El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El vivo retrato del rey #2
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El vivo retrato del rey #2

—Claro. Padece el Marchitamiento de Huesos.

Una enfermedad rara y miserable. No hay doctor en Sabaoth que no la conozca, ni médico que no haya visitado a los Bethel.

La familia ha consultado a todos los especialistas posibles desde hace generaciones y nadie tiene respuestas.

—Suspiró—. Sin embargo, como me recordabas tan amablemente, querido amigo, nunca pierdo mis mañas.

Walter parpadeó, confundido.

—¿A qué te refieres?

Roland se levantó de la silla.

No lo hizo con prisa, sino con la deliberación de tener muy claro qué buscaba y dónde estaba.

Se acercó al estante lateral, el más largo, donde los frascos se organizaban en un orden que a simple vista parecía aleatorio, pero que Roland podía recorrer con los ojos cerrados.

Sus dedos encontraron el objetivo casi de inmediato.

Lo puso sobre la mesa.

Era un frasquito de vidrio pequeño. El líquido del interior tenía un tono violeta que Walter jamás había catalogado; poseía la densidad de algo que no era agua, pero tampoco aceite.

—¿Qué es eso?

—Sangre de Viktor —dijo Roland— mezclada con extracto de la flor de Nashar.

Walter entrecerró los ojos.

—¿Seguiste experimentando?

—No con los hombres bestia. ¡No me veas con esa cara!

—Roland tomó asiento de nuevo—. Ahora experimento con humanos.

Como bien sabes, los cambiaformas poseen una capacidad de curación sin equivalente en la biología humana normal.

No se enferman. Sus heridas cierran en tiempos imposibles de explicar con los marcos médicos que tenemos disponibles.

Entonces me pregunté: ¿y si esa capacidad pudiera transferirse?

No la bestia, tampoco la transformación.

Solo la sanación. El mecanismo que permite reconstruir un tejido dañado.

—Abrió las manos sobre la mesa—. Viktor ayudó.

Hicimos varios intentos con pacientes terminales.

Algunos murieron; era necesario calibrar las proporciones, los componentes adicionales y los tiempos de dilución.

—Señaló el frasco—. Pero aquí está el resultado final.

Dos mililitros de extracto de flor de Nashar pura en cinco mililitros de sangre de un hombre bestia puro.

Walter abrió la boca.

—Cuando dices puro, te refieres a...

—Esta sangre es de Viktor hijo —confirmó Roland—.

No podía ser la del padre, porque él no es puro en ese sentido como ya te había explicado.

—Sonrió—. Esta medicina cura cualquier enfermedad, Walter, ¡es milagrosa!

Lo hemos comprobado aquí con la discreción necesaria, porque tener esto en las manos no es cualquier cosa.

Y la certeza de tres años de observación y registros me dice que el Marchitamiento de Huesos se curaría con este medicamento.

Una sola inyección. Cuatro mililitros. No más. La muchacha dejaría de sufrir.

El cuarto se quedó quieto. Walter miró el frasco y luego fijó la vista en Roland.

—No conviene que lady Rebecca viva. Lleva en el vientre al hijo del príncipe. Es mejor que muera por la enfermedad. Y que el príncipe muera también.

Roland guardó silencio, contemplando el frasco un momento.

—Sí —coincidió al fin, encogiéndose de hombros—.

Es verdad. Que nadie se entere. La paz que tenemos, por imperfecta que sea, debe durar lo más posible.

La inconformidad crecerá con los años; eso es inevitable.

Pero ahora mismo, una guerra civil para recuperar el trono sería una molestia para todos.

—Roland miró de reojo a su colega—. Aunque...

Se quedó callado otro momento.

—Ni el muchacho sabe que es el príncipe, ¿verdad?

—No tiene idea, por supuesto —confirmó Walter—. Pero hay un problema: el príncipe y la señorita irán al palacio real en unos tres días. Invitaron a lady Bethel a un evento privado de la nobleza, y su sirviente, el príncipe que ahora llaman "Lyall", irá con ella. Sabes lo que significa, ¿no?

Roland asintió.

—Significa un desastre. Si es la viva imagen del rey, la reina madre lo reconocerá al instante.

—Eso es lo que va a pasar. —Walter se quitó los lentes para restregarse la cara, exhausto por el estrés que le causaba pensarlo.

—Entonces... —Roland regresó la mirada al frasco—. Ya todo está arreglado. Cuando llegue al palacio real, la reina Alba lo verá. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá antes de que el joven pueda hacer nada.

—En menos de una semana sabré qué pasó…

—Quédate aquí mientras esperamos. —Roland miró a su colega con una sombra de calidez, o lo más cercano a ella que dos hombres de su clase se permitían—. Y en cuanto a la familia Bethel... quizás la reina los perdone. Eran inocentes, después de todo. No sabían a quién albergaban.

Walter soltó el aire por la nariz.

—Alba masacró a una familia entera de inocentes solo por poder. No le costará nada liquidar a los Bethel por pura rabia al enterarse de que tenían al muchacho, aunque no supieran nada.

