El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El peso de un secreto #2
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El peso de un secreto #2

Apareció entonces una mujer detrás de los niños con el delantal puesto y el cabello rojizo recogido de forma descuidada. Tenía ojos verdes, claros, y la expresión de las madres que llevan bastante tiempo persiguiendo a sus hijos y ya han hecho las paces con no alcanzarlos. Miró hacia el pasillo.

—¡Viktor! ¡Vincent! —llamó, con una firmeza que no esperaba obediencia al instante—. ¡Ah!, lo lamento mucho, señor —susurró con un gesto apenado en su rostro.

Luego vio a Roland y su tono cambió.

—Ya sabe cómo son Viktor y Vincent, no hay manera.

Walter miró de reojo a Roland. La mujer se volvió hacia el recién llegado con una sonrisa amable.

—Usted debe ser el doctor Collins. Bienvenido. Ya le preparé la habitación del segundo piso; estará cómodo ahí.

Se acomodó el cabello enrulado y le sonrió.

—Gracias —respondió Walter.

—Walter —dijo Roland, señalando a la mujer—, ella es Lucy Keller. Es la esposa de Viktor.

Walter la miró un momento. Luego devolvió la mirada a su colega.

—¿Viktor padre? —preguntó, con cuidado—. ¿Te refieres a...?

Walter abrió los ojos de par en par. Roland asintió.

—Mi asistente —sonrió—. El que viste allá afuera se llama Viktor. Estos son sus hijos, y ella es su esposa. Todos vivimos aquí.

Walter ahora comprendió por qué los niños se le hacían tan parecidos al exsoldado. Por otra parte, Lucy sonrió como quien ha explicado ese arreglo varias veces y ya no le resulta complicado.

—El doctor Roland es como un abuelo para los niños —comenzó a decir Lucy—, y como un padre para Viktor. Así lo sentimos nosotros.

Roland sonrió, y en ese gesto había algo cálido y sincero que Walter no esperaba encontrar después de tantos años.

—Roland —dijo Walter entrecerrando los ojos, abrumado por toda la información que debía procesar en ese instante—, necesito que hablemos en privado.

—Por supuesto. Vamos a mi lugar de trabajo.

Justo en ese momento, uno de los niños reapareció desde las escaleras.

Era el mayor, con la piel olivácea y el cabello rizado del padre; tenía los ojos verdes de su madre y esa energía típica de los niños que no han aprendido todavía que el mundo funciona a un ritmo más lento que el de ellos.

Miró la maleta de Walter que estaba en el suelo junto a la puerta, la evaluó un instante y la levantó con ambas manos.

—¿Le llevo la maleta, señor? ¿A dónde la pongo, mami? —preguntó ahora, buscando a su madre.

La pelirroja ya no estaba en el corredor.

—Segundo piso —respondió Roland.

El niño cargó la maleta hacia las escaleras como si no pesara nada, con una seriedad que Walter no habría esperado para su tamaño.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Walter a Roland.

—¡Tengo seis! —respondió el niño desde el tercer peldaño; aunque nadie le había preguntado a él, de igual forma lo dijo.

Y trepó el resto de las escaleras de dos en dos con la maleta a cuestas, sin más preámbulos.

Walter lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el rellano del piso superior. Luego hizo la aritmética con la frialdad que lo caracterizaba: seis años. Hijo de un exsoldado del Proyecto Nimrod. La guerra había terminado hacía cinco.

Roland, a su lado, no dijo nada todavía. Pero conocía ese silencio y sabía lo que había dentro, por eso le sonrió mirándolo de reojos.

La parte trasera de la casa era el espacio de trabajo de Roland.

Para llegar allí debían pasar por dos puertas; en el medio había una pequeña sala de estar y la segunda puerta abría paso a su oficina, por decirlo de alguna manera.

No era un laboratorio de los que Walter conocía de los tiempos del proyecto, aunque tenía estantes con frascos etiquetados, libros ordenados en vertical y una mesa amplia con instrumentos que Walter reconoció al instante, junto a algunos que le resultaron nuevos.

Había una ventana grande que daba al jardín trasero, donde crecían plantas que sin duda alguna no eran ornamentales.

Roland cerró la puerta de su espacio de trabajo y caminó sin prisa hasta el asiento detrás del escritorio. Walter tomó lugar en la silla de enfrente, buscando acomodarse para escuchar.

—A Viktor lo conocí durante la campaña del norte, era un soldado de rango élite, de espadas de hueso, de los primeros especímenes —empezó, sin esperar preguntas porque sabía que eso era lo que su colega quería saber—.

Tenía una herida que lo dejó sin el tobillo izquierdo hacia abajo.

No podía seguir en el frente; el protocolo indicaba eliminarlo, ya sabes, “ponerlo a dormir”.

Los inútiles no formaban parte del plan.

Walter guardó silencio. Oyéndolo con atención.

—Pero yo estaba ahí —continuó Roland, apoyando los codos sobre su escritorio—.

Y decidí que no moriría. Le vi potencial; el hecho de que le faltara un pie no lo hacía inútil, así que lo curé.

Le fabriqué una prótesis de madera y metal que todavía funciona bien, dicho sea de paso.

Cuando terminó la guerra ya llevaba dos años conmigo.

Lo di de baja del sistema antes del armisticio.

