El vivo retrato del rey
Roland abrió los ojos por completo y se acomodó en la silla. Soltó un suspiro pesado por la nariz; tenía el rostro del que sabe que va a arrepentirse de escuchar algo y que, aun así, decide seguir adelante.
—Siento que me meteré en problemas por lo que aún no me has dicho, pero la curiosidad puede más conmigo. A ver, dime. Si ya empezaste, húndeme también en el pantano contigo.
Walter sonrió de medio lado.
—Sabes... —dijo, dejando que la palabra abriera espacio—. ¿El atentado a la familia real? ¿El de hace casi veinte años?
Roland frunció el ceño apenas.
—Por supuesto que lo sé. Donde murió el rey Josías, la reina consorte y los dos príncipes. Todo el mundo lo sabe. Fue el reino de Horeb. Ese ataque marcó un punto de no retorno en la guerra.
Walter negó con la cabeza.
—Eso no fue verdad. Horeb no lo hizo.
Roland guardó silencio.
—La concubina del rey —continuó Walter.
—¿Alba?
—Sí, la actual reina madre. Ella orquestó todo.
Contrató a los asesinos. Planeó cada detalle para que el reino de Horeb cargara con la culpa.
Con el rey muerto y la familia legítima eliminada, ella se coronaría con el título que ahora posee.
Y su hijo, Caín, el que tuvo con Josías, aunque siempre se sospechó de su sangre, quedaría como el nuevo monarca al no haber nadie más en la línea de sucesión.
Los dos se quedaron callados.
Roland veía a Walter con los ojos abiertos de par en par.
Le creyó. No había duda de que le creyó.
Walter había sido médico personal de la familia real durante años, un cargo envidiable en la época.
Si había alguien en el reino que conocía los pasillos del palacio más allá de los rumores de pueblo, era él.
Walter continuó antes de que Roland pudiera interrumpir.
—La concubina detestaba al segundo hijo del rey.
Roland lo interrumpió esta vez.
—¿Al bebé?
—Al príncipe Joel —Walter asintió—. Le molestaba mucho porque el bebé era idéntico a su padre.
Se le veía desde recién nacido. El rey lo amaba de una forma...
difícil de explicar si uno no lo hubiera visto.
Cuando nació Joel, el rey se olvidó de todo lo demás.
Del hijo de la concubina, incluso del heredero legítimo.
Estaba encantado. Lo llevaba a las reuniones reales, siempre en brazos —suspiró acomodándose los anteojos—.
Muchos decían a escondidas que, si hubiera podido amamantarlo, lo habría hecho.
Lo decían en broma, claro. Pero sirve para darse una idea.
Alba lo sabía. Y cuando planeó la masacre, el bebé recibió un trato especial.
Roland tenía la boca entreabierta.
—¿Qué hizo? —preguntó, bajando el tono de voz—. ¿Se lo entregó a los perros?
—No.
—¿Lo vendió como esclavo en Horeb?
Walter volvió a negar.
—¿Lo quemó vivo?
—Peor que eso.
Walter hizo una pausa, no por crueldad, sino porque necesitaba que el peso de sus palabras cayera por completo.
—Ordenó que lo enviaran al Proyecto Nimrod. Sin nombre. Sin identidad. Sin registros.
Roland cerró los ojos y luego los abrió despacio.
—Tú nunca estuviste en las instalaciones del proyecto, ¿verdad? —indagó Walter—. En el castillo antiguo a las afueras de la capital. Tengo entendido que estabas en el área de desarrollo de la sustancia de la flor de Nashar.
—Iba de vez en cuando a revisar los avances —respondió Roland, con la voz aún más baja—. Pero nunca me quedé más de uno o dos días por visita. No tenía acceso a los expedientes de los niños.
Roland guardó silencio un momento, y al hablar de nuevo, una tensión inédita tiñó sus palabras.
—El niño. El príncipe. ¿Dónde está? ¿Sobrevivió?
Walter lo miró, y Roland entendió la respuesta antes de escucharla.
—Sobrevivió —afirmó, sin que fuera una pregunta.
Walter asintió.
Los dos se quedaron callados por un minuto que se sintió eterno.
—¿Qué bestia despertó en él? —preguntó Roland mientras se pasaba una mano por el rostro, como si estuviera cansado.
Walter sostuvo la mirada, estirando el silencio unos segundos más de lo necesario.
—Adivina.
Roland se recostó en la silla despacio, buscando el apoyo de la madera mientras procesaba la información. Se llevó ambas manos a la cabeza en un gesto de perplejidad que aún no terminaba de encajar. Por alguna razón, ya sabía la respuesta.
—Es... un lobo.
Walter asintió.
Roland permaneció con las manos sobre el cabello blanco durante un momento. Luego las bajó despacio, mirando a Walter, que seguía muy serio, concentrado en las emociones que cruzaban el rostro de su amigo.
—El muchacho debe tener unos veinte o veintiún años, ¿no?
—Tiene veinte. Se lo llevaron al año de vida.
Me acuerdo bien, apenas había pasado un mes desde su primer cumpleaños.
Supongo que Alba detestó la fiesta que le hicieron al pequeño príncipe; fue ostentosa a pesar de la guerra, al rey Josías no le importó —confirmó Walter—.