Roland no replicó; no había argumento en contra.

—Puedes quedarte aquí —insistió—. Si no pasa nada, regresas con ellos. Pero si se confirma nuestra teoría, te quedas. Nunca está de más otro médico en un pueblo pequeño. —Sonrió con una mezcla de ironía y sinceridad.

Walter le devolvió el gesto.

—Dime una cosa —señaló el frasco con la barbilla—. ¿Crees que lady Rebecca, con su Marchitamiento de Huesos, podría dar a luz al hijo de un hombre bestia? En un escenario donde nada de esto ocurriera.

Roland consideró la pregunta con estricta seriedad profesional.

—Claro que puede. No hay ningún impedimento en la fecundación. El niño nace completamente normal, un bebé como cualquier otro a simple vista. La transformación aparece alrededor de los tres años, de manera natural, cuando la bestia dormida en la sangre comienza a despertar.

—Oh... —fue lo único que respondió Walter, pensativo.

—Si la madre se cuida, dado que su constitución física es más frágil que la de una mujer sana, el nacimiento es posible —prosiguió Roland—.

El esfuerzo del parto es el mayor riesgo.

Podría sobrevivir, tal vez. Pero... —Sus ojos fueron al frasco y regresaron a Walter—.

Que se quede como está. Es mejor para el reino que el presente se mantenga intacto.

—Lo más probable es que el bebé ni siquiera llegue a nacer —sentenció Walter—. Alba los matará a todos antes de que el mundo sepa de su existencia.

—Bueno, veremos qué pasa. Mientras tanto, insisto, un médico extra siempre es útil en un lugar tan pequeño.

Walter asintió y mostró una sonrisa.

—Espero que el cuarto que me prepararon sea cómodo.

La primera puerta que comunicaba el cuarto de trabajo de Roland con el pasillo interior no cerraba muy bien que digamos.

Era un defecto de la madera que el paso de los años había ensanchado apenas, lo suficiente para que no encajara en el marco con la precisión que debería.

Roland lo sabía y lo había pospuesto arreglar tantas veces que ya formaba parte del inventario de cosas que estaban simplemente así.

Viktor, el exsoldado lo sabía también. Por eso entró sin ningún problema a esa sala que quedaba antes del lugar de trabajo del doctor.

Él había salido del consultorio al terminar con el último paciente de la mañana.

Iba a avisarle a Roland y su colega que ya podían venir a comer, que el almuerzo estaba listo y que Lucy tenía el guiso listo y que los niños habían estado preguntando cuándo terminaba.

Era un recado ordinario, de los que ocurrían todos los días.

Pero cuando se acercó a la puerta para tocarla, las voces llegaron antes de que golpeara.

No fue intencional. Viktor no era del tipo que escucha detrás de las puertas; en treinta y un años de vida había aprendido que los secretos ajenos casi nunca resultaban útiles y casi siempre terminaban siendo incómodos.

Pero las palabras llegaron, el cuerpo tardó en reaccionar y, cuando lo hizo, ya era demasiado tarde.

Se quedó quieto en el pasillo, con la mano suspendida a milímetros de la madera, sin terminar de golpear.

Y lo oyó todo.

Oyó al hombre del traje oscuro y anteojos, el que había llegado esa mañana con la maleta de cuero, hablar de un príncipe. De una masacre. De una reina que contrató asesinos y envió a un bebé al Proyecto Nimrod para borrar el rastro de la familia real sin dejar pruebas.

Escuchó la respuesta de Roland, llena de esa calma profesional tan característica que Viktor conocía de memoria.

Escuchó también la frase que le heló algo adentro, en un punto que no era el estómago, pero estaba cerca: No conviene que viva.

Y luego la otra: En tres días.

Viktor bajó la mano despacio.

Se quedó en el pasillo con la espalda contra la pared y los ojos fijos en el techo de madera. Afuera, en algún lugar de la casa, su hijito Vincent estaba discutiendo con alguien, quizás con su propio reflejo. Victoria haría su siesta todavía por una hora más. Lucy estaría revolviendo el guiso.

Él frunció los labios.

Conocía a Roland. Lo conocía bien, mejor que cualquier otra persona en el mundo, y sabía que Roland no era un santo.

Nunca lo había sido. El hombre que lo había salvado de que lo eliminaran en el frente, que le había enseñado el nombre de los huesos y los síntomas de la fiebre y la diferencia entre una vena y una arteria, ese mismo hombre acababa de sentarse en su cuarto de trabajo y hablar de dejar morir a una jovencita enferma y a un muchacho que no sabía quién era.

Con la misma calma con que consultaba el pulso de un paciente.

Viktor no tenía palabras para lo que sentía en ese momento porque las palabras para esas cosas eran siempre las más difíciles de encontrar. Pero había algo ahí, instalado en el pecho como una piedra fría, que no se iba a mover fácilmente.

Dio media vuelta.

Regresó por el pasillo hacia la cocina sin hacer ruido y no dijo nada. Por el momento, no dijo nada.

Pero lo que había escuchado se quedó muy grabado en su mente.