El día de los vestidos
Esa mañana, Rebecca se levantó sintiéndose rara, si tuviera una forma de describirlo.
Cuando abrió sus ojos, como siempre sucedía, Lyall no estaba ahí; ella lo comprendió a la perfección, como cada día.
Sin embargo, cuando se sentó en la cama, sintió como todo el mundo le daba vueltas.
Aun así, lo ignoró, tomó el bastón que estaba al lado de la cama y fue con lentitud, caminando como si todo le doliera hasta el baño.
Se sentó en una silla que estaba cerca de la bañera mientras esta se llenaba, entrecerró sus ojos y luego se restregó la cara con cansancio.
—Ah… no me siento bien hoy —susurró Rebecca con una mueca en su rostro, pero decidió pasarlo por alto.
En el momento que el agua llegó al nivel adecuado, se quitó la pijama con sumo cuidado.
Con la paciencia de todos los días y el cuerpo temblando por el esfuerzo, entró en la bañera.
Al comenzar a asearse, el olor del jabón la tomó por sorpresa: por primera vez en su vida, el aroma le revolvió el estómago.
Hizo una mueca de asco, pero, decidida a no prestarle atención, continuó bañándose.
Justo cuando terminaba, una oleada de náuseas y calor le subió por la garganta.
Tuvo que aferrarse al borde de la tina con ambas manos para no perder el equilibrio; el vapor del agua caliente solo empeoraba la situación.
Respiró hondo por la nariz y esperó un momento, convenciéndose de que el malestar pasaría.
Después de todo, las últimas dos noches había dormido bien al lado de su lobo y se había alimentado como debía.
El bebé que crecía en su vientre no tenía por qué complicarle esa mañana tan específica.
Era el día que tanto había esperado desde que Lara la invitó al palacio; hoy saldría a buscar sus vestidos y la emoción era lo único que quería sentir.
Pero su cuerpo rara vez le hacía caso.
Salió de la bañera aferrándose al bastón con la mano izquierda.
El suelo estaba mojado, ella lo sabía, y aun así avanzó porque siempre avanzaba, aunque todo le dijera que no lo hiciera.
Era su terquedad particular, la misma que la hacía bañarse sola, aunque todos le hubieran repetido durante años que era peligroso, que necesitaba ayuda, que su cuerpo no era de fiar cuando el suelo estaba húmedo y sus rodillas seguían siendo sus rodillas: débiles, flacas y feas, desde su perspectiva.
Y fue entonces cuando, de repente, su pie derecho resbaló.
Sucedió rápido y lento al mismo tiempo, de esa manera extraña que tienen los accidentes: el instante en que el cuerpo comprende que ya no hay suelo firme debajo y el instante siguiente, el daño ya está hecho.
Para evitar algo peor, por instinto, Rebecca colocó la mano derecha para protegerse la cabeza.
Lo logró. La cabeza no golpeó el suelo de mármol.
Pero la muñeca absorbió todo el impacto y el dolor llegó agudo, inmediato, como una quemadura.
—¡Ahh! —exclamó cuando cayó al suelo, sintiendo el dolor en su muñeca.
La rubia se quedó en el suelo un momento, intentando procesar lo que había pasado. Entonces las náuseas regresaron. Esta vez sin contemplaciones y sin pedir permiso.
La pobre joven vomitó lo poco que tenía en el estómago: apenas los restos de la cena de la noche anterior, que tampoco había sido mucha.
Fue horrible. Fue humillante. El tipo de momento en que Rebecca odiaba su propio cuerpo con una intensidad que no le contaba a nadie, porque decirlo en voz alta lo hacía más real.
El vómito en el suelo, ella ahí tirada, desnuda, con la muñeca palpitándole y el cabello mojado pegado a la cara.
Intentó levantarse porque estaba encima de su propio desastre, pero si su cuerpo en días normales era débil, con una muñeca lastimada el simple acto de incorporarse parecía una tarea gigantesca; por eso se arrastró.
Le dolió. No había forma de que no doliera, con las articulaciones de la cadera protestando contra el mármol frío.
Se alejó de lo que había hecho y llegó hasta la pared del fondo, donde apoyó la espalda y cerró los ojos.
Desde su rincón, y con los ojos llorosos, alcanzaba a ver su habitación; con desesperación se fijó en la campana de emergencias que estaba al lado de su cama.
Al otro lado de la puerta del baño.
Rebecca se quedó contemplando esa campana que ahora se sentía inalcanzable. Luego bajó la vista hacia su muñeca, que ya empezaba a hincharse con una rapidez que no prometía nada bueno. Luego de un rato, miró al techo.
—Lyall…
Lo dijo en voz normal.
—Lyall, ven aquí.
Después lo dijo más fuerte.
—¡Lyall…!
Después nada más siguió diciéndolo porque era lo único que podía hacer y porque, aunque él estuviera en el otro extremo de la propiedad desayunando y fuera casi imposible que la escuchara, seguir llamándolo era mejor que no hacer nada.
Era lo único que se sentía real en ese momento: estar ahí, desnuda, mojada, con el sabor amargo de su propio vómito en la boca, la muñeca ardiendo y los fluidos de su cena en el suelo que no podía limpiar.