El príncipe en la actualidad es enorme, de una complexión física imponente, más alto que Viktor.
No parece de su edad. Y es el vivo retrato del antiguo rey.
El parecido resulta aterrador cuando sabes lo que estás mirando.
Roland abrió los ojos.
—¿Dónde está ahora? ¿Cómo sabes todo esto, Walter?
—Y luego, con una urgencia creciente—. Lo que me estás diciendo es gravísimo.
Si la reina Alba se entera de que el muchacho está vivo...
podría desatarse una guerra civil. Mucha gente no está conforme con el reinado de Caín.
Los impuestos suben demasiado cada año, la ley es un chiste y solo es para quienes pueden pagarla y los únicos que se enriquecen son los que ya lo tenían todo.
Si el pueblo llega a saber que el príncipe Joel vive...
y que además estuvo en la guerra... la gente no es tonta, Walter.
No van a creer que fue una casualidad. Sabrán que alguien de la corona lo envió ahí.
—¡Eso es justo lo que he pensado desde que lo vi!
—exclamó Walter, aunque en seguida bajó la voz, devolviendo a la habitación el tono de un secreto—.
Me he guardado esta verdad desde siempre.
El príncipe trabaja ahora como sirviente en la mansión de los Bethel, donde llevo unos quince años ejerciendo como médico.
—¿Cómo terminó de sirviente?
—Un sargento retirado se lo vendió a milord, pero, en fin, lo importante no es eso —dijo Walter con un ademán despectivo—.
Lord Adriel de Bethel no sabe nada. Nunca tuvo contacto directo con el rey Josías, jamás lo vio de cerca lo suficiente como para reconocer el parecido.
No tiene idea de con quién comparte el techo. Y no pienso decírselo.
—¿Por qué no?
Walter apretó los labios un instante.
—¡Porque si lo hago, sabría que tuve que ver en todo aquello!
—soltó algo exaltado, cuidando de no elevar demasiado la voz—.
Quedaría expuesto ante ellos. Fui yo quien envió al bebé al Proyecto.
—Se calló de golpe al ver la expresión estupefacta de Roland—.
Lo hice por órdenes de la reina Alba. Temí por mi vida.
Descubrí el plan por error y debí haber huido…
Lo dijo con la naturalidad forzada de tener la misma justificación tan repetida en la cabeza que ya no le sonaba a excusa, sino a un hecho inevitable. Roland lo escuchó en silencio. No lo juzgó en voz alta; era su manera de no mentir sobre lo que pensaba.
—Está bien —concedió Roland—. Es comprensible que guardes silencio. Sin embargo... —Se detuvo—. Si el príncipe Joel está vivo... ¿cómo es? ¿Cómo se comporta? Me refiero a si sigue actuando como los exsoldados del proyecto o posee algún tipo de intelecto.
Walter entrecerró los ojos buscando las palabras adecuadas. Descubrió, no por primera vez, que el muchacho no encajaba en ninguna descripción conocida.
—Es... —Exhaló despacio—. Todavía es salvaje, en cierta forma.
La señorita Rebecca le enseñó a leer y a escribir, pero a un nivel muy básico, digamos que tiene la instrucción de un niño de primaria —explicó con desaire, mientras Roland asentía—.
Apenas empieza a hablar; su vocabulario es tan precario que parece tonto.
—No es que sea tonto —lo corrigió Roland de inmediato—. Necesita práctica. Su mente aún es más rápida que su lengua; en cuanto la capacidad de expresarse alcance a sus pensamientos hablará como cualquiera. Así era Viktor —dijo, apelando a su propia experiencia—. ¿Cuánto tiempo lleva de sirviente?
—Apenas un par de meses en la mansión —Walter suspiró—. Lo contrataron para cuidar a lady Rebecca, esa es su función principal.
Roland no pudo evitarlo. Un bufido corto y brusco escapó de su garganta que tenía una mezcla de risa e incredulidad.
—¿El príncipe de Sabaoth como sirviente?
—El único que sabe su verdadera identidad soy yo —replicó Walter—. Y ahora tú.
Hizo otra pausa. Luego suspiró hondo, preparándose para su confesión más delicada.
—La señorita Rebecca y él tienen una relación —eligió el término con cuidado, buscando el más preciso sin caer en el escándalo—. Y debido a ello, la señorita está embarazada. Mi visita se debe, en parte, a que lord Adriel quiere interrumpir el embarazo.
Roland arqueó una ceja y una sonrisa involuntaria asomó a sus labios.
—Los Bethel de la ciudad real. Supongo que los conoces.
—Por supuesto, ofende que lo preguntes —respondió Roland sin vacilar—.
El lord fue comandante, es una familia noble militar, como casi todos los de Sabaoth.
Posee tierras extensas, un pueblo que produce trigo en grandes cantidades y una mina de carbón que lleva décadas siendo muy productiva.
De ahí viene la fortuna familiar. Pertenecen a las casas más antiguas de la nobleza de este reino.
Walter asintió. Eso era lo que siempre valoraba de Roland: lo sabía todo de todos, y no usaba la información para presumir, sino para analizar la situación.
—Entonces ya sabrás que la hija está enferma.
Roland asintió despacio, adoptando una seriedad más que todo profesional.