces cosquillas —susurró, dibujando una media sonrisa.

Él sabía en el fondo que eso no le aliviaría el dolor a ella, pero quiso hacerlo de todas formas.

Después de todo, recordaba lo que un soldado necesitaba; lo había visto en la guerra.

Aunque él jamás requirió asistencia porque sus heridas se cerraban solas, sabía cómo funcionaba el proceso.

Se levantó, fue al armario donde el doctor Walter dejaba parte de su equipamiento y encontró lo que buscaba: una venda de tela blanca enrollada, de las que se usaban para proteger las articulaciones.

Regresó y se arrodilló frente a Rebecca para estar más cómodo.

Tomó la muñeca con el mismo cuidado de antes y comenzó a envolverla, aplicando la tensión correcta: ni tan apretada para no cortar la circulación, ni tan floja como para que no sirviera de nada.

Era una habilidad grabada en la memoria del cuerpo más que en la mente.

En el pasado, le había vendado varias extremidades al sargento Wallace, y también observaba cómo lo hacían en las enfermerías de campaña mientras a él lo dejaban en un rincón esperando a que se curara solo.

Como no tenía mucho que hacer, se dedicaba a mirar lo que otros hacían, guardando cada detalle en silencio; asumía que necesitaría esa información para atender al sargento cuando estuvieran demasiado lejos de una enfermería.

Ahora, ese mismo conocimiento lo estaba aplicando con su amada.

—Gracias, mi Lyall —dijo Rebecca cuando él terminó con la venda.

Él le sonrió. Luego, comenzó a masajearle los dedos de esa misma mano con suavidad, trabajando alrededor de la tela. Ella cerró los ojos y dejó salir un suspiro que llevaba dentro todo el agotamiento de la mañana.

Fue en ese momento cuando la puerta se abrió.

Adriel entró con el rostro tenso, preparado para lo peor, seguido de cerca por Anna, que jadeaba un poco por el esfuerzo de subir las escaleras más rápido de su ritmo habitual.

El lord se detuvo al ver a su hija en la cama, pálida y con el brazo vendado.

Cruzó el cuarto en cuatro pasos largos, apartando a Lyall de un empujón sin importarle nada.

—¿Qué pasó, hijita? ¿Qué pasó?

Lyall se hizo a un lado sin protestar, cambiando de posición, pero permaneciendo cerca.

—Vomité —dijo Rebecca, con una calma que era más agotamiento que serenidad—. Me levanté débil esta mañana, me tropecé al salir de la bañera y me lastimé la muñeca.

Adriel la miró, después fijó la vista en la venda y por último se enfocó en Lyall, que seguía al lado de la cama como si el espacio le perteneciera.

—Los vómitos son por el embarazo, es lo más seguro —dijo el lord, apretando la mandíbula al pronunciar la última palabra—. Hija, necesitas descansar. No puedes estar sola en el baño, ya te lo hemos dicho cien veces.

—Lo sé, lo sé —respondió Rebecca, sin energía para discutir con su padre.

Adriel miró de nuevo a Lyall. Fue una mirada cargada de cosas que ninguno de los dos iba a decir en voz alta. El lord exhaló por la nariz.

—Hija...

—Me sentiré mejor, papá —lo interrumpió Rebecca—. Son síntomas. El bebé está creciendo y mi cuerpo aprende a adaptarse. Es normal. Durante la caída traté de proteger el estómago y la cabeza, así que asumo que estoy bien. No sé si mi bebé ya está comenzando a formarse, aun no lo sé.

Se llevó la mano libre al vientre con un gesto tan natural que nadie en el cuarto pudo fingir no haberlo visto. Adriel apretó los labios. Anna miró al suelo.

—Aún es muy pronto, milady… —dijo Anna mientras se apretaba el delantal con las manos, mirándola con la preocupación de una madre ante su hija enferma.

Rebecca la quedó viendo y después desvió la atención hacia su padre.

—Quiero que Lyall se quede conmigo durante todo mi embarazo. Si alguien debe ayudarme, quiero que sea él —continuó Rebecca—. Hasta que me sienta mejor. Vino corriendo cuando lo llamé; no sé cómo pudo escucharme desde donde estaba, pero lo hizo. —Lo miró—. Si me ocurre algo más, él sabrá qué hacer.