—¡Lyall, Lyall!
Y mientras lo llamaba, Rebecca comenzó a llorar.
No fue una decisión; nada más ocurrió, como siempre le ocurrían las cosas en los momentos en que ya no le quedaba energía para contenerlas.
Lloró porque le dolía la muñeca, porque olía horrible y porque había querido que esta fuera una buena mañana.
La mañana de los vestidos, la del paseo con su lobo, donde le compraría ropa bonita a Lyall; y en cambio estaba tirada en el suelo del baño, sintiendo que su propio cuerpo era su enemigo más constante, sintiéndose miserable.
En la casita de Berto, Lyall estaba atacando el desayuno con la misma voracidad de siempre.
Ya habían pasado las tres jornadas, hoy se cumplía el plazo y Anna decidió que era momento de que el lobo comiera.
Ella no sabía que, durante el castigo, Berto siguió alimentándolo; poco, pero al menos Lyall no estuvo muriéndose de hambre.
Por eso, la ración que el anciano trajo de las cocinas fue generosa, algo que agradecía porque se preocupaba por el joven.
Lyall no dijo nada al respecto. Solo comenzó a comer en cuanto tuvo el plato delante, con la concentración absoluta que ponía en cualquier cosa que valiera la pena.
Mientras tanto, como Berto comía con el resto de los sirvientes de la casa, se sentó a frente a él como acostumbraba, leyendo el periódico sin mucho afán. Afuera, el jardín olía a tierra seca porque llevaban dos días sin lluvia y el sol de la mañana ya empezaba a calentar.
Fue entonces cuando Lyall se detuvo.
No fue gradual. Dejó el pan a medio camino y frunció el ceño, con la mirada fija en el plato, pero sin ver la comida.
De un momento a otro sintió un vuelco en el pecho, un nudo sin nombre que no se parecía a ninguna incomodidad física experimentada antes.
No era hambre ni dolor. Era otra cosa, una inquietud que tiraba de él hacia afuera, hacia la mansión.
Y en medio de la confusión, pensó en Rebecca.
El pensamiento llegó antes de que pudiera buscarlo.
Y con él, la certeza de que algo no estaba bien; sin ningún razonamiento que lo sostuviera, sin evidencia que pudiera explicarle a alguien si le preguntaban.
Solo la certeza. Su Rebecca no estaba bien, él lo sentía, e incluso le pareció escuchar que ella lo estaba llamando.
Él no lo sabía, pero era su instinto; el lobo que habitaba dentro de él podía percibir que su amada corría peligro, sin necesidad de explicaciones.
Se levantó mirando hacia la puerta, todavía masticando.
—¿Qué pasó, muchacho? —preguntó Berto, bajando el periódico.
Lyall no respondió. Ya estaba en la puerta abriéndola.
Berto se levantó también, siguiéndolo hasta el umbral de la casita, y alcanzó a ver cómo el joven cruzaba el jardín a una velocidad que no parecía posible para alguien de su tamaño. En segundos, la figura de Lyall desapareció por el camino lateral hacia la entrada de servicio.
El anciano se quedó parado con el periódico en la mano, mirando el jardín vacío. Luego miró hacia adentro, hacia la mesa donde el desayuno de Lyall seguía humeando.
—Siempre tiene hambre —murmuró Berto, rascándose la cabeza bajo el sombrero—. Nunca ha dejado comida a la mitad. ¿Qué ha pasado ahora?
Sacudió la cabeza y entró de nuevo.
Anna estaba en la cocina coordinando el desayuno de la familia cuando Lyall pasó por la puerta de servicio como una tormenta con botas. No corrió en el sentido convencional de la palabra; fue más bien como si el espacio entre la entrada y las escaleras hubiera decidido encogerse por su cuenta.
—¡Oye! ¡Todavía no es tu hora! ¿Qué te pasa? ¡Por qué entras así! —exclamó ella, levantando una mano.
Pero él ya estaba en las escaleras.
Anna parpadeó, frunció el ceño y fue tras él. En casi treinta años de servicio había aprendido que cuando alguien subía a toda prisa hacia las habitaciones privadas, por lo general había una razón importante.
—¡Pero mejor le aviso primero a milord! —exclamó Anna mientras corría sujetándose el vestido, desviándose hacia donde sabía que estaba lord Adriel.
Lyall llegó al segundo piso. El pasillo estaba silencioso.
A esa hora Rebecca debería estar terminando de bañarse o vistiéndose; no había ninguna razón obvia para alarmarse y, sin embargo, sus oídos la estaban encontrando.
Aunque la voz de ella no llegara al pasillo con fuerza suficiente para que cualquiera la escuchara, él percibía un sonido débil e intermitente proveniente del otro lado de la puerta.
La abrió.
Cruzó el cuarto hacia el baño.
La puerta estaba medio abierta. Al empujarla, abrió los ojos de par en par.
Rebecca estaba en el suelo, apoyada contra la pared del fondo, desnuda y con el cabello mojado cayéndole sobre los hombros. Había vómito cerca de la bañera. Tenía los ojos hinchados por el llanto, la cara roja y la muñeca derecha apretada contra el pecho.
Lo miró.