El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El peso de un secreto #4
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El peso de un secreto #4

—¿Por qué viniste, Walter? No especificaste en tu carta lo que deseabas. Y dudo mucho que fuera solo para visitarme y conversar sobre el pasado.

Walter aguardó un momento. Lo miró en silencio. Y entonces, antes de responder al verdadero motivo de su viaje, dejó que una sonrisa pequeña le cruzara la boca.

—Roland —pronunció el nombre con una calma que rozaba el afecto—. A mí no me engañas.

Roland arqueó una ceja, ladeando un poco la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—Antes de decirte a qué vine, quiero que aclaremos algo.

El doctor de cabello blanco mostró una sutil expresión de duda.

—De acuerdo… —dijo, a la espera de que Walter continuara y lo sacara de sospechas.

—Desde que te conozco —comenzó Walter, manteniendo esa misma sonrisa mientras se inclinaba un poco más hacia el escritorio—, no has hecho otra cosa que experimentar.

El lobo al que le pusiste nombre, Viktor.

No lo salvaste solo por compasión, como intentas vendérmelo.

Siempre has sido curioso, y los viejos hábitos son difíciles de quitar.

Walter tamborileó los dedos sobre la madera antes de proseguir.

—Por eso te uniste al Proyecto Nimrod desde el principio; te fascinó la idea.

La posibilidad de traer de vuelta algo que se creía extinto…

Ahora mismo se nota tu pasión por los hombres bestia, por el misterioso pasado de nuestro reino.

Te encantó la idea de trabajar con niños de la región y ver qué dormía dentro de ellos.

Roland hizo una leve mueca.

—Y cuando tuviste la oportunidad —continuó Walter—, cuando te quedaste con uno al que estaban a punto de eliminar porque ya no servía para el frente, lo aprovechaste.

Querías saber qué había más allá. Más allá de matar, destruir y obedecer.

Usaste también a tu enfermera, a Lucy; los manipulaste, ¿no es verdad?

Roland mantuvo la mirada fija en su colega, ni se molestó en interrumpirlo.

—Querías ver si podían reproducirse —declaró Walter—. Cuando notaste que era posible, lo permitiste. Deseabas ver el resultado. Por eso, en cuanto comenzamos a hablar, dirigiste la atención hacia la puerta, porque sabes que trataremos temas… “delicados”.

Se produjo una pausa larga, algo pesada, donde solo se escuchaba la respiración de ambos.

—Por eso verifiqué que la puerta estuviera bien cerrada —confirmó al fin Roland, en voz baja y con una mínima sonrisa.

El anfitrión dejó salir un suspiro. Fue un gesto sincero, sin artificio, despojándose de cualquier postura defensiva.

—Es cierto, me conoces de sobra, amigo y colega —admitió Roland—.

No intentaré negarlo ni suavizarlo. Cuando vi que él comenzó a comportarse de forma más…

humana, quise saber qué más había ahí. Si solo habíamos creado marionetas.

Bestias con piel humana armadas a base de ensayo y error, de inyecciones, dolor y niños que morían porque la dosis era incorrecta. O si de verdad eran hombres.

Roland se enderezó, y sus ojos brillaron con la chispa del descubrimiento.

—Hombres con la sangre antigua. Con el linaje del que hablan las leyendas, dormido en las venas de los habitantes comunes de este reino desde hace generaciones. Y descubrí que así es. Las leyendas no son cuentos, Walter. Nunca lo fueron.

Se le notaba la pasión en sus ojos grises, Walter ni le sorprendió verlo así.

—Esos niños que viven en esta casa —prosiguió Roland—, y los otros que están en este pueblo y en distintos puntos del reino, son la prueba de que todo lo que consideramos mitología constituyó, en algún ciclo, historia pura. ¡Todo fue verdad!

Lo dijo con una contención que no lograba ocultar por completo la magnitud de lo que esa certeza significaba para él. Volvió a apoyar las manos en el escritorio, conectando su mirada con la de Walter.

—Y sí. Quería descubrirlo por mis propios medios. Quise ver qué surgía de la unión de un exsoldado y una mujer, si nacían niños comunes o niños bestia. Quise comprobar si poseían un intelecto capaz de ir mucho más allá de recibir órdenes.

Walter lo observó durante un momento. Apretó los labios.

Ya era hora de desahogarse.

De todas las personas que conocía, de todos los médicos, nobles, oficiales y consejeros con los que se había cruzado en todos sus años de vida haciendo su oficio, Roland era el único.

El único al que podría decírselo. No por lealtad ciega ni porque fueran los mejores amigos del mundo, sino porque Roland entendería la magnitud del asunto sin reducirlo a conveniencia política inmediata.

Justo por eso había ido a buscarlo. Roland era el único capaz de llegar a las mismas conclusiones que él, si hubiera tenido los mismos datos.

—Roland —dijo Walter—. Hay algo que debo decirte.

Roland lo miró.

—¿Qué pasó? —preguntó, y en su voz había una curiosidad que empezaba a mezclarse con cautela—. Tienes una cara... ¿Mataste a un paciente, Walter? ¿Por eso viniste a verme después de tanto tiempo?

Walter negó con la cabeza.

—Ojalá fuera eso —suspiró—. Lo que estoy a punto de decirte te hará cómplice, pero te ayudará a comprender lo que presiento que está por ocurrir.