No con los papeles del procedimiento habitual, claro, pero me las arreglé.

—¿Y Lucy? ¿Dónde la conociste, era tu sirvienta?

—¡Oh, no! Lucy era mi ayudante desde antes.

Es una buena enfermera, aprende rápido. Pero ahora es ama de casa —Roland hizo una pausa breve—.

Viktor aprendió a hablar, a leer, a escribir; le enseñé medicina básica, anatomía.

Le enseñé todo lo que pude enseñarle. Y en ese mismo proceso, ella lo fue conociendo.

Lucy me ayudaba en todo y pues… se enamoraron.

—Levantó un hombro—. Ya sabes cómo pasan esas cosas. Nadie lo planifica.

—Y ya llevan dos hijos —comentó Walter.

—Tienen tres.

Walter alzó ambas cejas.

—Tendrían más, pero Viktor se sometió a una vasectomía voluntaria —añadió Roland como si nada.

—¿Dónde está el tercero? No lo vi cuando vine, ¿acaso está muerto?

Roland lo miró con la paciencia de los hombres que están acostumbrados a que las personas asuman siempre el peor resultado posible. Por eso esbozó una sonrisa.

—Está durmiendo allá arriba en su habitación. Es una niña. Más tranquila que los varones, lo cual tampoco es difícil de lograr si tenemos en cuenta a Viktor y a Vincent.

Walter dejó salir un suspiro que no era alivio sino procesamiento puro.

—Entonces los exsoldados… —dijo al fin, eligiendo las palabras despacio— ¿pueden procrear niños… normales?

Roland se enderezó en el asiento. Dirigió la mirada hacia la puerta para cerciorarse de que la dejó bien cerrada y volvió la atención a Walter con una expresión que no buscaba alarmar, pero que transmitía una seriedad absoluta.

—Llamarlos “normales” no sería el término correcto —dijo—. Pero lo que sí te puedo asegurar es que un exsoldado del proyecto Nimrod puede procrear sin ningún inconveniente con cualquier mujer —confesó.

Walter entrecerró sus ojos al oír eso.

—En este pueblo hay varios niños del linaje antiguo —prosiguió Roland—.

Más de los que imaginas. En el pueblo viven quince exsoldados, conozco a cada uno de ellos, algunos hablan, otros siguieron siendo mudos, pero todos se reproducen a cada año con sus mujeres…

la mayoría se estableció aquí después de que terminó la guerra.

Su colega abrió la boca, sorprendido.

—¿Esos niños… se transforman?

—Sí —asintió Roland—. Todos se pueden transformar en la bestia de su progenitor, ya sea lobo, león, tigre o águila.

El silencio que siguió no pidió permiso para instalarse. Walter miró hacia la ventana.

—Tengo muchas cosas que decir, amigo.

—Lo imaginé —respondió Roland, con una sonrisa.

—Pero antes, para aclarar una cosa —empezó Walter mientras se acomodaba en su silla— me estás diciendo que esos niños son... hombres bestia... naturales. En pocas palabras eso son. Híbridos.

Lo dijo así, despacio, como si las palabras pesaran más de lo que su boca sabía manejar.

Roland también se acomodó en su asiento. No respondió de inmediato.

—La palabra híbrido —dijo al fin, con aquel tono medido que utilizaba al clasificar datos para un informe— no creo que sea del todo precisa para lo que son estos niños. Podría discutirse, sí, más que nada en términos taxonómicos. Pero hay un problema de base, Walter.

—¿Cuál? —intervino su colega, inclinado hacia adelante.

—Por el momento es imposible hablar de pureza en ningún sentido convencional, dado que los únicos individuos que portan esta condición activa son los hombres.

Los exsoldados del Proyecto Nimrod. No hay mujeres adultas cambiaformas por una razón simple: para la guerra solo usaron varones.

Es decir, estos sujetos no son “puros”, porque su estado es, ante todo, la reacción de la flor de Nashar en sus organismos.

No nacieron así; le despertaron lo que dormía en ellos, sin las inyecciones y todo lo demás, fueran como el resto.

Roland se recostó un poco en el asiento, entrelazando los dedos sobre la madera del escritorio.

—Así que sus hijos, si tomamos por ejemplo a Viktor, Vincent y la pequeña Victoria que duerme arriba, son, si queremos ser rigurosos, los primeros en reunir ambas condiciones de forma simultánea.

Nacen con la bestia adentro, Walter. No necesitaron ninguna intervención. Ninguna flor. Ninguna inyección.

Walter frunció el ceño, asimilando las implicaciones de eso. Roland guardó silencio un instante, permitiendo que su amigo analizara antes de continuar en voz baja:

—En el caso de Victoria, la niña, el hecho tiene un significado enorme.

Una mujer. Una cambiaformas de nacimiento.

Eso no ha existido en el registro conocido desde que las leyendas dejaron de ser historia y pasaron a ser simples cuentos.

Podría decirse que ellos son los verdaderos hombres bestia. Los naturales. Los puros.

Walter asintió despacio.

Procesaba. Eso era lo que hacía cuando algo excedía las categorías que tenía disponibles: procesaba en silencio, sin mostrar más de lo necesario. Era un hábito antiguo que le había resultado útil en demasiadas situaciones como para abandonarlo.