El lord miró a Anna.

—¿Es verdad?

Anna asintió con cierto recelo.

—Sí, milord. Entró a la mansión como si lo persiguieran. Y cuando llegamos... —señaló a Rebecca con un gesto elocuente—, todavía no entiendo como pudo saber que la señorita necesitaba ayuda.

Adriel guardó silencio un momento. Era el silencio de un hombre que odia tener que darle la razón a otro, pero que tampoco puede negársela. Miró a Lyall, que continuaba junto a la cama con la misma quietud inmutable de siempre, con los brazos a los costados.

El lord no dijo nada. Miró de reojo el cubo que estaba sobre la mesita de noche, tomó la toalla, la humedeció y empezó a limpiar con suavidad el rostro de su hija.

—Papá —insistió Rebecca mientras él le pasaba la toalla con cuidado—, quiero que Lyall se quede conmigo hasta que me sienta mejor.

Adriel no respondió de inmediato. Terminó de limpiarla, se incorporó y miró al lobo una vez más con la mezcla de rabia impotente y resignación que ya se había vuelto su expresión habitual. Al final, asintió.

—Está bien. Que se quede. Si vino a ayudarte de una forma casi milagrosa… es algo que no puedo ignorar —suspiró con cansancio—. Anna, tráele el desayuno aquí a mi hija.

—Sí, milord. Ahora mismo.

—Y tú —dijo Adriel, mirando a Lyall—, cuídala.

No era una petición, tampoco una orden directa. Era lo más parecido a una concesión que Adriel de Bethel sabía hacer sin que se notara demasiado cuánto le costaba.

Se fue, y Anna lo siguió cerrando la puerta.

Cuando los pasos de los dos se perdieron por el pasillo, Lyall volvió a sentarse en el borde de la cama, cerca de su sargento.

Ahora que estaban solos otra vez, Rebecca lo miró con esa sonrisa pequeña que le salía cuando algo salía mejor de lo que esperaba.

Él también le sonrió y se agachó para besarle la frente.

En cuanto lo hizo, notó lo que ya había sentido antes al cargarla: tenía la piel ardiendo.

Sí. Ella tenía fiebre.

Se levantó, fue a buscar agua fresca en la jarra que Anna cambiaba cada mañana, encontró un paño limpio en el cajón junto al lavabo y lo empapó bien. Regresó, lo escurrió sobre el borde del cuenco y se lo colocó en la frente a Rebecca con total serenidad.

Ella abrió los ojos con sorpresa. El doctor Walter no le había mencionado nada sobre calmar la fiebre con compresas húmedas antes de marcharse.

—¿Cómo se te ocurrió esto, Lyall? ¿Y también lo de la venda en mi mano? —preguntó, indicando la muñeca con la mirada.

Lyall frunció los labios, pensativo, y apuntó hacia el paño con un gesto de la cabeza.

—El sargento Wallace... estuvo caliente... una vez —dijo, arrastrando las sílabas como acostumbraba, pero sin detenerse—. Me dijo... que le pusiera eso aquí —se tocó la frente—. Las vendas… igual. En la enfermería, los soldados… —suspiró—. Yo veía…

Se apuntó a sí mismo y luego al paño.

—Lo recordé.

Se dio un toque en la sien con un dedo.

—Yo... te cuidaré. Estarás bien.

Volvió a detenerse por un momento. Rebecca solo lo miraba sonriendo mientras él, usando los dedos índice y medio, imitó el andar de una persona sobre la sábana.

—Incluso podrás… caminar.

Luego usó la otra mano e hizo el mismo gesto a la par, simulando que dos personas avanzaban juntas.

—Conmigo… caminaremos. Juntos.

Rebecca lo contempló un segundo, observando el rastro de sus dedos sobre la cama, y soltó una risa pequeña, espontánea y real, que terminó en una leve tos que cesó rápido.

—Lyall, me he dado cuenta de algo.

—¿Qué? —preguntó él, sujetándole una mano.

—Cuando hablas... —empezó a decir ella— eres bastante optimista.

Él contrajo el ceño un poquito.

—¿Optimista...? —preguntó, entrecerrando los ojos.