El peso de un secreto #3
—¿Cuándo comenzaste a enseñar al exsoldado?... —empezó Walter.
—A Viktor —lo interrumpió Roland, sin brusquedad, solo con precisión.
Walter entrecerró los ojos apenas.
—Sí. A Viktor —se acomodó en el asiento—. ¿Cuánto tiempo le tomó hablar con la fluidez que tiene ahora? ¿Y los términos médicos?
Roland suspiró y se pasó una mano por el cabello, echándoselo hacia atrás al evocar aquellos días.
—Le tomó tres meses hablar como lo hace ahora.
Tres meses desde que empezamos, desde que tomé la decisión de que valía la pena intentarlo.
—Abrió las manos sobre el escritorio, en un gesto que transmitía una rendición honesta—.
Lo que restó de ese primer año sirvió para todo lo demás.
Anatomía básica. Farmacología elemental.
Diagnóstico sintomático. No le enseñé medicina, Walter.
Le enseñé a pensar bajo un criterio médico, lo cual es distinto y mucho más difícil.
Y lo absorbió todo. Es un hombre brillante.
Hizo una pausa y en su tono se coló un matiz que no llegaba a ser orgullo, pero que se le parecía bastante.
—Ninguno de los colegas que participaron en el proyecto imaginó que estas criaturas serían tan receptivas en ámbitos ajenos a la guerra.
Los creamos para matar y para obedecer; eso era lo único que conocían.
Pero la capacidad estaba ahí. Siempre estuvo.
Desde el momento en que Viktor comenzó a expresarse con claridad, desde que pude tener conversaciones reales con él, como un colega, como un amigo, comprendí que habíamos subestimado algo fundamental.
Incluso yo me sorprendo todavía, y sabes bien que eso no me ocurre con frecuencia.
Walter lo miraba.
Roland continuó, y en su voz había algo que ya no era solo el registro clínico de un médico. Era la convicción de un hombre que ha visto algo que cambia la forma en que uno entiende el mundo, y que ya no puede fingir que no lo ha visto.
—Sus tres hijos son iguales a él en cuanto a fuerza e inteligencia.
Viktor hijo tiene seis años, Walter. Seis.
Y ya razona como un niño del doble de su edad.
Ya hace preguntas que tardo dos minutos en contestar porque me toman por sorpresa.
—Se recostó en la silla y la madera emitió un crujido leve—.
Estamos frente a una nueva especie. No en el sentido poético de la expresión, sino bajo un criterio estricto, clasificatorio, científico.
Una estirpe nueva o, si me pongo nostálgico, una que resurgió de entre las cenizas.
Miró fijo a Walter antes de continuar.
—Cuando se multipliquen, cuando pasen veinte o cuarenta años y haya suficientes de ellos...
no me sorprenderá si ocurre una revolución.
No lo planteo como una metáfora, sino como una proyección.
Eso es lo que pasará. Son más fuertes, son brillantes; alguno de estos hombres o mujeres bestia, en algún instante, se levantará y dirá: “¿Por qué este rey o reina me gobierna?”.
El aire del cuarto se quedó quieto por un momento.
—Y no serán estos exsoldados, por supuesto que no —añadió Roland, con una certeza tranquila—.
Ellos tienen la obediencia grabada en algún lugar que va más allá del pensamiento consciente.
Se los construimos así y ya no hay forma de deshacer eso.
Pero sus hijos no tienen esa carga. Sus hijos no conocen el Proyecto Nimrod.
No conocen la guerra pasada ni los códigos tatuados en la nuca.
Sus hijos crecen en casas con sus familias y aprenden los nombres de las flores y discuten entre ellos quién se termina el pan.
Walter no decía nada.
—Pero ni tú ni yo estaremos cuando eso suceda —admitió Roland.
—No.
—Sin embargo, las próximas generaciones sí lo verán. —Roland entrelazó las manos sobre su escritorio—. ¿Sabes las leyendas de nuestro reino? Las que dicen que, en los tiempos antiguos, los hombres bestia nos gobernaban. Que los primeros reyes de estos reinos no eran hombres comunes.
A Walter se le erizó la piel porque sabía a donde iba a llegar.
—¿No te parece una coincidencia demasiado obvia —continuó Roland— que el escudo real de los soberanos de Sabaoth sea un lobo coronado?
No un águila. No un león. Un lobo. Y con una corona.
—Guardó silencio un instante—. Estoy casi seguro, Walter, casi, casi seguro, de que los fundadores de este reino no fueron hombres en el sentido en que lo somos nosotros.
Fueron lobos. Los primeros reyes fueron lobos.
Walter lo miró sin articular palabra. No respondió nada porque le resultaba imposible hacerlo.
Mientras Roland hablaba con ese tono de médico que analiza una hipótesis con una pasión que le costaba disimular, Walter no dejaba de pensar en el enorme acierto de su amigo.
Sus teorías sobre el pasado de Sabaoth eran exactas, porque allá en la mansión de los Bethel, durmiendo en un almacén por orden de un lord que ignoraba la verdad, estaba el hijo del rey asesinado que, de forma precisa, era un exsoldado que resultó ser un lobo.
Pero en eso, Roland lo sacó de sus pensamientos al formular una pregunta directa: